Audiencia general del 19 de diciembre de 1990

Autor: Juan Pablo II

 

JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 19 de diciembre de 1990

 

«Y de pronto se juntó con el ángel una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: 'Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres en quienes él se complace'» (Lc 2, 13-14).

1. Amadísimos hermanos y hermanas, esta audiencia general tiene lugar durante la novena de preparación para Navidad, es decir, como preparación a la conmemoración litúrgica del nacimiento de Jesús, el Mesías anunciado por los profetas y esperado por el pueblo de Israel. Cada año resuena en nuestros espíritus el cántico gozoso de los ángeles, que anuncian a los pastores el gran acontecimiento, invitándolos a dirigirse a Belén para ver al Salvador, al Cristo Señor, envuelto en pañales y acostado en un pesebre (cf. Lc 2, 11).

También nosotros nos dirigimos espiritualmente hacia Belén; caminamos ansiosos y conmovidos hacia el pobre pesebre, donde María Santísima ha acostado al Niño recién nacido "porque no tenían sitio en el alojamiento" (Lc 2, 7).

La Navidad es una fiesta universal. Incluso los que no creen perciben en esta celebración algo diferente y trascendente. El cristiano, en cambio, sabe que en la Navidad se celebra el acontecimiento central de la historia humana: la encarnación del Verbo divino para la redención de la humanidad.

El autor de la carta a los Hebreos, escribiendo en un tiempo relativamente cercano a ese evento único y extraordinario, advertía: "Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo a quien instituyó heredero de todo, por quien también hizo los mundos; el cual es resplandor de su gloria e impronta de su sustancia, y el que sostiene todo con su palabra poderosa..." (Hb 1, 1-3).

Nosotros sabemos que ese Niño humilde y pobre, escondido e inerme, es Dios mismo, hecho hombre por nosotros. Él es la Luz de los hombres, que brilla en las tinieblas; la Vida espiritual, que vivifica al alma; y la Verdad que proyecta su claridad sobre el sentido último de la existencia. Afirma el apóstol Juan: "La gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo. A Dios nadie le ha visto jamás; el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha contado" (Jn 1, 17-18).

2. Debemos meditar atentamente en los motivos que impulsaron a Jesús a encarnarse: es importante tenerlos presentes en nuestro espíritu si queremos que la Navidad no se reduzca a una fiesta meramente sentimental o consumista, rica de regalos y de felicitaciones, pero pobre de auténtica vida cristiana.

En efecto, la Navidad nos hace reflexionar, por una parte, en el carácter dramático de la historia humana, según el cual los hombres, heridos por el pecado, andan perennemente en búsqueda de la verdad, de perdón, de misericordia, de redención; y, por otra, en la bondad de Dios, que salió al encuentro del hombre para comunicarle directamente la verdad que salva y hacerlo partícipe de su amistad y de su vida.

La Navidad es la fiesta del Amor divino: por amor él nos creó; por amor nos redimió en Cristo y nos espera en su Reino. San Bernardo, el gran doctor de la Iglesia ―de cuya muerte hemos celebrado este año el noveno centenario― en el Sermón tercero sobre el Adviento afirma: "Cristo vino no sólo entre nosotros, sino también por nosotros... Bien considerado, estamos miserablemente oprimidos por tres enfermedades: somos seducidos fácilmente, somos débiles en la acción y frágiles en la resistencia. Si queremos discernir el bien del mal, nos engañamos; si tratamos de hacer el bien, nos falta la fuerza; si nos esforzamos por resistir al mal, somos derrotados y vencidos. Era necesaria, por tanto, la venida del Salvador, y es necesaria la presencia de Cristo entre los hombres así oprimidos. Oh, que venga y, habitando en nosotros, socorra nuestra debilidad; alzándose en nuestra defensa, proteja nuestra fragilidad y combata por nosotros".

La Navidad resulta, por ello, fiesta de gran responsabilidad: adorando a Jesús Niño en el pesebre de Belén, todos comprendemos que tenemos una función por desempeñar en el anuncio de la Buena Nueva. Naciendo en la humildad y en la pobreza, Dios, por decir así, ha limitado su omnipotencia para hacernos a nosotros poderosos instrumentos suyos en el designio providencial de la salvación.

3. Preparémonos, por tanto, a la Navidad con profunda seriedad y devoción, conscientes de que el recuerdo litúrgico del nacimiento del Redentor debe hacer nuestra vida cristiana cada vez más creíble y convincente. Jesús, nacido pobre y lejos de la casa de Nazaret, quiso tener en torno a sí personas sencillas y humildes, como María y José, los pastores, los Magos. De esta forma nos enseña que para Dios los verdaderos valores están en la humildad, en el ocultamiento, en la aceptación serena y gozosa de su voluntad, en la caridad pronta a inclinarse hacia las muchas necesidades de sus hermanos. La Navidad, fiesta del Amor de Dios hacia los hombres, se convierte de ese modo, también, en la fiesta de nuestra caridad hacia los hermanos.

Mientras os expreso mis más fervientes votos por una Feliz Navidad, os deseo que seáis testigos y mensajeros de esta caridad. Llevad serenidad y calor a vuestras casas, a vuestras parroquias, y a cualquier parte donde se desarrolle vuestra vida.

¡María Santísima, tabernáculo del Verbo encarnado, os acompañe en esta novena para que podáis celebrar santamente la Navidad, en el gozo de la fe y en el compromiso de la caridad!

Saludos

Deseo ahora dirigir mi más cordial saludo a todos los peregrinos y visitantes de lengua española.

En particular al grupo de Religiosas Hijas de Cristo Rey, así como a las Religiosas Hijas de Jesús, a quienes aliento a una entrega ilusionada y generosa a Dios siendo siempre fieles a su vocación de vida consagrada.

A todas las personas, familias y grupos procedentes de los diversos países de América Latina y de España imparto con afecto la bendición apostólica.

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