Audiencia general del 18 de noviembre de 1987

Autor: Juan Pablo II

 

JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 18 de noviembre de 198

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"Niña, a ti te lo digo, levántate" (Mc 5, 41)

1. Si observamos atentamente los “milagros, prodigios y señales” con que Dios acreditó la misión de Jesucristo, según las palabras pronunciadas por el Apóstol Pedro el día de Pentecostés en Jerusalén, constatamos que Jesús, al obrar estos milagros-señales, actuó en nombre propio, convencido de su poder divino, y, al mismo tiempo, de la más íntima unión con el Padre. Nos encontramos, pues, todavía y siempre, ante el misterio del “Hijo del hombre-Hijo de Dios”, cuyo Yo transciende todos los límites de la condición humana, aunque a ella pertenezca por libre elección, y todas las posibilidades humanas de realización e incluso de simple conocimiento.

2. Una ojeada a algunos acontecimientos particulares, presentados por los Evangelistas, nos permite darnos cuenta de la presencia arcana en cuyo nombre Jesucristo obra sus milagros. Helo ahí cuando, respondiendo a las súplicas de un leproso, que le dice: “Si quieres, puedes limpiarme”, Él, en su humanidad, “enternecido”, pronuncia una palabra de orden que, en un caso como aquél, corresponde a Dios, no a un simple hombre: “Quiero, sé limpio. Y al instante desapareció la lepra y quedó limpio” (cf. Mc 1, 40-42). Algo semejante encontramos en el caso del paralítico que fue bajado por un agujero realizado en el techo de la casa: “Yo te digo... levántate, toma tu camilla y vete a tu casa” (cf. Mc 2, 11-12).

Y también: en el caso de la hija de Jairo leemos que “Él (Jesús) ...tomándola de la mano, le dijo: “Talitha qumi”, que quiere decir: “Niña, a ti te lo digo, levántate”. Y al instante se levantó la niña y echó a andar” (Mc 5, 41-42). En el caso del joven muerto de Naín: “Joven, a ti te hablo, levántate. Sentóse el muerto y comenzó a hablar” (Lc 7, 14-15). (En cuántos de estos episodios vemos brotar de la palabras de Jesús la expresión de una voluntad y de un poder al que Él se apela interiormente y que expresa, se podría decir, con la máxima naturalidad, como si perteneciese a su condición más íntima, el poder de dar a los hombres la salud, la curación e incluso la resurrección y la vida!

3. Un atención particular merece la resurrección de Lázaro, descrita detalladamente por el cuarto Evangelista. Leemos: “Jesús, alzando los ojos al cielo, dijo: Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que siempre me escuchas, pero por la muchedumbre que me rodea lo digo, para que crean que Tú me has enviado. Diciendo esto, gritó con fuerte voz Lázaro, sal fuera. Y salió el muerto” (Jn 11, 41-44). En la descripción cuidadosa de este episodio se pone de relieve que Jesús resucitó a su amigo Lázaro con el propio poder y en unión estrechísima con el Padre. Aquí hallan su confirmación las palabras de Jesús: “Mi Padre sigue obrando todavía, y por eso obro yo también” (Jn 5, 17), y tiene una demostración, que se puede decir preventiva, lo que Jesús dirá en el Cenáculo, durante la conversación con los Apóstoles en la última Cena, sobre sus relaciones con el Padre y, más aún, sobre su identidad sustancial con Él.

4. Los Evangelios muestran con diversos milagros-señales cómo el poder divino que actúa en Jesucristo se extiende más allá del mundo humano y se manifiesta como poder de dominio también sobre las fuerzas de la naturaleza. Es significativo el caso de la tempestad calmada: “Se levantó un fuerte vendaval”. Los Apóstoles-pescadores asustados despiertan a Jesús que estaba durmiendo en la barca. Él, “despertando, mandó al viento y dijo al mar: Calla, enmudece. Y se aquietó el viento y se hizo completa calma... Y sobrecogidos de gran temor, se decían unos a otros: ¿Quién será éste, que hasta el viento y el mar le obedecen?” (cf. Mc 4, 37-41).

