Audiencia general del 3 de agosto de 1988

Autor: Juan Pablo II

 

JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 3 de agosto de 198

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Cristo libera al hombre de la esclavitud del pecado para la libertad en la verdad

1. Cristo es el Salvador, en efecto ha venido al mundo para liberar, por el precio de su sacrificio pascual, al hombre de la esclavitud del pecado. Lo hemos visto en la catequesis precedente. Si el concepto de "liberación" se refiere, por un lado, al mal, y liberados de él encontramos "la salvación"; por el otro, se refiere al bien, y para conseguir dicho bien hemos sido liberados por Cristo, Redentor del hombre, y del mundo con el hombre y en el hombre. "Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres" (Jn 8, 32). Estas palabras de Jesús precisan de manera muy concisa el bien, para el que el hombre ha sido liberado por obra del Evangelio en el ámbito de la redención de Cristo. Es la libertad en la verdad. Ella constituye el bien esencial de la salvación, realizada por Cristo. A través de este bien el reino de Dios realmente "está cerca" del hombre y de su historia terrena.

2. La liberación salvífica que Cristo realiza respecto al hombre contiene en sí misma, de cierta manera, las dos dimensiones: liberación "del" (mal) y liberación "para el" (bien), que están íntimamente unidas, se condicionan y se integran recíprocamente.

Volviendo de nuevo al mal del que Cristo libera al hombre ―es decir, al mal del pecado―, es necesario añadir que, mediante los "signos" extraordinarios de su potencia salvífica (esto es: los milagros), realizados por Él curando a los enfermos de diversas dolencias, Él indicaba siempre, al menos indirectamente, esta esencial liberación, que es la liberación del pecado, su remisión. Esto se ve claramente en la curación del paralítico, al que Jesús primero dice: "Tus pecados te son perdonados", y sólo después: "Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa" (Mc 2, 5. 11). Realizando este milagro, Jesús se dirige a los que le rodeaban (especialmente a los que le acusaban de blasfemia, puesto que solamente Dios puede perdonar los pecados): "Para que sepáis que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder de perdonar pecados" (Mc 2, 10).

3. En los Hechos de los Apóstoles leemos que Jesús "pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él" (Act 10, 38). En efecto, se ve por los Evangelios que Jesús sanaba a los enfermos de muchas enfermedades (como por ejemplo, la mujer encorvada, que "no podía en modo alguno enderezarse" (cf. Lc 13, 10-16). Cuando se le presentaba la ocasión de "expulsar a los espíritus malos", si le acusaban de hacer esto con la ayuda del mal, Él respondía demostrando lo absurdo de tal insinuación y decía: "Pero si por el Espíritu de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el reino de Dios" (Mt 12, 28; cf. Lc 11, 20). Al liberar a los hombres del mal del pecado, Jesús desenmascara a aquél que es el "padre del pecado". Justamente en él, en el espíritu maligno, comienza "la esclavitud del pecado" en la que se encuentran los hombres. "En verdad, en verdad os digo: todo el que comete pecado es un esclavo. Y el esclavo no se queda en casa para siempre; mientras el hijo se queda para siempre; si, pues, el Hijo os da la libertad, seréis realmente libres" (Jn 8, 34-36).

4. Frente a la oposición de sus oyentes, Jesús añadía: "...he salido y vengo de Dios; no he venido por mi cuenta, sino que él me ha enviado. ¿Por qué no reconocéis mi lenguaje? Porque no podéis escuchar mi Palabra. Vosotros sois de vuestro padre el diablo y queréis cumplir los deseos de vuestro padre. Este era homicida desde el principio, y no se mantuvo en la verdad, porque no hay verdad en él; cuando dice la mentira, dice lo que le sale de dentro, porque es mentiroso y padre de la mentira" (Jn 8, 42-44). Es difícil encontrar otro texto en el que el mal del pecado se presente de manera tan fuerte en su raíz de falsedad diabólica.

5. Escuchamos una vez más la Palabra de Jesús: "Si, pues, el Hijo os da la libertad, seréis realmente libres" (Jn 8, 36). Si os mantenéis en mi Palabra, seréis verdaderamente mis discípulos, y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres" (Jn 8, 31-32). Jesucristo vino para liberar al hombre del mal del pecado. Este mal fundamental tiene su comienzo en el "padre de la mentira" (como ya se ve en el libro del Génesis, cf. Gén 3, 4). Por esto la liberación del mal del pecado, llevada hasta sus últimas raíces, debe ser la liberación para la verdad, y por medio de la verdad. Jesucristo revela esta verdad. Él mismo es "la Verdad" (Jn 14, 6). Esta Verdad lleva consigo la verdadera libertad. Es la libertad del pecado y de la mentira. Los que eran "esclavos del pecado", porque se encontraban bajo el influjo del "padre de la mentira", son liberados mediante la participación en la Verdad, que es Cristo, y en la libertad del Hijo de Dios ellos mismos alcanzan "la libertad de los hijos de Dios" (cf. Rom 8, 21). San Pablo puede asegurar: "La ley del espíritu que da la vida en Cristo Jesús te liberó de la ley del pecado y de la muerte" (Rom 8, 2).

6. En la misma Carta a los Romanos, el Apóstol presenta de modo elocuente la decadencia humana, que el pecado lleva consigo. Viendo el mal moral de su tiempo, escribe que los hombres, habiéndose olvidado de Dios, "se ofuscaron en sus razonamientos, y su insensato corazón se entenebreció" (Rom 1, 21). "Cambiaron la verdad de Dios por la mentira, y adoraron y sirvieron a la criatura en vez del Creador" (Rom 1, 25). "Y como no tuvieron a bien guardar el verdadero conocimiento de Dios, entrególos Dios a su mente insensata, para que hicieran lo que no conviene" (Rom 1, 28).

