Audiencia general del 21 de febrero de 1996

Autor: Juan Pablo II

 

JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERALMiércoles 21 de febrero de 1996

 

1. Hoy, miércoles de Ceniza, comienza la Cuaresma, tiempo litúrgico fuerte, durante el cual los cristianos están llamados a tener su mirada fija en Jesús para seguirlo en el itinerario hacia la Pascua.

En este camino espiritual, que tiene como punto de llegada el Triduo pascual, la comunidad cristiana redescubre su vocación de pueblo redimido, llamado a vivir la muerte de Cristo para participar en su resurrección. Haciendo una experiencia más íntima de él, la comunidad cristiana se renueva en la fe, en la esperanza y en el amor. A través de la escucha de la Palabra, la oración, la penitencia y la práctica de la caridad hacia los hermanos necesitados, la Iglesia participa en la vida misma de Cristo que afronta la experiencia del desierto, ayuna, vence la tentación y luego recorre la senda del siervo humilde y sufriente hasta la cruz. En Cristo, la Iglesia revive el éxodo pascual, que la llevará a una conciencia más intensa de su realidad de pueblo de la nueva alianza, convocado para la alabanza, en la escucha de la Palabra y en la experiencia gozosa de los prodigios del Señor.

Toda la liturgia del tiempo cuaresmal recuerda a los creyentes la gracia que cada año se les ofrece como signo del amor misericordioso de Dios. Precisamente la celebración litúrgica de hoy, con la imposición de la ceniza, impulsa a los fieles a la conversión, es decir, a dejarse implicar en este tiempo de salvación. Son significativas las palabras del prefacio de Cuaresma: "Por él concedes a tus hijos anhelar, año tras año, con el gozo de habernos purificado, la solemnidad de la Pascua, para que, dedicados con mayor entrega a la alabanza divina y al amor fraterno, por la celebración de los misterios que nos dieron nueva vida, lleguemos a ser con plenitud hijos de Dios" (Misal Romano, Prefacio I de Cuaresma).

Así pues, el cristiano vive la Cuaresma como tiempo privilegiado para redescubrir la gracia del bautismo y para prepararse a celebrar con alegría, con corazón libre y reconciliado, el don pascual de la filiación divina.

El Espíritu, que guió a Jesús en el camino hacia la Pascua, impulsa también a los bautizados a seguirlo en el "desierto", para confirmarlos en su fidelidad a Dios y a su proyecto, frente a las frecuentes tentaciones del materialismo, el poder y la infidelidad. Todo esto en un clima de íntima reflexión, de constante escucha y de oración confiada.

2. La Cuaresma, con su austero itinerario, nos ayuda a todos a tomar conciencia de los peligros espirituales a que se halla expuesta nuestra vida y, al mismo tiempo, nos lleva a abrir los ojos hacia las magníficas perspectivas de la vocación cristiana.

La imagen del desierto, típica de este período, pone con realismo al hombre ante el resultado de su separación de Aquel que es la fuente de la vida. Sin Dios, la existencia resulta vacía, sin sentido, carente de afectos auténticos y de grandes ideales, y privada de generosidad, de amor y de perdón. Por otra parte, en el tiempo cuaresmal la liturgia nos invita a considerar la condición humana a la luz de la misericordia divina, contemplando la posibilidad concreta de la salvación. Como en el caso del hijo pródigo, el recuerdo del Padre (cf. Lc 15, 17) es lo que infunde confianza en quien ha pecado y le ayuda a tomar el camino del regreso, impulsándolo a la escucha de "toda palabra que sale de la boca de Dios" (Mt 4, 4).

3. "En nombre de Cristo os suplicamos: ¡Reconciliaos con Dios!" (2Co 5, 20). La invitación del apóstol Pablo, que resuena hoy al inicio del camino cuaresmal, pone de manifiesto que estamos entrando en un tiempo providencial de conversión y reconciliación.

La escucha de la palabra de Dios, la oración y el ejercicio de las obras de misericordia nos ayudan a descubrir la fragilidad humana a la luz del amor de Dios y, al mismo tiempo, nos obtienen la fuerza para volvernos a poner en camino hacia la meta de nuestra salvación. Todo creyente, iluminado por la gracia del Señor, puede recorrer la senda de la santidad, dócil a las indicaciones salvíficas del Evangelio.

Por consiguiente, este tiempo penitencial exige del cristiano que se comprometa a sanar las consecuencias de los pecados personales y comunitarios con la mortificación de las pasiones y con una vida más sobria. Lo lleva a experimentar la bienaventuranza que el Señor promete a quien está afligido por el mal realizado (cf. Mt 5, 4) y lo guía, elevado y fortalecido, a una paz íntima y duradera.

4. En el período de preparación para la Pascua, además de la oración, cobra especial relieve el ayuno. Por medio de él, el Señor santifica y purifica a su Iglesia. Con esta obra penitencial, el Señor mismo, como nos lo recuerda la liturgia, refrena nuestras pasiones, eleva nuestro espíritu, y nos da fuerza y recompensa (cf. Misal Romano, Prefacio IV de Cuaresma).

Además del ayuno, la Cuaresma invita a la práctica de la limosna, que ayuda a quien se encamina hacia la Pascua a abrir su corazón a los hermanos, especialmente a los más pobres y necesitados, haciéndose cargo del hambre y del sufrimiento de tan gran parte de la humanidad. En un mundo desgarrado por muchas injusticias, la limosna cuaresmal se transforma en signo de la realidad nueva del reino de Dios y anticipación de una convivencia más justa y fraterna entre los hombres, por estar inspirada en el Evangelio.

5. Este año, la Cuaresma adquiere una importancia singular, ya que se inserta en la primera fase de preparación para el gran jubileo del año 2000. Quiera Dios que en toda comunidad diocesana la Cuaresma constituya el comienzo de un camino común de conversión para una nueva evangelización. En efecto, no podemos olvidar que la humanidad entera, precisamente a partir de la reconciliación con Dios y con los hermanos, está llamada a poner las condiciones para construir un mundo más libre y acogedor, iluminado por la victoria pascual de Cristo sobre el mal y sobre la muerte.

En este itinerario, que comenzamos hoy, nos acompaña María, Madre de la esperanza: ella nos sostiene con su ternura materna y nos guía a acoger con espíritu renovado el anuncio gozoso de la Pascua.

 

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