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18-Agosto-2000 -- ZENIT Servicios de Noticias
EXCLUSIVO: REVELACIONES DE LOS JOVENES QUE
COMIERON AYER CON JUAN PABLO II
Los quince chicos y chicas son huéspedes del
pontífice en Castel Gandolfo
CASTEL GANDOLFO, 17 agosto (ZENIT.org).- «Estamos
como en una nube», esta es la confesión de Roger, muchacho de 26 años
de Toronto, Chris, de 24 años (Vancouver) y Alana, de 22 años, de
Halifax. Cuando ayer se encontraron con la redacción de Zenit seguían
cantando, después de haber comido con Juan Pablo II.
Habían pasado dos horas de su encuentro con
el Papa en Castel Gandolfo, quien les ha ofrecido su hospitalidad,
al igual que a otros 12 jóvenes de Sri Lanka, de Guinea Bissau, de
Polinesia y de Italia (en representación de los cinco continentes).
El Papa, que está viviendo con entusiasmo desbordante las Jornadas
Mundiales de la Juventud (15 al 20 de agosto), ayer les invitó a
todos ellos a comer. Intercambiaron experiencias y cantaron con el
Santo Padre.
Junto a estos tres jóvenes canadienses se
encontraban Alessandro, Andrea y Simone, los tres originarios de
Pisa. «Alessandro no se presentó ante el Papa con la mecha de
color rojo que suele llevar», no hacen más que repetir sus compañeros.
«¡Qué pena!», protestan sus coetáneos canadienses, mostrando la
foto de grupo. Aseguran que con las mechas de color rojo de
Alessandro la foto hubiera quedado mucho mejor. A pesar de que no
hablan el mismo idioma y de que se conocieron el lunes por la noche,
estos italianos y canadienses parecen amigos de toda la vida. Se han
encontrado viviendo juntos en la residencia papal de Castel
Gandolfo.
En medio de un ambiente de entusiasmo algo
delirante han querido ofrecer sus confidencias a la redacción de
Zenit en una entrevista realmente espontánea y desorganizada. Menos
mal que Alana Cormier, de abuelos franceses, la chica buena del
grupo, es capaz de poner un poco de orden entre los muchachos.
--¿Qué es lo que diréis a vuestros amigos
tras este encuentro con Juan Pablo II?
«El que mejor puede responder es Roger»,
afirma Alana, mientras Chris se ríe al ver la cara de interrogante
de su compañero. «Es un hombre verdaderamente normal que hace todo
de manera muy especial. ¡Es muy humano!», responde Roger Gudino,
quien para ese momento ya ha recuperado su picaresca sonrisa
heredada sin duda de sus orígenes italianos. «El mundo tiene la
suerte de tener a uno como él», añade Chris Radziminski, quien ya
se encuentra trabajando en la preparación de las próximas Jornadas
Mundiales de la Juventud, que deberían tener lugar en Canadá.
Recuerda, con orgullo, que tiene orígenes polacos, como el Papa.
Aunque la verdad puede pasar por uno de esos típicos canadienses
enormes y rubios. «Ya era un auténtico sueño el poder venir a
Roma», explica. «Otro de nuestros sueños era el poder ver al
Papa, aunque sólo fuera de lejos. ¡Pero estar con él es una
experiencia realmente única!», confirma Roger. «Y pensar que sólo
hay otras doce personas en el mundo que pueden contar esta
experiencia!». «Es increíble --continúa Chris, quien a estas
alturas no hay quien le calle--. ¡Jesús nos dejó a Pedro, y con
él al Papa, el líder espiritual de esta Iglesia inmensa! Al mismo
tiempo, es un ser humano, que seguía el ritmo con las palmas cuando
cantábamos durante la comida». «Es verdaderamente un hombre sabio»,
insiste Roger quitándole la palabra. Alana, con sus cabellos negros
no muy largos, vuelve a moderar la situación: «Es una persona de
experiencia».
--Pero, contadnos, ¿cómo fue vuestra comida
con el Papa?
«Fue poco formal», responde Alana. «Nadie
nos dijo cómo teníamos que vestirnos, ni lo que teníamos que
hacer o decir; nos dieron libertad total. Cuando el Papa llegó, nos
encontrábamos ya en el comedor, en una mesa en forma de
"u", con una gran mantel blanco. El lugar del Papa estaba
reservado en el centro con un centro floral y una silla de color
rojo. Al llegar, estábamos cantando. A continuación, todos le
saludamos, cada quien como se le ocurría: alguno le dio la mano,
otro hizo una reverencia, alguno le besó el anillo. Nos acogió con
gestos muy cariñosos, nos acariciaba el rostro --dice la joven
canadiense repitiendo el gesto del pontífice con sus manos en su
propia cara--, o nos daba unas palmadas en la espalda. Después nos
sentamos para comer. Los lugares habían sido distribuidos
anteriormente por el secretario del Papa, monseñor Stanislaw
Dziwisz, con el objetivo de que hubiera una buena repartición por
idiomas. Monseñor Stanislaw se puso a un lado de la mesa. El Papa
bendijo la mesa y nos invitó a sentarnos, ¡en francés!», dice
alzando el cuello Alana, que procede de Quebec».
