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Tabla de Contenidos Tratado primeroCómo son las cosas
Tratado segundo
Tratado tercero
Tratado cuarto
Tratado quinto TRATADO PRIMERO EXISTEN TRES PERSONAS EN UN SOLO DIOS El Padre engendra al Hijo – El Espíritu procede de ambos Y EXISTEN TRES FACULTADES EN UNA SOLA ALMA La Memoria alimenta el Entendimiento – La Voluntad es alimentada por ambas
Como seres humanos, somos criaturas de emociones, criaturas de habilidades intelectuales y criaturas con el poder de llevar a cabo cosas. Algunas personas dedican su tiempo y sus pensamientos a sentir, escuchar, mirar, oír, y no son capaces de aceptar todo lo que no pueda ser sentido o experimentado. A este tipo de personas las conocemos como "emocionales". Algunas personas dedican su tiempo razonando y pensando acerca de todo, y de este modo, no aceptan nada que no pueda ser totalmente comprendido. A estas personas las llamamos "intelectuales". Otras personas tienen un solo objetivo en la vida, y éste es hacer lo que quieren, cuando quieren y se lo imponen a los demás. A estas personas las conocemos como "dominantes". Cada una de estas personas busca a Dios a su modo, y así los emocionales buscan la consolación de Dios, más que a Dios mismo. El orgulloso intelectual busca el conocimiento de Dios, pero nunca lo conoce, porque no puede aceptar aquellos misterios que no puede comprender completamente. El dominante busca a Dios y lo ama siempre y cuando este último haga su voluntad. El dominante no puede aceptar un "no" de Dios. La mayoría de nosotros ondula entre estas tres clases de personas durante la vida y nunca logramos conformarnos con Jesús. El Cristianismo es un Camino de Vida, y demanda un cambio de corazón y de mente. Implica una lucha de largo aliento para poder cambiar nuestras emociones, nuestra forma de pensar y nuestra forma de actuar. Podemos relacionar nuestras emociones con respecto a Dios o a nuestro prójimo, y de este modo mientras miramos en nuestra memoria para ver como podemos cambiar, nos damos cuenta de su rol, sus debilidades y fortalezas. Y lo mismo ocurre con la Voluntad. Conocemos muy bien la fuerza de nuestra voluntad y la de los demás. Ella ha sido ocasión de éxito y fracaso, de alegría y dolor, en nuestra vida cotidiana. Y así debemos entender nuestra Voluntad y ver su rol, sus debilidades y fortalezas. Pero todo esto no es tan cierto con respecto a la Inteligencia. Cómo entendemos, juzgamos, discernimos, y nos hacemos opiniones, es un misterio, un misterio porque la misma facultad que nos hace entender las cosas no puede comprender cómo lo hace. Le añadimos Fe a nuestro Entendimiento, y le damos luz para ver cosas que están más allá. La Fe es algo que poseemos pero que tampoco podemos explicar. Y cuando decimos que debemos ser humildes para tener una profunda Fe, le añadimos un ingrediente que parece repugnante, a algo que ya de por sí es difícil de explicar. Así, cuando llegamos a la facultad de nuestra alma que llamamos Entendimiento, tenemos que excavar un poquito más hondo de modo que las semillas sembradas puedan llegar a la capa fértil de un nuevo pensamiento. Nuestro Cristianismo cambia y nos lleva de la tristeza a la alegría, de la oscuridad a la luz, y de la esclavitud a la libertad. Debemos encontrar el camino hacia esta "revolución espiritual" de modo que podamos ser libres de nosotros mismos y vivamos en Él y por Él. Debemos ser testimonio del Cielo en la Tierra para un mundo triste, de Paz en medio de la Tormenta, de Alegría en medio del Dolor. Y por eso debemos estudiar nuestra Memoria, no para cavar sino para desarraigar. Debemos estudiar nuestro Entendimiento, no para comprender sino para saber utilizarlo. Debemos estudiar nuestra Voluntad, no para perderla sino para redireccionarla.
TRATADO SEGUNDO Hechos a su Imagen Nuestro entendimiento se asemeja al Hijo – así como el Hijo es la imagen perfecta de su Padre, así nuestro entendimiento es la imagen exterior de lo que recordamos. Nuestra voluntad se asemeja al Espíritu – así como el Espíritu es el amor y el poder que proceden del Padre y del Hijo, así nuestra voluntad es motivada por el amor y cumple todo aquello que la memoria y el entendimiento le dan a desear. LA PRIMERA LLAVE: MEMORIA – ESPERANZA No fueron pocas las veces que los apóstoles encontraron las palabras de Jesús difíciles de entender y se lo dijeron. Pero durante la Última Cena, cuando Jesús habló de su Padre y del Amor personal que el Padre tenía por Él, empezaron a entender. Jesús los miró y les dijo, "Finalmente, ¿creen?, Escuchen, tiempos vendrán, y ya estamos en ellos, en los que serán dispersados, cada uno se irá por su lado y me dejarán solo. Y sin embargo, no estaré solo, porque el Padre está conmigo. Les he dicho esto para que encuentren paz en mí. En el mundo tendréis tribulación, pero ánimo, yo he vencido al mundo." (Jn 16 32-33) Sus primeras palabras después de la resurrección fueron "¡La Paz esté con vosotros! ¿Por qué se turban, porque dudan en su corazón? (Lc 24, 37-39) ¿Por qué se decepcionó de la falta de fe de sus discípulos? Parecería, al menos a simple vista, que los apóstoles tenían todo el derecho de estar tristes y agitados. Su Señor les había sido quitado, había sido torturado y crucificado. Sus recuerdos acerca de su bondad y amabilidad solo turbaban y amargaban más sus corazones. Sus imaginaciones solo proyectaban para el futuro temor, y una sensación de desesperanza había tomado posesión de sus almas. Recordaban como habían pensado que Él los libraría de la tiranía y ahora todo había terminado. ¿Qué había pasado con estos hombres para que Jesús les tenga que preguntar acerca de su tristeza? ¿Por qué se asombró de su falta de paz? Durante toda su vida pública, Jesús les había pedido que crean en Él, que confíen en Él, y que permanezcan con Él. Aparentemente, no hicieron ninguna de estas cosas cuando la prueba llegó, si no, Él no habría cuestionado su turbación. Al leer las Escrituras da la impresión de que los apóstoles eran hombres de gran ambición y de gran imaginación. Llegaron a comprender, por sus signos, que Jesús era el Señor, pero su concepción acerca del Mesías era materialista y algo egoísta. Solían discutir acerca de quien era el primero, y Santiago y Juan decidieron estar a su derecha y a su izquierda en su futuro Reino. Se alegraron del poder que Jesús les había dado, y se imaginaron a sí mismos sentados sobre doce tronos juzgando las doce tribus de Israel. Por tres años habían escuchado sus palabras, pero en repetidas veces admitieron que no entendían sus parábolas. Se negaron a creer en los sufrimientos que habría de padecer a pesar de que Jesús se los había revelado de antemano. Incluso, en una ocasión, Pedro trató de disuadirlo de ir a Jerusalén y Jesús lo llamó Satanás. Es obvio, al observar estos incidentes, que aunque tuvieron la gracia de creer en su Filiación Divina, no lo hicieron hasta que tuvieron que encontrarse con la Fe. Empezaron a vivir en un nivel emocional, un nivel en el que sus vidas diarias eran guiadas por sus recuerdos y sus imaginaciones. Dejaron de usar sus facultades, vivieron en sí mismos. Cuando vivimos nuestra vida diaria inmersos en nuestras facultades, vivimos en nosotros mismos y no en Dios. Nosotros vivimos en estas facultades: Cuando acunamos resentimientos y no queremos perdonar y olvidar. Cuando nos preocupamos del mañana al extremo de quedarnos paralizados en el momento presente. Cuando buscamos sólo placer en todas las cosas, sin preocuparnos de las necesidades de los demás. Cuando el habitual desánimo ante nuestros errores se torna tristeza depresiva. Cuando el recuerdo de nuestros pecados pasados se transforma en complejo de culpa. Cuando el deseo de tener éxito se torna codicia y falsedad. Cuando el deseo natural de ser amados se torna suspicacia y lujuria. Cuando la necesidad de descansar y relajarnos se torna engreimiento en la comida, la bebida y la recreación. Cuando la necesidad de ser necesitados nos vuelve celosos y posesivos. Sí, cuando estas hermosas facultades se vuelven los amos y señores del templo de nuestra alma, corremos el peligro de convertirnos en esclavos en nuestra propia casa, prisioneros, atados de pies y manos, agitados hacia delante y atrás "como una caña sacudida por el viento". En una ocasión Jesús le preguntó a la multitud qué esperaba encontrar en Juan el Bautista – ¿Una caña sacudida por el viento? – No. Juan era un profeta cuya voluntad estaba unida a la de Dios y cuya vida siguió su razón y no la variabilidad de sus sentimientos. Era Señor de su propia casa y usaba sus emociones en el momento y lugar adecuados. El Espíritu del Señor podía servirse de él para avergonzar a Herodes y para invocar al pueblo a que se arrepienta. Él hizo ésto con toda la emoción de aquél que es enviado por Dios, e hizo uso de sus facultades para la gloria y el honor de Dios. Somos humanos y entendemos nuestras emociones, porque representan ideas y metas que muchas palabras no pueden representar. Esta es la razón por la cual nos fueron dadas y debemos usarlas para la gloria y el honor de Dios. Debemos poner estas facultades a nuestro servicio de modo que vivamos una vida más plena, pero nunca debemos llegar el punto de perder el control. El verdadero peligro se cierne cuando usamos estas facultades para amar con ellas, porque entonces corremos el riesgo de amar con un amor egoísta. Solo amaremos a aquellos que nos aman, y nuestros enemigos o aquellos con los que tenemos poco en común no recibirán nuestro amor. Solo amaremos a los que nos sirven de algo, y de ninguna forma amaremos a aquéllos que por alguna u otra razón no son capaces de cumplir con nuestras demandas. Es más, los ignoraremos o trataremos con frialdad. Las cosas que excitan nuestra imaginación y nuestras pasiones serán nuestro objetivo, y entonces nos arriesgaremos a debilitar nuestra voluntad y a actuar de una manera irracional. Vivir según estas facultades en vez de usarlas significa que seremos sacudidos hacia delante y atrás en un perpetuo balancín. Un día estaremos sobre las alturas de la alegría y el siguiente en las profundidades de la desesperanza. Mientras permitamos que nuestra vida sea regulada por