En este orden de acontecimientos entran también las pescas milagrosas realizadas, por la palabra de Jesús (in verbo tuo), después de intentos precedentes malogrados (cf. Lc 5, 4-6; Jn 21, 3-6). Lo mismo se puede decir, por lo que respecta a la estructura del acontecimiento, del “primer signo” realizado en Caná de Galilea, donde Jesús ordena a los criados llenar las tinajas de agua y llevar después “el agua convertida en vino” al maestresala (cf. Jn 2, 7-9). Como en las pescas milagrosas, también en Caná de Galilea, actúan los hombres: los pescadores-apóstoles en un caso, los criados de las bodas en otro, pero está claro que el efecto extraordinario de la acción no proviene de ellos, sino de Aquel que les ha dado la orden de actuar y que obra con su misterioso poder divino. Esto queda confirmado por la reacción de los Apóstoles, y particularmente de Pedro, que después de la pesca milagrosa “se postró a los pies de Jesús, diciendo: Señor, apártate de mí, que soy un pecador” (Lc 5, 8). Es uno de tantos casos de emoción que toma la forma de temor reverencial o incluso miedo, ya sea en los Apóstoles, como Simón Pedro, ya sea en la gente, cuando se sienten acariciados por el ala del misterio divino

5. Un día, después de a Ascensión, se sentirán invadidos por un “temor” semejante los que vean los “prodigios y señales” realizados “por los Apóstoles” (cf. Act 2, 43). Según el libro de los Hechos, la gente sacaba “a las calles los enfermos, poniéndolos en lechos y camillas, para que, llegando Pedro, siquiera su sombra los cubriese” (Act 5, 15). Sin embargo, estos “prodigios y señales”, que acompañaban los comienzos de la Iglesia Apostólica, eran realizados por los Apóstoles no en nombre propio, sino en el nombre de Jesucristo, y eran, por tanto, una confirmación ulterior de su poder divino. Uno queda impresionado cuando lee la respuesta y el mandato de Pedro al tullido que le pedía una limosna junto a la puerta del templo de Jerusalén: “No tengo oro ni plata; lo que tengo, eso te doy: en nombre de Jesucristo Nazareno, anda. Y tomándole de la diestra, le levantó, y al punto sus pies y sus talones se consolidaron” (Act 3, 6-7). O lo que es lo mismo, Pedro dice a un paralítico de nombre Eneas: “Jesucristo te sana; levántate y toma tu camilla. Y al punto se irguió” (Act 9, 34).

También el otro Príncipe de los Apóstoles, Pablo, cuando recuerda en la Carta a los Romanos lo que él ha realizado “como ministro de Cristo entre los paganos”, se apresura a añadir que en aquel ministerio consiste su único mérito: “No me atreveré a hablar de cosa que Cristo no haya obrado por mí para la obediencia (de la fe) de los gentiles, de obra o de palabra, mediante el poder de milagros y prodigios y el poder del Espíritu Santo” (15, 17-19).

6. En la Iglesia de los primeros tiempos, y especialmente esta evangelización del mundo llevada a cabo por los Apóstoles, abundaron estos “milagros, prodigios y señales”, como el mismo Jesús les había prometido (cf. Act 2, 22). Pero se puede decir que éstos se han repetido siempre en la historia de la salvación, especialmente en los momentos decisivos para la realización del designio de Dios. Así fue ya en el Antiguo Testamento con relación al “Éxodo” de Israel de la esclavitud de Egipto y a la marcha hacia la tierra prometida, bajo la guía de Moisés. Cuando, con la encarnación del Hijo de Dios, “llegó la plenitud de los tiempos” (cf. Gal 4, 4), estas señales milagrosas del obrar divino adquieren un valor nuevo y una eficacia nueva por a autoridad divina de Cristo y por la referencia a su Nombre —y, por consiguiente, a su verdad, a su promesa, a su mandato, a su gloria— por el que los Apóstoles y tantos santos los realizan en la Iglesia. También hoy se obran milagros y en cada uno de ellos se dibuja el rostro del “Hijo del hombre-Hijo de Dios” y se afirma en ellos un don de gracia y de salvación.

Saludos

Saludo cordialmente a todos los peregrinos y visitantes de lengua española, procedentes de los diversos países de América Latina y de España. En particular, al grupo de sacerdotes que participan en el Curso para Animadores de la Espiritualidad Misionera-Sacerdotal, en el Centro Internacional de Animación Misionera de Roma. A vosotros y a todas las personas consagradas aquí presentes deseo alentar para que el tesoro de gracia que habéis recibido lo sepáis compartir alimentando la fe y el amor en los hermanos.

Saludo igualmente a los Superiores Provinciales de la Congregación de Terciarios Capuchinos y a los peregrinos procedentes de la Parroquia del Hermano Pedro de San José de Betancourt, de la Ciudad de Guatemala.

A todos imparto con afecto la bendición apostólica

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