Audiencia general del 17 de abril de 1996

Autor: Juan Pablo II

 

JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERALMiércoles 17 de abril de 1996

 

Amadísimos hermanos y hermanas:

1. Ha sido para mí una gran alegría dirigirme el domingo pasado a Túnez para visitar la comunidad católica que vive en ese país y que testimonia el Evangelio con gran vitalidad espiritual. He ido a Túnez por invitación del obispo de esa diócesis, monseñor Fouad Twal, y del presidente de la República tunecina, el señor Zin El Abidin Ben Alí. Doy las gracias al obispo de Túnez y a los demás pastores de la Conferencia episcopal regional de África del norte, presentes en el encuentro. Asimismo, doy las gracias cordialmente al presidente de Túnez y a las autoridades locales al igual que a todos los que me han acogido con gran cortesía y a cuantos han hecho posible este viaje, breve pero rico de significado.

Durante la visita tuve la oportunidad de reunirme con los representantes del mundo político, cultural y religioso de Túnez, país heredero de un pasado prestigioso. En su territorio, al igual que en el de los países vecinos, se han sucedido las más importantes civilizaciones mediterráneas: desde la cretense hasta la griega, desde la fenicia hasta la romana y la árabe. El pueblo tunecino conserva nobles tradiciones espirituales: tenía deseos de manifestarle mi estima y la de la Iglesia. Ese providencial encuentro me brindó también la ocasión de expresar el apoyo de la Santa Sede a los esfuerzos que se están realizando para promover el entendimiento y la colaboración entre los países de la cuenca del Mediterráneo. En efecto, estoy seguro de que el desarrollo integral de las personas y de las sociedades contribuirá a la estabilidad y la paz en esa región, una paz que no puede menos de ir acompañada por la justicia y la fraternidad.

2. Doy gracias, sobre todo, a Dios por haberme dado la posibilidad de encontrarme con una comunidad eclesial, arraigada en la tierra que ha recibido inolvidables testimonios de mártires de los primeros siglos cristianos. Ya en el siglo II después de Cristo el Evangelio se difundió en esa región, que tres siglos antes había llegado a ser provincia senatorial del Imperio romano, después del largo conflicto con Roma que pasó a la historia con el nombre de "guerras púnicas". ¿Cómo no recordar a san Esperato y compañeros, que en Cartago derramaron su sangre por la fe en el Dios único; y a las santas Perpetua y Felicidad, mujeres valerosas, condenadas a las fieras por haber profesado su fe en Cristo? Sus nombres, posteriormente, fueron incluidos en el Canon romano. Orar en los lugares mismos de su martirio, especialmente durante la visita a los restos del anfiteatro romano, fue para mí motivo de gran emoción.

A esta parte de África del norte la Iglesia universal le debe también ilustres pastores. Baste mencionar aquí a san Cipriano, obispo de Cartago y mártir, que en tiempos del Papa Cornelio fue ardiente defensor de la unidad de la Iglesia, y a san Agustín, obispo de Hipona, cuya enseñanza ha sido y sigue siendo para la Iglesia fuente de inspiración y de extraordinaria riqueza doctrinal y espiritual. Tampoco podemos olvidar a ese escritor genial y combativo que fue Tertuliano.

3. Mi visita a la comunidad católica de Túnez, el domingo "In albis", fiesta de la Misericordia divina, tenía como fin confirmar a los creyentes en su vocación bautismal y en su testimonio de fraternidad y servicio en medio del pueblo tunecino. Durante la eucaristía, celebrada en la catedral de Túnez, pude encontrarme con los cristianos de todo el país, que habían acudido para manifestar, junto al Sucesor de Pedro, su fe común en Cristo resucitado. Con valor y entusiasmo, esta minoría cristiana testimonia el amor universal de Dios en medio de sus amigos musulmanes, en un país que se caracteriza por su apertura y tolerancia. Es una Iglesia que, en su condición de pequeña grey, experimenta la gratuidad del don de Dios y desea compartirlo con todos, construyendo vínculos de fraternidad. He querido impulsar el compromiso de los cristianos en favor del hombre y del desarrollo integral de la sociedad. A este respecto, deseo aquí subrayar el papel silencioso y eficaz de tantas personas consagradas y de muchos laicos, que se entregan con generosidad al servicio de los más pobres e indefensos. Mediante la promoción del hombre, en especial del más débil, se manifiesta la ternura de Dios, mostrando claramente que ama a todos, sin distinción de religión o nacionalidad.