estas facultades, nunca poseeremos la paz que Él nos dejó. El mandamiento del amor hacia nuestro vecino, de la misma forma en que Dios nos amó, será simplemente imposible de cumplir. El cristiano no pretende verse a sí mismo libre de ningún problema o sufrimiento. Los afronta con la frente en alto, y siente su golpe, pero se eleva por encima de ellos, hacia el nivel de la fe y la confianza. Él se sabe una maravilla a ser contemplada y acepta la vida y todas sus pruebas con paz y mansedumbre. Somos humanos y tenemos sentimientos, sentimientos que no podemos rechazar o negar. Cada uno de nosotros es diferente, pero todos seguiremos comiendo y bebiendo toda nuestra vida, riendo, llorando, alegres y tristes, saliendo victoriosos y fracasando. Pero no importa lo que hagamos, todo debe ser hecho para mayor gloria y honor de Dios y para el bien de nuestros hermanos. Tenemos a Jesús como modelo en el uso de sus facultades. Lo vemos en su vida pública recibiendo insultos e ingratitudes una y otra vez, y sin embargo, siempre fue señor de sí mismo y de su alma. Se mantuvo en paz y nunca dejó que el recuerdo de las ingratitudes pasadas interfiera con su bondad en cada momento. Aunque sabía exactamente qué le aguardaba, no permitió que su imaginación le trajera miedo y rechazo a su alma. Él podía mirar a la multitud y conocer el pensamiento de cada persona, y aún así seguir hablando de amor y compasión a los pocos que le entendían. Él hizo uso de estas facultades para el fin por el cual le fueron dadas, y durante su agonía y su muerte, nunca se dejó sacudir por la envidia y el odio hacia sus enemigos. Utilizó sus emociones para la gloria y el honor del Padre y para nuestra edificación. Fue el sentimiento de compasión el que lo llevó a resucitar al hijo de una viuda. Fue el sentimiento de dolor el que lo hizo llorar al enterarse de la muerte de Lázaro. Lloró sobre Lázaro aunque sabía que en unos momentos lo habría de revivir de la muerte haciendo uso de su poder. Utilizó el sentimiento de ira para echar a los cambistas y vendedores del Templo y para pronunciar las siete imprecaciones sobre los fariseos. Sí. Él era hombre y usó sus emociones como siervos, para expresar amor, preocupación, simpatía. Manifestó su ira con respecto a las injusticias que sus criaturas cometían entre ellas, pero nunca vivió según estas facultades. Qué diferente era Él de sus apóstoles. Ellos vivieron con Él lo suficiente como para entender, pero sus memorias e imaginaciones todavía no eran sus siervos, y por ellos se vieron turbados en muchas ocasiones por cosas muy tontas, como aquella en la que discutieron sobre quién era el primero. Será provechoso ver a algunos de estos primeros discípulos y aprender de sus errores. En el Huerto de los Olivos Jesús le pidió a Pedro que rezara para no caer en la tentación, pero las Escrituras nos dicen que Pedro estaba tan apenado por la idea del sufrimiento y la muerte que habría de padecer su Maestro, que se quedó dormido. Era comprensible que Pedro se sintiera preocupado y atribulado por lo que iba a suceder. Es tan difícil ver sufrir a los que amamos. De hecho, a esta preocupación la llamamos compasión. Pero Pedro no utilizó sus emociones para dedicarse a la oración y la meditación. Permitió que estas emociones tomaran posesión de él y lo pusieran triste al punto de caer en la desesperanza. Empezó a sentirse desconsolado y desesperanzado y se fue a dormir para huir del dolor y borrarlo de su memoria. Falló cuando la prueba sobrevino porque su Fe no fue fortalecida por la oración y la compasión. Jesús, por otra parte, también había sentido miedo ante el sufrimiento que habría de venir, pero no vivió según ese miedo ni un solo momento. A pesar de que el miedo era lo suficientemente fuerte como para hacerlo sudar sangre y pedir que le fuera quitado el cáliz, se levantó sobre él y vivió según su entendimiento, presentándose a sí mismo la necesidad de esta hora para la redención de la humanidad y la conformidad de su voluntad con la del Padre. En muchas ocasiones nos enseñó que no debíamos preocuparnos del mañana, porque preocuparse es proyectar un sentimiento de desesperanza con respecto al futuro. Es un mal uso de nuestra memoria e imaginación. (Mt 6, 33) Él sabe que debemos planear nuestro futuro pero sin preocuparnos. Dios nos ha dado una serie de talentos a cada uno y espera que le rindamos cuenta del uso que le hemos dado. El uso de estos talentos generalmente implica planear proyectos que sirvan a la humanidad, pero incluso en estas circunstancias Él tampoco quiere que nos preocupemos. Debemos usar los talentos que hemos recibido según el máximo de nuestras capacidades y dejarle los resultados a Dios. Nos quedamos en paz al saber que él valora nuestros esfuerzos y que su Providencia se hará cargo de los frutos de esos esfuerzos. En otra ocasión Jesús dijo: "Si un hombre mira a una mujer con ojos impuros, ya ha cometido adulterio en su corazón." (Mt 5, 28) Este es un perfecto ejemplo del mal uso de nuestra memoria e imaginación. Nuestra imaginación es fuertemente influenciada por nuestros sentidos. Nuestros ojos ven, y una imagen se imprime en nuestra memoria. Nuestra nariz huele y nuestra boca se hace agua con el aroma. Nuestros oídos escuchan, y nos asustamos o llenamos de calma ante el sonido. Nuestra lengua gusta, y nos gozamos en la variedad de alimentos que deleitan nuestro apetito. Nuestro sentido del tacto puede hacernos sentir cálidos ante el abrazo de alguien querido o temblar de frío cuando enfrentamos el viento. Todos estos sentidos afectan nuestra memoria y nuestra imaginación y juntos hacen que nuestra vida se pueda disfrutar y sea soportable y agradable. Son buenos, y han sido diseñados por Dios para llenar nuestra vida de belleza, alegría y solaz. También nos advierten cuando hay algún peligro, como cuando tocamos la flama de un fósforo y sentimos dolor. Nos recuerdan que debemos comer cuando sentimos que nos duele el estómago, y remueve nuestro corazón cuando contemplamos la belleza de un atardecer. Estas facultades nos sirven a través de una especia de sentimiento de temor, algo así como una intuición que nos advierte ante el peligro del dolor. La memoria de habernos resbalado en una vereda resbalosa nos hace caminar con cuidado mientras nuestra imaginación revive aquella ocasión tan vívidamente que podemos incluso sentir nuevamente el dolor de la caída. De todas estas formas nos sirven estas facultades, pero si las utilizamos mal, como en el caso del hombre que mira a la mujer con lujuria, entonces hacemos que dichas facultades se tornen contra Dios, el Supremo Dador, y también se tornen contra nosotros mismos. Las usamos para fines malévolos y olvidamos completamente su propósito original para nuestras vidas. Es cierto que no siempre podemos prevenir las rápidas y abundantes imágenes y pensamientos que llegan a nuestra mente, pero podemos prevenir el deleite que nos puedan sugerir, y las ocasiones en las que se dan. Y esto era lo que Jesús nos advertía cuando hablaba de aquel hombre que "miró" a la mujer. Era un acto deliberado para excitar su memoria y su imaginación para malos propósitos. Debemos recordar que consentir es finalmente vivirlo, y de este modo el hombre aquél ya había cometido adulterio en su corazón. El principio "Cómo puedo saber si no he probado" ha sido causa de grandes males en nuestras vidas. Una jovencita trata de probar drogas sólo para sentir sus efectos, y desajusta de tal modo sus facultades que llega a ser casi imposible reestablecer su balance. Y así sucede con cualquier otro mal. Si en todo lo que pensamos es en cómo satisfacer nuestros sentidos del gusto, nos convertimos en glotones. Si deseamos experimentar todo lo que la vida nos ofrece sólo para experimentarlo, entonces nos corremos el riesgo de llevar estas facultades a un nivel de vida casi animal. Nuestra voluntad se vuelve tan débil que vivimos llevados por nuestros instintos en vez de vivir como seres humanos inteligentes. Podemos vivir tanto según estas facultades que llegamos al extremo de encender el fuego de nuestro odio con la más mínima provocación. Podemos alimentar este fuego con la paja de ofensas pasadas hasta que el viento de nuestra imaginación se lo lleva y somos destruidos por la furia del odio y la amargura. Incluso nuestra vida de oración y nuestras buenas obras pueden ser vividas según nuestras facultades, según la imaginación por ejemplo, y en vez de usar la memoria para recordar algún incidente o hecho de la vida del Señor para imitarlo, nos buscamos métodos para pregonar nuestras buenas obras y nuestra vida espiritual de modo que atraigamos la atención de los demás. Jesús nos advirtió que seamos cuidadosos de no mostrar nuestras buenas obras ante los hombres para atraer su atención. El quería que fuéramos testimonios de su poder en nuestras vidas a través del buen ejemplo, pero el motivo debía ser siempre su honor y gloria, no solo el anhelo de atraer la atención hacia nosotros mismos. Nos dijo que nuestra mano izquierda no debía saber lo que hacía la derecha. En otras palabras debíamos ser cuidadosos de que nuestra memoria no refuerce tanto el recuerdo de nuestras buenas obras de modo que nuestra imaginación nos golpee la espalda con un maravilloso, pero maravilloso sentimiento de que somos muy buenos. (Mt 6, 1.4) Nuestra memoria debería, en este caso, traer a nuestra mente la Bondad de Dios para con nosotros, y nuestra imaginación debería ser usada sólo para inventar nuevas formas de ayudar a los demás en sus pruebas y necesidades. No solo para complementarnos a nosotros mismos de modo que queramos quedar bien ante los hombres. Esto también es cierto en nuestra vida espiritual. Jesús nos recomendó no imitar "a los hipócritas que rezan de pie en el Templo y en las esquinas para que la gente los vea". (Mt 6, 5-6) Inventar modos de rezar para que los demás nos vean y piensen que somos santos es un gran trabajo imaginativo, y la memoria de las realizaciones del pasado nos empujará hacia mayores alturas de insensatez. Nuestra memoria y nuestra imaginación pueden ser usadas de un modo maravilloso en nuestra vida de oración pero el énfasis debe estar puesto en Dios, no en nosotros