Queridos jóvenes,
1.Cuando en 1985, quise comenzar las Jornadas Mundiales de la
Juventud, pensaba en las palabras del apóstol San Juan que hemos escuchado esta
noche: "Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que
hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos,
acerca de la Palabra de Vida. . . os lo anunciamos" (1 Jn 1:1.3). Y yo
imagine la Jornada Mundial de la Juventud como un momento poderoso en el que los
jóvenes del mundo pudiesen encontrarse con Cristo, quien es eternamente joven,
y pudiesen aprender de él como ser anunciadores del Evangelio a los otros
jóvenes.
Esta noche, junto a ustedes, alabo a Dios y le doy gracias
oír el regalo dado a la Iglesia a través de la Jornada Mundial de la Juventud.
Millones de jóvenes han tomado parte de ellas, y como resultado se han vuelto
mejores y más comprometidos testigos cristianos. Estos especialmente agradecido
con ustedes, porque respondieron a mi invitación de venir aquí a Toronto para
"contarle al mundo sobre la alegría que hallaron al encontrarse con
Jesucristo, su deseo de conocerlo mejor, cómo están comprometidos a proclamar
el Evangelio de salvación en los confines de la tierra!" (Mensaje por la
17ma. JMJ No. 5).
2. El Nuevo milenio comenzó con dos escenarios contrastantes:
por un lado, la vista de multitudes de peregrinos que llegaron a Roma durante el
Gran Jubileo para cruzar la Puerta Santa que es Cristo, nuestro Salvador y
Redentor; y por otro, el terrible ataque terrorista en Nueva York, una imagen
que es una especie de icono de un mundo donde la hostilidad y el odio parecen
prevalecer.
La pregunta que surge es dramática: ¿en qué fundamentos
debemos construir la nueva era histórica que emerge de las grandes
transformaciones del siglo XX? ¿Es acaso suficiente apoyarnos en la revolución
tecnológica que ahora tiene lugar, que parece responder sólo a criterios de
productividad y eficiencia, sin referencia alguna a la dimensión espiritual
personal o a los valores éticos universales? ¿Es correcto contentarnos con
respuestas provisionales a las preguntas fundamentales, y abandonar la vida a
los impulsos del instinto, a las sensaciones temporales o a las modas pasajeras?
La pregunta no desaparece: en qué fundamentos, en qué
certezas debemos construir nuestras vidas y la vida de la comunidad a la que
pertenecemos?
3. Queridos amigos, espontáneamente en sus corazones, en el
entusiasmo de sus años jóvenes ustedes conocen la respuesta y la están dando
a través de su presencia esta noche: solo Cristo es la piedra angular en la que
es posible construir sólidamente la propia existencia. Sólo Cristo -conocido,
contemplado y amado- es el amigo fiel que nunca nos deja caer, que se convierte
en nuestro compañero de viaje, y cuyas palabras calientan nuestros corazones
(cf. Lc 24:13-35).
El siglo veinte trató con frecuencia de actuar sin esa
piedra angular y trató de construir la ciudad del hombre sin referencia a Él.
Terminó construyendo esa ciudad realmente en contra del hombre! Los cristianos
sabemos que no es posible rechazar o ignorara a Dios sin degradar al hombre.
4. La aspiración que nutre a la humanidad, en medio de
incontables sufrimientos e injusticias, es la esperanza de una nueva
civilización marcada por la libertad y la paz. Pero ante tal empresa, se
necesita una nueva generación de constructores. Motivado no por el temor o la
violencia sino por la urgencia del amor genuino, deben aprender a construir
ladrillo por ladrillo, la ciudad de Dios dentro de la ciudad del hombre.
¡Permítanme, queridos jóvenes, consignarles mi esperanza:
ustedes deben ser esos "constructores"! Ustedes son los hombres y
mujeres de mañana. El futuro está en sus corazones y sus manos. Dios les
confía la tarea, al mismo tiempo difícil y elevador, de trabajar con él en la
construcción de la civilización del amor.
5. En la carta de Juan -el más joven de los apóstoles, y
tal vez por esa razón el más amado por el Señor- hemos escuchado estas
palabras: "Dios es luz y en él no hay oscuridad" (1 Jn 1:5). Pero,
observa Juan, nadie ha visto a Dios. Es Jesús, el Hijo único del Padre, quien
nos lo ha revelado (cf. Jn 1:18). Y si Jesús ha revelado a Dios, ha revelado la
luz. Con Cristo en efecto "la luz verdadera que alumbra a todo hombre"
(Jn 1:9) ha llegado al mundo.
Queridos jóvenes, déjense llevar por la luz de Cristo y
difundan esa luz por donde estén. "La luz del rostro de Jesús - afirma el
Catecismo de la Iglesia Católica- ilumina los ojos de nuestro corazón y nos
enseña a ver todo a la luz de su verdad y compasión por todos" (No.
2715).
Si su amistad con Cristo, su conocimiento de su misterio, su
entrega generosa a él, son genuinos y profundos, ustedes se convertirán en
"la luz del mundo". Por esta razón, les repito las palabras del
Evangelio: "Brille así vuestra luz delante de los hombres , para que vean
vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en el cielo"
(Mt 5:16).
6. Esta noche, el Papa junto con todos ustedes, jóvenes de
todos los continentes, reafirma ante el mundo la fe que sostienen la vida de la
Iglesia. Cristo es la luz de las naciones. Él murió y resucitó para devolver
a quienes peregrinan a través del tiempo la esperanza de la eternidad. El
Evangelio no daña algo humano: cada valor auténtico, en cualquier cultura que
aparezca es aceptado y elevado por Cristo. Sabiendo esto, los cristianos no
pueden fallar al sentir en sus corazones el orgullo y la responsabilidad de su
llamado a ser testigos de la luz del Evangelio.
Precisamente por esta razón, les digo esta noche: dejen que
la luz de Cristo brille en sus vidas! No esperen a ser mayores para preparar su
camino de santidad! La santidad siempre es joven, así como eternal es la
juventud de Dios.
Comuniquen a todos la belleza del contacto Dios que da
significado a sus vidas. En la búsqueda por la justicia, en la promoción de la
paz, en su compromiso de fraternidad y solidaridad, no permitan que los superen!
Qué bella es la canción que hemos escuchado estos días:
"Luz del mundo! Sal de la tierra!
Sean para el mundo el rostro de amor!
Sean para la tierra el reflejo de su luz!"
Es el regalo más bello y precioso que pueden dar a la Iglesia y el mundo.
Ustedes saben que el Papa está con ustedes, con su oración y bendición.