02 de diciembre, 1998 - Audiencia general de los miércoles

Autor: Juan Pablo II

 

Papa Juan Pablo II: Audiencia general de los miércoles

Miércoles 2 de Diciembre 1998

    

La esperanza como espera y preparación del reino de Dios

1. El Espíritu Santo es la fuente de la «esperanza que no defrauda» (Rm 5, 5). A la luz de esta verdad, después de haber examinado algunos de los «signos de esperanza» presentes en nuestro tiempo, hoy queremos profundizar el significado de la esperanza cristiana en el tiempo de espera y de preparación para la venida del reino de Dios en Cristo al final de los tiempos. A este respecto, como subrayé en la carta apostólica Tertio millennio adveniente, es preciso recordar que «la actitud fundamental de la esperanza, por una parte, mueve al cristiano a no perder de vista la meta final que da sentido y valor a su entera existencia y, por otra, le ofrece motivaciones sólidas y profundas para el esfuerzo cotidiano en la transformación de la realidad para hacerla conforme al proyecto de Dios» (n. 46).

2. La esperanza de la venida definitiva del reino de Dios y el compromiso de transformación del mundo a la luz del Evangelio tienen en realidad una misma fuente: el don escatológico del Espíritu Santo, «prenda de nuestra herencia, para redención del pueblo de su posesión» (Ef 1, 14), que suscita el anhelo de la vida plena y definitiva con Cristo y, a la vez, infunde en nosotros la fuerza para difundir por toda la tierra la levadura del reino de Dios.

En cierto modo, se trata de una realización anticipada del reino de Dios entre los hombres, gracias a la resurrección de Cristo. En él, Verbo encarnado, muerto y resucitado por nosotros, el cielo descendió a la tierra y ésta, en su humanidad glorificada, ascendió al cielo. Jesús resucitado está presente en medio de su pueblo y en el centro de la historia humana. Por el Espíritu Santo, reviste de sí mismo a los que en la fe y en la caridad se abren a él, más aún, los transfigura progresivamente, haciéndolos partícipes de su misma existencia glorificada. Ya viven y actúan en el mundo con la mirada siempre puesta en la meta final: «Si habéis resucitado con Cristo —exhorta san Pablo—, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios» (Col 3, 1). Por tanto, los creyentes están llamados a ser en el mundo testigos de la resurrección de Cristo y, a la vez, constructores de una sociedad nueva.

3. El signo sacramental por excelencia de las últimas realidades ya anticipadas y actualizadas en la Iglesia es la Eucaristía. En ella el Espíritu, invocado en la epíclesis, «transubstancia» la realidad sensible del pan y del vino en la nueva realidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo. El Señor resucitado está realmente presente en la Eucaristía y, en él, la humanidad y el universo asumen el sello de la nueva creación. En la Eucaristía se gustan las realidades definitivas y el mundo comienza a ser lo que será en la venida final del Señor.

La Eucaristía, culmen de la vida cristiana, no sólo plasma la existencia personal del cristiano, sino también la vida de la comunidad eclesial y, de algún modo, de la sociedad entera. La Eucaristía proporciona al pueblo de Dios la energía divina que lo impulsa a vivir profundamente la comunión de amor significada y realizada por la participación en la única mesa. Asimismo, lo estimula a compartir con espíritu de fraternidad también los bienes materiales, orientándolos a la edificación del reino de Dios (cf. Hch 2, 42-45).

De este modo, la Iglesia se convierte en «pan partido» para el mundo: para la gente en medio de la cual vive, especialmente para los más necesitados. La celebración eucarística es la fuente de las diversas obras de caridad y de ayuda recíproca, de la acción misionera y de las diferentes formas de testimonio cristiano, a través de las cuales ayudamos al mundo a comprender la vocación de la Iglesia según el plan de Dios.

Además, manteniendo viva la vocación a no conformarse a la mentalidad del mundo presente y a vivir en espera de Cristo «hasta que venga», la Eucaristía enseña al pueblo de Dios el camino para purificar y perfeccionar las actividades humanas sumergiéndolas en el misterio pascual de la cruz y la resurrección.

4. Así se comprende el verdadero significado de la esperanza cristiana. Al dirigir nuestra mirada hacia «los nuevos cielos y la nueva tierra» donde tendrá morada estable la justicia (cf. 2 P 3, 13), esa esperanza «no debe debilitar, sino más bien avivar la preocupación de cultivar esta tierra, donde crece aquel cuerpo de la nueva familia humana que puede ofrecer ya un cierto esbozo del mundo nuevo» (Gaudium et spes, 39).

En particular, el anuncio de esperanza que ofrece la comunidad cristiana debe actuar como levadura de resurrección por medio del compromiso cultural, social, económico y político de los fieles laicos.

Es verdad que «hay que distinguir cuidadosamente el progreso terreno del crecimiento del reino de Dios» (ib.), pero también es verdad que en el reino de Dios, que se consumará al final de los tiempos, «permanecerá la caridad, con sus frutos (cf. 1 Co 13, 8; Col 3, 14)» (cf. ib.). Eso significa que todo lo que se ha hecho en la caridad de Cristo anticipa la resurrección final y la llegada del reino de Dios.

5. La espiritualidad del cristiano se presenta así en su verdadera luz: no es una espiritualidad de huida o rechazo del mundo; tampoco se reduce a una simple actividad de orden temporal. Impregnada por el Espíritu de vida, derramado por el Resucitado, es una espiritualidad de transfiguración del mundo y de esperanza en la venida del reino de Dios.

Gracias a ella, los cristianos pueden descubrir que las realizaciones del pensamiento y del arte, de la ciencia y de la técnica, cuando se viven con el espíritu del Evangelio, testimonian la presencia del Espíritu de Dios en todas las realidades terrenas. Así, no sólo en la oración, sino también en el esfuerzo realizado diariamente para preparar el reino de Dios en la historia, se escucha con fuerza la voz del Espíritu y de la Esposa, que invocan: «¡Ven! (...) ¡Ven, Señor Jesús!» (Ap 22, 17. 20). Es la magnífica conclusión del Apocalipsis y, podríamos decir, el sello cristiano de la historia.