mismos. Desde que todas las cosas están presentes ante Dios, podemos usar la memoria para recordar algún incidente en la vida de Jesús, y luego nuestra imaginación puede ponerlo en escena de modo que lo veamos en nuestras mentes. Podemos recordar a Jesús sentado en una roca en una noche fría, descansando de un día lleno de tensiones. Nuestra imaginación puede dibujarnos corriendo hacia sus brazos, sentándonos a su costado, y tomando su mano en las nuestras para darle consuelo. Una vez que nuestra memoria nos ha hecho tal servicio, nuestro entendimiento y nuestra voluntad pueden sacar a la luz nuestra fe y nuestro amor. Luego podemos hablarle como se hablan dos amigos. Nuestro entendimiento y nuestra voluntad son áreas solo conocidas por Dios y por nosotros. Solo Dios sabe la luz que poseemos y la dirección de nuestra voluntad, y por eso Jesús dice, "Pero cuando vayan a rezar, retírense a su habitación, y cuando hayan cerrado la puerta, recen a su Padre, que está en lo escondido, y su Padre que lo ve todo os recompensará." (Mt 6, 5-6) Esa "habitación privada" la constituyen nuestra voluntad y nuestro entendimiento, y debemos cerrar la puerta de nuestra memoria y nuestra imaginación para que no nos turben con el pasado o el futuro, y clamar por atención mientras nos vamos a un lugar secreto con el huésped prometido de nuestras almas. Debemos vivir en oración en ambas áreas, en el entendimiento (lugar donde reside el Padre) y en la voluntad (lugar donde reside el Amor). Es en nuestra fe y en nuestro amor en donde Dios reside y en donde Dios reside con nosotros. No podemos permitir que nuestra memoria disturbe nuestra comunión con Dios, haciéndonos recordar errores del pasado, ni debemos dejar que nuestra imaginación exagere esos errores de modo que nos sintamos indignos de poseer tal amistad amorosa con Dios. Podemos utilizar mal estas facultades de manera tal que un manto de tristeza nos cubra y debilite toda alegría así como el poder de nuestra razón y nuestra voluntad. Tenemos un ejemplo de esto en los discípulos de Emaús (Lc 24, 13-35). Vieron al Maestro torturado, crucificado, y muerto de una muerte ignominiosa, y nada estaba en sus planes de liberación para Israel. En su decepción decidieron marcharse de Jerusalén, escenario de sus frustraciones y de su esperanza perdida. Aunque todo parecía perdido, hicieron algo que los salvó –siguieron hablando del Maestro. Quizás podríamos llamar a aquel hecho una especie de "oración de queja". Jesús se acercó y las Escrituras nos dicen que, "algo les impidió reconocerlo" (Lc 24, 17) Había dos razones por las cuales no lo reconocieron: la primera es que su cuerpo glorificado había adquirido una nueva condición, su apariencia externa había cambiado. En segundo lugar, su memoria e imaginación estaban ciegas y su inteligencia ciega había debilitado su fe. Sus mentes estaban atormentadas por la idea de la esperanza perdida. Este es un perfecto ejemplo de ceguera espiritual. Es posible estar tan abatido y en una actitud de desesperanza que ya no podemos ver la respuesta a nuestros problemas, incluso cuando la respuesta se encuentra delante nuestro. Podemos quedar absorbidos de tal modo por estas dos facultades que nuestro entendimiento ya no es capaz de razonar claramente. Los discípulos se quedaron en el doloroso pasado, y su imaginación les proyectaba un futuro sin esperanza. Cuando Jesús se acercó, no estaban listos para verlo. Este es un nivel del cual la mayoría de la gente no pasa. Se quedan siempre en un pasado infeliz y ante un supuesto miserable futuro. Su única esperanza se apoyaba en el hecho de que muchos de ellos continuaban rezando, así como muchos discípulos continuaban hablando de Jesús a pesar de su tristeza. Antes de poder verlo, Jesús los elevó al nivel de la fe, tuvo que liberarlos de ellos mismos de modo que no sólo hablaran de Él sino que también vivieran en Él. Sus mentes completas tendrían que ser absorbidas en Él. No era suficiente hablar de Él en un tono desesperanzado. Esta es la forma en la que muchos de nosotros rezamos. No vivimos según nuestros pensamientos en Cristo, solo hablamos de Él en un tono rutinario e incrédulo porque nuestras peticiones no son escuchadas del modo que imaginamos. Jesús nos pide fe, y durante toda su vida buscó aquella fe que creía porque confiaba, y confiaba porque amaba. Cuando Jesús se acercó y les preguntó de qué hablaban, se impresionaron y les llamó la atención de modo que le respondieron en un tono algo impaciente, "¿Es que eres la única persona que no sabe lo que ha sucedido estos días en Jerusalén?" (Lc 24, 18) Cuando vivimos en nuestros recuerdos, no podemos entender porque los demás no pueden compartir nuestros sentimientos. Nuestro mundo está ocupado por el pasado y tan lleno de nosotros mismos, y nuestra razón para estar tristes es tan clara, que no podemos entender por qué los demás no sienten lo mismo que nosotros. Si esa memoria está llena de odio hacia una persona en particular, no podemos creer como alguien puede querer a dicha persona. Si está llena de tristeza, no podemos imaginar a nadie alegre. Si está llena de resentimiento, no podemos creer que haya alguien compasivo. Si está llena de amargura, no podemos creer que alguien pueda ser bueno. Como los discípulos que caminaban a Emaús, somos tanto intolerantes como impacientes con todos los que no viven en el mismo mundo en que vivimos. Jesús les preguntó qué les había hecho estar tan tristes. Mas como ellos vivían en el pasado, le respondieron en tiempo pretérito. "Esperábamos", le dijeron, "que Él sería aquel que ha de liberar a Israel". Ellos habían esperado. En otras palabras, ellos ya no esperaban. Su muerte sólo les demostró que Él no era aquél a quien ellos esperaban. Una vez que los discípulos perdieron la esperanza, su entendimiento quedó totalmente confundido, como lo muestra su siguiente afirmación. "No sólo eso", continuaron, "ya han pasado dos días desde que aconteció todo eso y algunas de las mujeres de nuestro grupo nos han alarmado: fueron a la tumba temprano en la mañana y, al no encontrar su cuerpo, regresaron y nos dijeron que habían visto a unos ángeles quienes les dijeron que Él estaba vivo. Algunos de nuestros amigos fueron a la tumba y encontraron todo tal como las mujeres nos habían informado, pero a Él no lo vieron" (Lc 24:21-23) Esos hombres tenían esquemas ya elaborados acerca de lo que el Maestro debería hacer; incluso su resurrección de entre los muertos ya había sido imaginada por ellos. Le habían oído decir varias veces que Él resucitaría al tercer día y, sin duda, imaginaban que los ángeles iban a tocar sus trompetas y que todo el mundo iba a correr hacia la tumba, de la que el Maestro se levantaría triunfalmente para comenzar a reinar sobre su nación. Sí, nada los podría detener. Ellos iban a gobernar el mundo. Habían escuchado al Maestro hablar de cosas más elevadas, pero mientras Él hablaba ellos utilizaban sus palabras para sumirse más dentro de sí mismos. Tenían planes e ideas definidos y hacían que sus palabras se acomodaran a ellos. Parecía que no podían elevarse por arriba de su limitado nivel de entendimiento. Cuando las mujeres les dijeron que la tumba estaba vacía se desanimaron más aún y decidieron alejarse de toda esa necedad. Se alejaron de una verdad que procedía de Dios para buscar una verdad que pudiera acomodarse a sus propias ideas. Mas su capacidad de entender estaba tan debilitada por sus incontrolables emociones, que no podían ver la Verdad. No son los cuidados de este mundo lo único que asfixia la Palabra en nuestros corazones; son también aquellos sueños que tenemos estando despiertos, tan correctamente planificados, y a los que nos aferramos con tanto cariño, los que crean esa nube de irrealidad que nos rodea. Ella se puede convertir en una forma de vida, una vida de ambiciones frustradas o de odio sin control. Podemos pensar orgullosamente que todo lo que sentimos está justificado, tal como lo hicieron esos discípulos. Podemos encontrar muy buenas razones para justificar cada momento de ira en nuestras vidas. Mas de algún modo, allá en lo profundo, nuestra alma pide a gritos ser liberada de la esclavitud de sus pasiones; quiere elevarse sobre sí misma y vivir en la paz del Espíritu del Señor, y en la posesión de su verdad. No entendían los discípulos que hay un solo modo de aceptar la crucifixión y la agonía de los días que acababan de pasar, y que consiste en elevarse sobre ellas, no en dejarse aplastar ni en tratar de escapar de ellas. Ellos habían caído bajo el peso del sufrimiento y ahora estaban tratando de escapar de todo y de todos los que pudieran recordarles esos días angustiosos. Había una cosa que no entendían: que los verdaderos problemas están en el interior. Esos problemas eran la verdadera causa de sus incontrolables emociones. Se negaban a ser consolados incluso cuando las mujeres les transmitieron la noticia de la tumba vacía. Querían aliviar sus heridas a base de revisar todas las escenas causantes de su tristeza, y no había palabra de consuelo capaz de penetrar en ellas. Su problema era emocional y nada emocional les hubiera servido de ayuda. Sentían que las mujeres estaban histéricas y no valía la pena creerles. Durante tres días habían vivido dentro de sus recuerdos. Ya era hora de que se elevaran al plano de la fe. Jesús les dijo: "¡Hombres necios!. Tardos para creer el mensaje de los profetas. ¿No estaba ya mandado que el Cristo debía sufrir para que entrara en su gloria?". Sí habían entendido parte del mensaje pero no su totalidad. Mientras escuchaban al Maestro, sus emociones habían aceptado sólo aquellas partes que les agradaban: el honor, la gloria y el prestigio. Nunca permitieron que su entendimiento razonara la necesidad de los sufrimientos y la muerte del Cristo. Esto quedaba más allá de lo que su razón podía alcanzar; estaba en el plano de la fe, y ellos aún no habían llegado realmente a ese plano. Entonces Jesús comenzó a explicarles las Escrituras. Empezó por Moisés y siguió a través de la Escritura, explicando los pasajes que se referían a Él. Poco a poco, mientras Él explicaba, sus mentes dejaron de centrarse en ellos mismos y se enfocaron en Él. Comenzaron a razonar