«Es increíble cómo el Papa puede pasar de
un idioma a otro sin dificultad, de repente, como si fuera lo más fácil
del mundo», interrumpe Chris, quien produce un chasquido con sus
dedos, moviendo su cabeza rubia y abriendo de par en par sus ojos
azules, con una alegría comunicativa. Se ve que tienen ganas de
contar lo que acaban de vivir.
--Y durante la comida, ¿qué hicisteis?
«El Papa se fijo mucho en nosotros y habló
bastante con todos. Nos presentamos personalmente, para que supiera
cuáles eran nuestros países de origen. A veces, el Santo Padre me
hizo alguna pregunta que puso a prueba mi polaco», añade Chris,
quien destaca particularmente el buen humor de monseñor Stanislaw.
Chris ha estudiado Ingeniería civil; mientras que Roger ha hecho
filosofía y literatura inglesa; Alana es médico.
«Desde un primer momento el Papa nos pidió
que cantáramos --explica Alana--. Maurissa, de Sri Lanka, que
estaba a la izquierda del Papa, había traído la guitarra. Carlos
de Guinea Bissau, marcó el ritmo. Cantamos el Ave María de
Lourdes. Y todos repitieron el refrán con nosotros. Todo el comedor
resonaba. El Papa acompañó los cantos siguiendo el ritmo dando
palmadas sobre la mesa. A veces no sabíamos la letra, entonces seguíamos
el ritmo con las palmas. No nos sabíamos las canciones africanas».
--Con tanto jaleo, ¿comisteis algo? ¿Cuál
era el menú?
--«¿Crees que uno puede darse cuenta de lo
que está comiendo en un momento así? Me acuerdo que la comida era
muy buena, pero no sabría decir qué era. Se trataba de una comida
italiana familiar, sencilla: pasta, un plato de carne, postre:
pastel y fruta. Para acompañar, agua o vino blanco», responde
Alana. En la foto que me enseñan se pueden ver también palitos de
pan. En este aspecto culinario, era inútil tratar de hacerles
despertar más recuerdos, pues realmente estaban despistados.
--Y vosotros, ¿le ofrecisteis algo al Papa?
«Sí», responde inmediatamente Alana, quien
le entregó un libro de fotos de su región, Nueva Escocia, un
separador de páginas de libro, y un CD grabado por su diócesis.
Los jóvenes de Canadá le regalaron también una camiseta de
hockey, con el nombre en las espaldas Juan Pablo y el número 2,
pero, claro está, con números romanos. Fue una idea de Roger. ¿Por
qué? «Por que me encanta el hockey», responde levantando
sencillamente los hombros, como dejando claro que no hace falta
romperse la cabeza cuando se trata de ofrecer un regalo. El Papa tomó
la camiseta y les dijo: «¡Hace sesenta años yo también jugaba a
hockey!».
Los jóvenes de Polinesia, que venían con
trajes coloridos y con flores, le entregaron tres collares, que
inmediatamente se puso en el cuello. «¡Y no quiso quitárselos»,
añade Chris. Los de Sri Lanka le ofrecieron una bandera de su país
y té. Los italianos le ofrecieron también su bandera y una
camiseta con el nombre de su ciudad: «¡PISA!» y el de los tres
muchachos. «Por su parte, el Papa nos regaló la medalla
conmemorativa de la XV Jornada Mundial de la Juventud y cuatro
rosarios a cada uno, para nuestras familias», explican con un tono
como si fuera una cantidad enorme.
--¿Qué es lo que han dicho vuestras familias
al saber que sois huéspedes del Papa?
Los tres se codean para que uno de ellos
comience. Los padres de Roger le dijeron antes de la comida que le
pidiera al Santo Padre rezar por la familia. Su hermano mayor, que
es católico, le hizo la misma petición. Alana confió al Papa las
intenciones de su parroquia, de su diócesis y le pidió que
bendijera algunas medallas. Su madre estaba en el encuentro de
Halifax, en 1984, cuando Juan Pablo II visitó Canadá. Chris recibió
el encargo de su padre de decirle al Papa que se había encontrado
con el cardenal difunto de Polonia, Wyszynski, en 1969, en Roma.
Los huéspedes de Castel Gandolfo Los quince jóvenes
comparten un apartamento de tres habitaciones: las seis chicas
duermen en una habitación, y los nueve chicos, en las otras dos. Se
sorprenden al constatar que son capaces de entenderse, a pesar de
que no hablan el mismo idioma, y de que el ambiente es muy bueno.
«¡Hay una atmósfera increíble!». Les encanta cantar. En la mañana
desayunan en el jardín. Les preparan una mesa bajo un árbol
secular. Pueden disfrutar de auténtico yogur de granja.
El martes, fueron acogidos por la parroquia de
Castel Gandolfo: los de Pisa leyeron las lecturas de la fiesta de la
Asunción. «Este Papa, que tiene ochenta años, que ha cambiado el
mundo --dice Chris con el mismo entusiasmo del inicio, mencionando
la caída de los regímenes comunistas en Europa del Este--, ¡nos
quiere!». «Es auténtico, realmente se preocupa por los demás»,
concluye por su parte Roger. Están convencidos de que muchos jóvenes
hubieran querido estar en su lugar. Y comienzan a soñar en las
Jornadas Mundiales de la Juventud que deberían tener lugar en Canadá.
Para estar seguros, tendrán que esperar al próximo 20 de agosto,
cuando el pontífice podría hacer el anuncio oficial.
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