Audiencia general del 6 de junio de 1990

Autor: Juan Pablo II

 

JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 6 de junio de 1990

 

El Espíritu Santo, autor de la santidad de Jesús

1. “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios” (Lc 1, 35). Como sabemos, estas palabras del ángel, dirigidas a María en la Anunciación en Nazaret, se refieren al misterio de la Encarnación del Hijo-Verbo por obra del Espíritu Santo, es decir, a una verdad central de nuestra fe, sobre la que nos hemos detenido en las catequesis anteriores. Por obra del Espíritu Santo ―dijimos― se realiza la “unión hipostática”: el Hijo, consubstancial al Padre, toma de la Virgen María la naturaleza humana por la cual se hace verdadero hombre sin dejar de ser verdadero Dios. La unión de la divinidad y de la humanidad en la única Persona del Verbo-Hijo, es decir, la “unión hispotática” (hypostasis significa persona), es la obra más grande del Espíritu Santo en la historia de la salvación. A pesar de que toda la Trinidad es su causa, el Evangelio y los Santos Padres la atribuyen al Espíritu Santo, porque es la obra suprema del Amor divino, realizada en la absoluta gratuidad de la gracia, para comunidad a la humanidad la plenitud de la santificación en Cristo: efectos todos ellos atribuidos al Espíritu Santo (cf. santo Tomás, Summa Theol., III, q. 32 a. 1).

2. Las palabras dirigidas a María en la Anunciación indican que el Espíritu Santo es la fuente de la santidad del Hijo que nacerá de Ella. En el momento en que el Verbo eterno se hace hombre, tiene lugar en la naturaleza asumida una singular plenitud de santidad humana que supera la de cualquier otro santo, no sólo de la Antigua Alianza sino también de la Nueva. Esta santidad del Hijo de Dios como hombre, como Hijo de María ―santidad fontal, que tiene su origen en la unión hipostática― es obra del Espíritu Santo, que seguirá actuando en Cristo hasta coronar su propia obra maestra en el misterio pascual.

3. Esa santidad es fruto de una singular “consagración” de la que Cristo mismo dirá explícitamente, disputando con los que lo escuchaban: “A aquel a quien el Padre ha santificado y enviado al mundo ¿cómo le decís que blasfema por haber dicho: Yo soy Hijo de Dios?” (Jn 10, 36). Aquella “consagración” (es decir, “santificación”) está vinculada con la venida al mundo del Hijo de Dios. Como el Padre manda a su Hijo al mundo por obra del Espíritu Santo (el mensajero dice a José: “Lo engendrado en ella es del Espíritu Santo”: Mt 1, 20), así Él “consagra” a este Hijo en su humanidad por obra del Espíritu Santo. El Espíritu, que es el artífice de la santificación de todos los hombres, es, sobre todo, el artífice de la santificación del Hombre concebido y nacido de María, así como de la de su purísima Madre. Desde el primer momento de la concepción, este Hombre, que es el Hijo de Dios, recibe del Espíritu Santo una extraordinaria plenitud de santidad, en una medida correspondiente a la dignidad de su Persona divina (cf. santo Tomás, Summa Theol., III, q. 7, aa. 1, 9. 11).

4. Esta santificación alcanza a toda la humanidad del Hijo de Dios, a su alma y a su cuerpo, como pone de manifiesto el evangelista Juan, el cual parece que quiere subrayar el aspecto corporal de la Encarnación: “la Palabra se hizo carne” (Jn 1, 14). Por obra del Espíritu Santo es superada, en la Encarnación del Verbo, aquella concupiscencia de la que habla el Apóstol Pablo en la carta a los Romanos (cf. Rm 7, 7-25) y que desgarra interiormente al hombre. De ella precisamente libera la “ley del Espíritu” (Rm 8, 2), de forma que quien vive del Espíritu camina también según el Espíritu (cf. Ga 5, 25). El fruto de la acción del Espíritu Santo es la santidad de toda la humanidad de Cristo. El cuerpo humano del Hijo de María participa plenamente en esta santidad con un dinamismo de crecimiento que tiene su culmen en el misterio pascual. Gracias a él, el cuerpo de Jesús, que el Apóstol define “carne semejante a la del pecado” (Rm 8, 3), alcanza la santidad perfecta del cuerpo del Resucitado (cf. Rm 1, 4). Así tendrá inicio un nuevo destino del cuerpo humano y de “todo cuerpo” en el mundo creado por Dios y llamado, incluso en su materialidad, a participar en los beneficios de la Redención (cf. santo Tomás, Summa Theol., III, q. 8, a. 2).

5. En este punto es preciso añadir que el cuerpo, que por obra del Espíritu Santo pertenece desde el primer momento de la concepción a la humanidad del Hijo de Dios, deberá llegar a ser en la Eucaristía el alimento espiritual de los hombres. Jesucristo, al anunciar la institución de este admirable sacramento, subrayará que en él su carne (bajo la especie del pan) podrá convertirse en alimento de los hombres gracias a la acción del Espíritu Santo que da vida. Son muy significativas, al respecto, las palabras que pronuncia en las cercanías de Cafarnaún: “El Espíritu es el que da vida; la carne (sin el Espíritu) no sirve para nada” (Jn 6, 63). Si Cristo dejó a los hombres su carne como alimento espiritual, al mismo tiempo nos quiso enseñar aquella condición de “consagración” y de santidad que, por obra del Espíritu Santo, era y es una prerrogativa también de su Cuerpo en el misterio de la Encarnación y de la Eucaristía.

6. El evangelista Lucas, tal vez haciéndose eco de las confidencias de María, nos dice que, como hijo del hombre, “Jesús progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres” (Lc 2, 52; cf. Lc 2, 40). De modo análogo, se puede también hablar del “crecimiento” en la santidad en el sentido de una cada vez más completa manifestación y actuación de aquella fundamental plenitud de santidad con que Jesús vino al mundo. El momento en que se da a conocer de modo particular la “consagración” del Hijo en el Espíritu Santo, con vistas a su misión, es el inicio de la actividad mesiánica de Jesús de Nazaret: “El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido... y me ha enviado” (Lc 4, 18).

En esta actividad se manifiesta aquella santidad que un día Simón Pedro sentirá la necesidad de confesar con las palabras: “Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador” (Lc 5, 8). Lo mismo sucede en otro momento: “Nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios” (Jn 6, 69).

7. Por tanto, el misterio-realidad de la Encarnación señala el ingreso en el mundo de una nueva santidad. Es la santidad de la persona divina del Verbo, del Hijo que, en la unión hipostática con la humanidad, llena y consagra toda la realidad del Hijo de María: alma y cuerpo. Por obra del Espíritu Santo, la santidad del Hijo del hombre constituye el principio y la fuente perdurable de la santidad en la historia del hombre y del mundo.

Saludos

Saludo ahora cordialmente a todos los peregrinos y visitantes de lengua española. En particular, a la representación de Televisa, que tan destacada labor informativa realizó durante mi reciente viaje pastoral a México. Saludo igualmente a los integrantes de la “Asociación Misionera Club de la Paz”, de Costa Rica y a la peregrinación organizada por los Hermanos Misioneros de los Enfermos Pobres, de Barcelona.

A todas las personas, familias y grupos procedentes de los diversos países de América Latina y de España imparto con afecto la bendición apostólica.

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