con la inteligencia en vez de hacerlo con sus emociones. Ya no estaban meramente hablando acerca de Él, sino viviendo dentro de Él. Mientras Él hablaba, ellos empezaban a vislumbrar el sentido de su sufrimiento. Se dieron cuenta que había sido previsto como algo necesario para que el Cristo pudiera entrar en su gloria y redimir a la humanidad. Súbitamente, todo adquirió sentido y, una vez que lo reconocieron en la fracción del pan, recordaron cómo sus corazones ardían dentro de ellos mientras Él hablaba. Claro, aún conservaban emociones mientras recordaban cada pasaje sobre el que Él les había llamado la atención, pero ahora se encontraban libres de sí mismos y fijos en Dios. Su memoria era ahora usada para ayudar a su facultad de raciocinio a llegar a una conclusión lógica, algo que su voluntad pudiera aceptar. ¿Queremos decir con ello que los discípulos no deberían haber llorado la muerte de su Maestro? Claro que no. Era humano y necesario que expresaran su dolor acerca de la injusticia y crueldad de su muerte. Pero esa no era la causa real de su dolor. Estaban tristes porque sus expectativas habían sido frustradas, no por la injusticia de su sufrimiento. Sentían la pérdida causada por su muerte, pero incluso esto tenía motivos egoístas. Para ellos, su muerte únicamente significaba más tiranía de parte de los romanos y menos probabilidades de liberación. Sus voluntades preferían ser guiadas por la memoria y la imaginación, y consecuentemente, sus almas estaban envueltas por la tristeza y el dolor. Podemos ver algo idéntico en el caso de María Magdalena. El Señor le había perdonado sus muchos pecados, y la había librado de siete demonios. Ella había sido testigo de su sufrimiento y llorado por su muerte. También ella lo había oído decir que Él resucitaría al tercer día, pero esta mujer, que había vivido toda su vida en un plano emocional, no podía ver en lo sucedido otra cosa que oscuridad y desesperación. Ni siquiera la visión de los ángeles pudo disipar su oscuridad. Estaba completamente absorta en su pérdida, y su voluntad prefería vivir en el vacío de alguien amado que se había ido para siempre. Si buscamos en el Primer Libro de los Reyes, encontraremos a uno de tantos que sucumbieron al peligro del desánimo. Él había logrado mostrar al pueblo el verdadero Dios gracias al fuego que bajó del cielo para consumir el sacrificio vespertino. Mas cuando Jezabel le mandó decir a Elías que pronto estaría tan muerto como los cuatrocientos cincuenta profetas que él había matado, este último escapó. Se fue al desierto y se sentó bajo un arbusto de retama donde le pidió a Dios que le quitara la vida. Lo que logró por cumplir la voluntad de Dios fue convertirse en un hombre buscado. Su imaginación le presentó una imagen de una situación tan desesperada que el hombre que obraba milagros se rindió a una noche de profunda tristeza cercana a la muerte. Mientras dormía bajo el árbol, se le apareció un ángel del Señor quien le dio a comer pan caliente y agua para que bebiera. Pero, al igual que a María Magdalena, la visión del ángel no le significó nada. Estaba satisfecho con su aflicción. Su tristeza actuaba como anestesia que le atontaba la capacidad de razonar y le hacía difícil discernir lo que tenía que hacer después. Era algo muy fácil quedarse sentado bajo un árbol y sintiéndose desolado para justificar el no hacer nada más para extender el reino de Dios. Los tres relatos nos muestran cómo podemos vivir encerrados en nuestros recuerdos e imaginaciones y qué tan frecuentemente lo hacemos. Nos encanta hacernos picadillo acerca de nuestras experiencias amargas para poder justificar nuestras debilidades. Proyectamos nuestro futuro como si fuera parte de nuestro infeliz pasado y vivimos en un mundo irreal. Decimos que somos realistas porque sabemos lo que ha habido en el pasado y que conociéndonos a nosotros mismos podemos predecir el futuro. Mas en verdad es totalmente irreal, porque hasta un pasado amargo puede ser provechoso para nosotros, y nuestra fe nos asegura que Aquel que nos trajo al mundo se hará cargo de todos los detalles diarios de nuestra vida. A nuestras mentes finitas les parece, sin embargo, que Dios no conoce realmente cada circunstancia e incidente de lo que hace que seamos lo que somos. ¡Deseamos tanto que se nos justifiquen nuestras iras, odios, resentimientos, ambiciones y codicias! Todos esos pensamientos hacen de tal modo presión sobre nuestra memoria e imaginación que de hecho comenzamos a vivir dentro de esas facultades. Todo lo que nos sucede durante el día está relacionado de alguna manera con algún incidente pretérito, y las tensiones se amontonan unas sobre otras hasta que nuestras vidas quedan desgarradas por las frustraciones imaginadas y recordadas. Es como si millones de telarañas impidieran el paso de la luz de la gracia y el aire de la paz. Nuestras propias facultades nos mantienen atados e impedidos, pero como son tan cercanas a nosotros no podemos salir de la oscuridad. ¿Cómo resolver ese problema? ¿Debemos aguantar estoica y fríamente? ¿Debemos pretender que no tenemos problemas ni sentimos nada? ¿Debemos borrar los sentimientos de nuestro corazón con la simple fuerza de nuestra voluntad? A todas estas preguntas la respuesta es: ¡NO! A riesgo de parecer repetitivos, se debe decir una y otra vez que nuestra memoria e imaginación son dones de Dios y deben ser utilizados para desencadenar la profundidad de fe que está escondida en nuestro entendimiento. Cuando alguien nos ofende nos sentimos tan heridos, que a veces las lágrimas llenan nuestros ojos para expresar nuestras emociones. Cuando nos sentimos heridos, más que tener un problema, tenemos una ocasión de ser como el Padre, que hace que su sol salga sobre buenos y malos. En ocasiones, sin embargo, lo que Dios permite para nuestra santificación se vuelve un problema si no lo dejamos actuar en el momento que sucede. Si la luz de la fe no detiene las cosas que nos perturban, éstas pueden absorber toda la esperanza de nuestras almas. Se convierten en problemas; problemas que pueden quedarse con nosotros por el resto de nuestras vidas. En el bautismo se nos dio la virtud teologal de la esperanza, para que elevara nuestra memoria a un nivel más alto. No sólo debemos atesorar las experiencias y los conocimientos que acumulamos a lo largo de nuestra vida cotidiana. También podemos atesorar las palabras vivas del Hijo de Dios, sus revelaciones, así como su vida y ejemplos, de modo que podamos sobreponernos a nuestros recuerdos inquietantes y a nuestra sobrecargada imaginación. La retención y recuerdo de esas palabras vivas permite que nuestra imaginación se yerga sobre las cosas de este mundo y viva en la Palabra de Dios. A través de la oración y la Escritura, nuestra memoria empieza a guardar cosas buenas y a dejar de lado el rencor que la mantiene en estado de confusión constante. Empieza a vivir en un plano sobrenatural, desde el que puede ver todas las cosas a la luz de la esperanza. En caso de que alguna ofensa venga a su memoria, debe substituirla por las palabras de Jesús y recordar de qué modo perdonó Él y cómo usó cada oportunidad que encontró para honrar y dar gloria a su Padre. Cuando la memoria recuerde un fracaso, debe inmediatamente substituirlo por la vida de Jesús. El aparente fracaso de su misión resultó ser el mayor éxito del que el mundo haya sido testigo. Cuando la memoria recuerde un pecado pasado, monstruo enorme que amenaza con devorarnos, debe substituirlo con muchos pasajes y parábolas de la Escritura que muestran la misericordia de Dios hacia su pueblo. Cuando la imaginación empiece a atormentarnos con diversas imágenes de gloria o desesperanza, nuestra memoria debe recordar la humildad de Jesús- para calmar nuestras ambiciones- y la misericordia de Dios- para levantarnos de la desesperanza. Cuando la imaginación nos muestre un futuro oscuro y miserable, la memoria debe recordar la providencia de Dios, para darnos seguridad sobre su preocupación por nosotros y su protección. Cuando nuestra imaginación agigante todos nuestros problemas hasta hacerlos aparecer como invencibles, nuestra memoria debe recordar las palabras de Jesús cuando dijo que si tuviéramos fe del tamaño de una semilla de mostaza podríamos mover montañas. Debemos substituir los pensamientos perturbadores por pensamientos buenos. El método de substitución es una manera positiva de sobreponernos a nuestras faltas y de transformar nuestras vidas. Si la substitución se hace en el plano natural, puede conllevar a un cambio de pensamiento pero no a uno vital, que afecte nuestra unión con Dios. Si alguien nos ofende con un comentario hiriente, podemos inmediatamente recurrir a una imagen de una flor de loto flotando sobre un lago en calma. Si nuestra imaginación es suficientemente fuerte, puede alterar nuestros patrones de pensamiento y calmar nuestra ira. Si nos habituamos a tener pensamientos hermosos aún en medio del caos, ese hábito nos traerá serenidad natural. Tal clase de substitución puede darnos control, mas no nos llevará por sobre nosotros mismos al plano sobrenatural. Debemos lograr un cambio en nosotros que sea sobrenatural, no simplemente natural. Un cambio en el plano natural nos puede hacer mejores seres humanos, pero no podrá jamás hacer que irradiemos la imagen de Jesús. Cierto día Jesús dijo: "Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie puede ir al Padre si no es por mí" (Jn. 14,6) Él es el camino por el cual deben ser controladas la memoria y la imaginación. Él es la verdad a la que se aferra nuestro entendimiento para poder elevarse sobre su limitada capacidad y ver los misterios de Dios. Él es la vida, o sea, el amor por el que nuestras almas se fortalecen lo suficiente como para poder vencer los mayores obstáculos en nuestro camino a casa. Sí, debemos hacer de las palabras y vida de Jesús los substitutos indispensables para alcanzar la verdad en cualquier situación. Toda nuestra vida es un ejercicio por el que nuestras almas van siendo moldeadas y transformadas, para bien o para mal, dependiendo de la forma como enfrentemos cada situación, frustración, gozo o tristeza. Debemos tratar de llevar una vida santa, la vida de un