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Nuestra
Señora,
Virgen de los Dolores
15 de septiembre
Los
siete dolores de la Santísima Virgen que han suscitado mayor devoción
son: la profecía de Simeón, la huida a Egipto, los tres días que
Jesús estuvo perdido, el encuentro con Jesús llevando la Cruz, su
Muerte en el Calvario, el Descendimiento, la colocación en el sepulcro.
Simeón
había anunciado previamente a la Madre la oposición que iba a suscitar
su Hijo, el Redentor. Cuando ella, a los cuarenta días de nacido
ofreció a su Hijo a Dios en el Templo, dijo Simeón: "Este niño
debe ser causa tanto de caída como de resurrección para la gente de
Israel. Será puesto como una señal que muchos rechazarán y a ti misma
una espada te atravesará el alma" (Lc 2,34).
El
dolor de María en el Calvario fue más agudo que ningún otro en el
mundo, pues no ha habido madre que haya tenido un corazón an tierno
como el de la Madre de Dios. Cómo no ha habido amor igual al suyo. Ella
lo sufrió todo por nosotros para que disfrutemos de la gracia de la
Redención. Sufrió voluntariamente para demostrarnos su amor, pues el
amor se prueba con el sacrificio.
No
por ser la Madre de Dios pudo María sobrellevar sus dolores sino por
ver las cosas desde el plan de Dios y no del de sí misma, o mejor
dicho, hizo suyo el plan de Dios. Nosotros debemos hacer lo mismo. La
Madre Dolorosa nos echará una mano para ayudarnos.
La
devoción a los Dolores de María es fuente de gracias sin número
porque llega a lo profundo del Corazón de Cristo. Si pensamos con
frecuencia en los falsos placeres de este mundo abrazaríamos con
paciencia los dolores y sufrimientos de la vida. Nos traspasaría el
dolor de los pecados.
La
Iglesia nos exhorta a entregarnos sin reservas al amor de María y
llevar con paciencia nuestra cruz acompañados de la Madre Dolorosa.
Ella quiere de verdad ayudarnos a llevar nuestras cruces diarias, porque
fue en le calvario que el Hijo moribundo nos confió el cuidado de su
Madre. Fue su última voluntad que amemos a su Madre como la amó Él.
La Palabra de
Dios
"Simeón
les bendijo y dijo a María, su madre: «Este está puesto para caída y
elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción -¡y a
ti misma una espada te atravesará el alma! - a fin de que queden al
descubierto las intenciones de muchos corazones.»
Había
también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, de edad
avanzada; después de casarse había vivido siete años con su marido, y
permaneció viuda hasta los ochenta y cuatro años; no se apartaba del
Templo, sirviendo a Dios noche y día en ayunos y oraciones.
Como
se presentase en aquella misma hora, alababa a Dios y hablaba del niño a
todos los que esperaban la redención de Jerusalén.
Así
que cumplieron todas las cosas según la Ley del Señor, volvieron a
Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño crecía y se fortalecía,
llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre él. Sus
padres iban todos los años a Jerusalén a la fiesta de la Pascua.
Cuando
tuvo doce años, subieron ellos como de costumbre a la fiesta y, al
volverse, pasados los días, el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin
saberlo sus padres. Pero creyendo que estaría en la caravana, hicieron un
día de camino, y le buscaban entre los parientes y conocidos; pero al no
encontrarle, se volvieron a Jerusalén en su busca." Lc 2, 34-45
"Cuando
le vieron, quedaron sorprendidos, y su madre le dijo: «Hijo, ¿por qué
nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos
buscando." Lc 2, 48
"Vosotros,
todos los que pasáis por el camino, mirad y ved si hay dolor semejante al
dolor que me atormenta," Lam 1, 12
Oraciones
Oración propia
de la Novena
¡Santísima
y muy afligida Madre, Virgen de los Dolores y Reina de los Mártires!
Estuviste de pie, inmóvil, bajo la Cruz, mientras moría tu Hijo.
Por
la espada de dolor que te traspasó entonces, por el incesante sufrimiento
de tu vida dolorosa y el gozo con que ahora eres recompensada de tus
pruebas y aflicción, mírame con ternura Madre, ten compasión de mí que
vengo a tu presencia para venerar tus dolores. Deposito mi petición con
infantil confianza en el santuario de tu Corazón herido.
