04 de febrero, 1998 - Audiencia general de los miércoles

Autor: Juan Pablo II

 

Papa Juan Pablo II: Audiencia general de los miércoles

Miércoles 4 de febrero de 1998

   

Cristo, único Salvador

1. Cristo, durante toda su vida terrena, se presenta como el Salvador enviado por el Padre para la salvación del mundo. Su mismo nombre, Jesús, manifiesta esa misión, pues significa: «Dios salva».

Ese nombre se lo pusieron por indicación celestial: tanto María como José (cf. Lc 1, 31; Mt 1, 21) reciben la orden de llamarlo así. En el mensaje a José, se aclara el significado del nombre: «Porque él salvará a su pueblo de sus pecados ».

2. Cristo define su misión de Salvador como un servicio, cuya manifestación más elevada consistirá en el sacrificio de su vida en favor de los hombres: «El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos» (Mc 10, 45; cf. Mt 20, 28). Estas palabras, pronunciadas para contrarrestar la tendencia de los discípulos a buscar el primer lugar en el Reino, quieren sobre todo suscitar en ellos una nueva mentalidad, más acorde con la del Maestro.

En el libro de Daniel, el personaje descrito «como un hijo de hombre» se presenta rodeado de la gloria que corresponde a los jefes, a los que se tributa una veneración universal: «Todos los pueblos, naciones y lenguas le servían» (Dn 7, 14). A ese personaje Jesús contrapone el Hijo del hombre, que se pone al servicio de todos. Por ser persona divina, tendría pleno derecho a ser servido. Pero, al decir que «vino para servir», manifiesta un aspecto sorprendente del comportamiento de Dios que, a pesar de tener el derecho y el poder de ser servido, se pone «al servicio» de sus creaturas.

Jesús expresa de modo elocuente y conmovedor esta voluntad de servir mediante el gesto de la última Cena, cuando lava los pies a sus discípulos: un gesto simbólico que se grabará indeleblemente en su memoria como una regla de vida: «Vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros» (Jn 13, 14).

3. Al decir que el Hijo del hombre vino para dar su vida en rescate por muchos, Jesús alude a la profecía del Siervo sufriente, que «se da a sí mismo en expiación» (Is 53, 10). Es un sacrificio personal, muy diverso de los sacrificios de animales, habituales en el culto antiguo. Es la entrega de la propia vida, hecha «en rescate por muchos», es decir, por la inmensa multitud humana, por «todos».

Jesús se presenta así como el Salvador universal: todos los hombres, de acuerdo con el designio divino, son rescatados, liberados y salvados por él. Dice san Pablo: «Todos pecaron y están privados de la gloria de Dios y son justificados por el don de su gracia, en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús» (Rm 3, 23-24). La salvación es un don que cada uno puede recibir en la medida de su aceptación libre y de su cooperación voluntaria.

4. Cristo, Salvador universal, es el único Salvador. San Pedro lo afirma claramente: «Porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos» (Hch 4, 12).

Al mismo tiempo, es proclamado también único mediador entre Dios y los hombres, como afirma la primera carta de san Pablo a Timoteo: «Porque hay un solo Dios, y también un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también, que se entregó a sí mismo como rescate por todos» (1 Tm 2, 5-6). En cuanto Dios-hombre, Jesús es el mediador perfecto, que une a los hombres con Dios, proporcionándoles los bienes de la salvación y de la vida divina. Se trata de una mediación única, que excluye cualquier otra mediación complementaria o paralela, aunque puede admitir mediaciones participadas o dependientes (cf. Redemptoris missio, 5).

Así pues, no se pueden admitir, además de Cristo, otras fuentes o caminos de salvación autónomos. Por consiguiente, en las grandes religiones, que la Iglesia considera con respeto y estima en la línea marcada por el concilio Vaticano  II, los cristianos reconocen la presencia de elementos salvíficos, pero que actúan en dependencia del influjo de la gracia de Cristo. Esas religiones pueden así contribuir, en virtud de la acción misteriosa del Espíritu Santo, que «sopla donde quiere» (Jn 3, 8), a ayudar a los hombres en el camino hacia la felicidad eterna, pero esta función es igualmente fruto de la actividad redentora de Cristo. Por tanto, también en relación con las religiones, actúa misteriosamente Cristo Salvador, que en esta obra asocia a su Iglesia, constituida «como un sacramento o signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano» (Lumen gentium, 1).

5. Deseo concluir con una admirable página del Tratado sobre la verdadera devoción a María, de san Luis María Grignion de Montfort, que proclama la fe cristológica de la Iglesia: «Jesucristo es el alfa y la omega, "el principio y el fin" de todo. (...) Él es el único maestro que debe instruirnos, el único Señor del que dependemos, la única cabeza a la que debemos estar unidos, el único modelo al que debemos asemejarnos, el único médico que nos debe curar, el único pastor que nos debe alimentar, el único camino que debemos seguir, la única verdad que debemos creer, la única vida que debe vivificarnos, lo único que nos debe bastar en todo. (...) Todo fiel que no esté unido a Cristo como el sarmiento a la vid, se cae, se seca y sólo sirve para ser arrojado al fuego. En cambio, si estamos en Jesucristo y Jesucristo está en nosotros, no debemos temer ninguna condena. Ni los ángeles del cielo, ni los hombres de la tierra, ni los demonios del infierno, ni ninguna otra creatura podrá producirnos mal alguno, porque no podrá separarnos jamás del amor de Dios, en Jesucristo. Todo lo podemos por Cristo, con Cristo y en Cristo; podemos dar todo honor y toda gloria al Padre, en la unidad del Espíritu Santo; podemos alcanzar la perfección y ser perfume de vida eterna para el prójimo» (n. 61).

Saludos

Saludo con afecto a los peregrinos venidos desde España y desde los diversos países de América Latina, en particular, a los jóvenes deportistas de Buenos Aires y a los estudiantes de Santiago de Chile. A todos os acojo cordialmente y os bendigo en el nombre de Jesús, nuestro Salvador.

(En italiano)
 Deseo, finalmente, dirigir mi pensamiento a los jóvenes, a los enfermos y a Saludos a los peregrinos los recién casados. Anteayer, 2 de febrero, hemos celebrado la fiesta de la Presentación de Jesús en el templo, y hemos reconocido a Cristo, la «Luz de las gentes». La referencia a la luz de Cristo, que domina esta festividad, os ayude, queridos jóvenes, a abrir el corazón a su Evangelio. Os dé fuerza a vosotros, queridos enfermos, para ofrecer el don precioso de vuestra oración y vuestro sufrimiento por toda la Iglesia. Y os transmita a vosotros, queridos recién casados, la alegría de hacer que vuestras familias sean cuna y apoyo de existencias en las que reinen los valores cristianos.