Al nuevo Embajador de Costa Rica

Autor: Juan Pablo II

 

DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO II 
AL SEÑOR ENRIQUE OBREGÓN VALVERDE
 NUEVO EMBAJADOR DE COSTA RICA 
ANTE LA SANTA SEDE

Jueves 26 de mayo de 1983

Señor Embajador:

Las palabras que Vuestra Excelencia me ha dirigido al presentar sus Cartas Credenciales como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de Costa Rica ante la Santa Sede, me han sido particularmente gratas, porque me hacen sentir y recordar el afecto de los amadísimos hijos de su noble Nación.

Al agradecerle, Señor Embajador, la expresión de estos sentimientos, así como el deferente saludo que me ha transmitido de parte del Señor Presidente de la República, le doy mi más cordial bienvenida, a la vez que le aseguro mi benevolencia para la alta misión que le ha sido confiada.

Conservo aún muy viva en mi corazón la imagen del pueblo costarricense, al que he podido conocer de un modo más inmediato en mi reciente Visita pastoral a América Central. Un pueblo creyente reunido en torno a sus Pastores, los Obispos que presiden la Iglesia local. Ciudadanos que, dirigidos por sus gobernantes, aspiran a seguir construyendo una sociedad cada vez más humana, en un ambiente de sana libertad y en pos de conseguir un progreso ordenado y pacífico.

Costa Rica me abrió sus puertas y su corazón. Ello me permitió ponerme en contacto con una realidad humana y social muy encomiable por los valores que la adornan. Pero al mismo tiempo se manifiestan también las dificultades y preocupaciones de tantos hombres y mujeres, cuya problemática siente de modo particular la Iglesia. Pues los discípulos de Cristo no pueden menos de vivir como propios los gozos y esperanzas, las tristezas y desamparos de los demás; ya que es la propia Iglesia la que se siente intima y realmente solidaria del género humano y de su historia (Cf. Gaudium et spes, 1). 

La Iglesia en América Latina, especialmente en sus Conferencias Generales del Episcopado en Medellín y Puebla, ha reafirmado su empeño de seguir anunciando a los hombres la plena vigencia del mensaje evangélico, proclamando y promoviendo la dignidad de la persona humana, con sus derechos y sus deberes, trabajando también en favor de su promoción integral, que se basa en el hecho de que todos los hombres son hermanos e hijos de Dios.

Vuestra Excelencia se ha referido a los principios que animan el desarrollo de la vida social y política en su país, basados en la libertad y la paz. Ciertamente ésta es una tarea y un empeño que obliga a todos, gobernantes y ciudadanos, porque la paz y la libertad son aspiraciones fundamentales de los hombres de nuestro tiempo. Y todos están llamados a conseguirla y a mantenerla sobre bases sólidas y justas.

Una de sus condiciones indispensables es el diálogo, el cual nos invita a la “búsqueda de todo aquello que ha sido y sigue siendo común a los hombres, aún en medio de tensiones, oposiciones y conflictos. Es hacer del otro un prójimo. Es aceptar su colaboración, es compartir con él la responsabilidad frente a la verdad y la justicia. Es proponer y estudiar todas las fórmulas posibles de honesta conciliación, sabiendo unir a la justa defensa de los intereses y del honor de la propia parte una no menos justa comprensión y respeto hacia las razones de la otra parte, así como las exigencias del bien general, común a ambas” (Mensaje para la Jornada Mundial de la paz 1983).

De ese modo se puede pedir la colaboración de todos los ciudadanos, sobre todo cuando hay que hacer frente a situaciones difíciles entre las que merece peculiar atención la grave crisis económica, que afecta de modo particular a las clases más humildes. Nadie puede sustraerse al deber de solidaridad, principalmente cuando se trata de defender el ejercicio de las libertades y de los derechos democráticos, merced a las adecuadas estructuras de participación, a fin de que se respeten los grupos culturales, étnicos y religiosos que forman el entramado de una nación.

Es de desear que estos mismos principios inspiren siempre la actividad de Costa Rica en el campo internacional. Que su acción, por medio del diálogo, se traduzca en una colaboración ineludible especialmente con los demás Países de Centroamérica, tan necesitada de paz, libertad y justicia.

Al renovarle mis mejores votos para el cumplimiento de su alta misión, invoco sobre Vuestra Excelencia y su familia, sobre las Autoridades que han tenido a bien confiársela y sobre todos los amadísimos hijos de Costa Rica abundantes y escogidas gracias del Altísimo.

© Copyright 1983 - Libreria Editrice Vaticana