Audiencia del 21 de abril de 1999

Autor: Juan Pablo II

 

Papa Juan Pablo II: Audiencia general de los miércoles

Miércoles 21 de abril de 1999

    

Testimoniar a Dios Padre, en diálogo con todos los hombres religiosos

1. «Un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, por todos y en todos» (Ef 4, 6).

A la luz de estas palabras de la carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Éfeso, queremos reflexionar hoy en el modo como debemos testimoniar a Dios Padre en diálogo con todos los hombres religiosos.

En esta reflexión tendremos dos puntos de referencia: el concilio Vaticano II, con su declaración Nostra aetate sobre «las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas», y la meta, ya cercana, del gran jubileo.

La declaración Nostra aetate puso las bases de un nuevo estilo, el del diálogo, en las relaciones de la Iglesia con las diversas religiones.

Por su parte, el gran jubileo del año 2000 constituye una ocasión privilegiada para testimoniar ese estilo. En la carta apostólica Tertio millennio adveniente invité a profundizar, precisamente en este año dedicado al Padre, el diálogo con las grandes religiones, entre otros modos, mediante encuentros en lugares significativos (cf. nn. 52-53).

2. En la sagrada Escritura el tema del único Dios, frente a la universalidad de los pueblos que buscan la salvación, se va desarrollando progresivamente hasta alcanzar su culmen de la plena revelación en Cristo. El Dios de Israel, expresado con el tetragrama sagrado, es el Dios de los patriarcas, el Dios que se apareció a Moisés en la zarza ardiente (cf. Ex 3) para liberar a Israel y convertirlo en el pueblo de la alianza. En el libro de Josué se relata la opción por el Señor que se realizó en Siquem, donde la gran asamblea del pueblo eligió a Dios, que se había mostrado benévolo y próvido con él, y abandonó a todos los demás dioses (cf. Jos 24).

Esta opción, en la conciencia religiosa del Antiguo Testamento, se precisa cada vez más en el sentido de un monoteísmo riguroso y universalista. Si el Señor Dios de Israel no es un Dios entre otros muchos, sino el único Dios verdadero, por él deben ser salvadas todas las gentes «hasta los confines de la tierra» (Is 49, 6). La voluntad salvífica universal transforma la historia humana en una gran peregrinación de pueblos hacia un solo centro, Jerusalén, pero sin anular las diversidades étnico-culturales (cf. Ap 7, 9). El profeta Isaías expresa sugestivamente esta perspectiva mediante la imagen de una calzada que lleva de Egipto a Asiria, subrayando que Dios bendice tanto a Israel, como a Egipto y Asiria (cf. Is 19, 23-25). Cada pueblo, conservando plenamente su identidad propia, está llamado a convertirse cada vez más al Dios único, que se reveló a Israel.

3. Esta dimensión «universalista», presente en el Antiguo Testamento, se desarrolla aún más en el Nuevo, el cual nos revela que Dios «quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad» (1 Tm 2, 4). La convicción de que Dios está preparando efectivamente a todos los hombres para la salvación funda el diálogo de los cristianos con los hombres religiosos de creencias diversas. El Concilio definió así la actitud de la Iglesia con respecto a las religiones no cristianas: «La Iglesia (...) considera con sincero respeto los modos de obrar y de vivir, los preceptos y doctrinas que, aunque discrepen mucho de los que ella mantiene y propone, no pocas veces reflejan, sin embargo, un destello de aquella verdad que ilumina a todos los hombres. Anuncia y tiene la obligación de anunciar sin cesar a Cristo, que es i.camino, verdad y vidald (Jn 14, 6), en quien los hombres encuentran la plenitud de la vida religiosa y en quien Dios reconcilió consigo todas las cosas» (Nostra aetate, 2).

En los años pasados, algunos han opuesto el diálogo con los hombres religiosos al anuncio, deber primario de la misión salvífica de la Iglesia. En realidad, el diálogo interreligioso es parte integrante de la misión evangelizadora de la Iglesia (cf. Catecismo de la Iglesia católica, n. 856). Como he reafirmado en varias ocasiones, es fundamental para la Iglesia y expresa su misión salvífica: es un diálogo de salvación (cf. L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 2 de septiembre de 1984, p. 18). Por tanto, en el diálogo interreligioso no se trata de renunciar al anuncio, sino de responder a una invitación divina para que el intercambio y la participación lleven a un recíproco testimonio de la propia visión religiosa, a un profundo conocimiento de las respectivas convicciones y a un entendimiento sobre algunos valores fundamentales.

