Audiencia general del 11 de junio de 1986

Autor: Juan Pablo II

 

  JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 11 de junio de 198

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La Divina Providencia supera el mal en Jesús redentor

1. En la catequesis anterior afrontamos el interrogante del hombre de todas las épocas sobre la Providencia Divina, ante la realidad del mal y del sufrimiento. La Palabra de Dios afirma de forma clara y perentoria que "la maldad no triunfa contra la sabiduría (de Dios)" (Sab 7, 30) y que Dios permite el mal en el mundo con fines más elevados, pero no quiere ese mal. Hoy deseamos ponernos en actitud de escuchar a Jesucristo, quien en el contexto del misterio pascual, ofrece la respuesta plena y completa a ese atormentador interrogante.

Reflexionamos antes de nada sobre el hecho que San Pablo anuncia: Cristo crucificado como "poder y sabiduría de Dios" (1 Cor 1, 24) en quien se ofrece la salvación a los creyentes. Ciertamente el suyo es un poder admirable, pues se manifiesta en la debilidad y el anonadamiento de la pasión y de la muerte en cruz. Y es además una sabiduría excelsa, desconocida fuera de la Revelación divina. En el plano eterno de Dios y en su acción providencial en la historia del hombre, todo mal, y de forma especial el mal moral —el pecado— es sometido al bien de la redención y de la salvación precisamente mediante la cruz y la resurrección de Cristo. Se puede afirmar que, en El, Dios saca bien del mal. Lo saca, en cierto sentido, del mismo mal que supone el pecado, que fue la causa del sufrimiento del Cordero inmaculado y de su terrible muerte en la cruz como víctima inocente por los pecados del mundo. La liturgia de la Iglesia no duda en hablar, en este sentido, de la "felix culpa" (cf. Exultet de la Liturgia de la Vigilia Pascual).

2. Así pues, a la pregunta sobre, cómo conciliar el mal y sufrimiento en el mundo con la verdad de la Providencia Divina, no se puede ofrecer una respuesta definitiva sin hacer referencia a Cristo. Efectivamente, por una parte, Cristo —el Verbo encarnado— confirma con su propia vida —en la pobreza, la humillación y la fatiga— y especialmente con su pasión y muerte, que Dios está al lado del hombre en su sufrimiento; más aún, que El mismo toma sobre Sí el sufrimiento multiforme de la existencia terrena del hombre. Jesús revela al mismo tiempo que este sufrimiento posee un valor y un poder redentor y salvífico, que en él se prepara esa "herencia que no se corrompe", de la que habla San Pedro en su primera Carta: "la herencia que está reservada para nosotros en los cielos" (cf. 1Pe 1, 4). La verdad de la Providencia adquiere así mediante "el poder y la sabiduría" de la cruz de Cristo su sentido escatológico definitivo. La respuesta definitiva a la pregunta sobre la presencia del mal y del sufrimiento en la existencia terrena del hombre la ofrece la Revelación divina en la perspectiva de la "predestinación en Cristo", es decir, en la perspectiva de la vocación del hombre a la vida eterna, a la participación en la vida del mismo Dios. Esta es precisamente la respuesta que ha ofrecido Cristo, confirmándola con su cruz y con su resurrección.

3. De este modo, todo, incluso el mal y el sufrimiento presentes en el mundo creado, y especialmente en la historia del hombre, se someten a esa sabiduría inescrutable, sobre la cual exclama San Pablo, como transfigurado: "¡Oh profundidad de la riqueza, de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán inescrutables son sus juicios e insoldables sus caminos...!" (Rom 11, 33). En todo el contexto salvífico, ella es de hecho la "sabiduría contra la cual no puede triunfar la maldad" (cf. Sab 7, 30). Es una sabiduría llena de amor, pues "tanto amó Dios al mundo que le dio su unigénito Hijo..." (Jn 3, 16).

4. Precisamente de esta sabiduría, rica en amor compasivo hacia el hombre que sufre, tratan los escritos apostólicos para ayudar a los fieles atribulados a reconocer el paso de la gracia de Dios. Así, San Pedro escribe a los cristianos de la primera generación: "Exultad por ello, aunque ahora tengáis que entristeceros un poco, en las diversas tentaciones" (1Pe 1, 6). Y añade: "para que vuestra fe, probada, más preciosa que el oro, que se corrompe aunque acrisolado por el fuego, aparezca digna de alabanza, gloria y honor en la revelación de Jesucristo" (1Pe 1, 7). Estas últimas palabras se refieren al Antiguo Testamento, y en especial al libro del Eclesiástico, en el que leemos: "Pues el orose prueba en el fuego, y los hombres gratos a Dios, en el crisol de la humillación" (Eclo 2, 5). Pedro, tomando el mismo tema de la prueba, continúa en su Carta: "Antes habéis de alegraros en la medida en que participáis en los padecimientos de Cristo, para que en la revelación de su gloria exultéis su gozo" (1Pe 4, 13).

