Audiencia general del 27 de enero de 1988

Autor: Juan Pablo II

 

JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 27 de enero  de 198

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Jesucristo, verdadero hombre

1. Jesucristo verdadero Dios y verdadero Hombre: es el misterio central de nuestra fe y es también la verdad-clave de nuestras catequesis cristológicas. Esta mañana nos proponemos buscar el testimonio de esta verdad en la Sagrada Escritura, especialmente en los Evangelios, y en la Tradición cristiana.

Hemos visto ya que en los Evangelio, Jesucristo se presenta y se da a conocer como Dios-Hijo, especialmente cuando declara: “Yo y el Padre somos una sola cosa” (Jn 10, 30), cuando se atribuye a Sí mismo el nombre de Dios “Yo soy” (cf. Jn 8, 58), y los atributos divinos; cuando afirma que le “ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra” (Mt 28, 18): el poder del juicio final sobre todos los hombres y el poder sobre la ley (Mt 5, 22. 28. 32. 34. 39. 44) que tiene su origen y su fuerza en Dios, y por último el poder de perdonar los pecados (cf. Jn 20, 22-23), porque aún habiendo recibido del Padre el poder de pronunciar el “juicio” final sobre el mundo (cf. Jn 5, 22), Él viene al mundo “a buscar y salvar lo que estaba perdido” (Lc 19, 10).

Para confirmar su poder divino sobre la creación, Jesús realiza “milagros”, es decir, “signos” que testimonian que junto con Él ha venido al mundo el reino de Dios.

2. Pero este Jesús que, a través de todo lo que “hace y enseña” da testimonio de Sí como Hijo de Dios, a la vez se presenta a Sí mismo y se da a conocer como verdadero hombre. Todo el Nuevo Testamento y en especial los Evangelios atestiguan de modo inequívoco esta verdad, de la cual Jesús tiene un conocimiento clarísimo y que los Apóstoles y Evangelistas conocen, reconocen y transmiten sin ningún género de duda. Por tanto, debemos dedicar la catequesis de hoy a recoger y a comentar al menos en un breve bosquejo los datos evangélicos sobre esta verdad, siempre en conexión con cuanto hemos dicho anteriormente sobre Cristo como verdadero Dios.

Este modo de aclarar la verdadera humanidad del Hijo de Dios es hoy indispensable, dada la tendencia tan difundida a ver y a presentar a Jesús sólo como hombre: un hombre insólito y extraordinario, pero siempre y sólo un hombre. Esta tendencia característica de los tiempos modernos es en cierto modo antitética a la que se manifestó bajo formas diversas en los primeros siglos del cristianismo y que tomó el nombre de “docetismo”. Según los “docetas” Jesucristo era un hombre “aparente”: es decir, tenía la apariencia de un hombre pero en realidad era solamente Dios.

Frente a estas tendencias opuestas, la Iglesia profesa y proclama firmemente la verdad sobre Cristo como Dios-hombre: verdadero Dios y verdadero Hombre; una sola Persona —la divina del Verbo— subsistente en dos naturalezas, la divina y la humana, como enseña el catecismo. Es un profundo misterio de nuestra fe: pero encierra en sí muchas luces.

3. Los testimonios bíblicos sobre la verdadera humanidad de Jesucristo son numerosos y claros. Queremos reagruparlos ahora para explicarlos después en las próximas catequesis.

El punto de arranque es aquí la verdad de la Encarnación: “Et incarnatus est”, profesamos en el Credo. Más distintamente se expresa esta verdad en e el Prólogo del Evangelio de Juan: “Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1, 14). Carne (en griego “sarx”) significa el hombre en concreto, que comprende la corporeidad, y por tanto la precariedad, la debilidad, en cierto sentido la caducidad (“Toda carne es hierba”, leemos en el libro de Isaías 40, 6).

Jesucristo es hombre en este significado de la palabra “carne”.

Esta carne —y por tanto la naturaleza humana— la ha recibido Jesús de su Madre, María, la Virgen de Nazaret. Si San Ignacio de Antioquía llama a Jesús “sarcóforos” (Ad Smirn., 5), con esta palabra indica claramente su nacimiento humano de una Mujer, que le ha dado la “carne humana”. San Pablo había dicho ya que “envió Dios a su Hijo, nacido de mujer” (Gál 4, 4).

4. El Evangelista Lucas habla de este nacimiento de una Mujer, cuando describe los acontecimientos de la noche de Belén: “Estando allí se cumplieron los días de su parto, y dio a luz a su hijo primogénito, y le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre” (Lc 2, 6-7). El mismo Evangelista nos da a conocer que, el octavo día después del nacimiento, el Niño fue sometido a la circuncisión ritual y “le dieron el nombre de Jesús” (Lc 2, 21). El día cuadragésimo fue ofrecido como “primogénito” en el templo jerosolimitano según la ley de Moisés (cf. Lc 2, 22-24).

