2.Estamos todos de acuerdo en que la religión
debe estar genuinamente centrada en Dios, y que nuestro primer deber
religioso es la adoración, oración y acción de gracias. El sura de
apertura del Corán hace esto claro: "La oración debe ser para
Dios, Señor del Universo" (Corán 1:1). En los cantos inspirados
de la Biblia podemos escuchar este llamado universal: "¡Que todo
ser que alienta, alabe al Señor! ¡Aleluya!" (Sal 150, 6). Y en
el Evangelio podemos leer que cuando Jesús nació los ángeles
cantaron: "Gloria a Dios en lo alto del Cielo" (Lc 2, 14).
En nuestros tiempos, mientras que muchos son tentados a llevar a cabo
sus aspiraciones sin hacer ninguna referencia a Dios, el llamado al
conocimiento del Creador del universo y Señor de la historia es
esencial para garantizar el bienestar de las personas y el apropiado
desarrollo de la sociedad.
3.Si ello es auténtico, el amor a Dios
necesariamente involucra la atención de nuestra intimidad más
profunda. Como miembros de una misma familia humana y como hijos
queridos de Dios, tenemos deberes que cumplir para con los otros que
como creyentes, no podemos ignorar. Uno de los primeros discípulos de
Jesús escribió: "Si alguien dice ‘amo a Dios’, pero
aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano
a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve" (1 Jn 4, 20). El
amor entre hermanos y hermanas implica una actitud de respeto y
compasión, gestos de solidaridad, cooperación en el servicio para el
bien común. Así, el trabajo por la justicia y la paz no se encuentra
fuera del campo de la religión sino que es actualmente uno de sus
elementos esenciales.
En la visión cristiana la función de los
líderes religiosos no es proponer fórmulas técnicas para la
solución de problemas sociales, económicos y políticos. Está, por
encima de todo, la tarea de enseñar las verdades de la fe y de la
buena conducta, la tarea de ayudar a las personas –incluyendo a
aquellos con responsabilidades públicas– a ser conscientes de sus
deberes y de cumplirlos. Como líderes religiosos, ayudamos a las
personas a vivir en una vida integrada, a armonizar la dimensión
vertical de su relación con Dios con la dimensión horizontal del
servicio al prójimo.
4.Cada una de nuestras religiones sabe, de una
manera u otra, la regla de oro: "Trata a los demás como te
gustaría que te traten". Esta regla es muy valiosa como guía,
sin embargo, el amor al prójimo va mucho más allá. Está basado en
la convicción de que cuando amamos al hermano estamos mostrando
nuestro amor a Dios, y cuando herimos al hermano estamos ofendiendo a
Dios. Esto significa que la religión es la enemiga de la exclusión y
discriminación, de la repugnancia y rivalidad, particularmente cuando
la identidad religiosa coincide con la identidad cultural y étnica.
¡La religión y la paz van unidas! La creencia religiosa y su
práctica no pueden ser separadas de la defensa de la imagen de Dios
en todo ser humano.
Considerando la riqueza de nuestras respectivas
tradiciones religiosas, nosotros debemos ser conscientes de que los
problemas de hoy no podrán ser resueltos si es que nosotros
permanecemos en la ignorancia y en el aislamiento de todos. Somos
conscientes de los conflictos y malos entendidos del pasado, y estos
todavía tienen un peso significativo en las relaciones entre los
judíos, cristianos y musulmanes. Debemos hacer todo lo posible para
que las ofensas y pecados del pasado se conviertan en una firme
resolución de construir un nuevo futuro en el cual no habrá nada
más que una fructífera y respetable cooperación entre todos.
La Iglesia Católica desea construir un sincero
y fructífero diálogo interreligioso con los miembros de la creencia
judía y con los seguidores del Islam. Un diálogo así no es un
intento de imponer nuestras visiones por encima de las de otros. Lo
que requiere de cada uno de nosotros es que, sujetos a lo que creemos,
nos escuchemos atentamente y con respeto entre todos, buscando
discernir todo lo que es bueno y santo en las enseñanzas de cada uno,
y cooperar para mantener todo lo que favorezca al mutuo entendimiento
y paz.
5. Los jóvenes y niños judíos, cristianos y
musulmanes presentes aquí son un signo de esperanza y un incentivo
para nosotros. Cada nueva generación es un regalo divino para el
mundo. Si les logramos pasar todo lo noble y bueno de nuestras
tradiciones, ellos podrán hacer florecer una más intensa fraternidad
y cooperación.
Si las diferentes comunidades religiosas en la
Ciudad Santa y en Tierra Santa logran exitosamente vivir y trabajar
juntas en amistad y armonía, esto será de gran beneficio no sólo
para ellas mismas sino para toda la causa de paz en esta región.
Jerusalén será realmente una Ciudad de Paz para todos los pueblos.
Entonces repetiremos las palabras del Profeta: "Venid: subamos al
monte del Señor... que Él nos enseñará sus caminos y nosotros
seguiremos por sus sendas" (Is 2, 3). Re-comprometernos en tal
tarea y hacerlo en la Ciudad Santa de Jerusalén, es pedir a Dios que
mire amorosamente nuestros esfuerzos y los lleve a feliz cumplimiento.
¡Que el Todopoderoso bendiga abundantemente nuestras empresas comunes!