TRADUCCIÓN NO OFICIAL
Discurso - Mausoleo de Yad Vashem, 23 de marzo, 2000
Las palabras del antiguo Salmo ascienden de nuestros corazones:
"Soy como una vasija de desecho.
Pues he oído el murmurar de muchos – espanto en derredor-
Cuando a una se confabulaban contra mí y tramaban arrebatarme la
vida.
Pero yo a ti me confío; ¡oh Javé!: yo digo, ‘Tú eres mi Dios’."
1. En este lugar de recuerdos, la mente, el
corazón y el alma sienten una extraña necesidad de silencio.
Silencio para recordar. Silencio, para intentar encontrarle el sentido
a los recuerdos que nos invaden como un torrente. Silencio, porque no
existen palabras suficientemente enérgicas con las cuales deplorar la
terrible tragedia del Shoa. Mis recuerdos personales son de
todo lo que aconteció cuando los nazis ocuparon a Polonia durante la
guerra. Me acuerdo de mis amigos y vecinos judíos, algunos perecieron,
otros sobrevivieron.
He venido a Yad Vashem a honrar a los millones de
judíos que, despojados de todo, especialmente de su dignidad humana,
fueron asesinados en el Holocausto. Ha pasado más de medio siglo,
pero los recuerdos permanecen.
Aquí, como en Auschwitz y muchos otros lugares en
Europa, nos sujetan los ecos desgarradores de las lamentaciones de
tantas personas. Hombres, mujeres y niños claman a nosotros desde el
abismo del horror que conocieron. ¿Cómo no escuchar el clamor? Nadie
puede olvidar o ignorar lo sucedido. Nadie puede aminorar la escala de
lo ocurrido.
2. Deseamos recordar. Pero deseamos recordar con
un propósito, principalmente para asegurarnos que la maldad
jamás vuelva a prevalecer, como lo hizo con los millones de víctimas
inocentes del nazismo.
¿Cómo pudo el hombre sentir tal desprecio por
otro hombre? Porque había llegado al punto de sentir desprecio por
Dios. Solo las ideologías ateas pueden planificar y llevar a cabo el
exterminio de todo un pueblo.
El honor rendido a "los gentiles justos"
por el Estado de Israel en Yad Vashem, por actos heroicos para salvar
la vida de los judíos, en ocasiones sacrificando la propia, es un
reconocimiento de que ni aún en las horas de mayor obscuridad se
extingue toda luz. Es por ello que los Salmos, y la Biblia entera,
aún reconociendo la capacidad del hombre para hacer el mal, proclaman
que la maldad no tendrá la última palabra. Desde la profundidad
misma de la pena y de la angustia, el creyente clama: "Yo a ti
me confío, ¡oh Javé!, yo digo, ‘Tú eres mi Dios’."
(Sal 31:14).
Judíos y Cristianos comparten un inmenso
patrimonio espiritual, que fluye de la revelación que Dios ha hecho
de sí mismo. Nuestras creencias religiosas y nuestra experiencia
espiritual exigen que sojuzguemos el mal con el bien. Recordemos, pero
no con deseos de venganza o como incentivo para el odio. Para nosotros,
el recordar es rezar por la paz y la justicia y comprometernos con sus
causas. Sólo un mundo en paz, con justicia para todos, puede evitar
repetir los errores y los terribles crímenes del pasado.
Como Obispo de Roma y Sucesor del Apóstol Pedro,
le aseguro al pueblo Judío que la Iglesia Católica, motivada por la
ley del Evangelio del amor y de la verdad, y no por consideraciones
políticas, siente profunda tristeza por el odio, las persecuciones y
demostraciones antisemíticas dirigidas por cristianos contra los
judíos, en cualquier tiempo o lugar. La Iglesia rechaza el racismo de
cualquier tipo como una denegación de la imagen del Creador,
inherente en todo humano. (cf. Gen 1:26).
4. En este lugar de recuerdos solemnes, ruego
fervorosamente que nuestro dolor ante la tragedia que padeció el
pueblo judío en el siglo veinte, conduzca al establecimiento de
nuevas relaciones entre cristianos y judíos. Construyamos un nuevo
futuro en el que no existan sentimientos anti-judíos entre los
cristianos o sentimientos anti-cristianos entre los judíos, sino más
bien, un mutuo respeto entre aquellos que adoran al Dios Único,
Creador y Señor, y que ven en Abraham, nuestro padre en común de la
fe (cf. Nosotros Recordamos, V)
El mundo debe prestarle atención a las
advertencias que nos vienen de las víctimas del Holocausto y del
testimonio de los sobrevivientes. Aquí en Yad Vashem, los recuerdos
siguen vivos y se abrasan a nuestras almas. Y nos hacen clamar:
"Pero yo a ti me confío; ¡oh Javé!: yo
digo, ‘Tú eres mi Dios’."