Y, como cualquier otro niño, también este “Niño crecía y se fortalecía lleno de sabiduría” (Lc 2, 40). “Jesús crecía en sabiduría y edad y gracia ante Dios y ante los hombres” (Lc 2, 52).

5. Veámoslo de adulto, como nos lo presentan más frecuentemente los Evangelios. Como verdadero hombre, hombre de carne (sarx), Jesús experimentó el cansancio, el hambre y la sed. Leemos: “Y habiendo ayunado cuarenta días y cuarenta noches, al fin tuvo hambre” (Mt 4, 2). Y en otro lugar: “Jesús, fatigado del camino, se sentó sin más junto a la fuente... Llega una mujer de Samaria a sacar agua, y Jesús le dice: dame de beber” (Jn 4, 6-7).

Jesús tiene pues un cuerpo sometido al cansancio, al sufrimiento, un cuerpo mortal. Un cuerpo que al final sufre las torturas del martirio mediante la flagelación, la coronación de espinas y, por último, la crucifixión. Durante la terrible agonía, mientras moría en el madero de la cruz, Jesús pronuncia aquel su “Tengo sed” (Jn 19, 28), en el cual está contenida una última, dolorosa y conmovedora expresión de la verdad de su humanidad.

6. Sólo un verdadero hombre ha podido sufrir como sufrió Jesús en el Gólgota, sólo un verdadero hombre ha podido morir como murió verdaderamente Jesús. Esta muerte la constataron muchos testigos oculares, no sólo amigos y discípulos sino, como leemos en el Evangelio de Juan, los mismos soldados que “llegando a Jesús, como le vieron ya muerto, no le rompieron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó con su lanza el costado, y al instante salió sangre y agua” (Jn 19, 33-34).

“Nació de Santa María Virgen, padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado”: con estas palabras del Símbolo de los Apóstoles la Iglesia profesa la verdad del nacimiento y de la muerte de Jesús. La verdad de la Resurrección se atestigua inmediatamente después con las palabras: “al tercer día resucitó de entre los muertos”.

7. La Resurrección confirma de modo nuevo que Jesús es verdadero hombre: si el Verbo para nacer en el tiempo “se hizo carne”, cuando resucito volvió a tomar el propio cuerpo de hombre. Sólo un verdadero hombre ha podido sufrir y morir en la cruz, sólo un verdadero hombre ha podido resucitar. Resucitar quiere decir volver a la vida en el cuerpo. Este cuerpo puede ser transformado, dotado de nuevas cualidades y potencias, y al final incluso glorificado (como en la Ascensión de Cristo y en la futura resurrección de los muertos), pero es cuerpo verdaderamente humano. En efecto, Cristo resucitado se pone en contacto con los Apóstoles, ellos lo ven, lo miran, tocan a las cicatrices que quedaron después de la crucifixión, y Él no sólo habla y se entretiene con ellos, sino que incluso acepta su comida: “Le dieron un trozo de pez asado, y tomándolo, comió delante de ellos” (Lc 24, 42-43). Al final Cristo, con este cuerpo resucitado y ya glorificado, pero siempre cuerpo de verdadero hombre, asciende al cielo, para sentarse “a la derecha del Padre”.

8. Por tanto, verdadero Dios y verdadero hombre. No un hombre aparente, no un “fantasma” (homo phantasticus), sino hombre real. Así lo conocieron los Apóstoles y el grupo de creyentes que constituyó la Iglesia de los comienzos. Así nos hablaron en su testimonio.

Notamos desde ahora que, así las cosas, no existe en Cristo una antinomia entre lo que es “divino” y lo que es “humano”. Si el hombre, desde el comienzo, ha sido creado a imagen y semejanza de Dios (cf. Gén 1, 27; 5, 1), y por tanto lo que es “humano” puede manifestar también lo que es “divino”, mucho más ha podido ocurrir esto en Cristo. Él reveló su divinidad mediante la humanidad, mediante una vida auténticamente humana. Su “humanidad” sirvió para revelar su “divinidad”: su Persona de Verbo-Hijo.

Al mismo tiempo Él como Dios-Hijo no era, por ello, “menos” hombre. Para revelarse como Dios no estaba obligado a ser “menos” hombre. Más aún: por este hecho Él era “plenamente” hombre, o sea, en la asunción de la naturaleza humana en unidad con la Persona divina del Verbo, Él realizaba en plenitud la perfección humana. Es una dimensión antropológica de la cristología, sobre la que volveremos a hablar.

Saludos

Amadísimos Hermanos y Hermanas:

Mes es grato saludar cordialmente a los peregrinos de lengua española presentes en esta Audiencia, procedentes de España y de América Latina. Que vuestra visita a Roma os llene de la misma fe y valentía que el Apóstol Pedro, para profesar y proclamar que Jesús, verdadero hombre, es también el Hijo de Dios vivo.

A todos imparto con afecto mi bendición apostólica.

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