hijo de Dios, y no meramente una vida buena de una simple criatura de Dios. Únicamente Dios nos puede dar la vida sobrenatural. Únicamente Jesús es el camino, la luz, la puerta del rebaño, y la resurrección. Únicamente a través de Él podremos dejar nuestras vidas imperfectas e ir hacia una vida de santidad. Por eso, en el bautismo, Él dotó a cada facultad de nuestras almas con una virtud infusa, para elevarse sobre su plano natural y lograr vivir en Él. Nos ha dado la virtud de la esperanza para llevar nuestra memoria e imaginación a un plano más elevado. La esperanza nos garantiza su amor y misericordia para calmar las memorias de un pasado pecador, y nos recuerda su tierna justicia para impedir que seamos orgullosos. Para llevar nuestro entendimiento a un plano más elevado, nos ha dado la fe. Es la fe la que levanta la mente finita, provista únicamente de un poder limitado de razonamiento, a las alturas de Dios, desde donde observa los misterios escondidos, del mismo modo que un niño se queda absorto ante las perfecciones de su padre. Para llevar nuestra voluntad a un plano más elevado, nos ha dado el amor Es el amor lo que acicatea nuestras voluntades para emprender actos heroicos, para sacrificarse y para gozar en medio del sufrimiento y la persecución. La muerte y la resurrección de Jesucristo nos merecieron la gracia a cada uno de nosotros. La gracia, la participación divina de su naturaleza, eleva nuestras almas del plano natural al plano sobrenatural. Del mismo modo que nuestra vida natural es un don de Dios, así mismo es un don de Dios este nuevo nacimiento en Cristo. Esto es algo que debe crecer día con día a base de aprovechar cada oportunidad de parecernos más a Jesús. Las facultades espirituales del cristiano deben ser llevadas a un plano superior. Si bien el cristiano cae frecuentemente, siempre está buscando unir su voluntad a la de Dios, y sabe sacar provecho incluso de sus fracasos. Las virtudes infusas están ahí, en forma de semilla, listas para que las reguemos con nuestros esfuerzos, para que puedan dar fruto en nosotros. No hay nada que temer cuando nuestras emociones parecen tomar el control de las cosas. En la medida en que nosotros sigamos esforzándonos por controlarlas, el mismo Jesús vendrá a nosotros y bendecirá nuestros esfuerzos con el éxito. La vida no es una utopía, sino un campo de pruebas en el que el cristiano debe utilizar todas las situaciones para su beneficio. Jesús dijo: "La gente me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí" (Mc 7,6). Hablar de nuestro corazón es hablar de nuestras emociones, y debemos entregar las facultades de nuestra memoria e imaginación al Padre para que esas facultades, creadas a imagen y semejanza de Dios, puedan engendrar a Jesús en nuestras almas. Para realizar esa tarea y cooperar con el Espíritu Santo en la renovación de dichas facultades, debemos ser capaces de ver todas las cosas a través de los ojos de la esperanza. Es la falta de esperanza la que hace que la memoria retenga nuestros resentimientos y que nuestra imaginación proyecte miedo en nuestro futuro. Nuestra memoria siempre nos va a hacer presentes gente y circunstancias de nuestro pasado, capaces de perturbarnos, pero mientras no atendamos deliberadamente esos pensamientos y les ayudemos a que tomen posesión de nosotros no caeremos en su poder. No importa qué clase de memoria pueda atemorizarnos, la esperanza nos asegura que Dios puede sacar bien del mal para aquellos que lo aman. Lo que impide que avancemos hacia la santidad es que hacemos demasiadas excepciones a esta regla. Sabemos que Dios está con nosotros en una circunstancia, pero dudamos de su providencia en la siguiente. Hay momentos de nuestra vida en que la memoria sencillamente se pone en blanco respecto a las anteriores intervenciones de Dios, o sobre el cariño que nos ha mostrado, y nos quedamos como náufragos en medio del mar de la vida. La esperanza es esa virtud por la que nuestra memoria recuerda el plan de Dios en nuestra existencia cotidiana. Nos da la habilidad para utilizar el reemplazo de memorias más positivas y reconfortantes. Las bienaventuranzas son consejos de esperanza que sirven de ayuda positiva en cada situación negativa. Convendría echar un vistazo a las bienaventuranzas para observar en qué forma actúan realmente como ejemplos de control de la memoria y fruto de la esperanza. Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Ser pobre de espíritu es estar desprendido de las cosas de este mundo pero, sobre todo, de uno mismo. ¡Cuánto control de nuestra memoria e imaginación se requiere para desprenderse! Nuestra memoria puede recordar éxitos pasados y la imaginación puede vivir en empresas del futuro, que serán tan exitosas como las del pasado. Esas facultades nos pueden despertar el hambre de los honores, la gloria, las riquezas, pero no por Él, sino solamente para nuestro propio beneficio. Podemos pasar horas recreándonos en nuestro propio valor, sin que nadie, ni siquiera Dios, pueda entrar en ese santuario del yo. Así es; podemos apegarnos tanto a nuestros talentos, éxitos, posición e insignificantes ambiciones, que llegamos a vivir en un mundo de sueños, en el que toda la población está constituida por mí y mi yo. Mas debemos aceptar el dolor del desprendimiento de las cosas terrenales, ya que la virtud de la esperanza nos recuerda la recompensa que nos corresponderá si nos controlamos en este mundo. Nosotros tenemos puesta la mirada al frente pero no en el país de los sueños, sino en el mundo futuro. Podemos aceptar el sufrimiento del momento presente mientras miramos el gozo eterno. Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra. Si hay un área en el que la memoria y la imaginación pueden descontrolarse, es precisamente el de la ira. Nuestras iras siempre parecen estar justificadas, pero la mayor parte del tiempo no lo están. Nuestra memoria puede recordar injurias de hace 20 años, y nuestra imaginación nos describe la situación, embellecida con tantos recuerdos. Nos airamos y odiamos en el momento actual por algo que ocurrió hace mucho tiempo. Peor aún, podemos vivir y seguir viviendo por años en ese momento pasado de ira. Somos capaces de envolver nuestras almas y endurecer nuestros corazones hasta convertirnos precisamente en aquello que odiamos. Hasta podemos usar la Sagrada Escritura para justificar nuestro enojo, citando pasajes fuera de contexto. Y nos quedamos llenos de falsa seguridad, olvidando otros pasajes en los que se nos aconseja ser pacientes, amables, y hacer el bien a aquellos que nos odian. Nos apegamos a vivir en nuestro pequeño mundo de odios, satisfechos de nuestra propia complacencia. Y, súbitamente, una mañana nos levantamos y nos damos cuenta que estamos solos en nuestro pequeño mundo. No tenemos ni amigos ni enemigos. Hemos sido incapaces de amar para tener amigos, o nos ha faltado valor para tomar una posición sobre cualquier cosa que nos hubiera acarreado alguna enemistad. No obstante, la esperanza se acerca y nos dice que si controlamos nuestro temperamento, nuestra ira, los rencores del pasado y la amargura, todo ser humano sobre la tierra será un amigo. Incluso los enemigos, que nos hacen el servicio de darnos oportunidad de perdonar, al ofendernos han agregado joyas a nuestra corona. La esperanza impide que nuestra memoria e imaginación guarden resentimientos y nos garantiza que a pesar de que las cosas se vean muy negras, nuestra pequeña lancha es conducida por la mano de un Padre amoroso y omnipotente. Verdaderamente aligera nuestro corazón cuando algo nos perturba y nos hace ver a Dios detrás de los acontecimientos. Sí, el mundo entero puede ser nuestra herencia si podemos mantenerlo ahí donde pertenece: fuera de nosotros. Solamente entonces alcanzará su cima lo más profundo de nuestro ser para dar al mundo lo mejor de sí mismo. Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados. Jesús no solamente hablaba de compasión hacia aquellos que están en duelo, también hablaba de los que se arrepienten de sus pecados. El sentimiento de dolor por nuestros pecados pasados nos atrae el consuelo de Dios. Tal clase de dolor nace del profundo arrepentimiento de haber ofendido a Dios, quien no ha hecho por nosotros nada sino el bien cada momento de nuestras vidas. Esta clase de dolor es desinteresado. Está centrado en Dios. Pero ¿cuántos de nosotros tenemos esa clase de dolor? Nuestra memoria está colmada de dolor por nuestros pecados pasados, pero que no nace del amor sino de la culpa. No estamos tan preocupados por haber ofendido al Padre amoroso, sino temerosos del castigo. A veces, nuestros motivos de dolor son incluso menos que el miedo al castigo. Nos avergonzamos de pensar que fuimos capaces de cometer tales pecados, y si esos pecados fueron públicos, la culpa nos atormenta más aún. Este sentido de culpabilidad es egoísta y le quita su gloria a Dios. No hay pecado, ni suma de pecados, que sea mayor que la infinita misericordia de Dios, y nuestro dolor debe centrarse en Dios, no en nosotros mismos. Este es un terreno en el que la memoria y la imaginación pueden provocar serios desórdenes si no somos cuidadosos. Debemos poner en práctica la virtud de la esperanza que el Señor nos ha dado para controlar esas facultades. La culpa por pecados anteriores puede crear una sombra de fatalidad e intranquilidad a cada momento. El pasado puede torturarnos con sentimientos de culpabilidad tan fuertes que en nuestras mentes Dios se transforma en un juez terrible y los atributos paternales y amorosos de Dios quedan asfixiados bajo las brasas ardientes del temor y la desesperanza. En Pedro y Judas tenemos un buen ejemplo de las formas correcta e incorrecta de usar los recuerdos de pecados anteriores. La negación es una forma de traición, y la traición es una forma de negación, y por ello podemos afirmar que tanto Judas como Pedro negaron y traicionaron al Señor. Si bien ambos cayeron, cada uno reaccionó a su caída de manera diversa. Pedro se levantó hasta el plano de la esperanza y fue consolado por el mismo Señor. Judas, hundido cada vez más en su memoria e imaginación, y habiendo perdido la esperanza, rechazó elevarse sobre sí mismo hacia Dios. El recuerdo