Audiencia general del 6 de junio de 1994

Autor: Juan Pablo II

 

JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERALMiércoles 6 de julio de 1994

 

Las mujeres en el Evangelio

1. Cuando se habla de la dignidad y de la misión de la mujer según la doctrina y el espíritu de la Iglesia, hay que tener presente el Evangelio, a cuya luz el cristiano ve, examina y juzga todo.

En la anterior catequesis hemos proyectado la luz de la Revelación sobre la identidad y el destino de la mujer, presentando como signo a la Virgen María, según las indicaciones del Evangelio. Ahora bien, en esa fuente divina encontramos otros signos de la voluntad de Cristo acerca de la mujer. Habla de ella con respeto y bondad, manifestando con su intención acogerla y pedirle que se comprometa en la instauración del reino de Dios en el mundo.

2. Podemos recordar, ante todo, los numerosos casos de curación de mujeres (cf. Mulieris dignitatem, 13). Y las otras ocasiones en que Jesús revela su corazón de Salvador, lleno de ternura en los encuentros con quienes sufren, sean hombres o mujeres. «No llores», le dice a la viuda de Naím (Lc 7, 13). Y luego le devuelve a su hijo resucitado. Este episodio permite vislumbrar cuál debía de ser el sentimiento íntimo de Jesús hacia su madre, María, en la perspectiva dramática de la participación en su pasión y muerte. Jesús habla también con ternura a la hija muerta de Jairo: «Muchacha, a ti te digo, levántate». Y, después de haberla resucitado, ordena que le den de comer (cf. Mc 5, 41. 43). Asimismo, manifiesta su simpatía por la mujer encorvada, a la que cura: y, en este caso, con su alusión a Satanás, nos hace pensar también en la salvación espiritual que ofrece a esa mujer (cf. Lc 13, 10-17).

3. En otras páginas del Evangelio se expresa la admiración de Jesús por la fe de algunas mujeres. Por ejemplo, en el caso de la hemorroísa, a la que dice: «Tu fe te ha salvado» (Mc 5, 34). Es un elogio que tiene gran valor, porque la mujer había sido objeto de la segregación impuesta por la ley antigua. Jesús libera a la mujer también de esa opresión social. A su vez, la cananea merece esta alabanza de Jesús: «Mujer, grande es tu fe» (Mt 15, 28). Se trata de un elogio que tiene un significado muy especial, si pensamos que se dirige a una extranjera para el mundo de Israel. Podemos recordar también la admiración que Jesús siente por la viuda que da su óbolo para el tesoro del templo (cf. Lc 21, 1-4); y su aprecio por el servicio que recibe de María en Betania (cf. Mt 26, 6-13; Mc 14, 3-9; Jn 12, 1-8), cuyo gesto, como él mismo anuncia, se conocerá en todo el mundo.

4. También en sus parábolas Jesús presenta comparaciones y ejemplos tomados del mundo femenino, a diferencia del midrash de los rabinos, donde sólo aparecen figuras masculinas. Jesús se refiere tanto a las mujeres como a los hombres. Si se hace una comparación, podríamos decir que las mujeres quizá tienen ventaja. Esto significa, por lo menos, que Jesús quiere evitar incluso la apariencia de que a la mujer se la considere inferior.

Más aún: Jesús abre la puerta de su reino tanto a las mujeres como a los hombres. Al abrirla a las mujeres, quiere abrirla a los niños. Cuando dice: «Dejad que los niños vengan a mí» (Mc 10, 14), reacciona contra la actitud de sus discípulos, que querían impedir a las mujeres presentar sus hijos al Maestro. Se podría decir que da razón a las mujeres y a su amor por los niños.

Numerosas mujeres acompañan a Jesús en su ministerio, lo siguen y lo sirven a él, así como a la comunidad de sus discípulos (cf. Lc 8, 1-3). Es un hecho nuevo con respecto a la tradición judía. Jesús, que atrajo a esas mujeres para que lo siguieran, manifiesta también así que superó los prejuicios difundidos en su ambiente, como en buena parte del mundo antiguo, sobre la inferioridad de la mujer. Su lucha contra las injusticias y la prepotencia le llevó también a esa eliminación de las discriminaciones entre las mujeres y los hombres en su Iglesia (cf. Mulieris dignitatem, 13).

