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TERCERA
ESTACIÓN
JESÚS ES
CONDENADO A MUERTE POR EL SANEDRÍN
Los judíos principales buscan cómo deshacerse
de Jesús y ahora se les presenta la ocasión propicia. No quieren
dejarla pasar, por eso le acusan injustamente y de noche le condenan.
Del Evangelio según San Mateo
26,59-67
Los príncipes de los sacerdotes y todo el
Sanedrín buscaban un falso testimonio contra Jesús para darle
muerte; pero no lo encontraban a pesar de los muchos falsos testigos
presentados. Por último, se presentaron dos que declararon: Este
dijo: Yo puedo destruir el Templo de Dios y edificarlo de nuevo en
tres días. Y, levantándose, el Sumo Sacerdote le dijo: ¿Nada
respondes? ¿Qué es lo que éstos testifican contra tí? Pero Jesús
permanecía en silencio. Entonces el Sumo Sacerdote le dijo: Te
conjuro por Dios vivo a que nos digas si tú eres el Mesías, el Hijo
de Dios. Jesús le respondió: Tú lo has dicho. Además os digo que
en adelante veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del Poder
y venir sobre las nubes del cielo.
Entonces el Sumo Sacerdote rasgó sus
vestiduras, diciendo: ¡Ha blasfemado! ¿Qué necesidad tenemos ya de
testigos? Ya lo veis, acabáis de oír la blasfemia: ¿Qué os parece?
Ellos contestaron: Es reo de muerte. (cf Mc 14,53-65; Lc 22,54-55. 63-71; Jn
18,12-14. 19-24).
Comentario
En estas horas turbias y oscuras van a condenar
a muerte al Señor. Quieren matarle, y han amañado el juicio. Lo de
menos es si aquel hombre es o no inocente; ellos sólo reparan en que
Jesús va contra sus intereses. Y aunque la Ley prohibía juzgar de
noche, y sin oir la defensa del reo, no se detienen ante nada:
convocan el Sanedrín. No les importa la verdad. Por eso, Jesús
calla. Y ahora, que lo vemos frente a sus acusadores, llenos de
envidia y de odio, nos conmueve todavía más ese silencio del Señor
ante la acusación injusta. Nosotros, que tantas veces buscamos quedar
bien, porque la verdad resulta tantas veces incómoda, sentimos el
reproche de ese silencio.
Oración
Señor, el Sanedrín, los "buenos",
los representantes de Dios, te condenan. Ayúdame, Señor, a ser
siempre comprensivo con los demás; que nunca les juzgue y menos aun
les condene. No permitas que se introduzca en mi corazón, el cáncer
de la envidia. Que vea a todos con tus mismos ojos, y sepa
corresponder a tantas maravillas de amor.
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