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SACERDOTE,
MISIONERO APOSTÓLICO Y FUNDADOR
(1829-1850)
En el Seminario.
En el seminario de Vic,
forja de apóstoles, Claret se formó como seminarista externo viviendo
como fámulo de Don Fortià Bres, mayordomo del palacio episcopal. Pronto
iba a destacar por su piedad y por su aplicación. Eligió como su
confesor y director al oratoriano P. Pere Bac. Después de un año llegó
el momento de llevar a cabo su decisión de entrar en la cartuja de
Montealegre, y hacia allí salió, pero una tormenta de verano que lo
sorprendió en el camino dio al traste con sus planes. Tal vez Dios no le
quería de cartujo. Dio media vuelta y retornó a Vic. Fue al año
siguiente cuando pasó la prueba de fuego de la castidad en una tentación
que le sobrevino un día en que Antonio yacía enfermo en la cama. Vio que
la Virgen se le aparecía y, mostrándole una corona, le decía:
"Antonio, esta corona será tuya si vences". De repente, todas
las imágenes obsesivas desaparecieron.Bajo la acertada guía del obispo
Corcuera el ambiente del Seminario era óptimo. En él trabó amistad con
Jaime Balmes, que se ordenaría de Diácono en la misma ceremonia en que
Claret se ordenó de Subdiácono. Fue en esta época cuando Claret entró
en un profundo contacto con la Biblia, que le impulsaría a un insaciable
espíritu apostólico y misionero.
Sacerdote.
A los 27 años, el 13 de
junio de 1835, el obispo de Solsona, Fray Juan José de Tejada, ex-general
de los Mercedarios, le confería, por fin, el sagrado orden del
Presbiterado. Su primera misa la celebró en la parroquia de Sallent el
día 21 de junio, con gran satisfacción y alegría de su familia. Su
primer destino fue precisamente Sallent, su ciudad natal.A la muerte de
Fernando VII la situación política española se había agravado. Los
constitucionales, imitadores de la Revolución francesa, se habían
adueñado del poder. En las Cortes de 1835 se aprobaba la supresión de
todos los Institutos religiosos. Se incautaron y subastaron los bienes de
la Iglesia y se azuzó al pueblo para la quema de conventos y matanza de
frailes. Contra este desorden pronto se levantaron las provincias de
Navarra, Cataluña y el País Vasco, estallando la guerra civil entre
carlistas e isabelinos.
Pero Claret no era
político. Era un apóstol. Y se entregó en cuerpo y alma a los
quehaceres sacerdotales a pesar de las enormes dificultades que le
suponía el ambiente hostil de su ciudad natal. Su caridad no tenía
límites. Por eso, los horizontes de una parroquia no satisfacían el
ansia apostólica de Claret. Consultó y decidió ir a Roma a inscribirse
en Propaganda Fide, con objeto de ir a predicar el Evangelio a tierras de
infieles. Corría el mes de septiembre de 1839. Tenía 31 años.
En Roma busca su
identidad misionera.
Con un hatillo y sin dinero,
a pie, un joven cura atravesó los Pirineos camino de la ciudad eterna.
Llegado a Marsella tomó un vapor a Roma. Ya en la Ciudad Eterna, Claret
hizo los ejercicios espirituales con un padre de la Compañía de Jesús.
Y se sintió llamado a ingresar como novicio jesuita. Había ido a Roma
para ofrecerse como misionero del mundo, pero Dios parecía no quererle ni
misionero ad gentes ni tampoco jesuita. Una enfermedad -un fuerte dolor en
la pierna derecha- le hizo comprender que su misión estaba en España.
Después de tres meses abandonó el noviciado por consejo del P.
Roothaan.Regresado a España, fue destinado provisionalmente a Viladrau,
pueblecito entonces de leñadores, en la provincia de Gerona. En calidad
de Regente (el párroco era un anciano impedido) emprendió su ministerio
con gran celo. Tuvo que hacer también de médico, porque no lo había ni
en el pueblo ni en sus contornos.
Misionero
Apostólico en Cataluña.
