Audiencia general del 4 de marzo de 1992

Autor: Juan Pablo II

 

  JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 3 de marzo de 1992

 

1. En el período que precede a la Cuaresma he podido visitar las comunidades eclesiales de Senegal, Gambia y Guinea (Conakry), países que se hallan situados a lo largo de la costa occidental de África, en el Atlántico, y en los que se siente, de alguna manera, el influjo del gran desierto del Sahara. Los habitantes son en su mayoría musulmanes. Los cristianos constituyen sólo una pequeña minoría.

Expreso mi cordial gratitud a los Episcopados por la invitación que me hicieron y por la diligente preparación de la visita. Al mismo tiempo, deseo manifestar mi sincero aprecio por la iniciativa de las autoridades estatales y, en particular, de los presidentes de Senegal, Gambia y Guinea que me invitaron a visitar sus países y les agradezco la cordial hospitalidad que me dispensaron, con la colaboración de los diversos órganos de la Administración. Esa hospitalidad atestigua la buena convivencia que existe entre los cristianos y los musulmanes, según una hermosa tradición africana.

2. El islam llegó a esas poblaciones hacia fines del primer milenio después de Cristo. Los primeros cristianos arribaron en torno al siglo XV pero una verdadera acción misionera sólo tuvo lugar a partir de la mitad del siglo pasado, y el mérito de esa iniciativa correspondió, en este campo, a las congregaciones religiosas, tanto masculinas como femeninas. Al mismo tiempo, gracias al gradual desarrollo de las diócesis y a la institución de los seminarios, creció también el clero diocesano. En Senegal existen hoy seis diócesis. Dakar, la capital, es sede arzobispal y está gobernada por el cardenal Hyacinthe Thiandoum. En Gambia hay sólo una diócesis, Banjul, y la mayoría del clero está compuesta de misioneros. En el territorio de Guinea, además de la capital, Conakry, sede arzobispal, hay otras dos sedes episcopales.

Deseo manifestar mi gratitud a todos los sacerdotes del clero indígena y a los numerosos misioneros que llevan a cabo de forma incansable la tarea de la evangelización. Dirijo también palabras de viva gratitud a las religiosas de las diversas congregaciones femeninas y a los misioneros y misioneras laicos. Que el Señor de la mies bendiga su trabajo y mande constantemente nuevos obreros a su mies.

3. Un momento central de cada día fue la liturgia eucarística. En ella ―mediante el Opus divinum― se manifestaba, del modo más pleno, la Iglesia en su arraigo africano. Esas ceremonias han sido una muestra de la inculturación, que se expresa, por ejemplo, en la lengua, en el canto estupendo y en el ritmo de la procesión de las ofrendas, todo ello penetrado de gran devoción y lleno de vida. En la liturgia se advierte claramente el don particular que la Iglesia africana aporta al tesoro común de la Iglesia universal de Cristo (cf. Lumen gentium, 12). Y, así se me han quedado grabadas en la memoria las celebraciones eucarísticas de cada día: en Ziguinchor, en el sur de Senegal; en el santuario mariano de Poponguine, donde pronuncié el acto de consagración a María, y también en la capital Dakar. En Banjul comenzamos con la santa misa, celebrada hacia el mediodía, luego, tuvimos la celebración de las Vísperas en la catedral, con uso de la lengua local.

Por fin, en Conakry: el primer día nos reunimos para celebrar la santa misa en la catedral, y el siguiente, en el estadio para las ordenaciones sacerdotales. Por doquier se notaba una viva y numerosa participación por parte de los fieles. Y a lo largo de los desplazamientos, en las calles y carreteras, se veían multitudes de habitantes: cristianos y musulmanes juntos. Se hallaban presentes también los representantes de las religiones africanas tradicionales.

El diálogo interreligioso es, ante todo, el "diálogo de la vida ordinaria", en el que reina el respeto recíproco, que tal vez es algo más que tolerancia. Con ese telón de fondo, tuvieron un significado singular los encuentros con los representantes del islam, sobre todo en Dakar y en Conakry. Esos encuentros reflejaban el mismo clima en que viven las sociedades locales.

