Audiencia general del 3 de junio de 1987

Autor: Juan Pablo II

 

JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 3 de junio de 198

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Prólogo del Evangelio de San Juan

1. En la anterior catequesis hemos mostrado, a base de los Evangelios sinópticos, que la fe en la filiación divina de Cristo se va formando, por Revelación del Padre, en la conciencia de sus discípulos y oyentes, y ante todo en la conciencia de los Apóstoles. Al crear la convicción de que Jesús es el Hijo de Dios en el sentido estricto y pleno (no metafórico) de esta palabra, contribuye sobre todo el testimonio del mismo Padre, que “revela” en Cristo a su Hijo (‘Mi Hijo’) a través de las teofanías que tuvieron lugar en el bautismo en el Jordán y, luego, durante la transfiguración en el monte Tabor. Vimos además que la revelación de la verdad sobre la filiación divina de Jesús alcanza, por obra del Padre, las mentes y los corazones de los Apóstoles, según se ve en las palabras de Jesús a Pedro: “No es la carne ni la sangre quien esto te ha revelado, sino mi Padre que está en los cielos” (Mt 16, 17).

2. A la luz de esta fe en la filiación divina de Cristo, fe que tras la resurrección adquirió una fuerza mucho mayor, hay que leer todo el Evangelio de Juan, y de un modo especial su prólogo (Jn 1, 1-18). Este constituye una síntesis singular que expresa la fe de la Iglesia apostólica: de aquella primera generación de discípulos, a la que había sido dado tener contactos con Cristo, o de forma directa o a través de los Apóstoles que hablaban de lo que habían oído y visto personalmente, y en lo cual descubrían la realización de todo lo que el Antiguo Testamento había predicho sobre Él. Lo que había sido revelado ya anteriormente, pero que en cierto sentido se hallaba cubierto por un velo, ahora, a la luz de los hechos de Jesús, y especialmente y especialmente en virtud de los acontecimientos pascuales, adquiere transparencia, se hace claro y comprensible.

De esta forma, el Evangelio de Juan (que, de los cuatro Evangelios, fue el último escrito), constituye en cierto sentido el testimonio más completo sobre Cristo como Hijo de Dios, Hijo “consubstancial” al Padre. El Espíritu Santo prometido por Jesús a los Apóstoles, y que debía “enseñarles todo”(cf. Jn 14, 16), permite realmente al Evangelista “escrutar las profundidades de Dios” (cf. 1 Cor 2, 10) y expresarlas en el texto inspirado del prólogo.

3. “Al principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios y el Verbo era Dios. El estaba al principio en Dios. Todas las cosas fueron hechas por Él, y sin Él no se hizo nada de cuanto ha sido hecho” (Jn 1, 1-3). “Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos visto su gloria, como de Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad” (Jn 1, 14)... “Estaba en el mundo y por Él fue hecho el mundo, pero el mundo no lo conoció. Vino a los suyos, pero los suyos no le recibieron” (Jn 1, 10-11). “Mas a cuantos le recibieron dióles poder de venir a ser hijos de Dios: a aquellos que creen en su nombre; que no de la sangre, ni de la voluntad carnal, ni de la voluntad de varón, sino de Dios, son nacidos” (Jn 1, 12-13). “A Dios nadie lo vio jamás; el Hijo Unigénito, que está en el seno del Padre, ése le ha dado a conocer” (Jn 1, 18).

4. El prólogo de Juan es ciertamente el texto clave, en el que la verdad sobre la filiación divina de Cristo halla expresión plena.

Él que “se hizo carne”, es decir, hombre en el tiempo, es desde la eternidad el Verbo mismo, es decir, el Hijo unigénito: el Dios “que está en el seno del Padre”. Es el Hijo “de la misma naturaleza que el Padre”, es “Dios de Dios”. Del Padre recibe la plenitud de la gloria. Es el Verbo por quien “todas las cosas fueron hechas”. Y por ello todo cuanto existe le debe a Él aquel “principio” del que habla el libro del Génesis (cf. Gén 1, 1), el principio de la obra de la creación. El mismo Hijo eterno, cuando viene al mundo como “Verbo que se hizo carne”, trae consigo a la humanidad la plenitud “de gracia y de verdad”. Trae la plenitud de la verdad porque instruye acerca del Dios verdadero a quien “nadie a visto jamás”. Y trae la plenitud de la gracia, porque a cuantos le acogen les da la fuerza para renacer de Dios: para llegar a ser hijos de Dios. Desgraciadamente, constata el Evangelista, “el mundo no lo conoció”, y, aunque “vino a los suyos”, muchos “no le recibieron”.