5. No podemos menos de añadir que el Evangelio destaca la benevolencia de Jesús también hacia algunas pecadoras, a las que pide arrepentimiento, pero sin reprenderlas por sus faltas, entre otras cosas porque dichas faltas implican la corresponsabilidad del hombre. Algunos episodios son muy significativos: a la mujer que va a la casa del fariseo Simón (cf. Lc 7, 36-50) no sólo le perdona sus pecados, sino que también la elogia por su amor, a la samaritana la transforma en mensajera de la nueva fe (cf. Jn 4, 7―37); a la mujer adúltera, además de perdonarla, la invita a no pecar más (cf. Jn 8, 3-11; Mulieris dignitatem, 14). Es evidente que Jesús rechaza el mal, el pecado, no importa quién lo cometa; pero ¡cuánta comprensión muestra hacia la fragilidad humana y cuánta bondad hacia el que ya sufre a causa de su miseria espiritual y, más o menos conscientemente, busca en él al Salvador!

6. Por último, el Evangelio testimonia que Jesús invita expresamente a las mujeres a cooperar en su obra salvífica. No sólo admite que lo sigan para ponerse a su servicio y al de la comunidad de sus discípulos, sino que también les pide otras formas de compromiso personal. Así, a Marta le pide mayor empeño en la fe (cf. Jn 11, 26-27): y ella, respondiendo a la invitación del Maestro, hace su profesión de fe antes de la resurrección de Lázaro. Después de la Resurrección, a las mujeres piadosas que habían ido al sepulcro y a María Magdalena les confió la tarea de transmitir su mensaje a los Apóstoles (cf. Mt 28, 8-10; Jn 20, 17-18): «Así las mujeres fueron las primeras mensajeras de la resurrección de Cristo para los propios Apóstoles” (Catecismo de la Iglesia católica, n. 641). Son señales bastante elocuentes de su deseo de hacer participar también a las mujeres en el servicio del Reino.

7. Esta actitud de Jesús se explica teológicamente por su deseo de unificar a la humanidad. Como dice san Pablo, Cristo quiso reconciliar a todos los hombres, mediante su sacrificio, «en un solo cuerpo» y hacer de todos «un solo hombre nuevo» (Ef 2, 15. 16), de modo que «ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús» (Ga 3, 28).

Esta es la conclusión de nuestra catequesis: si Jesucristo ha reunido al hombre y a la mujer en la igualdad de su condición de hijos de Dios, los compromete a ambos en su misión, pero sin suprimir la diversidad, sino eliminando toda desigualdad injusta y reconciliando a todos en la unidad de la Iglesia.

8. La historia de las primeras comunidades cristianas atestigua la gran contribución que las mujeres dieron a la evangelización, comenzando por «Febe, nuestra hermana como la llama san Pablo; diaconisa de la Iglesia de Cencreas [...]. Ella ―dice― ha sido protectora de muchos, incluso de mí mismo» (Rm 16, 1-2). Me complace rendir homenaje aquí a su memoria y a la de tantas colaboradoras de los Apóstoles en Cencreas, en Roma y en todas las comunidades cristianas. Junto con ellas recordamos y exaltamos también a todas las demás mujeres ― religiosas y laicas ― que a lo largo de los siglos han dado testimonio del Evangelio y han transmitido la fe, ejerciendo un gran influjo en la creación de un clima cristiano en la familia y en la sociedad.

Saludos

Amadísimos hermanos y hermanas de lengua española

Me es muy grato dirigiros mi más cordial saludo de bienvenida a este encuentro en el que reflexionamos sobre la dignidad y misión de la mujer según la doctrina y el espíritu de la Iglesia, a la luz del Evangelio, en donde vemos numerosos episodios en los que Jesús alaba la fe da algunas mujeres. El Señor, no solamente supera el prejuicio cultural de su tiempo discriminatorio de la mujer, sino que las llama expresamente a colaborar en la obra salvífica.

A todas las personas, familias, y grupos procedentes de los diversos países de América Latina y de España imparto con gran afecto la bendición apostólica

© Copyright 1994 - Libreria Editrice Vaticana