de su pecado hizo a Pedro humilde y dependiente de la misericordia del Señor. El recuerdo de su pecado centró a Judas sobre su propia maldad y perdió la esperanza. Pedro lloró amargamente porque había ofendido a Maestro tan bueno, y esa bondad lo ayudó a arrojarse a los brazos abiertos de la misericordia infinita. Judas les gritó a los fariseos que él había traicionado sangre inocente, pero su énfasis estaba en sí mismo y en lo que había hecho. A él le incomodaba su conciencia, no el Señor. Había fracasado en su negocio barato y ya sólo pensaba en devolver el dinero. La memoria de Pedro le hizo revivir su pecado, pero la esperanza lo utilizó como escalón hacia Dios. Él estaba seguro del perdón del Maestro porque el Maestro era Dios. Entre más se entregaba a sí mismo a lo único necesario en esta vida: el servicio de Dios, Pedro salía más beneficiado por esa caída. Su caída lo protegió contra el orgullo, y su humilde corazón fue capaz de hacer maravillas por el Reino. Judas, empero, centró todo su dolor en sí mismo y lo único que obtuvo fue un remordimiento carente de esperanza. Su memoria e imaginación lo dominaron de tal modo que no pudo creer en la misericordia de Dios. Había vivido tanto tiempo en el plano emocional que no tenía esperanza, y finalmente, se desesperó. Si bien puede ser que no perdamos la esperanza como Judas, muchos de nosotros desperdiciamos el tiempo viviendo sobre nuestros pecados pasados y dejando que el dolor de esos pecados crezca hasta convertirse en un remordimiento angustioso que llenas de tristeza nuestras almas. Pedro tenía esperanza y nunca más negó a su Maestro. Judas perdió la esperanza y se destruyó a sí mismo. Nosotros debemos utilizar nuestros errores pasados como oportunidades para lograr cosas mejores; ellos nos han enseñado a depender de Dios y no de nosotros mismos. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. Lo que Jesús nos está diciendo es que cuando decidimos vivir una vida santa, ese deseo será satisfecho. También nos dice que nuestra memoria e imaginación deben tener hambre y sed de Dios y de sus perfecciones para poder quedar satisfechas. Si nos contentamos con alimentar esas facultades con los desechos que tiramos a los puercos, llegará el momento en que nos sentiremos morir de hambre en medio de la abundancia. El hambre de Dios se pierde fácilmente por intentar racionalizar todos nuestras acciones y buscar excusas para no orar, ni leer libros espirituales, ni escrutar la Escritura Sagrada. Nuestra memoria únicamente recordará aquello con que nosotros la alimentemos, y nuestra imaginación sólo visualizará las cosas que llenan nuestro corazón, porque donde esté nuestro tesoro ahí estará también nuestro corazón. Es muy importante que sepamos discernir lo que vemos y oímos, porque lo que vemos y oímos se parece a los recipientes que tenemos en los estantes de nuestra memoria. Cada de vez en cuando tomamos un recipiente de ese estante y lo miramos. Si está lleno de comida descompuesta, y nuestra memoria e imaginación se alimentan de ella, llegarán a sentir hambre y a enfermarse. Una dieta permanente de alimento para mascotas nunca podrá nutrir un cuerpo humano, ni una dieta permanente de pensamientos mundanos y deseos podrá nutrir y satisfacer nuestra memoria e imaginación. Nuestra memoria, hecha a imagen del Padre, sólo puede alimentarse de cosas que le sean agradables a Él. Solamente podrá fortalecerse cuando se alimenta de la misma fuente de donde vino. Hacemos una gran injusticia a Dios y a nosotros mismos cuando tratamos nuestra memoria como si fuera el basurero que se llena con los desechos del mundo. Debemos hacer todo esfuerzo posible para tratar esas facultades con el debido respeto; ellas nos hacen un gran servicio y tratarlas mal nos destruye. La búsqueda de Dios y el recuerdo de nuestras ofensas pasadas y debilidades presentes son el medio por el que la esperanza nos enseña una de sus cualidades más hermosas: la habilidad de perseverar a base de hacer intensamente lo que nos toca, sabiendo que Dios también hará su parte. Debemos procurar leer libros buenos, ver y escuchar aquello que eleve nuestras mentes a planos superiores, y decir palabras de las que no nos avergonzaríamos en su presencia. Todo cuanto vemos y oímos queda grabado en nuestra memoria, listo para animarnos o perturbarnos en cualquier momento. Si tenemos hambre y sed de las cosas de Dios, nuestra memoria se alimentará del pan del cielo y quedaremos saciados, porque se llenará del alimento que dura hasta la eternidad. Bienaventurados los misericordiosos, porque a ellos se les mostrará misericordia. El recuerdo más difícil de controlar es el de las ofensas presentes o pasadas, en especial el de las ofensas injustas. Podemos aceptar que alguien a quien hemos ofendido nos responda con palabras de enojo, simplemente porque hemos hecho infeliz a alguien a quien no queremos. Pero si alguien nos hace o dice algo que consideramos injusto o inmerecido, lo archivamos en nuestra memoria, en un lugar muy especial. A ese lugar lo titulamos "ira justa". Casi nos enorgullecemos de justificar nuestro enojo diciéndonos a nosotros mismos y al mundo entero que es correcto y verdadero. Mientras tanto, nuestra memoria se entristece cada vez más por el alimento que recibe, y nuestra imaginación arma un expediente tan convincente en contra de esa persona que la misericordia y la compasión ceden su lugar a la severidad y la injusticia. Nos enredamos de tal modo en nuestras propias heridas que nos hablamos más que de verdad y justicia, y por tratar de justificarnos nos negamos a perdonar y olvidar. ¡Es tan fácil culpar a otros de nuestra incapacidad de ver a Dios en todo! No cuesta trabajo ver una injusticia en cada ofensa que recibimos. Nuestras pasiones se desencadenan para hacer frente a cada ocasión, pero rechazamos como algo irrealizable la idea de controlarlas a base de recordar las palabras de Jesús que aconsejan ser misericordiosos del mismo modo que los demás son misericordiosos con nosotros. Parecemos poseídos de un ímpetu incontrolable por llamar pan al pan y vino al vino, y nos deleitamos en repasar viejas heridas, como un caballero que recuerda sus victorias. Sí, el mundo se debe enterar que hemos sido injuriados, y ello de algún modo minimiza nuestro dolor. Pero, ¡qué precio tan caro se paga por tan pobre consuelo! Cada vez que revivimos una injuria pasada, ésta roe nuestros corazones y se roba un poco más de amor. Y, cuando menos lo pensamos, nos encontramos fríos, suspicaces, incapaces de perdonar y llenos de lástima por nosotros mismos. Jesús estaba consciente de eso cuando nos dijo que diario perdonáramos setenta veces siete. Sin capacidad de perdonar, nuestra memoria e imaginación quedan arrinconadas en la parte más pequeña de nosotros mismos, incapaces de respirar el aire fresco del amor y la libertad. Es como si esas facultades fueran apretujadas en una pequeña jarrita, con la tapa del odio tan apretada que se crea un vacío de egoísmo y muerte espiritual en nuestras almas. Nuestras potencias del raciocinio quedan prisioneras y nuestras voluntades se tienen que atrincherar en la línea de la menor resistencia. Es entonces cuando nos convertimos en barquillas zarandeadas por una tormenta en el mar. Cualquier habilidad que tuviéramos de poder analizar la situación objetivamente se pierde en el laberinto de confusión que crean las emociones sin control. Y de nuevo, la esperanza acude a socorrernos. La esperanza nos asegura que no es importante que sepamos con certeza quién hirió a quién, ni porqué. Lo único que importa es que cojamos el momento para imitar a Jesús. La esperanza no borra el dolor, porque la parte más difícil no es necesariamente el sentirse herido. La parte difícil de las ofensas no es tanto la ofensa en sí misma sino nuestra incapacidad de encontrar alguna razón de haber sido ofendidos. ¿Cuál es el objetivo de los enemigos, los insultos, las persecuciones y personalidades difíciles? Aquí es donde la esperanza nos eleva a un plano superior, porque nos asegura que a pesar de que hemos fallado, o de que nos han insultado, todo ello ha pasado por la mente de Dios y lleva su sello de aprobación. Pues ¿cómo puede uno ser misericordioso, o perdonar, si no hay nadie a quien perdonar? Una vez más, la esperanza ve oportunidades más que ofensas y desarrolla dentro de nuestras almas un hermoso espíritu de comprensión misericordiosa; de comprensión de la pobre, débil y caída naturaleza humana. Dios ama tanto un corazón misericordioso que a su memoria e imaginación les regala una calma y serenidad nunca antes soñadas. El alma verdaderamente puede orar por, y hacer el bien a sus enemigos tal como Jesús ordenó, porque sus facultades están libres. El mismo Dios justificará a esa alma, ya en esta vida ya en la otra, de modo que no tenga que entrar en un torbellino de memoria e imaginación mientras actúa de juez, fiscal y jurado. