Audiencia general del 10 de septiembre de 1986

Autor: Juan Pablo II

 

JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 10 de septiembre de 198

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El primer pecado en la historia del hombre
"peccatum originale"

1. En el contexto de la creación y de la concesión de los dones con los que Dios constituye al hombre en el estado de santidad y de justicia original, la descripción del primer pecado que en encontramos en el tercer capítulo del Génesis, adquiere mayor claridad. Es obvio que esta descripción, que se centra en la transgresión de la prohibición divina de comer "los frutos del árbol de la ciencia del bien y del mal", debe ser interpretada teniendo en cuenta el carácter específico del texto antiguo y, particularmente, el género literario al que pertenece. Pero, incluso teniendo presente esta exigencia científica en el estudio del primer libro de la Sagrada Escritura, no se puede negar que un primer elemento seguro del mismo salta a la vista debido al carácter específico de aquella narración del pecado: dicho carácter consiste en que se trata de un acontecimiento primordial, es decir, de un hecho, que, de acuerdo con la Revelación, aconteció en los comienzos de la historia del hombre. Precisamente por ello, el texto presenta otro elemento cierto: es decir, el sentido fundamental y decisivo de aquel acontecimiento para las relaciones entre el hombre y Dios y, en consecuencia, para la "situación" interior del mismo hombre, para las recíprocas relaciones entre los hombres y, en general, para la relación del hombre con el mundo.

2. El hecho que realmente importa, bajo las formas descriptivas, es de naturaleza moral y se inscribe en las raíces mismas del espíritu humano. Un hecho que da lugar a un cambio fundamental de la "situación": el hombre es lanzado fuera del estado de justicia original para encontrarse en el estado de pecaminosidad (status naturae lapsae); un estado que lleva consigo el pecado y conoce la tendencia al pecado. Desde ese momento, toda la historia de la humanidad sentirá el peso de este estado. El primer ser humano (hombre y mujer) recibió, en efecto, de Dios la gracia santificante no sólo para sí mismo, sino, en cuanto cabeza de la humanidad, para todos sus descendientes. Así, pues, con el pecado que lo estableció en una situación de conflicto con Dios, perdió la gracia (cayó en desgracia), incluso en la perspectiva de la herencia para sus descendientes. En esta privación de la gracia, añadida a la naturaleza, se sitúa la esencia del pecado original como herencia de los primeros padres, según la enseñanza de la Iglesia, basada en la Revelación.

3. Entenderemos mejor el carácter de esta herencia si analizamos el relato del tercer capítulo del Génesis sobre el primer pecado. El relato comienza con el coloquio que el tentador, presentado en forma de serpiente, tiene con la mujer. Este dato es completamente nuevo. Hasta ahora el libro del Génesis no había hablado de que en el mundo creado existieran otros seres inteligentes y libres fuera del hombre y de la mujer. La descripción de la creación en los capítulos 1 y 2 del Génesis se refiere, en efecto, al mundo de los "seres visibles". El tentador pertenece al mundo de los "seres invisibles", puramente espirituales, si bien, durante este coloquio, la Biblia lo presenta bajo forma visible. Esta primera aparición del espíritu maligno en una página bíblica, es preciso considerarla en el contexto de cuanto encontramos sobre este tema en los libros del Antiguo y Nuevo Testamento. (Ya lo hemos hecho en las catequesis precedentes). Singularmente elocuente en este sentido es el libro del Apocalipsis (el último de la Sagrada Escritura), según el cual sobre la tierra es arrojado "el dragón grande, la antigua serpiente (una alusión explícita a Gen 3), llamada Diablo y Satanás, que extravía a toda la redondez de la tierra" (Ap 12, 9). Por el hecho de que "extravía a toda la redondez de la tierra", en otro texto se le llama "padre de la mentira" (Jn 8, 44).

4. El pecado humano de los comienzos, el pecado primordial al cual se refiere el relato de Gen 3, acontece por influencia de este ser.