Te
suplico que presentes a Jesucristo, en unión con los méritos infinitos
de su Pasión y Muerte, lo que sufriste junto a la Cruz, y por vuestros
méritos me sea concedida esta petición (Mencione el favor que desea).
¿A
quién acudiré yo en mis necesidades y sufrimientos sino a ti, Madre de
misericordia? Tan hondo bebiste del cáliz de tu Hijo que puedes
compadecerte de los sufrimientos de quienes están todavía en este valle
de lágrimas.
Ofrece
a nuestro divino Salvador lo que Él sufrió en la Cruz para que su
recuerdo le mueva a compadecerse de mí, pecador. Refugio de pecadores y
esperanza de la humanidad, acepta mi petición y escúchala
favorablemente, si es conforme a la voluntad de Dios.
Señor
Jesucristo, te ofrezco los méritos de María, Madre tuya y nuestra, que
ganó bajo la Cruz. Por su amable intercesión pueda yo obtener los
deliciosos frutos de tu Pasión y Muerte.
Ofrecimiento
María,
Virgen Santísima y Reina de los Mártires, acepta el sincero homenaje de
mi amor infantil. Recibe mi pobre alma dentro de tu corazón, traspasado
por tantas espadas. Tómala por compañera de tus dolores al pie de la
Cruz, donde Jesús murió para redimir al mundo.
Contigo,
Virgen de los Dolores, quiero sufrir gustosamente todas las pruebas,
sufrimientos y aflicciones que Dios se complazca en mandarme. Los ofrezco
en memoria de tus dolores. Haz que todos mis pensamientos y latidos del
corazón sean un acto de compasión y amor por ti.
Madre
amadísima ten compasión de mí, reconcíliame con Jesús, tu divino
Hijo, manténme en su gracia y asísteme en mi última agonía, para que
pueda yo encontrarte en el Cielo juntamente con el Hijo.
Himno – Stabat
Mater
Ante
el hórrido Madero
Del Calvario lastimero,
Junto al Hijo de tu amor,
¡Pobre Madre entristecida!
Traspasó tu alma abatida
Una espada de dolor.
¡Cuan
penoso, cuán doliente
Ver en tosca Cruz pendiente
Al Amado de tu ser!
Viendo a Cristo en el tormento,
Tú sentías el sufrimiento
De su amargo padecer.
¿Quien
hay que no lloraría
Contemplando la agonía
De María ante la Pasión?
¿Habrá un corazón humano
Que no compartiese hermano
Tan profunda transfixión?
Golpeado, escarnecido,
Vio a su Cristo tan querido
Sufrir tortura tan cruel,
Por el peso del pecado
De su pueblo desalmado
Rindió su espíritu El.
Dulce
Madre, amante fuente,
Haz mi espíritu ferviente
Y haz mi corazón igual
Al tuyo tan fervoroso
Que al buen Jesús piadoso
Rinda su amor fraternal.
Oh
Madre Santa, en mi vida
Haz renacer cada herida
De mi amado Salvador,
Contigo sentir su pena,
Sufrir su mortal condena
Y su morir redentor.
A
tu llanto unir el mío,
Llorar por mi Rey tan pío
Cada día de mi existir:
Contigo honrar su Calvario,
Hacer mi alma su santuario,
Madre, te quiero pedir.
Virgen
Bienaventurada,
De todas predestinada,
Partícipe en tu pesar
Quiero ser mi vida entera,
De Jesús la muerte austera
Quiero en mi pecho llevar.
Sus
llagas en mi imprimidas,
Con Sangre de sus heridas
Satura mi corazón
Y líbrame del suplicio,
Oh Madre en el día del juicio
No halle yo condenación.
Jesús,
que al llegar mi hora,
Sea María mi defensora,
Tu Cruz mi palma triunfal,
Y mientras mi cuerpo acabe
Mi alma tu bondad alabe
En tu reino celestial.
Amén, Aleluya.
Oración
Padre,
Tu quisiste que la madre de tu Hijo, llena de compasión, estuviese junto
a la Cruz donde Él fue glorificado. Concede a tu Iglesia, que comparte la
Pasión de Cristo, participar de su Resurrección. Te lo pedimos por
nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad
del Espíritu Santo, Dios, por los siglos de los siglos. Amén.
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