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Embarcadero del
Poller Rheinwiesen
ALEMANIA -
COLONIA - 18.08.2005
Fiesta de acogida de los jóvenes
Queridos
jóvenes:
Es una dicha
encontrarme con vosotros aquí, en
Colonia, a orillas del Rhin. Habéis
venido desde varias partes de Alemania,
de Europa, del mundo, haciéndoos
peregrinos tras los Magos de Oriente.
Siguiendo sus huellas, queréis descubrir
a Jesús. Habéis aceptado emprender el
camino para llegar también vosotros a
contemplar, personal y comunitariamente,
el rostro de Dios manifestado en el niño
acostado en el pesebre. Como vosotros,
también yo me he puesto en camino para,
con vosotros, arrodillarme ante la
blanca Hostia consagrada, en la que los
ojos de la fe reconocen la presencia
real del Salvador del mundo. Todos
juntos seguiremos meditando sobre el
tema de esta Jornada Mundial del
Juventud: «Venimos a adorarlo» (Mt 2,2).
Os saludo y os
recibo con inmensa alegría, queridos
jóvenes, tanto si venís de cerca como de
lejos, caminando por las sendas del
mundo y los derroteros de vuestra vida.
Saludo particularmente a los que han
venido de Oriente, como los Magos.
Representáis a las incontables
muchedumbres de nuestros hermanos y
hermanas de la humanidad que esperan,
sin saberlo, que aparezca en su cielo la
estrella que los conduzca a Cristo, Luz
de las Gentes, para encontrar en Él la
respuesta que sacie la sed de sus
corazones. Saludo con afecto también a
los que estáis aquí y no habéis recibido
el bautismo, a los que no conocéis
toda-vía a Cristo o no os reconocéis en
la Iglesia. Precisamente a vosotros os
invitaba de modo particular a este
encuentro el Papa Juan Pablo II; os
agradezco que hayáis decidido venir a
Colonia. Alguno de vosotros podría tal
vez identificarse con la des-cripción
que Edith Stein hizo de su propia
adolescencia, ella, que vivió después en
el Carmelo de Colonia: «Había perdido
conscientemente y deliberadamente la
costumbre de rezar». Durante estos días
podréis recobrar la experiencia vibrante
de la oración como diálogo con Dios, del
que sabemos que nos ama y al que, a la
vez, queremos amar. Quisiera decir a
todos insis-tentemente: abrid vuestro
corazón a Dios, dejad sorprenderos por
Cristo. Dadle el «derecho a hablaros»
durante estos días. Abrid las puertas de
vuestra libertad a su amor
misericordioso. Presentad vuestras
alegrías y vuestras penas a Cristo,
dejando que Él ilumine con su luz
vuestra mente y acaricie con su gracia
vuestro corazón. En estos días benditos
de alegría y deseo de compartir, haced
la experiencia liberadora de la Iglesia
como lugar de la misericordia y de la
ternura de Dios para con los hombres. En
la Iglesia y mediante la Iglesia
llegaréis a Cristo que os espera.
A llegar hoy a
Colonia para participar con vosotros en
la XX Jornada Mundial de la Juventud, me
surge espontáneamente el recuerdo
emocionado y agradecido del Siervo de
Dios, tan querido por todos nosotros,
Juan Pablo II, que tuvo la idea
brillante de convocar a los jóvenes de
todo el mundo para celebrar juntos a
Cristo, único Redentor del género
humano. Gracias al diálogo profundo que
se ha desarrollado durante más de veinte
años entre el Papa y los jóvenes, muchos
de ellos han podido profundizar la fe,
establecer lazos de comunión,
apasionarse por la Buena Nueva de la
salvación en Cristo y proclamarla en
muchas partes de la tierra. Este gran
Papa ha sabido entender los desafíos que
se presentan a los jóvenes de hoy y,
confirmando su confianza en ellos, no ha
dudado en incitarlos a proclamar con
valentía el Evangelio y ser
constructores intrépidos de la
civilización de la verdad, del amor y de
la paz.