Como Claret no había
nacido para permanecer en una sola parroquia, su espíritu le empujó
hacia horizontes más vastos. En julio de 1841, cuando contaba 33 años,
recibió de Roma el título de Misionero Apostólico. Por fin era alguien
destinado al servicio de la Palabra, al estilo de los apóstoles. Esta
clase de misioneros había desaparecido desde san Juan de Avila. A partir
de entonces su trabajo fue misionar. Vic iba a ser su residencia. Claret,
siempre a pie, con un mapa de hule, su hatillo y su breviario, caminaba
por la nieve o en medio de las tormentas, hundido entre barrancos y
lodazales. Se juntaba con arrieros y comerciantes y les hablaba del Reino
de Dios. Y los convertía. Sus huellas quedaron grabadas en todos los
caminos. Las catedrales de Solsona, Gerona, Tarragona, Lérida, Barcelona
y las iglesias de otras ciudades se abarrotaban de gente cuando hablaba el
Padre Claret.Caminando hacia Golmes le invitaron a detenerse porque sudaba;
él respondía con humor: "Yo soy como los perros, que sacan la
lengua pero nunca se cansan".
"Padre,
confiese a mi borrico" -le dijo un arriero con tono burlón. "Quien
se ha de confesar eres tú -respondió Claret- que llevas 7 años sin
hacerlo y te hace buena falta". Y aquel hombre se confesó.
En otra ocasión
sacó de apuros a un pobre hombre, contrabandista, convirtiendo en alubias
un fardo de tabaco ante unos carabineros que les echaron el alto. La mayor
sorpresa se la llevó el buen hombre cuando, al llegar a su casa, observó
que el fardo de alubias se había convertido de nuevo en tabaco. Son
algunas de las "florecillas claretianas" de aquella época.
Otros hechos
prodigiosos se cuentan, pero sobre todo se destacaba su virtud de penetrar
las conciencias. Tenía enemigos que le calumniaban y que procuraban
impedir su labor misionera teniendo que salir en su defensa el arzobispo
de Tarragona. Pero su temple era de acero. Todo lo resistía y salía
airoso de todas las emboscadas que le tendían.
Además de la
predicación el P. Claret se dedicaba a dar Ejercicios Espirituales al
clero y a las religiosas, especialmente en verano. En 1844 , por ejemplo,
los daba a las Carmelitas de la Caridad de Vic, asistiendo a ellos santa
Joaquina Vedruna.
Durante este tiempo
también publicó numerosos folletos y libros. De entre ellos cabe
destacar el "Camino Recto", publicado en 1843 por primera vez y
que sería el libro de piedad más leído del siglo XIX. Tenía 35 años.
En 1847 fundaba
junto con su amigo José Caixal, futuro obispo de Seu D'Urgel, y Antonio
Palau la Librería Religiosa. Ese mismo año fundaba la Archicofradía del
Corazón de María y escribía los estatutos de La Hermandad del
Santísimo e Inmaculado Corazón de María y Amantes de la Humanidad,
compuesta por sacerdotes y seglares, hombres y mujeres.
Es larga y digna de
mención la lista de discípulos y compañeros que tuvo en aquella época,
hombres que quedarían inscritos en la historia eclesiástica catalana:
Esteban Sala, Manuel Subirana, beato Francisco Coll, Manuel Vilaró,
Domingo Fábregas...
Apóstol de
Canarias.
El 6 de marzo de 1848 salía hacia Madrid y Cádiz camino de Canarias con
el recién nombrado obispo D. Buenaventura Codina. Tenía 40 años. Y es
que tras la nueva rebelión armada de 1847 ya no era posible dar misiones
en Cataluña. Desde el Puerto de la Luz de Gran Canaria hasta los ásperos
arenales de Lanzarote resonó la convincente voz de Claret. Misionó Telde,
Agüimes, Arucas, Gáldar, Guía, Firgas, Teror... El milagro de Cataluña
se repitió de nuevo. Claret tuvo que predicar en las plazas, sobre los
tablaos, al campo libre, entre multitudes que lo acosaban. A pesar de una
pulmonía no cejó en su intenso trabajo. En Lanzarote dio misiones en
Teguise y Arrecife.Gastó 15 meses de su vida en las Canarias, y dejó
atrás conversiones y prodigios, profecías y leyendas. Los canarios
vieron partir con lágrimas en los ojos un día a su padrito y lo
despidieron con añoranza. Era en los últimos días de mayo de 1849. Aún
perdura su recuerdo.
