Audiencia general del 17 de octubre de 1984

Autor: Juan Pablo II

 

JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 17 de octubre de 1984

1. Hoy se me va el pensamiento con afecto especial a las etapas de mi viaje breve e intenso por la ruta de Cristóbal Colón y de los primeros misioneros del continente latinoamericano, viaje que comencé el miércoles pasado y concluí el sábado: poco menos de tres días. Como es sabido, el Episcopado de Latinoamérica ha decidido a través del Celam celebrar, con una "novena de años" de preparación, el V centenario del comienzo del anuncio del Evangelio en dicho continente.

El objeto de esta peregrinación mía era aceptar la invitación del Celam de que participara en el estadio olímpico de Santo Domingo, en la inauguración de esta novena de preparación a la celebración del descubrimiento y evangelización del Nuevo Mundo, porque aquel acontecimiento abrió una etapa decisiva en la historia de la humanidad, hasta el punto de clausurar una época y dar comienzo a otra; pero sobre todo es hecho de importancia incalculable para el Evangelio de Cristo y para la Iglesia que ha recibido del Divino Maestro la misión de anunciarlo a todas las gentes.

2. "¡Qué hermosos son sobre los montes / los pies del mensajero que anuncia la paz, / que trae la Buena Nueva, / que pregona la salvación!" (Is 52, 7).

Con estas palabras del Profeta Isaías, en Zaragoza di gracias a las familias de los misioneros que contribuyen a anunciar el Evangelio en aquel continente inmenso de América. Con ellos recé a Dios en la basílica de la Virgen del Pilar y di gracias porque Torobio de Mogroveio, Pedro Claver, Francisco Solano, Martín de Porres, Rosa de Lima, Juan Macías. Miguel Febres Cordero y muchas otras personas desconocidas que vivieron heroicamente su vocación cristiana, florecieron y florecen en el continente americano. Alabé a Dios porque muchos hijos de España y también de la vecina Portugal y de otras naciones abandonaron todo para entregarse enteramente a la causa del Evangelio.

Mi parada en tierra española no fue mera escala técnica, sino reconocimiento de la aportación prestada por esta nación a la evangelización del Nuevo Mundo e invitación reiterada con intenso afecto a seguir contribuyendo con sus energías mejores a la prosecución de esta tarea que le ha asignado la Providencia.

3. Una vez en Santo Domingo, en la tarde del día 11 de octubre, celebré la Misa para la evangelización de los pueblos, poniendo de relieve en la homilía, entre otras cosas, que mi presencia en tierra dominicana quería testimoniar mi aprecio y resaltar la iniciativa de conmemorar, con una adecuada preparación, un acontecimiento histórico de suma importancia, el cual tiene que comprometer a la Iglesia latinoamericana a acometer con mayor brío el anuncio del Evangelio y comenzar una misión más extensa y una movilización más intensa (cf. Homilía en Santo Domingo, página 8).

En la isla donde hace casi quinientos años se plantó la cruz y se pronunció por vez primera el nombre de Jesucristo, como Obispo de Roma y Sucesor del Apóstol Pedro y en unión de los obispos de toda la Iglesia de Latinoamérica y algunos representantes del Episcopado de España, Portugal, Filipinas, Estados Unidos y Canadá, di comienzo a la novena de años que quiere conmemorar una de las fechas más importantes para la humanidad y el comienzo de la fe cristiana y de la Iglesia católica en una tierra grávida de esperanzas.

En la reunión con los obispos del Celam del 12 de octubre por la mañana, día en que puso el pie Cristóbal Colón en un lejano 1492, entregué a todos los Presidentes de las Conferencias Episcopales de Latinoamérica acompañados cada uno por un joven y una joven, una gran cruz hecha de madera de árboles de la tierra dominicana y copia de la que plantó Colón en los albores del siglo XVI. Esta cruz quiere ser símbolo de la nueva historia del continente de la esperanza que ha de construirse con la fuerza de la cruz en verdad, justicia y amor.

4. La conmemoración inaugurada en Santo Domingo nace de la convicción de que la mirada a estos siglos de su historia lleva a la Iglesia a profundizar su identidad, alimentar la corriente vital de la misión y de la santidad que impulsó e impulsa su caminar, comprender más a fondo los problemas del presente y proyectarse con mayor realismo hacia el futuro (cf. Discurso a los obispos del Celam, página 11).

Por lo tanto, conmemorar lo que inauguró un período histórico nuevo y significativo, no es sólo recordar los hechos más importantes, sino transformarlos en fuente inspiradora del vivir de hoy, de nuestro modo de adherirnos a la fe en Cristo. El ejemplo de los numerosos santos americanos debe estimularnos a poner a Jesús en el centro de la vida, en cuanto presencia de la que saca nueva luz y nueva fuerza la cristiandad para construir una "civilización del amor" basada en los principios de verdad, libertad, justicia y paz.

