Audiencia general del 29 de marzo de 1995

Autor: Juan Pablo II

 

JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERALMiércoles 29 de marzo de 1995

 

La santísima Virgen María y la vida consagrada

1. La relación que todo fiel, como consecuencia de su unión con Cristo, mantiene con María santísima queda aún más acentuada en la vida de las personas consagradas. Se trata de un aspecto esencial de su espiritualidad, expresada más directamente en el título de algunos institutos, que toman el nombre de María, llamándose sus hijos o hijas, siervos o siervas, apóstoles, etc. Muchos institutos reconocen y proclaman el vínculo con María como particularmente arraigado en su tradición de doctrina y devoción, ya desde sus orígenes. En todos existe la convicción de que la presencia de María tiene una importancia fundamental tanto para la vida espiritual de cada alma consagrada, como para la consistencia, la unidad y el progreso de toda la comunidad.

2. Hay sólidas razones para ello, incluso en la sagrada Escritura. En la Anunciación, el ángel Gabriel define a María gratia plena (kecharitoméne: Lc 1, 28), aludiendo explícitamente a la acción soberana y gratuita de la gracia (cf. encíclica Redemptoris Mater, 7). María fue elegida en virtud de un singular amor divino. Si es totalmente de Dios y vive para él, es porque antes que nada Dios tomó posesión de ella, ya que quiso convertirla en el lugar privilegiado de su relación con la humanidad en la Encarnación. Así pues, María recuerda a los consagrados que la gracia de la vocación es un don que no han merecido. Dios es quien los ha amado primero (cf. 1 Jn 4, 10. 19), con un amor gratuito, que debe suscitar su acción de gracias.

María es también el modelo de la acogida de la gracia por parte de la criatura humana. En ella, la gracia misma produjo el «» de la voluntad, la adhesión libre, la docilidad consciente del «fiat» que la llevó a una santidad cada vez mayor durante su vida. María no puso obstáculos a ese crecimiento; siempre siguió las inspiraciones de la gracia e hizo suyas las intenciones divinas. Siempre cooperó con Dios. Con su ejemplo, enseña a los consagrados a no desaprovechar ninguna de las gracias recibidas, a responder cada vez con más generosidad a la llamada divina, y a dejarse inspirar, mover y guiar por el Espíritu Santo.

3. María es la que ha creído, como reconoce su prima Isabel. Esta fe le permite colaborar en la realización del plan de Dios, que, de acuerdo con las previsiones humanas, parecía «imposible» (cf. Lc 1, 37); y así se llevó a cabo el misterio de la venida del Salvador al mundo. El gran mérito de la Virgen santísima consiste en haber cooperado a su venida por una senda que ella misma, al igual que los demás mortales, no sabía cómo podía recorrerse. María creyó, y «el Verbo se hizo carne» (Jn 1, 14) por obra del Espíritu Santo (cf. Redemptoris Mater, 12-14).

También los que aceptan la llamada a la vida consagrada necesitan una gran fe. Para comprometerse en el camino de los consejos evangélicos, es preciso creer en Aquel que llama a vivirlos y en el destino superior que él ofrece. Para entregarse completamente a Cristo, hay que reconocer en él al Señor y Maestro absoluto, que puede pedirlo todo, porque puede hacerlo todo para traducir en realidad lo que pide.

Así pues, María, modelo de fe, guía a los consagrados en el camino de la fe.

4. María es la Virgen de las vírgenes (Virgo virginum). Ya desde los primeros siglos de la Iglesia, ha sido reconocida como modelo de la virginidad consagrada.

La voluntad de María de conservar la virginidad es sorprendente en un ambiente donde ese ideal no se hallaba difundido. Su decisión es fruto de una gracia especial del Espíritu Santo, que suscitó en su corazón el deseo de ofrecerse totalmente a sí misma, en alma y cuerpo, a Dios, realizando así, del modo más elevado y humanamente inimaginable, la vocación de Israel a desposarse con Dios, a pertenecerle de forma total y exclusiva como su pueblo.

