Homilía durante la celebración eucarística con sus ex alumnos, 30 agosto 2009- Benedicto XVI

Autor: Benedicto XVI

CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA DEL PAPA CON SUS EX ALUMNOS

HOMILÍA DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
Capilla del centro de congresos Mariápolis de Castelgandolfo
Domingo 30 de agosto de 2009

Queridos hermanos y hermanas:

En el Evangelio encontramos uno de los temas fundamentales de la historia religiosa de la humanidad: la cuestión de la pureza del hombre ante Dios. Al dirigir la mirada hacia Dios, el hombre reconoce que está "contaminado" y se encuentra en una condición en la que no puede acceder al Santo. Surge así la pregunta sobre cómo puede llegar a ser puro, liberarse de la "suciedad" que lo separa de Dios. De este modo han nacido, en las distintas religiones, ritos purificatorios, caminos de purificación interior y exterior. En el Evangelio de hoy encontramos ritos de purificación, que están arraigados en la tradición veterotestamentaria, pero que se gestionan de una manera muy unilateral. Por consiguiente, ya no sirven para que el hombre se abra a Dios, ya no son caminos de purificación y salvación, sino que se convierten en elementos de un sistema autónomo de cumplimientos que, para ejecutarlos verdaderamente en plenitud, requiere incluso especialistas. Ya no se llega al corazón del hombre. El hombre que se mueve dentro de este sistema, o se siente esclavizado o cae en la soberbia de creer que se puede justificar a sí mismo.

La exégesis liberal dice que en este Evangelio se revelaría el hecho de que Jesús habría sustituido el culto con la moral. Habría dejado a un lado el culto con todas sus prácticas inútiles. Ahora la relación entre el hombre y Dios se basaría únicamente en la moral. Si esto fuera verdad, significaría que el cristianismo, en su esencia, es moralidad, es decir, que nosotros mismos nos hacemos puros y buenos mediante nuestra conducta moral. Si reflexionamos más profundamente en esta opinión, resulta obvio que no puede ser la respuesta completa de Jesús a la cuestión sobre la pureza. Si queremos oír y comprender plenamente el mensaje del Señor, entonces debemos escuchar también plenamente, no podemos contentarnos con un detalle, sino que debemos prestar atención a todo su mensaje. En otras palabras, tenemos que leer enteramente los Evangelios, todo el Nuevo Testamento y el Antiguo junto con él.

La primera lectura de hoy, tomada del Libro del Deuteronomio, nos ofrece un detalle importante de una respuesta y nos hace dar un paso adelante. Aquí escuchamos algo tal vez sorprendente para nosotros, es decir, que Dios mismo invita a Israel a ser agradecido y a sentir un humilde orgullo por el hecho de conocer la voluntad de Dios y así de ser sabio. Precisamente en ese período la humanidad, tanto en el ambiente griego como en el semita, buscaba la sabiduría: trataba de comprender lo que cuenta. La ciencia nos dice muchas cosas y nos es útil en muchos aspectos, pero la sabiduría es conocimiento de lo esencial, conocimiento del fin de nuestra existencia y de cómo debemos vivir para que la vida se desarrolle del modo justo.

La lectura tomada del Deuteronomio alude al hecho de que la sabiduría, en último término, se identifica con la Torá, con la Palabra de Dios que nos revela qué es lo esencial, para qué fin y de qué manera debemos vivir. Así la Ley no se presenta como una esclavitud sino que es —de modo semejante a lo que se dice en el gran Salmo 119— causa de una gran alegría: nosotros no caminamos a tientas en la oscuridad, no vamos vagando en vano en busca de lo que podría ser recto, no somos como ovejas sin pastor, que no saben dónde está el camino correcto. Dios se ha manifestado. Él mismo nos indica el camino. Conocemos su voluntad y con ello la verdad que cuenta en nuestra vida. Son dos las cosas que se nos dicen acerca de Dios: por una parte, que él se ha manifestado y nos indica el camino correcto; por otra, que Dios es un Dios que escucha, que está cerca de nosotros, nos responde y nos guía. Con ello se toca también el tema de la pureza: su voluntad nos purifica, su cercanía nos guía.

Creo que vale la pena detenerse un momento en la alegría de Israel por el hecho de conocer la voluntad de Dios y haber recibido así en regalo la sabiduría que nos cura y que no podemos hallar solos. ¿Existe entre nosotros, en la Iglesia de hoy, un sentimiento semejante de alegría por la cercanía de Dios y por el don de su Palabra? Quien quisiera mostrar esa alegría en seguida sería acusado de triunfalismo. Pero precisamente no es nuestra habilidad la que nos indica la verdadera voluntad de Dios. Es un don inmerecido que nos hace al mismo tiempo humildes y alegres. Si reflexionamos sobre la perplejidad del mundo ante las grandes cuestiones del presente y del futuro, entonces también dentro de nosotros debería brotar nuevamente la alegría por el hecho de que Dios nos ha mostrado gratuitamente su rostro, su voluntad, a sí mismo. Si esta alegría resurge en nosotros, tocará también el corazón de los no creyentes. Sin esta alegría no somos capaces de convencer. Pero esa alegría, donde está presente, incluso sin pretenderlo, posee una fuerza misionera. En efecto, suscita en los hombres la pregunta de si aquí se halla verdaderamente el camino, si esta alegría guía efectivamente tras las huellas de Dios mismo.