Al recordar los albores de esta página de la historia del hombre y de la Iglesia, estoy cierto de que los latinoamericanos acrecerán su conciencia de ser cristianos. Acogerán plenamente el mensaje de la redención de que la salvación ha llegado a realidad y se cumple al hacerse carne en la historia el Dios trascendente.

5. Este viaje de carácter especialmente misionero se puso bajo la protección de María Santísima. Con el apoyo maternal de la Virgen di gracias a Dios por la fe de las sucesivas generaciones. Invité a meditar en el misterio de la visitación de María a Santa Isabel y a reflexionar en el hecho providencial con el que Dios transformó a Latinoamérica en "la tierra de la nueva visitación" (Homilía en Santo Domingo, página 8).

Y precisamente, según el modelo y ejemplo de la Virgen debemos llevar la presencia real y portadora de júbilo de Cristo al prójimo, al necesitado, ayudándole en las necesidades con que se tropieza.

No hay duda de que la Iglesia debe ser integralmente fiel a su Señor como la Madre de Cristo, poniendo en práctica la opción preferencial por los pobres, que no debe ser ciertamente ni exclusiva ni excluyente. Afirmé en Santo Domingo y lo repito de nuevo aquí "el Papa, la Iglesia y su jerarquía quieren seguir presentes en la causa del pobre, de su dignidad, de su elevación, de sus derechos como persona, de su aspiración a una improrrogable justicia social" (ib.). Con tal de ser conscientes de que la mayor caridad que se puede hacer al hombre es anunciarle que Cristo ha resucitado y es el Señor, a la vez que se comparte su necesidad.

Por ello, quien evangeliza debe tener conciencia clara de que cumple su misión de anunciar el Evangelio y elevar al hombre cuando le lleva a encontrarse con Cristo, cuando le presenta sobre todo la fe, la fe que mueve a reconocer en el hermano a un ser con una dignidad sin par y con derechos que se han de respetar por haber sido creado a imagen y semejanza de Dios (cf. Gén 1, 26).

Oremos para que el novenario comenzado el 12 de octubre último produzca frutos de fe y de amor y justicia social en la vida de la Iglesia y de todas las naciones de Latinoamérica.

6. A la participación en la inauguración de los nueve años de preparación al V centenario de evangelización del Nuevo Mundo, uní una visita breve a Puerto Rico. Mi estancia en la arquidiócesis de San Juan iba dedicada a todos los católicos de esta isla, iba dedicada también a las demás diócesis de Arecibo, Caguas, Mayagüez y Ponce, y al clero, la universidad y a todos los fieles.

La visita había sido preparada por los obispos con gran solicitud pastoral. La mayoría de la población de la Isla había asistido con entusiasmo al encuentro.

La Misa que celebré en la Plaza de las Américas se dedicó a la Virgen María, Madre la Divina Providencia, pues bajo esta advocación se la venera como Patrona de la Isla.

El último encuentro fue dedicado a los que trabajan en la pastoral de la evangelización, en el palacio de los deportes de la universidad. Estaban presentes cerca de dos mil personas, entre sacerdotes, religiosos, religiosas y seminaristas provenientes de todo Puerto Rico.

Como es sabido, el nombre de San Juan Bautista se lo dio Cristóbal Colón a la ciudad. A San Juan Bautista se dedicó también la primera basílica cristiana construida en tierra americana, basílica que tuve la alegría de visitar en Santo Domingo y detenerme a orar en ella.

7. Agradezco a Dios por intercesión de María Santísima todo lo hecho para preparar esta visita y cuanto ha sido fruto de ella por la gracia de Dios.

Reitero la manifestación de mi gratitud a las autoridades civiles y religiosas de España, República Dominicana, Estados Unidos y Puerto Rico por la acogida que me han brindado. Doy gracias a la Presidencia del Celam a la que se debe esta meritoria iniciativa: doy gracias a los obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y a la gran cantidad de gente con quien me he visto: les aseguro mi afecto agradecido y les deseo que la preparación del V centenario del inicio de la fe y de la Iglesia en el continente americano produzca abundancia de frutos de bien con el compromiso de santificación personal y esfuerzo por animar la sociedad con la luz y fuerza del Evangelio.

Saludos

Queridos hermanos y hermanas:

Y ahora deseo saludar cordialmente a los peregrinos aquí presentes de lengua española. Saludo a los grupos parroquiales de Sueca Calella, Vich (procedentes  de España) y de la Parroquia de Cristo Rey de la Ciudad de México. Al coro «Capilla Davídica» de la catedral de Menorca.  A los grupos de peregrinos de Monterrey (México), de Colombia y a la asociación «Antiguas civilizaciones» de México.

Vaya a todos ellos, junto con mi profundo afecto, la bendición apostólica.

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