Audiencia general del 4 de marzo de 1981

Autor: Juan Pablo II

 

JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 4 de marzo de 1981

1. El Miércoles de Ceniza —este miércoles— constituye el comienzo de la Cuaresma. Al imponer sobre nuestras cabezas la ceniza, de acuerdo con una tradición antiquísima, deseamos manifestar no sólo la fugacidad del mundo visible y la ley de la muerte, a la cual está sometido en este mundo también el hombre; sino que deseamos manifestar, al mismo tiempo, nuestra disposición a participar en el misterio pascual de Cristo, que conduce a la victoria sobre el pecado y sobre la muerte. La liturgia de la ceniza que el Obispo de Roma preside, conforme a la tradición, en la iglesia estacional de Santa Sabina en el Aventino, es la primera llamada a la conversión de los corazones y a entrar en el camino de la Cuaresma (ayuno de 40 días), según el espíritu de la Iglesia. Al escuchar su voz, no endurezcáis vuestros corazones, sino hacedlos día tras día más sensibles a la voz del Señor crucificado.

2. En este día, en los umbrales de la Cuaresma, quiero daros cuenta de ese particular servicio pastoral del Obispo de Roma, que ha tenido lugar en la segunda mitad del mes pasado, el viaje a Extremo Oriente, que comenzó el 16 y terminó el 27 de febrero. El motivo principal del viaje fue la petición que me presentó el arzobispo de Manila, cardenal Jaime L. Sin, ya al comienzo de mi servicio en la Sede Romana, para elevar a los altares por vez primera a un hijo de la Iglesia en Filipinas, coincidiendo con el IV centenario de la existencia y de la actividad de la sede episcopal de Manila. Este primer Beato de la tierra filipina, que ha obtenido la glorificación, es Lorenzo Ruiz, un laico y padre de familia. Juntamente con un numeroso grupo de misioneros, compuesto por eclesiásticos y laicos, hombres y mujeres, pertenecientes la mayor parte a la Orden de los Dominicos, y provenientes de España, de Francia, de Italia y del mismo Japón, Lorenzo Ruiz sufrió el martirio por la fe en Cristo el año 1637.

3. Así, pues, el motivo directo de mi viaje estuvo vinculado principalmente con el hecho del martirio, uno de cuyos protagonistas fue un hijo de la Iglesia en Filipinas; pero el hecho mismo tuvo lugar en Japón, en fechas que se suceden a poca distancia, en 1633, 1634 y 1637.

He querido ir a Extremo Oriente, a Filipinas y a Japón, para tributar homenaje a los mártires de la fe, tanto a los que habían llegado de la vieja Europa, como también a los indígenas. La Iglesia que nace de la cruz de Cristo en el Calvario a través de todos los siglos y en diversos lugares, madura mediante el testimonio de la cruz, mediante el martirio por la fe, aceptado conscientemente, deliberadamente y con amor por los confesores de Cristo: "Nadie tiene amor mayor que éste de dar uno la vida por sus amigos" (Jn 15, 13).

La Iglesia en Extremo Oriente, durante el curso de los siglos, ha pasado a través del testimonio de la cruz, ha crecido sobre el fundamento de la sangre del martirio, que sufrieron tanto los misioneros provenientes de Europa, como los confesores de Cristo de aquellas tierras, alcanzando pronto la maduración con la mayor prueba del amor. Este fundamento ya ha sido puesto abundantemente en los diversos países de Asia y de Extremo Oriente.

4. Por esto, aún cuando las proporciones cuantitativas nos inducen a mirar a las Iglesias locales de Extremo Oriente y del continente asiático todavía como pequeñas islas en el mar de las otras religiones, de las tradiciones y de las culturas; sin embargo, al mismo tiempo, la profundidad del fundamento echado mediante el martirio de tantos cristianos nos permite ver allí al cristianismo preparado ya desde los fundamentos y maduro en virtud del testimonio de la cruz de Cristo.

Mi pensamiento y mi corazón se han dirigido en el curso de los días pasados, de modo particular, a este testimonio y a este fundamento, no sólo allí donde realizaba directamente mi peregrinación, sino también en todos los territorios del gigantesco continente y de los amplios archipiélagos que lo circundan. Y si la historia de dos milenios parece dar tal vez un testimonio mayor de las dificultades que de un encuentro recíproco entre el cristianismo y las tradiciones religiosas de Asia y de Extremo Oriente, sin embargo, la elocuencia de este fundamento no puede menos de encontrar eco.

Hoy, después del Concilio Vaticano II, miramos todo esto con esperanza todavía mayor, teniendo ante los ojos la Declaración sobre las Relaciones de la Iglesia católica con las Religiones no cristianas. Creemos profundamente que Dios, en su amor paterno, quiere "que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad" (1Tim 2, 4). Miramos con respeto cada uno de los rayos de esas verdades, que se manifiestan también fuera del cristianismo. Al mismo tiempo, no cesamos de orar y de actuar en esta dirección, para que se revele a todos los pueblos la plenitud del divino misterio de la salvación, que está en Cristo Jesús. En esto consiste precisamente la misión de la Iglesia, que ella emprende continuamente "a tiempo y a destiempo" (2Tim 4, 2), alegrándose también con la alegría de esa pequeña grey, porque al Padre le ha complacido darle su reino (cf. Lc 12, 32).