La "serpiente antigua" provoca a la mujer: " 'Con que os ha mandado Dios que no comáis de los árboles del paraíso?'. Y respondió la mujer a la serpiente: Del fruto de los árboles del paraíso comemos, pero del fruto del que está en medio del paraíso nos ha dicho Dios: 'No comáis de él, ni lo toquéis siquiera, no vayáis a morir'. Y dijo la serpiente a la mujer: 'No, no moriréis; es que sabe Dios que el día que de él comáis se os abrirán los ojos y seréis como Dios, conocedores del bien y del mal' "(Gen 3, 1-5).

5. No es difícil descubrir en este texto los problemas esenciales de la vida del hombre ocultos en un contenido aparentemente tan sencillo. El comer o no comer del fruto de cierto árbol puede parecer una cuestión irrelevante. Sin embargo, el árbol "de la ciencia del bien y del mal" significa el primer principio de la vida humana, al que se une un problema fundamental. El tentador lo sabe muy bien, por ello dice: "El día que de él comiereis... seréis como Dios, conocedores del bien y del mal". El árbol significa, por consiguiente, el límite infranqueable para el hombre y para cualquier criatura, incluso para la más perfecta. La criatura es siempre, en efecto, sólo una criatura, y no Dios. No puede pretender de ningún modo ser "como Dios", "conocedora del bien y del mal" como Dios. Sólo Dios es la fuente de todo ser, sólo Dios es la Verdad y la Bondad absolutas, en quien se miden y en quien se distingue el bien del mal. Sólo Dios es el Legislador eterno, de quien deriva cualquier ley en el mundo creado, y en particular la ley de la naturaleza humana (lex naturae). El hombre, en cuanto criatura racional, conoce esta ley y debe dejarse guiar por ella en la propia conducta. No puede pretender establecer él mismo la ley moral, decidir por sí mismo lo que está bien y lo que está mal, independientemente del Creador, más aún, contra el Creador. No puede, ni el hombre ni ninguna otra criatura, ponerse en el lugar de Dios, atribuyéndose el dominio del orden moral, contra la constitución ontológica misma de la creación, que se refleja en la esfera psicológico-ética con los imperativos fundamentales de la conciencia y, en consecuencia, de la conducta humana.

6. En el relato del Génesis, bajo la apariencia de una trama irrelevante, a primera vista, se encuentra, pues, el problema fundamental del hombre, ligado a su misma condición de criatura: el hombre como ser racional debe dejarse guiar por la "Verdad primera", que es, por lo demás, la verdad de su misma existencia. El hombre no puede pretender constituirse él mismo en el lugar que corresponde a esta verdad o ponerse a su mismo nivel. Cuando se pone en duda este principio, se conmueve, en la raíz misma del actuar humano, el fundamento de la "justicia" de la criatura en relación con el Creador. Y de hecho el tentador, "padre de la mentira", insinuando la duda sobre la verdad de la relación con Dios, cuestiona el estado de justicia original. Por su parte el hombre, cediendo al tentador, comete un pecado personal y determina en la naturaleza humana el estado de pecado original.

7. Tal como aparece en el relato bíblico, el pecado humano no tiene su origen primero en el corazón (y la conciencia) del hombre, no brota de una iniciativa espontánea del hombre. Es, en cierto sentido, el reflejo y la consecuencia del pecado ocurrido ya anteriormente en el mundo de los seres invisibles. A este mundo pertenece el tentador, "la serpiente antigua". Ya antes ("antiguamente") estos seres dotados de conciencia y de libertad habían sido "probados" para que optaran de acuerdo con su naturaleza puramente espiritual. En ellos había surgido la "duda" que, como dice el tercer capítulo del Génesis, inyecta el tentador en los primeros padres. Ya antes, aquellos seres habían sospechado y habían acusado a Dios, que, en cuanto Creador es la sola fuente de la donación del bien a todas las criaturas y, especialmente, a las criaturas espirituales. Habían contestado la verdad de la existencia, que exige la subordinación total de la criatura al Creador. Esta verdad había sido suplantada por una sospecha originaria, que los había conducido a hacer de su propio espíritu el principio y la regla de la libertad. Ellos habían sido los primeros en pretender poder "ser conocedores del bien y del mal como Dios", y se habían elegido a sí mismos en contra de Dios, en lugar de elegirse a sí mismos "en Dios", según las exigencias de su ser de criaturas: porque, "¿Quién como Dios?". Y el hombre, al ceder a la sugerencia del tentador, se hizo secuaz y cómplice de los espíritus rebeldes.

