TORONTO, 25 julio 2002 (ZENIT.org).- Si bien hay muchas
banderas francesas, quien dirige la catequesis en el hall principal del
Automotive Building tiene acento francés de Québec. Es el cardenal Jean-Claude
Turcotte, arzobispo de Montreal, quien dedica su intervención al tema de la luz.
La catequesis es animada por Gospel Myriam, una coral de
jóvenes y religiosas de las comunidad Myriam Béthléeem. Esta comunidad
originaria de Canadá se pone al servicio de los sacerdotes para asegurar las
misiones de evangelización.
Unos veinte jóvenes con T-shirts de color naranja animan el
canto de los presentes. Guitarras, saxos..., mucha vida antes de que el cardenal
Turcotte tome la palabra para insistir en la necesidad de «telefonear» a Dios
para hablarle al corazón.
«Lo que cuenta no es la posición, sino la disposición»,
repite entre los aplausos de los chicos y chicas canadienses y franceses.
El cardenal les invita a rezar personalmente, pero también a
vivir esta relación con Dios en Iglesia.
Ilustra el papel del cristiano en el mundo de hoy recordando
un pasaje de la antigua carta de Diogneto, escrita, en el siglo II: «Lo que es
el alma en el cuerpo, eso son los cristianos en el mundo. El alma está
esparcida por todos los miembros del cuerpo, y los cristianos lo están por
todas las ciudades del mundo. El alma habita ciertamente en el cuerpo, pero no
es del cuerpo, y los cristianos habitan también en el mundo, pero no son del
mundo» (VI 1-3).
Tras estas palabras, el cardenal invita a los jóvenes a
reunirse en pequeños grupos para que le presenten preguntas después de la
pausa de descanso. El intermedio permite a los más expresivos acercarse al
purpurado.
Emmanuel de Cannes (Francia), con el pañuelo de las JMJ
anudado en la cabeza, le dice al cardenal: «Gracias, ¡ha estado formidable!»,
como si fuera un cantante de rock al final de un concierto.
Tras el intermedio, surge la primera pregunta: «¿Cómo
podemos estar seguros de que estamos en contacto con Dios en la oración?».
El cardenal Turcotte responde: «¿Hay entre los presentes
alguno que esté enamorado?». Unas cuantas manos se elevan. «¿Tenéis algún
instrumento para medir vuestro amor? --continúa diciendo--. No. El amor no se
mide. Se vive concretamente».
«Con la oración sucede lo mismo --añade el purpurado
canadiense--: el amor se vive con el corazón. No es algo que podamos meter en
una probeta». Varios muchachos sonríen...
La catequesis termina con la eucaristía celebrada por el
cardenal y animada por Gospel Myriam.