30 de septiembre, 1998 - Audiencia general de los miércoles

Autor: Juan Pablo II

 

Papa Juan Pablo II: Audiencia general de los miércoles

Miércoles 30 de Setiembre 1998

    

1. En este segundo año de preparación para el gran jubileo del año 2000, el redescubrimiento de la presencia del Espíritu Santo nos impulsa a dirigir una atención particular al sacramento de la confirmación (cf. Tertio millennio adveniente, 45). Como enseña el Catecismo de la Iglesia católica, la confirmación «perfecciona la gracia bautismal; (...) da el Espíritu Santo para enraizarnos más profundamente en la filiación divina, incorporarnos más firmemente a Cristo, hacer más sólido nuestro vínculo con la Iglesia, asociarnos todavía más a su misión y ayudarnos a dar testimonio de la fe cristiana por la palabra acompañada de las obras» (n. 1316).

En efecto, el sacramento de la confirmación asocia íntimamente al cristiano a la unción de Cristo, a quien «Dios ungió con el Espíritu Santo» (Hch 10, 38). Esa unción es evocada en el nombre mismo del «cristiano», que proviene del de «Cristo», traducción griega del término hebreo «mesías», que significa precisamente «ungido». Cristo es el Mesías, el Ungido de Dios.

Gracias al sello del Espíritu conferido por la confirmación, el cristiano logra su plena identidad y toma conciencia de su misión en la Iglesia y en el mundo. «Antes de que se os confiriera esa gracia —escribe san Cirilo de Jerusalén— no erais bastante dignos de este nombre, pero estabais en camino de ser cristianos» (Catech. myst., III, 4: PG 33, 1092).

2. Para comprender toda la riqueza de gracia contenida en el sacramento de la confirmación, que con el bautismo y la Eucaristía constituye el conjunto orgánico de los «sacramentos de la iniciación cristiana», es preciso captar su significado a la luz de la historia de la salvación.

En el Antiguo Testamento, los profetas anuncian que el Espíritu de Dios vendrá sobre el Mesías prometido (cf. Is 11, 2) y, al mismo tiempo, será comunicado a todo el pueblo mesiánico (cf. Ez 36, 25-27; Jl 3, 1-2). En la «plenitud de los tiempos», Jesús es concebido por obra del Espíritu Santo en el seno de la Virgen María (cf. Lc 1, 35). Con la venida del Espíritu Santo sobre él, en el momento del bautismo en el río Jordán, se manifestó como el Mesías prometido, el Hijo de Dios (cf. Mt 3, 13-17; Jn 1, 33-34). Toda su vida se realiza en una comunión total con el Espíritu Santo, que él da «sin medida» (Jn 3, 34), como culminación escatológica de su misión según su promesa (cf. Lc 12, 12; Jn 3, 5-8; 7, 37-39; 16, 7-15; Hch 1, 8). Jesús comunica el Espíritu «soplando» sobre los Apóstoles el día de la Resurrección (cf. Jn 20, 22) y, luego, con la efusión solemne y magnífica del día de Pentecostés (cf. Hch 2, 1-4).

Así, los Apóstoles, llenos del Espíritu Santo, comienzan a «anunciar las maravillas de Dios» (cf. Hch 2, 11). También los que creen en su predicación y se bautizan reciben «el don del Espíritu Santo» (Hch 2, 38).

Los Hechos de los Apóstoles, con ocasión de la evangelización de Samaría, sugieren claramente la distinción entre la confirmación y el bautismo. Felipe, uno de los Siete diáconos, es quien predica la fe y bautiza; luego vienen los apóstoles Pedro y Juan, e imponen las manos a los recién bautizados para que reciban al Espíritu Santo (cf. Hch 8, 5-17). De manera semejante, en Éfeso, el apóstol Pablo impone las manos a un grupo de recién bautizados «y vino sobre ellos el Espíritu Santo» (Hch 19, 6).

3. El sacramento de la confirmación «perpetúa, en cierto modo, en la Iglesia la gracia de Pentecostés» (Catecismo de la Iglesia católica, n. 1288). El bautismo, que la tradición cristiana llama «el pórtico de la vida en el espíritu» (ib., n. 1213), nos hace renacer «del agua y del Espíritu» (cf. Jn 3, 5); gracias a él participamos sacramentalmente de la muerte y la resurrección de Cristo (cf. Rm 6, 1-11). La confirmación, a su vez, nos hace partícipes plenamente de la efusión del Espíritu Santo que lleva a cabo el Señor resucitado.

El vínculo inseparable que existe entre la Pascua de Jesucristo y la efusión pentecostal del Espíritu Santo se expresa en la íntima relación que une los sacramentos del bautismo y la confirmación. Asimismo, el hecho de que en los primeros siglos la confirmación constituía en general «una única celebración con el bautismo, formando con éste, según la expresión de san Cipriano, un sacramento doble» (Catecismo de la Iglesia católica, n. 1290), manifiesta ese estrecho vínculo. Esta práctica se ha conservado hasta hoy en Oriente, mientras que en Occidente, por múltiples causas, se ha consolidado la celebración sucesiva, y también normalmente distanciada, de los dos sacramentos.

Ya desde el tiempo de los Apóstoles, la imposición de las manos significa de forma eficaz la plena comunicación del don del Espíritu Santo a los bautizados. Para expresar mejor el don del Espíritu, se le añadió pronto una unción de óleo perfumado, llamado «crisma». En efecto, mediante la confirmación, los cristianos, consagrados con la unción en el bautismo, participan en la plenitud del Espíritu, del que Jesús estaba lleno, para que toda su vida difunda el «perfume de Cristo» (2 Co 2, 15).

4. Las diferencias rituales que, en el decurso de los siglos, ha conocido la confirmación en Oriente y en Occidente, según las diversas sensibilidades espirituales de las dos tradiciones y como respuesta a varias exigencias pastorales, expresan la riqueza del sacramento y su pleno significado en la vida cristiana.

En Oriente, este sacramento se llama «crismación», unción con el «crisma», o «myron». En Occidente, el término confirmación expresa la corroboración del bautismo en cuanto fortalecimiento de la gracia mediante el sello del Espíritu Santo. En Oriente, al estar unidos los dos sacramentos, la crismación es conferida por el mismo presbítero que bautiza, aunque realiza la unción con el crisma consagrado por el obispo (cf. Catecismo de la Iglesia católica, n. 1312). En el rito latino el ministro ordinario de la confirmación es el obispo, que, por razones graves, puede conceder esa facultad a algunos sacerdotes (cf. ib., n. 1313).

Así, «la práctica de las Iglesias de Oriente destaca más la unidad de la iniciación cristiana. La de la Iglesia latina expresa más claramente la comunión del nuevo cristiano con su obispo, garante y servidor de la unidad de su Iglesia, de su catolicidad y su apostolicidad, y por ello, el vínculo con los orígenes apostólicos de la Iglesia de Cristo» (ib., n. 1292).

5. Cuanto hemos explicado permite destacar no sólo el significado de la confirmación en el conjunto orgánico de los sacramentos de la iniciación cristiana, sino también la eficacia insustituible que tiene con miras a la plena maduración de la vida cristiana. Un compromiso decisivo de la pastoral, que conviene intensificar en el camino de preparación al jubileo, consiste en formar con gran esmero a los bautizados que se están preparando para recibir la confirmación, introduciéndolos en las fascinadoras profundidades del misterio que significa y actúa. Al mismo tiempo es necesario ayudar a los confirmados a redescubrir con gozoso estupor la eficacia salvífica de este don del Espíritu Santo.