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. La pureza del corazón es un tema muy amplio y abarca muchas facetas de la vida cotidiana. Significa que Dios ocupa el primer lugar en nuestras vidas. Significa una mente limpia, y significa tener altas metas y valores espirituales. De nuevo nuestra memoria e imaginación pueden construir o destruir completamente nuestra unión con Dios. Ya hemos mencionado cómo Jesús nos advirtió sobre la lujuria en nuestros corazones: "Si un hombre mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón" (Mt 5, 8). También nos dijo que ahí donde estuviera nuestro tesoro, ahí estaría nuestro corazón. Ello nos indica el grado de énfasis que Jesús ponía sobre las emociones, entendidas como fuente de daño si no se guardan bajo control. Las personas que alimentan su memoria y su imaginación con películas pornográficas y libros sucios están cometiendo un suicidio lento. Lo más triste de todo eso es que, como sus sentidos están involucrados, generalmente no perciben el peligro. Es algo semejante a la pobre gente que viajaba en el Titanic. Estaban comiendo, bebiendo y bailando mientras se acercaban más y más a un iceberg gigantesco que les esperaba para desfondar el seguro casco sobre el que danzaban. Inesperadamente se acabó la diversión. La realidad los encontró cara a cara sobre las aguas congeladas. Lo mismo ocurrirá con aquellos que utilicen las maravillosas facultades de memoria e imaginación como botes de basura, cuyo olor molesta a todos menos a sus dueños. Están tan obsesionados con sus sentimientos que no pueden ver el glaciar que destruye todo el amor de Dios que hayan podido tener. Frecuentemente hablan de amor, pero no es más que una chispita en una noche muy obscura. La lujuria no es el único vicio que puede poseer el corazón del hombre. Las empresas mundanas que buscan la gloria personal también pueden destruir nuestros corazones. El hombre puede abusar de su imaginación y no lograr jamás quedar satisfecho con las posesiones que acumule. Su mente puede estar tan llena de ambición por las cosas, el dinero, la gloria y el honor, que para obtenerlas robará, mentirá, y engañará. Se imagina a sí mismo haciendo grandes cosas, y mientras se esfuerza orará a Dios, haciendo mil promesas de lo que hará por Dios cuando sea rico y tenga poder. Pero también sus promesas, como sus sueños, son imaginarias. Son simples trucos de una imaginación sobrecargada, lista para engañar hasta a Dios. Las mentiras nacen de la imaginación, y si las guardamos en la memoria se convierten en realidades. En una ocasión Jesús les dijo a los fariseos que se parecían a su padre, el Diablo, que es el padre de la mentira. Eran hombres orgullosos, cuya memoria e imaginación los había inflado hasta el punto en que comenzaron a creer que eran los hombres más grandes del mundo. Una imaginación sobrecargada puede convertir nuestra vida en una mentira perpetua. Podemos vivir en un mundo de fantasía, sin encarar jamás la realidad, siempre tratando de ser lo que no somos. La esperanza nos ayuda a elevarnos por sobre esa fantasía, a base de recordarnos que, así podamos desear en este mundo las cosas más hermosas y amables, nada se puede comparar con lo que viene. Nos da el valor para hacer todo el esfuerzo necesario para vencer el letargo que nos maniata y nos hace soñar en construir castillos sin tener que pegar un ladrillo. La esperanza nos eleva a un plano superior y nos permite perseverar en la conquista de un corazón puro en pensamientos y acciones. Los pensamientos y deseos pueden perseguirnos como moscas en un pantano, pero la fe hace soplar una suave brisa que impide que a nuestras almas y corazones se acerque nada que no sea Dios. Él nos ha mostrado el camino, y atamos nuestra memoria e imaginación al ancla de la esperanza, para que se queden firmemente quietas durante las tormentas de la vida. Bienaventurados los pacificadores porque ellos serán llamados hijos de Dios. El Señor no dijo que son bienaventurados los que están en paz, sino los que construyen la paz. Seguramente que cuando estamos en paz somos bendecidos por Dios, pero el buen Dios nos decía que hay que hacer un esfuerzo: debemos construir la paz dentro de nuestras propias almas. Debemos construir la paz, lo cual implica un esfuerzo de nuestra parte. La paz no es el resultado final de tener todo en perfecto orden, sin que nada nos moleste. Si hemos de construir la paz quiere decir que la paz no nos pertenece aún. La paz no se parece a nada de lo que hacemos. Tenemos ideas, planes, recursos y esfuerzos, y con ello logramos hacer desde un pastel hasta un edificio de oficinas. Como cada persona tiene diferente temperamento, con sus virtudes y defectos inherentes, cada cual debe construir la paz de modo distinto. Pero sin importar el temperamento del que se trate, definitivamente todos debemos controlar nuestra imaginación y memoria. La gente pierde la paz por sus pecados y errores pasados, por las ofensas, fracasos y sueños sin realizar. El miedo del futuro, de la enfermedad, de la vejez, de la pérdida económica y de la belleza también nos hacen perder la paz. ¡Es tan fácil ver qué importante es la esperanza en nuestras vidas! Dios nos ha otorgado esta virtud revitalizadora para calmar nuestros temores, para tener una explicación en cada tragedia inexplicable, para darnos gozo, para ponerlo a Él sobre todas las cosas, y para percatarnos que somos simplemente peregrinos en marcha hacia la casa, y que las cosas feas de la vida son solamente parte del camino. Cuando depositamos nuestro corazón y nuestra alma en las cosas, vivimos en miedo perpetuo de perderlas, y experimentamos una especie de vacío ante el solo pensamiento de que se nos quiten. Y sin embargo, esta misma pérdida forma parte del proceso de crecimiento de la esperanza en nuestros corazones. Se nos muestra, de modo por demás gráfico, que todo en este mundo es pasajero; son recordatorios de que así pasa la gloria de este mundo. Cuando permitimos que la imaginación se rebele y la memoria nos traiga recuerdos de la gloria pasada, nuestras almas se ven arrastradas a una constante confusión, desgarradas entre lo que queremos ser y lo que somos. Debemos reconciliar esas verdades: lo que éramos, lo que deseábamos ser y lo que somos. Una vez que la esperanza logra hacer eso obtenemos la paz. La esperanza pone nuestros deseos en las manos de Dios, quien es eterno e inmutable. Nos hace enfrentar la realidad con alegría. Ve todo bajo la luz de la eternidad. Los pecados del pasado sirven para mantener la humildad, no para perder la esperanza. Las glorias del pasado sirven para mantener la confianza, no el orgullo. Los fracasos del pasado sirven como puntos de referencia para nuestras habilidades, no como despeñaderos para perder el valor. La esperanza tiene la habilidad de usar todo: bueno, malo e indiferente, como oportunidades para lograr una mayor santidad. Se mantiene vibrante e ingeniosa para ayudar a nuestras pobres almas a permanecer sobre nosotros mismos, elevándonos a planos superiores. Sí, podemos conservar la paz en nuestras vidas, y en la vida de otros, si perseveramos sacando bienes de los males y haciendo lo posible por elevar a nuestro prójimo por sobre las cosas que le empañan su paz, teniendo el valor para cambiar lo que puede ser cambiado, y esperar que otros cambien lo que nosotros no podemos. La esperanza no intenta evadir la realidad, fingiendo que alguna situación no constituya algo serio, o alegando que se trata de algo frívolo o volátil. La esperanza despierta nuestra memoria e imaginación a la realidad, y les permite encontrar causas y remedios visibles e invisibles. Sin esperanza sólo vemos un lado del asunto, el lado patético, pero con esperanza vemos también el lado positivo. Vemos razones y soluciones, y cada vez poseemos más seguridad de que Dios va a mejorarlo todo. San Pablo perdió su paz en una ocasión, y parecía que se había evaporado toda la esperanza que pudo haber tenido. Todo se le juntó y de repente el futuro le pareció desesperanzador. Él llamó a esta oscuridad del corazón: "un ángel de Satán" (2 Cor 12,7). El hombre que tan elocuentemente había hablado de pelear un buen combate, que había mostrado tanto celo por el honor de Dios y de su gloria, que se había regocijado de ser hallado digno de sufrir un poco por el Reino, ese hombre, sí, se deprimió tanto que no podía practicar lo que predicaba. Siempre había sido fuerte, siempre había hallado una solución para los problemas de los demás, podía ver la mano de Dios en sus perseguidores, y ver cómo Dios sacaba bienes de los males, pero ese día sólo veía oscuridad; el fuerte Pablo se había debilitado. Era algo que él nunca antes había experimentado. Tres veces le pidió a Dios que lo liberara de ese sentimiento de fracaso y depresión. Pero la respuesta que recibió no fue la que él había esperado. Su memoria e imaginación le habían traído de vuelta todos sus sufrimientos del pasado y le proyectaban cosas peores para el futuro. Sólo había una solución para ese problema: liberación. Debía detener todo sufrimiento y persecución o no podría seguir adelante. Jesús respondió a su oración y le dijo: "Te basta mi gracia. Mi gracia se experimenta mejor en la debilidad". Ahora Pablo había descubierto un nuevo concepto de santidad. Lo que lo haría santo no era aumentar su propia fuerza, sino utilizar la gracia de Dios en su debilidad. Sin importar lo que le hayan dicha su memoria y su imaginación, ni lo oscuro que estuviera el futuro, o qué tan débil se encontrara, él podría ser fuerte por la gracia de Dios y no gracias a su fortaleza hercúlea. De hecho, era su propia debilidad el fundamento sobre el que Dios habría de hacer cosas maravillosas. Era gracias a la fuerza de Dios que Pablo podría continuar su trabajo a pesar de los insultos, las dificultades, persecuciones, agonías y de su propia debilidad. (2 Cor. 12,10) De ahí en adelante él podría utilizar aquellas cosas que le habían servido de obstáculos como objetos de esperanza. Podría presumir que él había sufrido y de que había sido débil para que la fuerza de Dios fuera glorificada en él. Pero ¿qué clase de fuerza era aquella que le ayudaría a vencer el desánimo, la tristeza y la depresión? ¿Qué clase de fuerza era aquella que se notaba más en medio de la aflicción que de la felicidad? ¿Qué clase de fuerza podría aquietar su imaginación y su memoria y hacer posible que se elevara hacia la paz y la serenidad? ¿Qué clase de paradoja era aquella: fuerza que depende de la debilidad, debilidad que produce frutos de la fuerza? Para nuestro entendimiento humano todas las privaciones experimentadas por Pablo podrían ser cualquier cosa menos gracias. No era posible que viera algo bueno en sus aflicciones. Su memoria e imaginación se rebelaban ante esa dieta de frustración, aunque la esperanza lo protegía de la desesperación. El Señor estaba enseñando a su Apóstol en etapas graduales. El celo de Pablo lo empujó a perseguir a los cristianos, y ese mismo celo lo empujó a vencer cualquier tipo de poder una vez que se hubo convertido. Toda su actitud frente a las diversas situaciones de su vida, buenas o malas, tuvo que cambiar. La fe le exigía que él comenzara a pensar como Jesús, pero para ver todo a la luz de la fe él debía vivir en el plano de la fe. Sus convicciones eran fuertes, así que salió a convertir a la gente con el mismo celo con que la había perseguido. Sus emociones estaban en su nivel más alto cuando hablaba a quien quisiera