La Iglesia, además de anunciar con las obras de solidaridad el evangelio de la caridad, se preocupa de dialogar con las demás culturas. Mediante su compromiso en la educación, en la formación y en los intercambios culturales, la comunidad cristiana manifiesta el respeto que siente hacia las culturas de los hombres y mujeres de ese país. En estos temas insistí ya hace diez años en el encuentro que celebré en Casablanca, Marruecos, con los jóvenes musulmanes.

4. Por ese motivo, constaté con satisfacción que en Túnez, ya desde hace varios años, los intercambios culturales y el diálogo religioso entre cristianos y musulmanes han ocupado y siguen ocupando un lugar notable. Se han puesto en marcha numerosas iniciativas comunes; algunos lugares de encuentro estimulan la convivencia; musulmanes tunecinos y cristianos que viven en Túnez participan en grupos de investigación y reflexión, cuyos trabajos son muy apreciados. Sin duda se seguirán incrementando los intercambios académicos que existen entre la prestigiosa universidad tunecina de Zaytouna y algunas universidades pontificias de Roma. Todo esto va en la línea señalada por el concilio Vaticano II que, en la declaración Nostra aetate, afirmó: "La Iglesia mira también con aprecio a los musulmanes, que adoran al único Dios (...), a cuyos ocultos designios procuran someterse por entero (...). Veneran a Jesús como profeta, aunque no lo reconocen como Dios; honran a María, su madre virginal, y a veces incluso la invocan devotamente" (n. 3).

¿Cómo no impulsar ese diálogo, tan provechoso? ¡Ojalá que Dios haga cada vez más amplios los espacios de encuentro y de participación fraterna al servicio del hombre y en constante búsqueda de la verdad divina! Estoy seguro de que los frutos de esa colaboración mutua redundarán en beneficio de todos.

5. Además de la comunidad cristiana que está en Túnez, comunidad constituida en gran parte por creyentes que proceden de Europa y de otros lugares del mundo, he tenido ocasión de saludar también a los cristianos que viven en los demás países del Magreb: Marruecos, Argelia y Libia. Al encontrarme con los obispos de esos países, he querido manifestar a cada una de sus comunidades la afectuosa cercanía del Sucesor de Pedro. Envié un saludo especial a las comunidades cristianas más probadas de Argelia, donde se espera aún con angustia la liberación de los siete monjes secuestrados hace ya tres semanas. Al igual que durante mi viaje del pasado mes de septiembre a algunos países de África, quise también transmitir a esas comunidades eclesiales el mensaje de esperanza del Sínodo africano, que se ha expresado en la exhortación apostólica Ecclesia in Africa.

La presencia en la catedral también de una representación de tunecinos no cristianos atestigua que muchos en ese país, aun sin aceptar el Evangelio, mantienen relaciones de amistad y estima con el cristianismo y tal vez de algún modo están interesados en la enseñanza y en la actividad de la Iglesia. Desde este punto de vista, la visita a Túnez ha sido muy importante. Ha constituido un elemento de realización del programa señalado a la Iglesia por el concilio Vaticano II, y representa asimismo un elemento de la preparación del gran jubileo del año 2000.

A la Virgen de Cartago, patrona de la diócesis de Túnez, encomiendo el futuro de las comunidades cristianas de esa región de África del norte. Que la Virgen santísima las guíe en su camino hacia Cristo resucitado, las sostenga en la hora de la prueba y las consuele constantemente con su maternal protección.

 

© Copyright 1996 - Libreria Editrice Vaticana