Fundador de la
Congregación de Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María.
Poco después de su
vuelta a Cataluña, el 16 de julio de 1849, a las tres de la tarde en una
celda del seminario de Vic fundaba la Congregación de los Misioneros
Hijos del Inmaculado Corazón de María, idea que venía madurando desde
hacía tiempo. Tenía 41 años. Eran los Confundadores los PP. Esteban
Sala, José Xifré, Manuel Vilaró, Domingo Fábregas y Jaime
Clotet."Hoy comienza una grande obra" -dijo el P. Claret.
No era Claret un
seudocarismático que hablara en nombre propio, sino que se sentía
impulsado por Dios; y Dios le reveló tres cosas: primera, que la
Congregación se extendería por todo el mundo; segunda, que duraría
hasta el fin de los tiempos; tercera, que todos los que murieran en la
Congregación se salvarían. |
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ARZOBISPO DE
SANTIAGO DE CUBA
(1850-1857)
Nombramiento.
Un hecho de capital
importancia puso pronto en peligro su recién fundado Instituto. El P.
Claret era nombrado Arzobispo de Santiago de Cuba. Aceptó el cargo,
después de todos los intentos de renuncia, el 4 de octubre de 1849 y el
día 6 de octubre de 1850 era consagrado obispo en la catedral de Vic.
Tenía 42 años. El lema que eligió para su escudo arzobispal fue todo un
proyecto de vida: "Charitas Christi urget nos" (el amor de
Cristo nos apremia). Antes de embarcarse para Cuba y después de ir a
Madrid a recibir el palio y la gran cruz de Isabel la Católica efectuó
tres visitas: a la Virgen del Pilar, en Zaragoza, a la Virgen de
Montserrat y a la Virgen de Fusimaña, en Sallent, su patria chica. Y aún
le dio tiempo, antes de partir, para concebir una nueva fundación, las
Religiosas en sus Casas o las Hijas del Inmaculado Corazón de María,
actual Filiación Cordimariana. En el puerto de Barcelona un inmenso
gentío despidió al Arzobispo Claret con una apoteósica manifestación.
En Cuba.
En el viaje hacia La Habana aprovechó para dar una misión a bordo para
todo el pasaje, oficialidad y tripulación. Y al fin... Cuba. Seis años
gastaría Claret en la diócesis de Santiago de Cuba, trabajando
incansablemente, misionando, sembrando el amor y la justicia en aquella
isla en la que la discriminación racial y la injusticia social reinaban
por doquier.Se enfrentó a los capataces, les arrancó el látigo de las
manos. Un día reprendió a un rico propietario que maltrataba a unos
nativos de color que trabajaban en su hacienda. Viendo que aquel hombre no
estaba dispuesto a cambiar de conducta, el Arzobispo intentó darle una
lección. Tomó dos trozos de papel, uno blanco y otro negro, les prendió
fuego y pulverizó las cenizas en la palma de su mano. "Señor, -le
dijo- ¿podría decir qué diferencia hay entre las cenizas de estos dos
papeles? Pues así de iguales somos los hombres ante Dios".
El P. Claret tenía
una capacidad inventiva que denotaba un ingenio poco común. En Holguín
se organizaron fiestas populares. El número fuerte del programa era el
lanzamiento de un globo tripulado por un hombre. El artefacto aerostático
era de los primeros que se ensayaban en aquellos tiempos. No tuvo éxito;
comenzó a elevarse, pero el piloto perdió el control y cayó en un
pequeño barranco. El Arzobispo estudió el problema y un día sorprendió
a todos: "Hoy he dado con el sistema de la dirección de los globos".
Y les mostró un diseño, que todavía hoy se conserva.
Era un hombre
práctico.
Fundó en todas las parroquias instituciones religiosas y sociales para
niños y para mayores; creó escuelas técnicas y agrícolas, estableció
y propagó por toda Cuba las Cajas de Ahorros, fundó asilos, visitó
cuatro veces todas las ciudades, pueblos y rancherías de su inmensa
diócesis. Siempre a pie o a caballo. También supo rodearse de un equipo
envidiable de grandes misioneros como los PP. Adoaín, Lobo, Sanmartí y
Subirana.
