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Carta de Pepe Alonso para el mes de Agosto

Miami, agosto del 2016

Querida familia en la Fe. Estos días, pensando en la "crisis de fe" en la que muchos cristianos se encuentran, quizá nos ayude el hacernos un auto examen espiritual para diagnosticar si no hemos sido infectados por uno de los mas sutiles y peligrosos virus espirituales, la "pereza".

Es mas, la pereza es uno de los pecados capitales. Cuando la pereza llega a dominar la vida del hombre, ésta se convierte en un caos.

La pereza es un hábito que conocemos muy bien. Sus consecuencias determinaron que haya sido considerada como un vicio capital. El perezoso está gobernado por una inercia que le conduce a evadir el esfuerzo provechoso. Por el contrario, ama la comodidad y teme realizar aquellas cosas abnegadas que reclaman el amor a Dios y al prójimo. La persona perezosa, enseñan los maestros espirituales, ve debilitada su voluntad, para dar pie a otras faltas como la gula o la lujuria.

El Antiguo Testamento es firme en rechazar la pereza, a la que considera un sustento de otros vicios. El perezoso pertenecía al “grupo” de los necios, porque tarde o temprano él y los suyos iban a pasar hambre y necesidad. Desea todo pero nada alcanza (ver Proverbios 13, 4).

Fue el mismo Señor Jesús quien rechazó radicalmente la pereza cuando calificó al siervo flojo de «malo y perezoso» (Mateo 25, 26), pero elogió y premió al «siervo bueno y fiel» (Mateo 25, 23). ¿Por qué aquella aspereza de juicio?

La pereza suscita un vacío favoreciendo a males como la envidia, la pusilanimidad, el desaliento y la apatía espiritual. Por lo mismo, la pereza va conduciendo a la persona a la mediocridad, alejándola de la santidad. Como diría el Apocalipsis 3, 17 «Pero porque eres tibio y no frío o caliente, voy a vomitarte de mi boca», pues en su desidia el perezoso deja de realizar cosas buenas.

San Pablo asume con responsabilidad su actividad apostólica y les recuerda a los Tesalonicenses, destacando la importancia de la laboriosidad: «Día y noche con fatiga y cansancio trabajamos para no ser una carga (…) por darles en nosotros un modelo que imitar» (2 Tes 3, 8-9). Al mismo tiempo, el Apóstol de Gentes es enérgico con los perezosos: «Si alguno no quiere trabajar, que tampoco coma». San Pablo reprende a los flojos, que vivían desconcertados, «sin trabajar nada, pero metiéndose en todo» (2 Tes 3, 11).

La pereza incide con mayor energía sobre la voluntad. La voluntad afectada mueve a la inteligencia hacia objetos que no corresponden, desviándola de aquellos que debería conocer. La pereza, pues, inicialmente no inhibe toda actividad, sino que comienza trocando un quehacer necesario por otro indebido. La persona perezosa va viendo su voluntad debilitarse. El esfuerzo empieza a costarle cada vez más, sobre todo para aquellas actividades que no se condicen con su gusto. El perezoso rehuye el trabajo o lo realiza a desgano, con inconstancia. Se planta ante la primera dificultad que confronta.

En este sentido, San Juan Damasceno opina que el perezoso alcanza a desarrollar una especie de miedo a la fatiga. San Isidoro de Sevilla, por su parte, dice que de la pereza espiritual nacen vicios como la ociosidad y la somnolencia. Se puede calificar al perezoso como «poco capacitado, poco experimentado y poco esperanzado» para alcanzar aquello que desea. Le da vueltas a las cosas. Realiza muchos y valientes propósitos, pero sin concretar nada. Como hemos visto, la pereza no consiste necesariamente en no hacer nada. Más bien muchas veces el flojo termina haciendo lo que no debe hacer. Puede obligarse a mil ocupaciones intrascendentes e insustanciales con tal de evadir sus responsabilidades. Al perezoso le falta voluntad para exigirse en lo que considera un bien arduo. Cae en excusas para justificar su dejadez y descuido.

Otro aspecto a notar es que en el perezoso predomina un desorden hacia el placer sensual. El pecado ha herido el proceso de buscar lo que es virtuoso y necesario. A través de la propaganda, la publicidad y una “des-evangelización de la cultura”, se conforma una conciencia sensual que apela a las pasiones desordenadas.

