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21-Agosto-2000 -- ZENIT Servicios de Noticias
DOS MILLONES DE APOSTOLES PARA EL NUEVO
MILENIO
Juan Pablo II concluye las Jornadas Mundiales
de la Juventud
ROMA, 20 agosto (ZENIT.org).- «Sois el corazón
joven de la Iglesia, id por todo el mundo y llevad la paz». Esta es
la consigna que dejó esta mañana Juan Pablo II a los más de dos
millones de jóvenes que participaron en la eucaristía final de
estas históricas Jornadas Mundiales de la Juventud, el mayor
encuentro que ha vivido la Ciudad Eterna en toda su historia.
Hasta Toronto La despedida del Papa de estos
muchachos y muchachas entusiastas, a pesar de haber pasado dos días
sin dormir, y de haber caminado decenas de kilómetros bajo un sol
literalmente insoportable --más de mil tuvieron que recibir atención
médica-- no fue un «adiós», sino más bien un «hasta luego».
Antes de despedirse les volvió a dar cita para el verano del año
2002, donde el obispo de Roma volverá a encontrarse con la juventud
del mundo, pero en esa ocasión en las latitudes canadienses de
Toronto.
Apretados en la inmensa explanada de Tor
Vergata, los más de dos millones de «centinelas de la mañana»
--como les había definido en la noche anterior el Papa--,
ofrecieron una acogida estupenda a Juan Pablo II, después de una
noche pasada por el suelo prácticamente sin cerrar los ojos. Habían
pasado las horas en la misma explanada, cantando, hablando, rezando,
jugando... Pero todavía eran capaces de gritar. «¡Viva el Papa!»
y de correr como locos detrás del «papamóvil».
Al inicio de la celebración, cuatro jóvenes
trajeron una piedra procedente de cuatro iglesias colocadas en los
puntos cardinales de la tierra. La piedra del norte, procedía de
Churchill Hudson Bay; la del sur de Punta Arena; la de occidente de
Samoa Appia; y la del Este de Taraua.
«¿También vosotros queréis marcharos?» La
pregunta sobre la que giró la homilía del Papa retomaba unas de
las palabras mas duras de Jesús en todo el evangelio: «¿También
vosotros queréis marcharos?». Cristo las pronunció después de
que la muchedumbre se escandalizara tras definirse así mismo como
el «pan de la vida».
«La pregunta de Cristo sobrepasa los siglos y
llega hasta nosotros, nos interpela personalmente y nos pide una
decisión --dijo el Papa dirigiéndose al océano juvenil que tenía
en frente--. ¿Cuál es nuestra respuesta? Queridos jóvenes, si
estamos aquí hoy es porque nos vemos reflejados en la afirmación
del apóstol Pedro: "Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú
tienes palabras de vida eterna"».
«En la pregunta de Pedro: "¿A quién
vamos a acudir?" está ya la respuesta sobre el camino que se
debe recorrer --aclaró el sucesor de Pedro--. Es el camino que
lleva a Cristo. Y el divino Maestro es accesible personalmente; en
efecto, está presente sobre el altar en la realidad de su cuerpo y
de su sangre».
«Sí, queridos amigos, ¡Cristo nos ama y nos
ama siempre! --gritó el Papa arrancando aplausos-- Nos ama incluso
cuando lo decepcionamos, cuando no correspondemos a lo que espera de
nosotros. Él no nos cierra nunca los brazos de su misericordia».
Cristo es la necesidad que clama a gritos la
sociedad actual, constató Juan Pablo II y en especial «los jóvenes,
tentados a menudo por los espejismos de una vida fácil y cómoda,
por la droga y el hedonismo, que llevan después a la espiral de la
desesperación, del sin-sentido, de la violencia. Es urgente cambiar
de rumbo y dirigirse a Cristo, que es también el camino de la
justicia, de la solidaridad, del compromiso por una sociedad y un
futuro dignos del hombre».
«A Jesús no le gustan las medias tintas y no
duda en apremiarnos con la pregunta: "¿También vosotros queréis
marcharos?" --concluyó en la homilía el Papa--. Con Pedro,
ante Cristo, Pan de vida, también hoy nosotros queremos repetir:
"Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida
eterna"».
Mensaje final del Foro de los Jóvenes Al
concluir la eucaristía, se leyeron las conclusiones del Foro
Internacional de Jóvenes, que reunió a 400 representantes de todos
los países y de los movimientos y organizaciones católicas
internacionales. En el texto, los muchachos expresan su adhesión al
mandato del Papa de ser signo de contradicción y de vivir la
fidelidad a su amigo, Jesús.
La celebración concluyó con la despedida del
Papa antes de rezar la oración mariana del «Angelus». Agradeció
al cardenal James Francis Stafford, presidente del Consejo
Pontificio para los Laicos, el enorme esfuerzo que ha realizado en
la organización de este encuentro y, tras definir a los jóvenes «mi
alegría y corona», dio cita a todos, de nuevo, en Toronto.
La despedida Llegó de este modo el momento de
las despedidas. Juan Pablo II, conmovido con la participación de
los jóvenes, dejó espacio a las confidencias. «Sois el corazón
joven de la Iglesia: id por todo el mundo y llevad la paz. El Señor
está vivo, el Señor ha resucitado, camino con vosotros. Sed sus
testigos entre vuestros coetáneos en el alba del nuevo milenio».
En ese momento, comenzó la aventura del
regreso de estos jóvenes a sus casas. Ante todo, tuvieron que
caminar unos diez kilómetros bajo el tremendo sol de mediodía para
poder llegar a Roma. Habían pasado las noches de esa semana
durmiendo por el suelo de escuelas, parroquias, cuarteles. Después
tendrían que afrontar largas horas de autobús, avión, barco,
tren... para poder regresar a sus países. El cansancio, sin
embargo, no había desdibujado su sonrisa.
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