Una de las obras
más importantes que llevó a cabo el P. Claret en Cuba fue la fundación,
junto con la Madre Antonia París, de las Religiosas de María Inmaculada,
Misioneras Claretianas, que tenía lugar después de muchas dificultades
el 27 de agosto de 1855 con la profesión de la Fundadora.
Pero ni siquiera en
Cuba le dejaron en paz sus enemigos. La tormenta de atentados llegó al
culmen en Holguín, donde fue herido gravemente cuando salía de la
iglesia por un sicario a sueldo de sus enemigos al que había sacado poco
antes de la cárcel. El P. Claret pidió que perdonaran al criminal. A
pesar de todo sus enemigos siguieron sin perderle de vista.
Al cabo de seis años en Cuba un
día le entregaron un despacho urgente del capitán general de La Habana
en el que se le comunicaba que su Majestad la Reina Isabel II le llamaba a
Madrid. Era el 18 de marzo de 1857. |
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APÓSTOL EN
MADRID (1857-1868)
Confesor de la
Reina y Misionero en la Corte y en España.
Llegado a Madrid, supo el P. Claret que su cargo era definitivamente el de
confesor de la Reina. Contrariado aceptó, pero poniendo tres condiciones:
no vivir en palacio, no implicarle en política y no guardar antesalas
teniendo libertad de acción apostólica. Tenía 49 años cuando regresó
de Cuba. En los 11 años que permaneció en Madrid, su actividad
apostólica en la Corte fue intensa y continuada. Pocas fueron las
iglesias y conventos donde su voz no resonara con fuerza y convicción.
Desde la iglesia de Italianos, situada en la actual ampliación de las
Cortes y desde la iglesia de Montserrat, donde está situado actualmente
el Teatro Monumental, desarrolló una imparable actividad. Principalmente
se hizo notar en sus misiones al pueblo y en sus ejercicios al
clero.Mientras acompañaba a la Reina en sus giras por España aprovechaba
también para desarrollar un intenso apostolado. A primeros de junio de
1858 la real caravana rodaba por las llanuras de la Mancha, Alicante,
Albacete, Valencia... Luego al noroeste de España: León, cuenca minera
de Mieres y Oviedo, Galicia, Baleares, Cataluña, Aragón y Andalucía. El
recorrido por el sur fue de un gran entusiasmo, que aprovechaba el
confesor real para misionar por todas partes, llegando a predicar en un
solo día 14 sermones: Córdoba, Sevilla, Cádiz, Granada, Málaga,
Cartagena y Murcia. Más tarde otra vez por el norte: País Vasco,
Castilla la Vieja y Extremadura. El Reino de Dios era anunciado y el
pueblo respondía con generosidad.
Presidente del
Monasterio de El Escorial.
La Reina le nombró Presidente del Real Monasterio de El Escorial para su
restauración, dado su lastimoso estado a raíz de la ley de
exclaustración de 1835. Desempeñó este cargo desde el año 1859 hasta
el año 1868. Corto tiempo, pero suficiente para dar muestras de su
talento organizador. Se repararon las torres y alas del edificio, así
como la gran basílica. Se restauraron el coro y los altares, se
instalaron dos órganos, se adquirió material científico para los
gabinetes de Física y laboratorios de Química, se restauró la
destartalada biblioteca y se construyó otra nueva; se repoblaron los
jardines, se plantaron gran cantidad de árboles frutales y de jardín.
Con todo, el Arzobispo ponía anualmente en manos de la Reina un buen
superavit. Parecía un milagro.Con la restauración material emprendió la
espiritual. Creó una verdadera Universidad eclesiástica, con los
estudios de humanidades y lenguas clásicas, lenguas modernas, ciencias
naturales, arqueología, escolanía y banda de música. Estudios de
Filosofía y Teología, con Patrística, Liturgia Moral y ciencias
Bíblicas, lenguas caldaica, hebrea, arábiga, etc. Con la ayuda
inestimable de su colaborador de Cuba, D. Dionisio González de Mendoza,
hizo de este monasterio uno de los mejores centros de España. Y gracias a
su afán recuperó su esplendor la octava maravilla del mundo.
Apóstol de la Prensa.
"Antonio, escribe", -sintió que le decían Cristo y la Virgen-.
