11 de noviembre, 1998 - Audiencia general de los miércoles

Autor: Juan Pablo II

 

Papa Juan Pablo II: Audiencia general de los miércoles

Miércoles 11 de Noviembre 1998

   

1. El Espíritu Santo, derramado «sin medida» por Jesucristo crucificado y resucitado, es «aquel que construye el reino de Dios en el curso de la historia y prepara su plena manifestación en Jesucristo (...) que se dará al final de los tiempos» (Tertio millennio adveniente, 45). En esta perspectiva escatológica, los creyentes están llamados, durante este año dedicado al Espíritu Santo, a redescubrir la virtud teologal de la esperanza, que «por una parte, mueve al cristiano a no perder de vista la meta final que da sentido y valor a su entera existencia y, por otra, le ofrece motivaciones sólidas y profundas para el esfuerzo cotidiano en la transformación de la realidad para hacerla conforme al proyecto de Dios» (ib., 46).

2. San Pablo subraya el vínculo íntimo y profundo que existe entre el don del Espíritu Santo y la virtud de la esperanza. «La esperanza —dice en la carta a los Romanos— no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rm 5, 5). Sí; precisamente el don del Espíritu Santo, al colmar nuestro corazón del amor de Dios y al hacernos hijos del Padre en Jesucristo (cf. Ga 4, 6), suscita en nosotros la esperanza segura de que nada «podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro» (Rm 8, 39).

Por este motivo, el Dios que se nos ha revelado en «la plenitud de los tiempos» en Jesucristo es verdaderamente «el Dios de la esperanza», que llena a los creyentes de alegría y paz, haciéndolos «rebosar de esperanza por la fuerza del Espíritu Santo» (Rm 15, 13). Los cristianos, por tanto, están llamados a ser testigos en el mundo de esta gozosa experiencia, «siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que les pida razón de su esperanza» (1 P 3, 15).

3. La esperanza cristiana lleva a plenitud la esperanza suscitada por Dios en el pueblo de Israel, y que encuentra su origen y su modelo en Abraham, el cual, «esperando contra toda esperanza, creyó y fue hecho padre de muchas naciones» (Rm 4, 18). Ratificada en la alianza establecida por el Señor con su pueblo a través de Moisés, la esperanza de Israel fue reavivada continuamente, a lo largo de los siglos, por la predicación de los profetas. Por último, se concentró en la promesa de la efusión escatológica del Espíritu de Dios sobre el Mesías y sobre todo el pueblo (cf. Is 11, 2; Ez 36, 27; Jl 3, 1-2).

En Jesús se cumple esta promesa. No sólo es el testigo de la esperanza que se abre ante quien se convierte en discípulo suyo. Él mismo es, en su persona y en su obra de salvación, «nuestra esperanza» (1 Tm 1, 1), dado que anuncia y realiza el reino de Dios. Las bienaventuranzas constituyen la carta magna de este reino (cf. Mt 5, 3-12). «Las bienaventuranzas elevan nuestra esperanza hacia el cielo como hacia la nueva tierra prometida; trazan el camino hacia ella a través de las pruebas que esperan a los discípulos de Jesús» (Catecismo de la Iglesia católica, n. 1820).

4. Jesús, constituido Cristo y Señor en la Pascua (cf. Hch 2, 36), se convierte en «espíritu que da vida» (1 Co 15, 45), y los creyentes, bautizados en él con el agua y el Espíritu (cf. Jn 3, 5), son «reengendrados a una esperanza viva» (1 P 1, 3). Ahora, el don de la salvación, por medio del Espíritu Santo es la prenda y las arras (cf. 2 Co 1, 21-22; Ef 1, 13-14) de la plena comunión con Dios, a la que Cristo nos lleva. El Espíritu Santo —dice san Pablo en la carta a Tito— ha sido derramado «sobre nosotros con largueza por medio de Jesucristo nuestro Salvador, para que, justificados por su gracia, fuésemos constituidos herederos, en esperanza, de vida eterna» (Tt 3, 6-7).

5. También según los Padres de la Iglesia, el Espíritu Santo es «el don que nos otorga la perfecta esperanza» (san Hilario de Poitiers, De Trinitate, II, 1). En efecto, como dice san Pablo, el Espíritu «se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios. Y, si hijos, también herederos: herederos de Dios y coherederos de Cristo» (Rm 8, 16-17).

La existencia cristiana crece y madura hasta su plenitud a partir de aquel «ya» de la salvación que es la vida de hijos de Dios en Cristo, de la que nos hace partícipes el Espíritu Santo. Por la experiencia de este don, tiende con confiada perseverancia hacia el «aún no» y el «aún más» que Dios nos ha prometido y nos dará al final de los tiempos. En efecto, como argumenta san Pablo, si uno es realmente hijo, entonces es también heredero de todo lo que pertenece al Padre con Cristo, el «primogénito de entre muchos hermanos» (Rm 8, 29). «Todo lo que tiene el Padre es mío», afirma Jesús (Jn 16, 15). Por eso, él, al comunicarnos su Espíritu, nos hace partícipes de la herencia del Padre y nos da ya desde ahora la prenda y las primicias. Esa realidad divina es la fuente inagotable de la esperanza cristiana.

6. La doctrina de la Iglesia concibe la esperanza como una de las tres virtudes teologales, que Dios derrama por medio del Espíritu Santo en el corazón de los creyentes. Es la virtud «por la que aspiramos al reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas, sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo» (Catecismo de la Iglesia católica, n. 1817).

Al don de la esperanza «hay que prestarle una atención particular, sobre todo en nuestro tiempo, en el que muchos hombres, y no pocos cristianos se debaten entre la ilusión y el mito de una capacidad infinita de auto-redención y de realización de sí mismo, y la tentación del pesimismo al sufrir frecuentes decepciones y derrotas» (Catequesis en la audiencia general del 3 de julio de 1991: L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 5 de julio de 1991, p. 3).

Muchos peligros se ciernen sobre el futuro de la humanidad y muchas incertidumbres gravan sobre los destinos personales, y a menudo algunos se sienten incapaces de afrontarlos. También la crisis del sentido de la existencia y el enigma del dolor y de la muerte vuelven con insistencia a llamar a la puerta del corazón de nuestros contemporáneos.

El mensaje de esperanza que nos viene de Jesucristo ilumina este horizonte denso de incertidumbre y pesimismo. La esperanza nos sostiene y protege en el buen combate de la fe (cf. Rm 12, 12). Se alimenta en la oración, de modo muy particular en el Padrenuestro, «resumen de todo lo que la esperanza nos hace desear» (Catecismo de la Iglesia católica, n. 1820).

7. Hoy no basta despertar la esperanza en la interioridad de las conciencias; es preciso cruzar juntos el umbral de la esperanza.

En efecto, la esperanza tiene esencialmente —como profundizaremos más adelante— también una dimensión comunitaria y social, hasta el punto de que lo que el Apóstol dice en sentido propio y directo refiriéndose a la Iglesia, puede aplicarse en sentido amplio a la vocación de la humanidad entera: «Un solo cuerpo, un solo espíritu, como una sola es la esperanza a la que habéis sido llamados» (Ef 4, 4).

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Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española, en especial a los miembros de la Cofradía de Nuestra Señora de los Desamparados, de Ibi (Alicante), que celebran el primer centenario de su fundación. También a los demás grupos de España, México y Argentina. A todos os invito a testimoniar la esperanza cristiana que nunca defrauda.