7. En otros párrafos de su Carta, el Apóstolpasa de la descripción exterior, al análisis del interior del hombre, donde luchan entre sí el bien y el mal. "Mi proceder no lo comprendo; pues no hago lo que quiero, sino que hago lo que aborrezco. Y, si hago lo que no quiero, estoy de acuerdo con la ley en que es buena; en realidad, ya no soy yo quien obra, sino el pecado que habita en mí" (Rom 7, 15-17). "Advierto otra ley en mis miembros que lucha contra la ley de mi razón y me esclaviza a la ley del pecado...". "¡Pobre de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo que me lleva a la muerte? ¡Gracias sean dadas a Dios por Jesucristo Nuestro Señor!" (Rom 7, 23-25). De este análisis paulino resulta que el pecado constituye una profunda alienación, en cierto sentido "hace que se sienta extraño" el hombre en sí mismo, en su íntimo "yo". La liberación viene con la "gracia y la verdad" (cf. Jn 1, 17), traída por Cristo.

8. Se ve claro en qué consiste la liberación realizada por Cristo: para qué libertad El nos ha liberado. La liberación realizada por Cristo se distingue de la que esperaban sus coetáneos en Israel. Efectivamente, todavía antes de ir de forma definitiva al Padre, Cristo era interrogado por aquellos que eran sus más íntimos: "Señor, ¿es en este momento cuando vas a restablecer el reino de Israel?" (Act 1, 6). Y así todavía entonces ―después de la experiencia de los acontecimientos pascuales― ellos seguían pensando en la liberación en sentido político: bajo este aspecto se esperaba el mesías, descendiente de David.

9. Pero la liberación realizada por Cristo al precio de su pasión y muerte en la cruz, tiene un significado esencialmente diverso: esla liberación de lo que en lo más profundo del hombre obstaculiza su relación con Dios. A ese nivel, el pecado significa esclavitud; y Cristo ha vencido el pecado para injertar nuevamente en el hombre la gracia de la filiación divina, la gracia liberadora. "Pues no recibisteis un espíritu de esclavos para recaer en el temor; antes bien, recibisteis un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abbá, Padre!" (Rom 8, 15).

Esta liberación espiritual, esto es, "la libertad en el Espíritu Santo", es pues el fruto de la misión salvífica de Cristo: "Donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad" (2Cor 3, 17). En este sentido hemos "sido llamados a la libertad" (Gál 5, 13) en Cristo y por medio de Cristo. "La fe que actúa por la caridad" (Gal 5, 6), es la expresión de esta libertad.

10. Se trata de la liberación interior del hombre, de la "libertad del corazón". La liberación en sentido social y político no es la verdadera obra mesiánica de Cristo. Por otra parte, es necesario constatar que sin la liberación realizada por Él, sin liberar al hombre del pecado, y por tanto de toda especie de egoísmo, no puede haber una liberación real en sentido socio-político. Ningún cambio puramente exterior de las estructuras lleva a una verdadera liberación de la sociedad, mientras el hombre esté sometido al pecado y a la mentira, hasta que dominen las pasiones, y con ellas la explotación y las varias formas de opresión.

11. Incluso la que se podría llamar liberación en sentido psicológico, no se puede realizar plenamente, si no con las fuerzas liberadoras que provienen de Cristo. Ello forma parte de su obra de redención. Solamente Cristo es "nuestra paz" (Ef 2, 14). Su gracia y su amor liberan al hombre del miedo existencial ante la falta de sentido de la vida, y de ese tormento de la conciencia que es la herencia del hombre caído en la esclavitud del pecado.

12. La liberación realizada por Cristo con la verdad de su Evangelio, y definitivamente con el Evangelio de su cruz y resurrección, conservando su carácter sobre todo espiritual e "interior", puede extenderse en un radio de acción universal, y está destinada a todos los hombres. Las palabras "por gracia habéis sido salvados" (Ef 2, 5), conciernen a todos. Pero al mismo tiempo, esta liberación, que es "una gracia", es decir, un don, no se puede realizar sin la participación del hombre. El hombre la debe acoger con fe, esperanza y caridad. Debe "esperar su salvación con temor y temblor" (cf. Flp 2, 12). "Dios es quien obra en vosotros el querer y el obrar, como bien le parece" (Flp 2, 13). Conscientes de este don sobrenatural, nosotros mismos debemos colaborar con la potencia liberadora de Dios, que con el sacrificio redentor de Cristo, ha encontrado en el mundo como fuente eterna de salvación.

Saludos

Amadísimos hermanos y hermanas:

Doy ahora mi más cordial bienvenida a todos los peregrinos y visitantes de lengua española.

En particular al grupo de Religiosas Adoratrices, que hacen en Roma un curso de espiritualidad. Asimismo a la peregrinación “Fraternidad Cristiana de Enfermos de la Diócesis de Gerona”; queridos enfermos, que el Señor os haga descubrir la dimensión redentora del dolor con el que os asociáis a la cruz de Cristo.

Finalmente, mi saludo se dirige al grupo del Movimiento Schönstatt, de Puerto Rico, y de las parroquias de “Santa Luisa de Marillac” (Madrid) y de Nuestra Señora de Belén (Orihuela Alicante).

A todas las personas, familias y grupos procedentes de los diversos países de América Latina y de España imparto con afecto la bendición apostólica.

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