Todo esto se halla más profundizado en el pasaje, tomado de la carta de Santiago, que la Iglesia nos propone hoy. Me gusta mucho la Carta de Santiago sobre todo porque, gracias a ella, podemos hacernos una idea de la devoción de la familia de Jesús. Era una familia observante. Observante en el sentido de que vivía la alegría deuteronómica por la cercanía de Dios, que se nos da en su Palabra y en su Mandamiento. Es un tipo de observancia totalmente distinta de la que encontramos en los fariseos del Evangelio, que habían hecho de ella un sistema exteriorizado y esclavizante. También es un tipo de observancia distinto de la que Pablo, como rabino, había aprendido: era —como vemos en sus cartas— la observancia de un especialista que conocía todo y sabía todo; que estaba orgulloso de su conocimiento y de su justicia, y que, sin embargo, sufría bajo el peso de las prescripciones, de tal forma que la Ley no aparecía ya como guía gozosa hacia Dios, sino más bien como una exigencia que, en definitiva, no se podía cumplir.

En la carta de Santiago hallamos la observancia que no se mira a sí misma, sino que se dirige gozosamente hacia el Dios cercano, que nos da su cercanía y nos indica el camino correcto. Así la carta de Santiago habla de la Ley perfecta de la libertad y con ello entiende la comprensión nueva y profunda de la Ley que el Señor nos ha dado. Para Santiago la Ley no es una exigencia que pretende demasiado de nosotros, que está ante nosotros desde el exterior y no puede nunca ser satisfecha. Él piensa en la perspectiva que encontramos en una frase de los discursos de despedida de Jesús: "Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer" (Jn 15, 15). Aquel a quien se ha revelado todo, pertenece a la familia; ya no es siervo, sino libre, porque precisamente él mismo forma parte de la casa. Una introducción inicial parecida en el pensamiento de Dios mismo sucedió a Israel en el monte Sinaí. Ocurrió luego de modo definitivo y grande en el Cenáculo y, en general, mediante la obra, la vida, la pasión y la resurrección de Jesús: en él Dios nos lo ha dicho todo, se ha manifestado completamente. Ya no somos siervos, sino amigos. Y la Ley ya no es una prescripción para personas no libres, sino que es el contacto con el amor de Dios, es ser introducidos a formar parte de la familia, acto que nos hace libres y "perfectos". En este sentido nos dice Santiago, en la lectura de hoy, que el Señor nos ha engendrado por medio de su Palabra, que ha plantado su Palabra en nuestro interior como fuerza de vida.

Aquí se habla también de la "religión pura" que consiste en el amor al prójimo —especialmente a los huérfanos y las viudas, a los que tienen más necesidad de nosotros— y en la libertad frente a las modas de este mundo, que nos contaminan. La Ley, como palabra del amor, no es una contradicción a la libertad, sino una renovación desde dentro mediante la amistad con Dios. Algo semejante se manifiesta cuando Jesús, en el discurso sobre la vid, dice a los discípulos: "Vosotros estáis ya limpios gracias a la Palabra que os he anunciado" (Jn 15, 3). Y otra vez aparece lo mismo en la Oración sacerdotal: Vosotros sois santificados en la verdad (cf. Jn 17, 17-19). Así encontramos ahora la estructura justa del proceso de purificación y de pureza: no somos nosotros quienes creamos lo que es bueno —esto sería un simple moralismo—, sino que es la Verdad la que nos sale al encuentro. Él mismo es la Verdad, la Verdad en persona. La pureza es un acontecimiento dialógico. Comienza con el hecho de que él nos sale al encuentro —él que es la Verdad y el Amor—, nos toma de la mano, se compenetra con nuestro ser. En la medida en que nos dejamos tocar por él, en que el encuentro se convierte en amistad y amor, llegamos a ser nosotros mismos, a partir de su pureza, personas puras y luego personas que aman con su amor, personas que introducen también a otros en su pureza y en su amor.

San Agustín resumió todo este proceso en la hermosa expresión: "Da quod iubes et iube quod vis", "Concede lo que mandas y luego manda lo que quieras". En este momento queremos poner ante el Señor esta petición y rogarle: Sí, purifícanos en la verdad. Sé tú la Verdad que nos hace puros. Haz que mediante la amistad contigo seamos libres y así verdaderamente hijos de Dios, haz que seamos capaces de sentarnos a tu mesa y difundir en este mundo la luz de tu pureza y bondad. Amén.

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