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SEXTA
ESTACIÓN
JESÚS ES
AZOTADO
Y
CORONADO DE ESPINAS
Pilato quiere congraciarse con los judíos y
entrega a Jesús a los soldados para que lo azoten. Para estos romanos
es un buen motivo de entretenimiento. Y, al que llaman "el rey de
los judíos", le colocan una corona de espinas.
Del Evangelio según San Mateo
27,26-30
Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús,
después de haberle hecho azotar, se lo entregó para que fuera
crucificado.
Entonces los soldados del procurador llevaron a
Jesús al pretorio y reunieron en torno a él a toda la cohorte. Le
desnudaron, le pusieron una túnica roja y, trenzando una corona de
espinas, se la pusieron en la cabeza, y en su mano derecha una caña;
se arrodillaban ante él y se burlaban diciendo: Salve, Rey de los
Judíos.
Le escupían, le quitaron la caña y le
golpeaban en la cabeza. Después de reírse de él, le despojaron de
la túnica, le pusieron sus vestidos y le llevaron a crucificar.
(Mc 15,16-19; Lc 23,25, Jn 19,1- 3).
Comentario
Pilato basca contentar a los judíos, y entrega
a Jesús a sus soldados, que lo desnudan y lo atan a una columna.
Comienzan los azotes sin asomo de piedad: uno tras otro descargan sus
golpes hasta quedar exhaustos. Se producen desgarrones, sufridos en un
silencio que no sirve para conmoverlos.
A la tortura terrible de los latigazos, se unen
los ultrajes, llenos de frivolidad, de unos inconscientes. El Señor,
Rey de cielos y tierra, se ve escarnecido con una corona de espinas,
con un manto de púrpura. Y así es presentado por Pilato: "Aquí
lo tenéis, éste es el hombre". Nos lo presenta como deshecho de
los hombres, y vemos en Él a nuestro Dueño, a nuestro Señor. Porque
es el Hijo de Dios que va a reinar en un Reino sin ocaso.
Oración
Señor, te vemos llagado y lleno de heridas.
Nosotros, que tanto cuidamos nuestro cuerpo, quedamos conmovidos de tu
entrega sin limites. Cada latigazo nos recuerda nuestra sensualidad,
cada silencio ante las espinas, nuestros pensamientos innobles y
egoístas. Enséñanos a vivir con humildad y pureza de corazón, con
generosidad y desprendimiento; y a respetar nuestro cuerpo que es
morada del Espíritu Santo.
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