5. De forma análoga se expresa el Apóstol Santiago cuando exhorta a los cristianos a afrontar las pruebas con alegría y paciencia: "Tened, hermanos míos, por sumo gozo, veros rodeados de diversas tentaciones, considerando que la prueba de vuestra fe engendra la paciencia. Mas tenga obra perfecta la paciencia, para que seáis perfectos y cumplidos" (Sant 1, 2-4). Por último, San Pablo en la Carta a los Romanos compara los sufrimientos humanos y cósmicos con una especia de "dolores de parto" de toda la creación, subrayando los "gemidos", de quienes poseen las "primicias" del Espíritu y esperan la plenitud de la adopción, es decir, "la redención de nuestro cuerpo" (cf. Rom 8, 22-23). Pero añade: "Ahora bien, sabemos que Dios hace concurrir todas las cosas para el bien de los que le aman..." (Rom 8, 28), y más adelante, "¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada?" (Rom 8, 35), concluyendo al fin: "Porque estoy persuadido que ni muerte ni vida... ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios (manifestado) en Cristo Jesús, nuestro Señor" (Rom 8, 38-39).

Junto a la paternidad de Dios, que se manifiesta mediante la Providencia Divina, aparece también la pedagogía de Dios: "Sufrís en orden a vuestra corrección (paideia, es decir educación). Como con hijos se porta Dios con vosotros; Pues, ¿qué hijo hay a quien su padre no corrija (eduque)...? Dios, mirando a nuestro provecho, nos corrige para hacernos participantes de su santidad" (Heb 12, 7.10).

6. Así, pues, visto con los ojos de la fe, el sufrimiento, si bien puede presentarse como el aspecto más oscuro del destino del hombre en la tierra, permite transparentar el misterio de la Divina Providencia, contenido en la revelación de Cristo, y de un modo especial en su cruz y en su resurrección. Indudablemente, puede seguir ocurriendo que, planteándose los antiguos interrogantes sobre el mal y sobre el sufrimiento en un mundo nuevo creado por Dios, el hombre no encuentre una respuesta inmediata, sobre todo si no posee una fe viva en el misterio pascual de Jesucristo. Pero gradualmente y con la ayuda de la fe alimentada por la oración se descubre el verdadero sentido del sufrimiento que cada cual experimenta en su propia vida. Se trata de un descubrimiento que depende de la palabra de la divina revelación y de la "palabra de la cruz" (cf. 1 Cor 1, 18) de Cristo, que es "poder y la sabiduría de Dios" (1 Cor 1, 24). Como dice el Concilio Vaticano II: "Por Cristo y en Cristo se ilumina el enigma del dolor y de la muerte que fuera del Evangelio nos envuelve en absoluta oscuridad" (Gaudium et spes 22). Si descubrimos mediante la fe este poder y esta "sabiduría", nos encontramos en las sendas salvadoras de la Divina Providencia. Se confirma entonces el sentido de las palabras del Salmista: "El Señor es mi Pastor... Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo porque tú vas conmigo" (Sal 22/23, 1.4). La Providencia Divina se revela así como el caminar de Dios junto al hombre.

7. Concluyendo: la verdad sobre la Providencia, que está íntimamente unida al misterio de la creación, debe comprenderse en el contexto de toda la revelación, de todo el "Credo". Se ve así que, de una forma orgánica, en la verdad de la Providencia entran la revelación de la "Predestinación" (praedestinatio) del hombre y del mundo en Cristo, la revelación de la entera economía de la salvación y su realización en la historia. La verdad de la Providencia Divina se halla también estrechamente unida a la verdad del reino de Dios, y por esta razón tienen una importancia fundamental las palabras pronunciadas por Cristo en su enseñanza sobre la Providencia: "Buscad primero el reino de Dios y su justicia... y todo eso se os dará por añadidura" (Mt 6, 33; cf. Lc 12, 13). La verdad referente a la Divina Providencia, es decir, al gobierno trascendente de Dios sobre el mundo creado se hace comprensible a la luz de la verdad sobre el reino de Dios, sobre ese reino que Dios proyectó desde siempre realizar en el mundo creado gracias a la "predestinación en Cristo", que fue "engendrado antes de toda criatura" (Col 1, 15).

Saludos

Mi más cordial saludo ahora a los peregrinos llegados de España y de América Latina.

Saludo también con particular afecto a los religiosos y a las religiosas presentes, de modo especial a las Hermanas Carmelitas de la Caridad, a las Religiosas Hospitalarias del Sagrado Corazón, a las Religiosas de la Congregación “Jesús María”, así como a los Hermanos de las Escuelas Cristianas del “Centro Español Lasaliano”. Os aliento a proseguir con renovada ilusión el camino emprendido de entrega total a Dios y de servicio generoso a la Iglesia, siendo testigos vivos de su presencia, de acuerdo con el respectivo carisma fundacional.

A la peregrinación de matrimonios, de la Rioja, y al grupo de matrimonios de la Parroquia “Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa”, de Buenos Aires, doy mi afectuosa bienvenida a este Encuentro. Decid a vuestros seres queridos que el Papa tiene presentes las necesidades de vuestros hogares en la oración y pide al Señor que consigáis plasmar un estilo de vida cristiana que refleje la generosidad y el amor de Dios.

En prueba de benevolencia os imparto la bendición apostólica.

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