4. La llamada a la «paternidad» común de Dios no resultará, entonces, una vaga llamada universalista, sino que los cristianos la vivirán con la plena conciencia de que el diálogo salvífico pasa por la mediación de Jesús y la obra de su Espíritu. Así, por ejemplo, recogiendo de religiones como la musulmana la fuerte afirmación del Absoluto personal y trascendente con respecto al cosmos y al hombre, podemos, por nuestra parte, ofrecer el testimonio de Dios en lo más íntimo de su vida trinitaria, aclarando que la trinidad de las Personas no atenúa sino que califica la misma unidad divina.

Así también, de los itinerarios religiosos que llevan a concebir la realidad última en sentido monista, como un «Ser» indiferenciado en el que todo confluye, el cristianismo recoge la llamada a respetar el sentido más profundo del misterio divino, por encima de todas las palabras y los conceptos humanos. Y, con todo, no duda en testimoniar la trascendencia personal de Dios, mientras anuncia su paternidad universal y amorosa que se manifiesta plenamente en el misterio de su Hijo, crucificado y resucitado.

Quiera Dios que el gran jubileo sea una magnífica ocasión para que todos los hombres religiosos se conozcan más, a fin de que se estimen y amen en un diálogo que constituya para todos un encuentro de salvación.

Saludos

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española; de modo particular a los grupos de España, México, Chile y de los demás países de América Latina. Que vuestra estancia en Roma os sirva de ayuda para poder dar testimonio del Padre celestial a todos los hombres. Con este deseo, invoco sobre vosotros y vuestras familias la abundancia de la gracia divina, y os bendigo de corazón.

(En eslovaco)
La fe, fortificada durante la Pascua, halla su alimento y su desarrollo en la comunidad reunida por el Espíritu Santo para celebrar la eucaristía. Rogad para que todos los fieles en vuestra patria participen con alegría en la misa dominical, viviéndola con renovado amor y fe.

(En italiano)

Un recuerdo especial va para los jóvenes, los enfermos y los recién casados. El próximo domingo, cuarto del tiempo de Pascua, se celebra la Jornada de oración por las vocaciones.

A vosotros, queridos jóvenes, os deseo que halléis en el diálogo con Dios vuestra respuesta personal a su designio de amor; queridos enfermos, os invito a ofrecer vuestros sufrimientos para que surjan numerosas y santas vocaciones. Y vosotros, queridos recién casados, hallad en la oración diaria la fuerza para construir una auténtica familia cristiana.

Llamanientos por la paz en África y Colombia

Por desgracia, en los días gozosos del tiempo pascual se prolonga la pasión de numerosos pueblos del mundo. Además del drama que prosigue en Kosovo, deseo recordar hoy las numerosas «guerras olvidadas» que ensangrientan África: Angola, los Grandes Lagos, Congo-Brazzaville, Sierra Leona, Guinea Bissau, República democrática del Congo, el cuerno de África, Sudán... Se trata de una larga y amarga serie de conflictos internos y entre Estados, que afectan sobre todo a las poblaciones inocentes y alteran la vida de las comunidades católicas. Dolor y tristeza ha suscitado, en particular, la noticia del arresto de mons. Augustin Misago, obispo de Gikongoro, en Ruanda.

Cristo resucitado no cesa de repetir a esos hermanos nuestros, tan duramente probados: «¡Paz a vosotros!» (cf. Jn 20, 19). Ojalá que esas palabras divinas sean escuchadas por los que tenazmente se resisten a aceptar su mensaje de vida. Que Jesucristo ilumine la ceguera de los que se obstinan en recorrer las sendas tortuosas del odio y la violencia, convenciéndolos a optar definitivamente por un diálogo sincero y paciente, que lleve a soluciones beneficiosas para todos.

Con la certeza de que la fuerza de la Resurrección es superior a la del mal, imploremos a Cristo, vencedor del pecado y de la muerte, que se convierta pronto en realidad consoladora la aspiración de un África pacífica y fraterna.

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He seguido con interés las noticias acerca de la suerte del grupo de personas secuestradas el pasado 12 de abril cuando viajaban en avión desde Bucaramanga a Bogotá, y que permanecen aún retenidas contra su voluntad en el norte de Colombia.

Deseo dirigir mi vehemente llamado a los secuestradores para que depongan su actitud injusta hacia estas personas, cuyos derechos violan gravemente, y se les devuelva la libertad. Así se favorecerá el proceso de reconciliación en el que se halla empeñada toda esa amada nación, por cuyo éxito ruego constantemente al Dios de la paz.