Este modo de ser trae consigo una “enfermedad espiritual” de mayor impacto: la acedia.

La acedia puede ser comprendida como la fatiga de la mente, el languidecimiento de la perseverancia, la preeminencia de las inconsistencias, y el desenfreno de las inconformidades. Cuando se está acedioso, se vacía el vigor y domina la tristeza. También se puede entender como un abandono, un hastío, una inestabilidad, una pérdida de interés por lo bueno del ser humano.

Quien está atrapado en la acedia no solamente “deja de hacer”, sino que adopta un quehacer despojado de provecho. Simplemente renunciamos a las cosas que necesitamos realizar, perdiendo tiempo en una “auto-contemplación” que prontamente se transforma en “auto-compasión”. Santo Tomás, relacionando la pereza con la acedia, señala que ésta constituye una flojera hacia las cosas relativas a Dios, a la salvación, a la fe y a las virtudes teologales.

¿Cómo enfrentar el vicio?

El vencimiento de la pereza significa purificar las pasiones orientadas a la comodidad y a la pusilanimidad. Cuando nos reconocemos perezosos, es signo para organizarnos mejor, colocando medios adecuados. El combate contra la flojera y la inconstancia es dificultoso para toda persona. Pero el cristiano tiene un aliento especial, algo constitutivo de su condición de bautizado: el llamado de Jesús a convertirse en apóstol, en portador de la Buena Nueva salvífica y reconciliadora de Jesucristo. ¿Qué mejor “antídoto” a la pereza que revestirnos del recto obrar, que es asumir la invitación del Señora prolongar la misión que confió a la Iglesia: anunciar y confesar la Buena Nueva? Por algo el anuncio evangélico está ligado al llamado a ser cristiano.

El sentido misional de nuestra vida nace de la adhesión activa, de la aceptación de la vocación de vivir el amor y permanecer en él, y de compartir esa experiencia de gracia con los hermanos. La generosidad en el compartir, en el comunicar los bienes alcanza también, y en primer lugar, a la mayor riqueza que se posee: la fe

El Papa Francisco convocaba recientemente a los cristianos a «no vivir bajo anestesia», a superar las tentaciones «de la resignación, de la tristeza» y de «no implicarse». Precisamente esta es «la enfermedad de la acedia de los cristianos», una «actitud que es paralizante para el celo apostólico» y «que hace de los cristianos personas inmóviles, tranquilas, pero no en el buen sentido de la palabra: personas que no se preocupan por salir para anunciar el Evangelio, personas anestesiadas». La pereza debe confrontarse cotidianamente, abriendo nuestras mentes y corazones a la acción transformante de la gracia. Estamos invitados a salir al encuentro de tantas personas necesitadas, no solamente de auxilios materiales, sino del hambre de la Buena Nueva. Volviendo a las ideas iniciales, todos sobrellevamos, en alguna medida, las pruebas de la pereza. Precisamente una manera de confrontarla es despojándonos del egoísmo, para revestirnos de la generosidad y de la caridad. Quizá sea el momento de sopesar que una de las invitaciones más incesantes del Evangelio es a vivir la generosidad, teniendo muy en cuenta el bien común de toda la familia humana.

Dios siempre querrá ayudarnos a ser generosos, a dar lo mejor de nosotros, pero debemos permitir que nos auxilie. «En los momentos difíciles, donde debemos elegir el camino correcto, donde requerimos decir “no” a muchas cosas que quizás intentan seducirnos, está la oración al Espíritu Santo. Él nos hará fuertes», recordaba el Papa Francisco (Homilía en Misa en Santa Marta, 6 de mayo de 2014).

Lancemos lejos la pereza cuando la encontremos en el camino, y no dejemos que se arraigue en nuestra vida porque entonces seremos reos de nuestra propia condena.

Termino esta breve reflexión invitando nuevamente a que apoyes esta Misión, EWTN, para que continuemos llevando el Esplendor de la Verdad hasta los últimos confines de esta tierra.

El Señor te sabrá corresponder con todo clase de bendiciones celestiales.

Tu hermano en Cristo y María.

Pepe Alonso