TORONTO, 25 julio 2002 (ZENIT.org-Avvenire).- Han atravesado
el océano dos veces. Han pisado las calles de Denver, París, Roma y ahora
Toronto. Se han convertido en todo un símbolo para un joven italiano de 28
años, Stefano Baldini, que ha visto crecer su fe al ritmo de su peregrinaje.
Sus viejas zapatillas deportivas parecen ya, en la moderna
Toronto, una reliquia arqueológica. Las ha llevado a todas las Jornadas
Mundiales en las que ha participado desde 1993.
Stefano, estudiante de Física y trabajador eventual, es algo
reacio a contar su historia, pero al final se decide, animado por los
compañeros: «Mis zapatillas se han convertido en un símbolo del camino
personal que estoy realizando».
Viene con un grupo de 150 jóvenes de varias diócesis
italianas. El propietario de las zapatillas probablemente más viejas de la JMJ
habla no sólo del lazo afectivo que le une a ellas. Su experiencia, como la de
muchos de los que están aquí, es la de un joven que «antes» no tenía mucha
fe.
El camino que, desde el lejano Denver de 1993, le ha
mantenido en la búsqueda, ha conocido la duda, la debilidad, el desánimo, la
crisis y luego, justo cuando se aproximaba esta nueva cita en Canadá, ha vuelto
a descubrir «lo que significa abandonarse, es decir, tener confianza».
«Mi fe ha crecido --confiesa--. Para mí esta es una
verdadera peregrinación. No es un paréntesis turístico en medio del verano.
El mundo había logrado que las semillas que llevaba dentro fueran sofocadas, y
pienso en la parábola de la cizaña del Evangelio. Sentía que, como la sal, en
los últimos tiempos había perdido un poco de sabor».
Vuelve a hablar de sus zapatillas: «Me han hecho caminar en
Denver, París y Roma. Ahora me han traído aquí, donde tengo que reencontrar
el sabor de la sal de la tierra. Estas zapatillas harán todavía mucho camino,
no lo dudo. Luego, quizá Dios me regale otro par...».