Ahora me
corresponde a mí recoger esta
extraordinaria herencia espiritual que
nos ha dejado el Papa Juan Pablo II. Él
os ha querido, vosotros le habéis
entendido y habéis correspondido con el
entusiasmo de vuestra edad. Ahora, todos
juntos tenemos el cometido de llevar a
la práctica sus enseñanzas. Con este
compromiso estamos aquí, en Colonia,
peregrinos tras las huellas de los Magos.
Según la tradición, en griego sus
nombres eran Melchor, Gaspar y Baltasar.
Mateo refiere en su Evangelio la
pregunta que ardía en el corazón de los
Magos: «¿Dónde está el Rey de los Judíos
que ha nacido?» (Mt 2, 2). Su búsqueda
era el motivo por el cual emprendieron
el largo viaje hasta Jerusalén. Por eso
soportaron fatigas y sacrificios, sin
ceder al desaliento y a la tentación de
volver atrás. Ésta era la única pregunta
que hacían cuando estaban cerca de la
meta. También nosotros hemos venido a
Colonia porque hemos sentido en el
corazón, si bien de forma diversa, la
misma pregunta que inducía a los hombres
de Oriente a ponerse en camino. Es
cierto que hoy no buscamos ya a un rey;
pero estamos preocupados por la
situación del mundo y preguntamos: ¿Dónde
encuentro los criterios para mi vida;
dónde los criterios para colaborar de
modo responsable en la edificación del
presente y del futuro de nuestro mundo?
¿De quién puedo fiarme; a quién
confiarme? ¿Dónde está aquél que puede
darme la respuesta satisfactoria a los
anhelos del corazón? Plantearse dichas
cuestiones significa recono-cer, ante
todo, que el camino no termina hasta que
se ha encontrado a Quien tiene el poder
de instaurar el Reino universal de
justicia y paz, al que los hombres
aspiran, aunque no lo sepan construir
por sí solos. Hacerse estas preguntas
significa además buscar a Alguien que ni
se engaña ni puede engañar, y que por
eso es capaz de ofrecer una certidumbre
tan firme, que merece la pena vivir por
ella y, si fuera preciso, también morir
por ella.
Cuando se
perfila en el horizonte de la existencia
una respuesta como ésta, queridos
amigos, hay que saber tomar las
decisiones necesarias. Es como alguien
que se encuentra en una bifurcación: ¿Qué
camino tomar? ¿El que sugieren las
pasio-nes o el que indica la estrella
que brilla en la conciencia? Los Magos,
una vez que oyeron la respuesta «en
Belén de Judá, por-que así lo ha escrito
el profeta» (Mt 2,5), decidieron
continuar el camino y llegar hasta el
final, iluminados por esta palabra.
Desde Jerusalén fueron a Belén, es decir,
desde la palabra que les había indicado
dónde estaba el Rey de los Judíos que
busca-ban, hasta el encuentro con aquel
Rey, que es al mismo tiempo el Cordero
de Dios que quita el pecado del mundo.
También a nosotros se nos dice aquella
palabra. También nosotros hemos de hacer
nuestra opción. En realidad, pensándolo
bien, ésta es precisamente la
experiencia que hacemos en la
participación en cada Eucaristía. En
efecto, en cada Misa, el encuentro con
la Palabra de Dios nos introduce en la
participación del misterio de la cruz y
resurrección de Cristo y de este modo
nos introduce en la Mesa eucarística, en
la unión con Cristo. En el altar está
presente al que los Magos vieron
acostado entre pajas: Cristo, el Pan
vivo bajado del cielo para dar la vida
al mundo, el verdadero Cordero que da su
propia vida para la salvación de la
huma-nidad. Iluminados por la Palabra,
siempre es en Belén – la «Casa del pan»
– donde podremos tener ese encuentro
sobrecogedor con la indecible grandeza
de un Dios que se ha humillado hasta el
punto hacerse ver en el pesebre y de
darse como alimento sobre el altar.