Como una enorme y sensible pantalla de radar, Claret escrutaba
continuamente los signos de los tiempos: "Uno de los medios que la
experiencia me ha enseñado ser más poderoso para el bien es la imprenta,
-decía-, así como es el arma más poderosa para el mal cuando se abusa
de ella". Escribió unas 96 obras propias (15 libros y 81 opúsculos)
y otras 27 editadas, anotadas y a veces traducidas por él. Sólo si se
tiene en cuenta su extrema laboriosidad y las fuerzas que Dios le daba, se
puede comprender el hecho de que escribiera tanto llevando una dedicación
tan intensa al ministerio apostólico. Claret no era solamente escritor.
Era propagandista. Divulgó con profusión los libros y hojas sueltas. En
cuanto a su difusión alcanzó cifras verdaderamente importantes. Jamás
cobraba nada de la edición y venta de sus libros; al contrario, invertía
en ello grandes sumas de dinero. ¿De dónde lo sacaba? De lo que obtenía
por sus cargos y de los donativos. "Los libros -decía- son la mejor
limosna".El año 1848, como ya hemos dicho, había fundado la
Librería Religiosa junto al Dr. Caixal, futuro obispo de Seo de Urgel,
precedida por la Hermandad espiritual de los libros buenos, que durante
los años que estuvo bajo su dirección hasta su ida a Cuba imprimió gran
cantidad de libros, opúsculos y hojas volantes, con un promedio anual de
más de medio millón de impresos. En el primer decenio de la fundación
recibió la felicitación personal del Papa Pío IX. Aún sacerdote había
fundado la Hermandad del Santísimo e Inmaculado Corazón de María, cuya
finalidad era la de mantener permanentemente la difusión de los libros y
que constituyó uno de los primeros ensayos de apostolado seglar activo
por estar integrada por sacerdotes y seglares de ambos sexos.
Una de sus obras
más geniales fue la fundación de la Academia de San Miguel (1858). En
ella pretendía agrupar las fuerzas vivas de las artes plásticas, el
periodismo y las organizaciones católicas; artistas, literatos y
propagandistas de toda España para la causa del Señor. En nueve años se
difundieron gratuitamente numerosos libros, se prestaron otros muchos y se
repartió un número incalculable de hojas sueltas. He aquí algunos
nombres de los que pertenecieron a ella según su principal biógrafo, el
P. Cristóbal Fernández: el ministro Sr. Lorenzo Arrazola, los
periodistas Carbonero y So y Ojero de la Cruz, el catedrático Vicente de
la Fuente. Llegando su influencia a literatos de la talla de Ayala y
Hartzenbusch.
Y fundó las
bibliotecas populares en Cuba y en España, donde más de un centenar
llegaron a funcionar en los últimos años de su vida. Bien merece el P.
Claret el título de apóstol de la prensa.
Director
espiritual y confundador.
La obra más significativa del P. Claret fue la fundación de la
Congregación de Misioneros Hijos del Corazón de María. Pero en la
espléndida floración de nuevos institutos religiosos que se operó en el
siglo XIX, fue el confesor real el más decidido colaborador que se
encontraron casi todos los fundadores y fundadoras de su tiempo.Con la
Madre París ya había fundado en Cuba el año 1855 el Instituto de
Religiosas de María Inmaculada, llamadas Misioneras Claretianas, para la
educación de las niñas.
Bajo su dirección
espiritual se incluyen santa Micaela del Santísimo Sacramento, fundadora
de las Adoratrices, y santa Joaquina de Vedruna, fundadora de las
Carmelitas de la Caridad.
Intervino directa o
indirectamente en otras fundaciones. Se relacionó con Joaquín Masmitjà,
fundador de las Hijas del Santísimo e Inmaculado Corazón de María, con
D. Marcos y Dña. Gertrudis Castanyer fundadores de las Religiosas
Filipenses, con María del Sagrado Corazón fundadora de las Siervas de
Jesús, con la Beata Ana Mogas fundadora de las Franciscanas de la Divina
Pastora. Le encontramos con el beato Francisco Coll fundador de las
Dominicas de la Anunciata. También tuvo parte en la fundación de las
Esclavas del Corazón de María, de la M. Esperanza González. Y habría
que añadir su influjo en la Compañía de Santa Teresa, Religiosas de
Cristo Rey, etc.
Todas estas
instituciones nacieron o germinaron gracias al P. Claret.
Un hombre santo.
