Toronto, 29 (NE - eclesiales.org) Medio millón de jóvenes
pernoctaron en la explanada de Downsview Lands en Toronto, a la espera de la
Misa de clausura de la XVII Jornada Mundial de la Juventud (JMJ 2002). El Papa
acompañó por espacio de dos horas a los jóvenes en la vigilia. Llegó en
helicóptero y se acercó en el "Papamóvil" hasta el escenario, entre
un mar de jóvenes que lo recibían entre cantos y agitando pañuelos
multicolores. El Santo Padre manifestaba su alegría al contemplar las
expresiones de ánimo de los jóvenes.
Horas antes del arribo del Papa, la joven multitud estaba ya
en el lugar, entre carpas y paraguas para enfrentar la lluvia y desplegando una
intensa alegría. Un momento muy significativo de la vigilia fue cuando el Papa
invitó a encender las velas, partiendo de antorchas que esparcieron la luz por
todo el lugar. El símbolo era evidente: los jóvenes deben ser, en Cristo,
"luz de esperanza en medio de la oscuridad del mundo, para disipar las
tinieblas del pecado y la división".
En un momento, el Papa tomó la palabra y recordó a los
jóvenes los hechos muchas veces dramáticos del siglo XX y les hizo ver que el
nuevo milenio había comenzado con dos sucesos contrastantes: por un lado,
"las multitudes de peregrinos que arribaron a Roma durante el Gran Jubileo
para cruzar la Puerta Santa que es Cristo", y por otro, "el terrible
ataque terrorista en Nueva York, una especie de icono de un mundo donde la
hostilidad y el odio parecen prevalecer".
Ante este panorama, el Papa cuestionó a los jóvenes:
"¿en qué fundamentos debemos construir la nueva era histórica que emerge
de las grandes transformaciones del siglo XX? ¿Es acaso suficiente apoyarnos en
la revolución tecnológica que ahora tiene lugar, que parece responder
solamente a criterios de productividad y eficiencia, sin referencia alguna a la
dimensión espiritual de la persona o a los valores éticos universales? ¿Es
correcto conformarnos con respuestas provisionales a las preguntas fundamentales,
y abandonar la vida a los impulsos del instinto, a las sensaciones temporales o
a las modas pasajeras?"
"Queridos amigos -dijo-, espontáneamente en sus
corazones, en el entusiasmo de sus años jóvenes ustedes conocen la respuesta y
la están dando por medio de su presencia esta noche: sólo Cristo es la piedra
angular en la que es posible construir sólidamente la propia existencia".
"El siglo veinte -expresó más adelante- trató con frecuencia de actuar
sin esa piedra angular y trató de construir la ciudad del hombre sin referencia
a Él. ¡Terminó construyendo esa ciudad realmente en contra del hombre! Los
cristianos sabemos que no es posible rechazar o ignorar a Dios sin degradar al
hombre".
En ese contexto, el Papa señaló a los jóvenes del mundo
entero: "El futuro está en sus corazones y sus manos. Dios les confía la
tarea, a la vez difícil y sublime, de trabajar con Él en la construcción de
la civilización del amor". Asimismo, les explicó que "el Evangelio
no daña lo humano: cada valor auténtico, en cualquier cultura que aparezca es
acogido y elevado por Cristo. Sabiendo esto, los cristianos no pueden fallar al
sentir en sus corazones el orgullo y la responsabilidad de su llamado a ser
testigos de la luz del Evangelio".
El Papa concluyó su discurso a la juventud con una
invitación a la santidad. "Precisamente por esta razón, les digo esta
noche: dejen que la luz de Cristo brille en sus vidas! No esperen a ser mayores
para preparar su camino de santidad! La santidad siempre es joven, así como
eterna es la juventud de Dios", concluyó.