El Espíritu Santo la preparó para su maternidad extraordinaria por medio de la virginidad, porque, según el plan eterno de Dios, un alma virginal debía acoger al Hijo de Dios en su encarnación. El ejemplo de María ayuda a comprender la belleza de la virginidad y estimula a los llamados a la vida consagrada a seguir ese camino. Es tiempo de volver a valorar, a la luz de María, la virginidad. Es tiempo de volverla a proponer a los chicos y a las chicas como un serio proyecto de vida. María sostiene con su ayuda a los que se comprometen en ella, les hace comprender la nobleza de la entrega total del corazón a Dios, y afianza continuamente su fidelidad, incluso en las horas de dificultad y de peligro.

5. María se dedicó por completo durante muchos años al servicio de su Hijo: le ayudó a crecer y a prepararse para su misión en la casa y en la carpintería de Nazaret (cf. Redemptoris Mater, 17). En Caná le pidió que manifestara su poder de Salvador y obtuvo su primer milagro en favor de un matrimonio que se encontraba en un apuro (cf. Redemptoris Mater, 18 y 23); nos señaló el camino de la perfecta docilidad a Cristo, diciendo: «Haced lo que él os diga» (Jn 2, 5). En el Calvario estuvo cerca de Jesús como madre. En el cenáculo, junto con los discípulos de Jesús, pasó en oración el tiempo de la espera del Espíritu Santo, prometido por él.

Por consiguiente, María muestra a los consagrados la senda de la entrega a Cristo en la Iglesia como familia de fe, caridad y esperanza, y les alcanza las maravillas de la manifestación del poder soberano de su Hijo, nuestro Señor y Salvador.

6. La nueva maternidad conferida a María en el Calvario es un don que enriquece a todos los cristianos, pero tiene un valor más marcado para los consagrados. Juan, el discípulo predilecto, había ofrecido todo su corazón y todas sus fuerzas a Cristo. Al oír las palabras: «Mujer, ahí tienes a tu hijo» (Jn 19, 26), María acogió a Juan como hijo suyo, y comprendió también que esa nueva maternidad abarcaba a todos los discípulos de Cristo. Su comunión de ideales con Juan y con todos los consagrados permite a su maternidad expandirse en plenitud.

María se comporta como Madre muy atenta para ayudar a los que han consagrado a Cristo todo su amor. Manifiesta una gran solicitud en sus necesidades espirituales. Socorre también a las comunidades, como a menudo atestigua la historia de los institutos religiosos. A ella, que se hallaba presente en la comunidad primitiva (cf. Hch 1, 14), le agrada permanecer en medio de todas las comunidades reunidas en el nombre de su Hijo. En particular, vela por la conservación y expansión de su caridad.

Las palabras de Jesús al discípulo predilecto: «Ahí tienes a tu madre» (Jn 19, 27) cobran especial profundidad en la vida de las personas consagradas, que están invitadas a considerar a María como su madre y a amarla como Cristo la amó. Más en particular, como Juan, están llamadas a «acogerla en su casa» (literalmente, «entre sus bienes») (Jn 19, 27). Sobre todo deben hacerle un lugar en su corazón y en su vida. Deben tratar de desarrollar cada vez más sus relaciones con María, modelo y madre de la Iglesia, modelo y madre de las comunidades, modelo y madre de cada uno de los llamados por Cristo a seguirlo.

Amadísimos hermanos, ¡cuán hermosa, venerable y, en cierto modo, envidiable es esta posición privilegiada de los consagrados bajo el manto y en el corazón de María! Oremos para obtener que la Virgen esté siempre con ellos y brille cada vez más como estrella luminosa de su vida.

Saludos

Queridos hermanos y hermanas:

Deseo saludar ahora a los peregrinos de España y América Latina; en particular, a las Religiosas Angélicas venidas a Roma para dar gracias a Dios por la reciente beatificación de su fundadora, Madre Genoveva Torres; a las Comunidades Neocatecumenales de Valencia, Cartagena y Murcia; al Colegio de las Hijas de Cristo Rey de Madrid; así como a los grupos de peregrinos mexicanos y argentinos.

A todos imparto de corazón mi bendición apostólica.

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