La suntuosidad cortesana no impidió al P. Claret vivir como el religioso
más observante. Cada día dedicaba mucho tiempo a la oración. Su
austeridad era proverbial y su sobriedad para las comidas y bebidas,
admirable.Este era su horario: dormía apenas seis horas levantándose a
las tres de la mañana; antes que se levantaran los demás tenía dos
horas de oración y lectura de la Biblia, luego otra hora con ellos,
celebraba su Eucaristía y oía otra en acción de gracias; desde el
desayuno hasta las diez confesaba y luego escribía. Lo que peor soportaba
era la hora de audiencia hacia las doce. Por la tarde predicaba, visitaba
hospitales, cárceles, colegios y conventos.
Su pobreza era
ejemplar.
Un día se llevó un susto al llevarse la mano al bolsillo. Le pareció
haber encontrado una moneda, pero enseguida se repuso, no era una moneda,
sino una medalla. En una ocasión no teniendo otra cosa para poder
auxiliar a un pobre empeñó su cruz arzobispal.
Claret era un
verdadero místico. Varias veces se le vio en estado de profundo
ensimismamiento ante el Señor. Un día de Navidad, en la iglesia de las
adoratrices de Madrid, dijo haber recibido al Niño Jesús en sus brazos.
Privilegio
incomparable del que fue objeto fue la conservación de las especies
sacramentales de una comunión a otra durante nueve años. Así lo
escribió en su Autobiografía: "El día 26 de agosto de 1861,
hallándome en oración en la iglesia del Rosario de La Granja, a las
siete de la tarde, el Señor me concedió la gracia grande de la
conservación de las especies sacramentales, y tener siempre día y noche
el santísimo sacramento en mi pecho".
Esta presencia,
casi sensible, de Jesús en el P. Claret debió ser tan grande, que llegó
a exclamar: "En ningún lugar me encuentro tan recogido como en medio
de las muchedumbres".
Un hombre
perseguido.
No es de extrañar que un hombre de la influencia del P. Claret, que
arrastraba a las multitudes, atrajera también las iras de los enemigos de
la Iglesia. Pero las amenazas y los atentados se iban frustrando uno a uno,
porque la Providencia velaba sobre él que se alegraba en las
persecuciones. Fueron numerosos los atentados personales que sufrió en
vida. La mayor parte frustrados por la conversión de los asesinos.Pero
fue peor, con todo, la campaña difamatoria que se organizó a gran escala
por toda España para desacreditarlo ante las gentes sencillas. Se le
acusó de influir en la política, de pertenecer a la famosa camarilla de
la Reina con Sor Patrocinio, Marfori y otros, de ser poco inteligente, de
ser obsceno en sus escritos refiriéndose a su libro "La Llave de Oro",
de ser ambicioso y aún de ladrón. Pero Claret supo callar, contento de
sufrir algo por Cristo.
Ante el
reconocimiento del Reino de Italia.
El 15 de julio de 1865 el Gobierno en pleno se reunía en La Granja de San
Ildefonso para arrancar a la Reina su firma sobre el reconocimiento del
Reino de Italia, que equivalía a la aprobación del expolio de los
Estados pontificios.El P. Claret ya había advertido a la Reina que la
aprobación de este atropello era, a su parecer, un grave delito, y la
amenazó con retirarse si lo firmaba. La Reina, engañada, firmó. Claret
no quiso ser cómplice permaneciendo en la corte. Oró ante el Cristo del
Perdón, en la iglesia de La Granja, y escuchó estas palabras:
"Antonio, retírate".
Transido de dolor
al verse obligado a abandonar a la Reina en aquella situación, se
dirigió a Roma. Allí el Papa Pío IX le consoló y le ordenó que
volviera otra vez a la corte. La familia real se alegró inmensamente de
su retorno. Pero una nueva tempestad de calumnias y de ataques se
desencadenó contra él. Se puede decir de Claret que fue uno de los
hombres públicos más perseguidos del siglo XIX. |
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LOS
ÚLTIMOS AÑOS (1868-1870)
Desterrado.