5. La verdad contenida en el prólogo joánico es la misma que encontramos en otros libros del Nuevo Testamento. Así, por ejemplo, leemos en la Carta “a los Hebreos”, que Dios “últimamente, en estos días, nos habló por su Hijo, a quien constituyó heredero de todo, por quien también hizo los siglos; que, siendo la irradiación de su gloria y la impronta de su sustancia y el que con su poderosa palabra sustenta todas las cosas, después de hacer la purificación de los pecados, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas” (Heb 1, 2-3)

6. El prólogo del Evangelio de Juan (lo mismo que, de otro modo, la Carta a los Hebreos), expresa, pues, bajo la forma de alusiones bíblicas, el cumplimiento en Cristo de todo cuanto se había dicho en a Antigua Alianza, comenzando por el libro del Génesis, pasando por la ley de Moisés (cf. Jn 1, 17) y los Profetas, hasta los libros sapienciales. La expresión “el Verbo” (que “estaba en el principio en Dios”), corresponde a la palabra hebrea “dabar”. Aunque en griego encontramos el término “logos”, el patrón es, con todo, vétero-testamentario. Del Antiguo Testamento toma simultáneamente dos dimensiones: la de “hochma”, es decir, la sabiduría, entendida como “designio” de Dios sobre la creación, y la de “dabar” (Logos), entendida como realización de ese designio. La coincidencia con la palabra “Logos”, tomada de la filosofía griega, facilitó a su vez a aproximación de estas verdades a las mentes formadas en esa filosofía.

7. Permaneciendo ahora en el ámbito del Antiguo Testamento, precisamente en Isaías, leemos: La “palabra que sale de mi boca, no vuelve a mí vacía, sino que hace lo que yo quiero y cumple su misión” (Is 55, 11 ). De donde se deduce que la “dabar-Palabra” bíblica no es sólo “palabra”, sino además “realización” (acto). Se puede afirmar que ya en los libros de la Antigua Alianza se encuentra cierta personificación del “verbo” (dabar, logos); lo mismo que de la “Sabiduría” (sofia).

Efectivamente, en el libro de la Sabiduría leemos: (la Sabiduría) “está en los secretos de la ciencia de Dios y es la que discierne sus obras” (Sab 8, 4); y en otro texto: “Contigo está la sabiduría, conocedora de tus obras, que te asistió cuando hacías al mundo, y que sabe lo que es grato a tus ojos y lo que es recto... Mándala de los santos cielos, y de tu trono de gloria envíala, para que me asista en mis trabajos y venga yo a saber lo que te es grato” (Sab 9, 9-10).

8. Estamos, pues, muy cerca de las primeras palabras del prólogo de Juan. Aún más cerca se hallan estos versículos del libro de la Sabiduría que dicen: “Un profundo silencio lo envolvía todo, y en el preciso momento de la medianoche, tu Palabra omnipotente de los cielos, de tu trono real... se lanzó en medio de la tierra destinada a la ruina llevando por aguda espada tu decreto irrevocable” (Sab 18, 14-15). Sin embargo, esta “Palabra” a la que aluden los libros sapienciales, esa Sabiduría que desde el principio está en Dios, se considera en relación con el mundo creado que ella ordena y dirige (cf. Prov 8, 22-27). En el Evangelio de Juan, por el contrario, “el Verbo” no sólo está “al principio”, sino que se revela como vuelto completamente hacia Dios (pros ton Theon) y siendo Dios Él mismo. “El Verbo era Dios”. El es el “Hijo unigénito, que está en el seno del Padre”, es decir, Dios-Hijo. Es en Persona la expresión pura de Dios, la “irradiación de su gloria” (cf. Heb 1, 3), “consubstancial al Padre”.

9. Precisamente este Hijo, el Verbo que se hizo carne, es Aquel de quien Juan da testimonio en el Jordán. De Juan Bautista leemos en el prólogo: “Hubo un hombre enviado por Dios de nombre Juan. Vino éste a dar testimonio de la luz...” (Jn 1, 6-7). Esa luz es Cristo, como Verbo. Efectivamente, en el prólogo leemos: “En Él estaba la vida y la vida era la luz de los hombres” (Jn 1, 4). Esta es “la luz verdadera que... ilumina a todo hombre” (Jn 1, 9). La luz que “luce en las tinieblas, pero las tinieblas no a acogieron” (Jn 1, 5).

Así, pues, según el prólogo del Evangelio de Juan, Jesucristo es Dios porque es Hijo unigénito de Dios Padre. El Verbo. El viene al mundo como fuente de vida y de santidad. Verdaderamente nos encontramos aquí en el punto central y decisivo de nuestra profesión de fe: “El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”.

Saludos

Dirijo ahora mi más cordial saludo de bienvenida a todos los peregrinos y visitantes de lengua española.

En particular al grupo de sacerdotes de la arquidiócesis de Monterrey (México) y a las junioras de la Congregación de Religiosas de María Inmaculada. A todos aliento a una generosa entrega a Dios y a la Iglesia.

Saludo igualmente a los miembros de la Asociación Trinitaria de Antequera, a los componentes del Coro EASO de San Sebastián y del Coro Estable Municipal de Merlo (Argentina); así como al grupo de estudiantes procedentes de Puerto Rico.

A todas las personas, familias y grupos provenientes de los diversos países de América Latina y de España imparto con afecto la bendición apostólica.

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