1. Me siento profundamente agradecido, señor primer ministro,
por sus palabras de bienvenida y al mismo tiempo me siento sumamente honrado por
la presencia, a mi llegada, del primer ministro de Ontario, del alcalde de la
gran ciudad de Toronto, y de numerosos importantes representantes del gobierno y
de la sociedad civil. A todos les expreso de todo corazón un sentido
«gracias»: gracias por haber respondido favorablemente a la idea de acoger la
Jornada Mundial de la Juventud en Canadá, y gracias por todo lo que se ha hecho
para que se convirtiera en realidad.
Queridos canadienses, guardo un recuerdo sumamente vivo de mi
primer viaje apostólico en 1984 y de la breve visita que realicé en 1987 a los
pueblos indígenas en la tierra de Denendeh. Esta vez tengo que contentarme con
quedarme únicamente en Toronto. Desde este lugar, saludo a todos los ciudadanos
de Canadá. Vosotros estás presentes en mi oración de reconocimiento a Dios
que ha llenado con sus bendiciones vuestro inmenso y espléndido país.
2. Ahora se están reuniendo los jóvenes de todos los puntos
del mundo para participar en la Jornada Mundial de la Juventud. Con sus dones de
inteligencia y de corazón, son el futuro del mundo. Pero llevan también la
marca de una humanidad que, con demasiada frecuencia, no experimenta ni la paz
ni la justicia.
Demasiadas vidas comienzan y concluyen sin alegría ni
esperanza. Una de las principales razones de ser de las Jornadas Mundiales de la
Juventud es ésta: los jóvenes se están reuniendo para comprometerse con la
fuerza de su fe en Jesucristo a servir a la gran causa de la paz y de la
solidaridad humana.
¡Gracias a ti, Toronto! ¡Gracias a ti, Canadá, por la
acogida ofrecida a brazos abiertos a todos estos jóvenes!
3. En la versión francófona de vuestro himno nacional «Oh
Canadá», vosotros cantáis: «Tu brazo sabe llevar la espada, sabe llevar la
cruz». Los canadienses son herederos de un humanismo extraordinariamente rico,
gracias a la asociación de numerosos elementos culturales diferentes. Pero el
corazón de vuestra herencia es la concepción espiritual y trascendente de la
vida, fundada sobre la Revelación cristiana, que da un impulso vital a vuestro
desarrollo como sociedad libre, democrática, y solidaria, reconocida en el
mundo entero como paladina de los derechos de la persona humana y de su dignidad.
4. En un mundo caracterizado por fuertes tensiones éticas y
sociales, y por una especie de confusión sobre el objetivo mismo de la vida,
los Canadienses tienen, como contribución, un tesoro incomparable que ofrecer.
Tienen que preservar todo lo que es profundo, bueno, y válido de su herencia.
Rezo para que esta Jornada Mundial de la Juventud sea para todos los canadienses
una ocasión de redescubrimiento de valores que son esenciales para una vida
buena y para la felicidad humana.
Señor primer ministro, señoras y señores representantes de
las autoridades, queridos amigos: que el lema de la Jornada Mundial de la
Juventud pueda resonar de un lado al otro del país, recordando a todo cristiano
su deber de ser «sal de la tierra y luz del mundo»!