8. Las palabras, que, según Gen 3, oyó el primer hombre junto al "árbol de la ciencia del bien y del mal", esconden en sí toda la carga de mal que puede nacer en la voluntad libre de la criatura en sus relaciones con Aquel que, en cuanto Creador, es la fuente de todo ser y de todo bien: ¡Él, que, siendo Amor absolutamente desinteresado y auténticamente paterno, es, en su misma esencia, Voluntad de don!. Precisamente este Amor que da se encuentra con la objeción, la contradicción, el rechazo. La criatura que quiere ser "como Dios" concreta su actitud expresada perfectamente por San Agustín: "Amor de sí mismo hasta llegar a despreciar a Dios" (cf. De civitate Dei, XIV, 28: PL 41, 436). Esta es tal vez la precisión más penetrante que se puede hacer del concepto de aquel pecado que aconteció en los comienzos de la historia cuando el hombre cedió a la sugerencia del tentador: "Contemptus Dei", rechazar a Dios, despreciar a Dios, odiar todo aquello que tiene que ver con Dios o procede de Dios.

Por desgracia, no se trata de un hecho aislado en los albores de la historia. ¡Cuántas veces nos encontramos ante hechos, gestos, palabras, condiciones de vida en las que se refleja la herencia de aquel primer pecado!.

El Génesis pone aquel pecado en relación con Satanás: y esa verdad sobre la "serpiente antigua" es confirmada luego en muchos pasajes de la Biblia.

9. ¿Cómo se presenta, en este contexto, el pecado del hombre?

El relato de Gen 3 continúa: "Vio, pues, la mujer que el fruto era bueno para comerse, hermoso a la vista y deseable para alcanzar por él la sabiduría, y tomó del fruto y comió, y dio también de él a su marido, que también con ella comió" (Gen 3, 6).

¿Qué elemento resalta esta descripción, muy precisa a su modo? Demuestra que el primer hombre actuó contra la voluntad del Creador, subyugado por la seguridad que le había dado el tentador de que "los frutos de este árbol sirven para adquirir el conocimiento". En el relato no se dice que el hombre aceptara plenamente la carga de negación y de odio hacia Dios, contenida en las palabras del "padre de la mentira". Pero aceptó la sugerencia de servirse de una cosa creada contra la prohibición del Creador, pensando que también él -el hombre- puede "como Dios ser conocedor del bien y del mal".

Según San Pablo, el primer pecado del hombre consistió sobre todo en desobedecer a Dios (cf. Rom 5, 19). El análisis de Gen. 3 y la reflexión de este texto tan profundo demuestran de qué forma puede surgir esa "desobediencia" y en qué dirección puede desarrollarse en la voluntad del hombre. Se puede afirmar que el pecado "de los comienzos" descrito en Gen 3 contiene en cierto sentido el "modelo" originario de cualquier pecado que pueda realizar el hombre.

Saludos

Dirijo mi cordial saludo a los peregrinos que, llegados individualmente o en grupo desde los distintos lugares de América Latina y de España, está presentes en este encuentro.

Saludo asimismo con particular afecto a las Religiosas «Misioneras de Acción Parroquial», así como a las Hermanas del Sagrado Corazón de Jesús y de los Santos Ángeles. Como recuerdo de vuestra visita, os aliento a seguir viviendo con plena generosidad los ideales de consagración a Dios y de servicio a la iglesia, de acuerdo con vuestro carisma fundacional.

Al grupo de profesores de al Universidad de Córdoba (Argentina) deseo agradecer su presencia en esta Audiencia. Pido de modo especial al Señor por vosotros para que sepáis orientar siempre con sentido ético y cristiano los problemas y las exigencias del mundo de la cultura y de la universidad de vuestra nación.

A todos imparto de corazón mi bendición apostólica.

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