¡Podemos
imaginar el asombro de los Magos ante el
Niño en pañales! Sólo la fe les permitió
reconocer en la figura de aquel niño al
Rey que buscaban, al Dios al que la
estrella les había guiado. En Él,
cubriendo el abismo entre lo finito y lo
infinito, entre lo visible y lo
invisible, el Eterno ha entrado en el
tiempo, el Misterio se ha dado a
conocer, mostrándose ante nosotros en
los frágiles miembros de un niño recién
nacido. «Los Magos están asombrados ante
lo que allí contemplan: el cielo en la
tierra y la tierra en el cielo; el
hombre en Dios y Dios en el hombre; ven
encerrado en un pequeñísimo cuerpo
aquello que no puede ser contenido en
todo el mundo» (San Pedro Crisólogo,
Serm. 160,2). Durante estas jornadas, en
este «Año de la Eucaristía»,
contemplaremos con el mismo asombro a
Cristo presente en el Tabernáculo de la
misericordia, en el Sacramento del
altar. Queridos jóvenes, la felicidad
que buscáis, la felicidad que tenéis
derecho de saborear, tiene un nombre, un
rostro: el de Jesús de Nazareth, oculto
en la Eucaristía. Sólo Él da plenitud de
vida a la humanidad. Decid, con María,
vuestro «sí» al Dios que quiere
entregarse a vosotros. Os repito hoy lo
que he dicho al principio de mi
pontificado: « Quien deja entrar a
Cristo [en la propia vida] no pierde
nada, nada – absolutamente nada – de lo
que hace la vida libre, bella y grande.
¡No! Sólo con esta amistad se abren las
puertas de la vida. Sólo con esta
amistad se abren realmente las grandes
potencialidades de la condición humana.
Sólo con esta amistad experimentamos lo
que es bello y lo que nos libera»
(Homilía en el solemne inicio del
ministe-rio petrino, 24 abril 2005).
Estad plenamente convencidos: Cristo no
quita nada de lo que hay de hermoso y
grande en voso-tros, sino que lleva todo
a la perfección para la gloria de Dios,
la felicidad de los hombres y la
salvación del mundo.
Os invito a que
os esforcéis estos días a servir sin
reservas a Cristo, cueste lo que cueste.
El encuentro con Jesucristo os permitirá
gustar interiormente la alegría de su
presencia viva y vivificante, para
testimoniarla después en vuestro
entorno. Que vuestra presencia en esta
ciudad sea el primer signo de anuncio
del Evangelio mediante el testimonio de
vuestro compor-tamiento y alegría de
vivir. Hagamos surgir de nuestro corazón
un himno de alabanza y acción de gracias
al Padre por tantos bienes que nos ha
dado y por el don de la fe que
celebraremos juntos, manifestándolo al
mundo desde esta tierra del centro de
Europa, de una Europa que debe mucho al
Evangelio y a los que han dado
testimonio de él a lo largo de los
siglos.
Ahora me haré
peregrino hacia la catedral de Colonia
para venerar allí las reliquias de los
santos Magos, que decidieron abandonar
todo para seguir la estrella que los
condujo al Salvador del género humano.
También vosotros, queridos jóvenes,
habéis tenido o tendréis ocasión de
hacer la misma peregrinación. Estas
reliquias no son más que el signo frágil
y pobre de lo que ellos fueron y
vivieron hace tantos siglos. Las
reliquias nos conducen a Dios mismo; en
efecto, es Él quien, con la fuerza de su
gracia, da a seres frágiles la valentía
de testimoniarlo ante del mundo. Cuando
la Iglesia nos invita a venerar los
restos mortales de los mártires y de los
santos, no olvida que, en definitiva, se
trata de pobres huesos humanos, pero
huesos que per-tenecían a personas en
las que se ha posado la potencia
trascendente de Dios. Las reliquias de
los santos son huellas de la pre-sencia
invisible pero real que ilumina las
tinieblas del mundo, manifestando el
Reino de los cielos que habita dentro de
noso-tros. Ellas proclaman, con nosotros
y por nosotros: «Maranatha» – «Ven,
Señor Jesús». Queridos, con estas
palabras os saludo y os cito para la
vigilia del sábado por la tarde. A todos,
¡hasta luego! |