El 18 de septiembre de 1868
la revolución, ya en marcha, era incontenible. Veintiún cañonazos de la
fragata Zaragoza, en la bahía de Cádiz, anunciaron el destronamiento de
la Reina Isabel II. Con la derrota del ejército isabelino en Alcolea
caía Madrid, y la revolución, como un reguero de pólvora, se extendió
por toda España.El día 30, la familia real, con algunos adictos y su
confesor, salía para el destierro en Francia. Primero hacia Pau, luego
París. El P. Claret tenía 60 años.
Los desmanes y
quema de iglesias se prodigaron, cumpliéndose otra de las profecías del
P. Claret: la Congregación tendrá su primer mártir en esta revolución.
En La Selva del Campo caía asesinado el P. Francisco Crusats.
El 30 de marzo de
1869 Claret se separaba definitivamente de la Reina y se iba a Roma.
Padre del Concilio
Vaticano I.
El día 8 de diciembre de
1869 se reunían en Roma 700 obispos de todo el mundo, superiores de
órdenes religiosas, arzobispos, primados, patriarcas y cardenales.
Comenzaba el Concilio Ecuménico Vaticano I. Allí estaba el P. Claret.Uno
de los temas más debatidos fue la infalibilidad pontificia en cuestiones
de fe y costumbres. La voz de Claret resonó, ya con dificultad, en la
basílica vaticana el 31 de mayo de 1870: "Llevo en mi cuerpo las
señales de la pasión de Cristo, -dijo, aludiendo a las heridas de
Holguín- ojalá pudiera yo, confesando la infalibilidad del Papa,
derramar toda mi sangre de una vez".
Es el único Padre
asistente a aquel Concilio que ha llegado a los altares.
El ocaso de sus
días.
El 23 de julio de 1870, en
compañía del P. José Xifré, Superior General de la Congregación,
llegaba el Arzobispo Claret a Prades, en el Pirineo francés. La Comunidad
de misioneros en el destierro, en su mayoría jóvenes estudiantes,
recibió con gran gozo al fundador, ya enfermo. Él sabía que su muerte
era inminente. Pero ni siquiera en el ambiente plácido de aquel retiro le
dejaron en paz sus enemigos. El día 5 de agosto se recibió un aviso.
Querían apresar al señor Arzobispo. Incluso en el destierro y enfermo,
el P. Claret tuvo que huir. Se refugió en el cercano monasterio
cisterciense de Fontfroide. En aquel cenobio, cerca de Narbona, fue
acogido con gran alegría por sus moradores.Su salud estaba completamente
minada. El P. Jaime Clotet no se separó de su lado y anotó las
incidencias de la enfermedad. El día 4 de octubre tuvo un derrame
cerebral.
El día 8 recibió
los últimos sacramentos e hizo la profesión religiosa como Hijo del
Corazón de María, a manos del P. Xifré.
Llegó el día 24
de octubre por la mañana. Todos los religiosos se habían arrodillado
alrededor de su lecho de muerte. Junto a él, los Padres Clotet y Puig.
Entre oraciones Claret entregó su espíritu en manos del Creador. Eran
las 8,45 de la mañana y tenía 62 años.
Su cuerpo fue
depositado en el cementerio monacal con una inscripción de Gregorio VII
que rezaba: "Amé la justicia y odié la iniquidad, por eso muero en
el destierro".
Glorificado.
Los restos del P. Claret
fueron trasladados a Vic en 1897, donde actualmente se veneran. El 25 de
febrero de 1934 la Iglesia le inscribió en el número de los beatos. El
humilde misionero apareció a la veneración del mundo en la gloria de
Bernini. Las campanas de la Basílica Vaticana pregonaron su gloria. Y el
7 de mayo de 1950 el Papa Pío XII lo proclamó SANTO. Estas fueron sus
palabras aquel memorable día: "San Antonio María Claret fue un alma
grande, nacida como para ensamblar contrastes: pudo ser humilde de origen
y glorioso a los ojos del mundo. Pequeño de cuerpo, pero de espíritu
gigante. De apariencia modesta, pero capacísimo de imponer respeto
incluso a los grandes de la tierra. Fuerte de carácter, pero con la suave
dulzura de quien conoce el freno de la austeridad y de la penitencia.
Siempre en la presencia de Dios, aun en medio de su prodigiosa actividad
exterior. Calumniado y admirado, festejado y perseguido. Y, entre tantas
maravillas, como una luz suave que todo lo ilumina, su devoción a la
Madre de Dios". |