4. Las comunidades católicas son proporcionalmente poco numerosas pero vigorosas. Esto vale de modo especial por lo que se refiere a los laicos, muchos de los cuales realizan comprometedoras tareas apostólicas. Por ello, fue muy importante el encuentro con los catequistas, con los miembros de los consejos pastorales y con cuantos desempeñan funciones indispensables en la vida de toda la comunidad. Los catequistas, en los países misioneros, tienen el mérito de ser pioneros. En los períodos de las persecuciones ―como sucedió en Guinea― ellos han sido el baluarte de la existencia misma de la Iglesia. Tras el encarcelamiento del arzobispo de Conakry, monseñor Raymond-Marie Tchidimbo, y la expulsión de los misioneros europeos, los catequistas fueron en la vida cotidiana un apoyo indispensable para los pocos sacerdotes locales que quedaron en el país.

Esas Iglesias, por tanto, tienen un vivo pasado misionero, pero también de martirio, y se insertan en el dinamismo del período actual mediante las generaciones jóvenes, que se dieron a conocer durante los encuentros reservados a ellas. La juventud senegalesa nos narró, con gran arte, las vicisitudes de su país y de su Iglesia, nos explico su vida y nos manifestó sus dificultades y esperanzas. Otros encuentros con los jóvenes tuvieron lagar en la escuela católica en Banjul y en Conakry, en veladas interesantes.

Por todas partes la juventud invita a mirar al futuro y a salir al paso de las dificultades y sufrimientos de la existencia africana con la esperanza cristiana.

5. No conviene olvidar otra etapa que, en el curso de esta peregrinación africana tuvo una elocuencia más dolorosa. Pienso en las horas pasadas en la isla de Gorée cerca de Dakar. Esa isla de basalto durante siglos fue testigo del comercio de esclavos, brutalmente arrancados de sus familias para ser transportados, en condiciones humillantes, a América y vendidos como "mercancía humana".

Hoy, miércoles de ceniza, la Iglesia comienza la Cuaresma. Al recibir la ceniza en nuestra cabeza, acojamos, al mismo tiempo, la llamada a la penitencia y a la conversión: "Convertíos y creed en el Evangelio" (Mc 1, 15).

Esta llamada ha de abrazar todas las culpas del pasado, de las que es símbolo la isla de Gorée. Desde hace quinientos años resuena en el área del continente americano la exhortación de Cristo: "Convertíos y creed en el Evangelio". Deseamos reconocer, con espíritu de penitencia, todos los agravios que, en ese largo período, se produjeron a los hombres y a los pueblos de África con ese vergonzoso comercio. Confiamos en que "donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia" (Rom 5, 20) de la redención de Cristo. Con esta fe entramos en el corazón mismo de la evangelización de ayer, de hoy y de mañana, mediante la que Cristo nuestra Pascua (cf. 1Co 5, 7) ha abrazado de modo especial a los que han sufrido más humillaciones y agravios de parte de los demás.

La Cuaresma, al prepararnos para la Semana Santa y la Pascua, nos invita a un mayor recogimiento y a una mayor seriedad de vida. Constituye un tiempo de reflexión y oración más intensas, junto con formas oportunas de sacrificio y de penitencia, y gestos de solidaridad concreta y fraterna. También es tiempo de silencio interior y de meditación, en el que, dejando a un lado cuanto turba o amenaza con trastornar la conciencia y la fantasía, cada uno se esfuerza por redescubrir y vivir mejor los profundos valores de la fe cristiana.

Dispongámonos con confianza, amadísimos hermanos y hermanas, a recorrer este itinerario de conversión y de renovación interior mediante la escucha de la palabra de Dios, la oración y el ejercicio diario de la caridad hacia el prójimo.

Saludos

Amadísimos hermanos y hermanas:

Saludo ahora muy cordialmente a todos los peregrinos y visitantes de lengua española.

En particular, a las Religiosas Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús. Igualmente, a los miembros de las Comunidades Neocatecumenales de Murcia y Cartagena, a quienes aliento a un renovado dinamismo apostólico en la sociedad española.

Un especial saludo de bienvenida deseo dedicar a los numerosos grupos de jóvenes presentes en esta audiencia: de Madrid, de Tarragona, de Cádiz, de Cartagena y de otros lugares de España. Que vuestra visita a Roma os confirme en vuestra fe y encienda vuestra ilusión y esperanza para hacer de nuestro mundo un lugar más justo, fraterno y acogedor.

A todas las personas, familias y grupos procedentes de los diversos países de América Latina y de España imparto con afecto la bendición apostólica.

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