5. Esta alegría ha sido compartida también por mis hermanos y hermanas, a quienes he encontrado en los caminos de mi viaje. Ya el primer día en Karachi, ciudad de más de tres millones de habitantes, en Pakistán, donde más de 100.000 cristianos se apiñaban en torno a sus obispos, con el cardenal Joseph Cordeiro, arzobispo de Karachi, a la cabeza.

6. De Filipinas es difícil hablar suficientemente y sería necesario decir mucho, aunque sólo fuera porque he permanecido allí más tiempo. Sin embargo, no seria bueno conformarse sólo con el papel de un corresponsal o de un cronista. Filipinas es el país de Extremo Oriente, en el que la Iglesia católica ha hundido más profundamente sus raíces y, además, se ha identificado con la sociedad aborigen y ha elaborado muchas formas, tanto tradicionales como modernas, de apostolado y de pastoral. Como ejemplo de las tradicionales, se pueden recordar las varias formas de la llamada "religiosidad popular", en las cuales parece participar también la parte culta de aquella sociedad. Las formas modernas —particularmente las Universidades Católicas y también las escuelas— han comenzado a funcionar ya desde hace algunos siglos (baste recordar la Universidad de los padres dominicos) y continúan desarrollándose; lo mismo vale por lo que se refiere a la actividad caritativa.

Pero precisamente en relación con esta situación particularmente privilegiada de la Iglesia en Filipinas, se impone también el pensamiento sobre los deberes particulares, que esta Iglesia debe plantearse en el campo de la evangelización de Extremo Oriente; es preciso orar mucho más para que ella descubra estos deberes y se haga capaz de afrontarlos.

7. La breve visita a la Isla de Guam, en medio del archipiélago de las Marianas, permite pensar con gozo en los notables éxitos de la evangelización en aquella región del Pacífico y desear que "la Palabra del Señor se anuncie a las islas más lejanas" (cf. Jer 31, 10).

8. Una elocuencia particular ha tenido la estancia en Japón. Por primera vez los pies del Obispo de Roma han pisado ese archipiélago, en el cual la historia del cristianismo se escribe desde los tiempos de San Francisco Javier; primeramente, un período de intenso desarrollo, luego, largos años de persecuciones sangrientas; esto ha manifestado la estupenda prueba de fidelidad de los cristianos japoneses, particularmente de la región de Nagasaki. Finalmente, el período contemporáneo, en el que la Iglesia puede actuar de nuevo sin obstáculos; período en el que se han desarrollado muchas instituciones e instrumentos modernos —recordemos las 11 Universidades Católicas entre las cuales la "Sophia University" de Tokio— y en el cual, a la vez, el proceso de cristianización prosigue muy lentamente, mucho más lentamente que en e! siglo XVI. Sin embargo, también estos pocos días de permanencia me han permitido darme cuenta de cómo la Iglesia y el cristianismo constituyen cierto punto de referencia en la vida espiritual de la sociedad japonesa. Puede ser que esta lentitud de la cristianización en nuestros tiempos derive de la misma fuente que la secularización del mundo occidental, ligada al progreso intenso (¡y unilateral!) de la civilización científica y técnica. Efectivamente, desde este punto de vista, Japón se halla entre los países más avanzados de todo el mundo.

Una etapa importante de la visita a Japón ha sido Hiroshima: la primera ciudad víctima de la bomba atómica, el 6 de agosto de 1945 (tres días después también Nagasaki).

Tanto el recuerdo de los intrépidos mártires japoneses de los siglos pasados, como también la elocuencia de Hiroshima, me han ofrecido la oportunidad de dirigir mis primeros pasos hacia Extremo Oriente precisamente en esta dirección, hacia Japón.

9. Este reciente viaje ha sido ciertamente el más largo de los que he realizado hasta ahora, vinculados con mi servicio en la Sede de Pedro. Su itinerario ha cubierto casi todo el globo. Incluso en la última etapa he tenido la oportunidad de detenerme en Anchorage, Alaska, adorando a Dios con el Sacrificio eucarístico, juntamente con todos aquellos que en los confines septentrionales del continente americano dan testimonio de su amor y de su presencia hasta "los extremos de la tierra" (Act 1, 8).

10. Al hablaros de todo esto, en la audiencia general de hoy, primer miércoles de Cuaresma, agradezco ante todo las oraciones, que me han ayudado en este largo camino; luego, ruego juntamente con vosotros para que los frutos de la conversión y de la esperanza lleguen a cuantos en todo el orbe terrestre no cesan de buscar el rostro del Señor (cf. Sal 26 [27], 8)

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