Ceremonia de bienvenida en Toronto
TORONTO, 23 julio 2002 (ZENIT.org).- Juan Pablo II aterrizó
este martes por tercera vez en Canadá deseando que las Jornadas Mundiales de la
Juventud (JMJ) se conviertan en un redescubrimiento de los valores esenciales de
la felicidad.
«Demasiadas vidas comienzan y concluyen sin alegría ni
esperanza --dijo nada más llegar--. Una de las principales razones de ser de
las Jornadas Mundiales de la Juventud es ésta: los jóvenes se están reuniendo
para comprometerse con la fuerza de su fe en Jesucristo a servir a la gran causa
de la paz y de la solidaridad humana».
En nombre de Canadá, le dio la bienvenida en el aeropuerto
internacional Lester B. Pearson de Toronto el primer ministro canadiense Jean
Chrétien, quien en las vísperas había suscitado polémicas por haber puesto
en duda su presencia en la ceremonia de bienvenida.
Chrétien, presente con su esposa Aline, en su discurso,
reconoció que el perdón es la clave para acabar hoy día con la violencia, y
puso el ejemplo del Papa Karol Wojtyla, cuando perdonó al terrorista turco Alí
Agca que el 13 de mayo de 1981 trató de quitarle la vida en el atentado de la
plaza de San Pedro del Vaticano.
Entre las autoridades que dieron la bienvenida al obispo de Roma, se encontraba
también el alcalde de Toronto, judío, Mel Lastman, uno de los más entusiastas
promotores y organizadores de las JMJ.
Juan Pablo II comenzó su discurso agradeciendo a las
autoridades canadienses que han colaborado decisivamente en la organización de
la JMJ que acogerán al menos a 300 mil jóvenes. «¡Gracias a ti, Toronto!
¡Gracias a ti, Canadá, por la acogida ofrecida a brazos abiertos a todos estos
jóvenes!», exclamó.
El pontífice, que leyó su discurso en inglés y francés con voz clara, aunque
en ocasiones temblorosa, aparecía cansado tras el largo viaje, pero en mejor
forma que en semanas pasadas. En esta ocasión, a diferencia de sus últimos
viajes a Azerbaiyán y Bulgaria, el pontífice no utilizó el ascensor, sino que
descendió, ayudado por un colaborador, las escaleras del avión.
Por último, el Santo Padre rindió tributo a la herencia
canadiense, cuyo corazón, explicó, «es la concepción espiritual y
trascendente de la vida, fundada sobre la Revelación cristiana, que da un
impulso vital a vuestro desarrollo como sociedad libre, democrática, y
solidaria, reconocida en el mundo entero como paladina de los derechos de la
persona humana y de su dignidad».
«Rezo para que esta Jornada Mundial de la Juventud sea para
todos los canadienses una ocasión de redescubrimiento de valores que son
esenciales para una vida buena y para la felicidad humana», afirmó al comenzar
su viaje internacional número 97 de estos casi 24 años de pontificado.
«Que el lema de la Jornada Mundial de la Juventud pueda
resonar de un lado al otro del país, recordando a todo cristiano su deber de
ser "sal de la tierra y luz del mundo"», concluyó el pontífice
recordando el lema del encuentro mundial de jóvenes.
Después de pasar un largo rato saludando a los presentes,
incluidos niños y enfermos, tomó el micrófono e, improvisando en francés,
deseó que las JMJ de Canadá sean todo un éxito.
Al terminar la ceremonia, Juan Pablo II salió en
helicóptero a la islas de Strawberry, propiedad de la congregación de los
padres de San Basilio, situada en el lago Simcoe, en la que descansará hasta el
sábado. Se ausentará de la misma en la tarde del jueves para participar en su
primer encuentro con los jóvenes en el Exhibition Place de Toronto.
La isla de 17 hectáreas es utilizada para retiros y
campamentos. El pontífice, que se aloja en una de sus pequeñas casas, podrá
disfrutar de la exuberante naturaleza de la isla y podrá desplazarse en un
coche de golf.
Las JMJ debían comenzar oficialmente horas después con la
celebración eucarística presidida en el Exhibition Place por el cardenal
Aloysius Ambrozic, arzobispo de Toronto. El purpurado dio la bienvenida a los
jóvenes canadienses y de los 173 países presentes. Luego debía tener lugar el
concierto de bienvenida.