escucharlo. Pero había algo que Pablo aún no había aprendido: a vivir de la fe. El hombre de las emociones tenía que ver a Dios y al pueblo de Dios de forma diferente. Tenía que aprender a usar sus emociones para expresar sus sentimientos, pero no para quedarse en ellos; él estaba llamado a vivir en Jesús, en la fe, en la comprensión de Jesús. Y a esta forma de vida no se llega por otro camino mejor que la debilidad. Echaremos un vistazo a esta nueva forma de vida y de pensamiento, y veremos cómo podemos parecernos a Jesús. TRATADO 3 Compartiendo Su Naturaleza a través del Bautismo A la "Memoria" se le concede Esperanza- lo que nos aleja de la desesperación, del desaliento y de la tristeza y nos protege de la presunción. Al "Entendimiento" se le concede la Fe- que nos permite darnos cuenta de la realidad invisible. A la "Voluntad" se le concede el Amor Sobrenatural- que nos permite unirnos a Dios en todo lo que realiza. SEGUNDA LLAVE – ENTENDIMIENTO Y FE El poder del hombre sobre la razón le eleva a un nivel cercano a los ángeles. No solamente sabe quién es, sino lo que es y este conocimiento le da dignidad y confianza en sí mismo. No camina por la vida sin ayuda, tiene el instinto. No sabe solamente cuando es hora de comer sino que puede cultivar, producir y preparar lo que come. No solamente responde a su nombre; conoce la personalidad, talentos, pecados, debilidades, caídas y éxitos de la persona que está tras su nombre- el mismo. Por lo tanto razona todo lo que le es presentado. Posee una vida intelectual-una vida invisible a los ojos de otros hombres pero real y activa. Sólo una pequeña parte de nuestros pensamientos los hacemos visibles mediante gestos, acciones o palabras. Todo un mundo de calma o tormenta, temor o coraje, oscuridad y luz, son experimentados en ese reino interior del intelecto. Se libran batallas – algunas se ganan y otras se pierden – en ese santuario interior. En verdad podemos decir que el noventa y cinco por ciento del hombre está dentro de él y solamente el cinco por ciento es visible al resto de los hombres. El intelecto es una facultad que es sublime y nos hace dueños de cualquier otra forma de vida de este mundo, pero a menos que sea elevada a un nivel superior, puede que lleve a grandes cosas a los ojos de los hombres pero siempre estarán limitadas en sus efectos sobre la humanidad. Debe haber algo que incremente sus aptitudes y capacidad. Tiene que haber Fe para aceptar a Dios. La Fe mantiene viva el darse cuenta de que existe un Dios. Tiene poder para llevar ese Dios a cada una de las almas que por Su gracia, se les concede el propio Espíritu Divino. Nos hace pensar como Dios. La Fe en Jesús eleva nuestro poder de razonamiento a un nivel de iluminación impensable con anterioridad. El entendimiento ya no depende únicamente de las cosas visibles, sino que penetra y desentraña lo invisible – las cosas de Dios – las cosas que los ojos no ven y los oídos no pueden escuchar. Ahora, ya no necesitamos nunca más ser arrastrados de un lado a otro por emociones y fuerzas que nuestras pobres almas no pueden dominar, podemos ver las cosas tal y como las ve El. La Fe, añadida a nuestro entendimiento, libera y conduce nuestras almas hacia esas regiones donde el aire es tan puro que sólo los libertos de trabas y pesadumbres pueden respirar. Nuestro intelecto, oscurecido y trabado por las pasiones, nublado por la ignorancia y sujeto por el orgullo, puede ahora vagar por la bóveda del cielo y hablarle a Dios cara a cara a través de la Fe. De este modo, nuestras almas tienen un refugio dónde poder soportar este valle de lágrimas. San Pablo encontró este lugar oculto cuando dijo: "Hay tres cosas que permanecen: La Fe, la Esperanza y el Amor" (1Cor.13:13). Nuestra Memoria e Imaginación son elevadas desde las profundidades por la Esperanza; nuestro Entendimiento es elevado al cielo por la Fe y nuestra Voluntad se une a Dios por el Amor. Tendremos que ser renovados y San Pablo nos lo recordó cuan dijo a los Efesios: "Debéis abandonar vuestro antiguo modo de vida; apartar vuestro propio ser que es corrompido por seguir deseos ilusorios. Vuestra mente debe ser renovada por una revolución espiritual para que podáis sustituirlo por un nuevo ser creado a la manera de Dios- en la bondad y santidad de la verdad" (Eph. 4:23,24) Jesús dijo que El era la Verdad y nuestro entendimiento debe ser renovado en El. Esta revolución espiritual tiene lugar en el momento que transformamos nuestras mentes y las elevamos mediante los dones que nos ha concedido. Con frecuencia es doloroso, siempre exige esfuerzo, planificación y oración pero el cambio merece la pena nuestro tiempo y sacrificio: seremos llevados al mismo Corazón de Dios en esta vida y a la gloria eterna en la próxima. La Fe en Cristo Jesús eleva nuestro entendimiento para que a través de él, como decía San Pablo, nos convertimos en "hijos de Dios…. Todos habéis sido bautizados en Cristo, por lo que habéis sido revestidos de Cristo." (Gal. 3:26,27) Nuestra mente finita, tan limitada por lo que ve, necesita la Fe para elevarla a esas regiones donde su contacto con la Divinidad Infinita transforma su manera de pensar y siembra luz donde todo está en oscuridad. A menudo, miramos la Fe como algo abstracto- la aceptación de una revelación que no podemos enteramente comprender pero para Pablo y para los primeros cristianos era mucho más, era algo vivo. Cambió sus vidas, sus mentes, sus corazones- les convirtió en hombres nuevos. Podemos imaginar a Pablo cuando escribió a los Corintios y dijo: "De ahora en adelante, por lo tanto, no juzgaremos a los que se rigen por la carne. A pesar de que nosotros conocimos a Cristo en la carne, no es como lo conocemos ahora y para cualquiera que pertenece a Cristo existe una nueva creación; el mundo tal y como lo conocíamos desapareció y ahora el nuevo está aquí. (1 Cor. 5:16,18). Es esta nueva creación, traída a nosotros por la Fe a nuestro entendimiento, la que debemos estudiar, a la que debemos mirar y en la que debemos crecer si deseamos ser renovados. Nuestro Entendimiento es renovado por nuestra Fe en Jesús. Esto significa más que una mera aceptación de Él como el Verbo de Dios encarnado sino que el Verbo debe morar por siempre en nuestro entendimiento- debe ser una fuente de agua viva e inagotable de luz. Vivir por esas palabras es Fe. Jesús mencionó la dirección que debe tomar nuestro entendimiento cuando dijo: "El que me ama guardará mis palabras, mi Padre le amará y vendremos y habitaremos en él" "Aquellos que no me aman no guardan mis palabras". "Si permanecéis en mi y mis palabras permanecen en vosotros, podréis pedir lo que queráis y lo obtendréis." (Jn. 14:23,24-15:7) Jesús incluso nos explicó que es esa misma palabra la que el Padre utiliza para podarnos. Después de explicar a sus Apóstoles que el Padre les podaría para que pudieran dar más frutos, les explicó cómo lo hacía. Él dijo: "De hecho ya estáis podados a través de mis palabras" (Jn. 15:3) Las palabras de Jesús habitando en nuestro Entendimiento y almacenadas en la memoria, mantendrán nuestras almas en paz. Jesús siempre se asombraba cuando sus Apóstoles flaqueaban en su Fe, cuando olvidaban sus palabras y señales dejándose dominar por el miedo. Olvidaban sus palabras y vivir por ellas. Jesús pedía Fe a todos-una Fe que surge desde la humildad. Debemos ser humildes para aceptar todo lo que Jesús nos dijo. Nuestra comprensión genera dudas en nuestros corazones porque no puede elevarse por encima de sus propias limitaciones pero una vez que está llena con la Fe, nada es imposible porque juzga todo por las palabras de Jesús y no por sus propias palabras. Para nosotros puede ser bueno mirar las Escrituras y ver como aquellos que siguieron a Jesús y lo pusieron en práctica crecieron en Fe. Desde el pecado parece haber una cosa que siempre arrastra nuestra alma a las profundidades, miraremos primero a un pecador y veremos como la Fe le guía a través de las profundidades. Jesús fue invitado a comer en una casa de un líder Fariseo. Había estado invitado a la fiesta, no por amor sino por mera curiosidad. Querían observar a este joven Rabí de cerca. Una mujer, cuya alma estaba abrumada por el peso del pecado, entró. Su memoria e imaginación debían haberla atormentado durante años con el peso de la culpa, conduciéndola más y más a peores pecados que la hicieran olvidar los más antiguos. Seguramente escuchó hablar del amable Maestro que comprendía y perdonaba. ¡El esfuerzo que debió soportar su alma cuando por primera vez pensó en pedir perdón! Su memoria debió remontarse a sus antiguos pecados con gran rapidez y su imaginación adornándolos hasta que pareció rodeada con el horror de la desesperación. Seguramente estas facultades no pararían ahí. Había vivido tanto tiempo en sus emociones que ellas lucharían por el control. Le pintarían un futuro sombrío sin los pecados que le habían proporcionado tanto placer pero seguramente le esconderían la desdicha que había acompañado cada momento de ese pasado pecador. Su pobre alma debió haber gritado en agonía de muerte cuando se esforzó en liberarse de las profundidades de la desesperación. No sabemos cuando aquella mujer oyó hablar del Maestro pero lo que escuchó debió darle una chispa de esperanza y esa chispa fue todo lo que necesitó para que el fuego del amor se encendiese. No importa lo que la imaginación y la memoria le dijesen, se aferró a Sus palabras de Amor y Compasión. Ella reemplazaría el recuerdo de sus pecados con la parábola del hijo pródigo. Cuando su razón le dijera que Dios nunca perdonaría sus pecados por ser tan espantosos, recordaría a la mujer que fue pillada en adulterio. Aquellas palabras resonarían en sus oídos: "¿Nadie te ha condenado?, tampoco yo te condeno: Vete y no peques más". (Jn. 8:10,11) A medida que ella luchaba en su interior, rayos de luz atravesaban la oscuridad y su entendimiento comenzó a elevarse por encima del fango de la suciedad y comenzó a respirar el aire fresco de la paz. Este también tenía que cambiar. Su memoria le decía que era inútil y su entendimiento le decía que era imposible pero el sonido de Su voz plantó la semilla de la Fe y la mirada de compasión de Su rostro le dio Esperanza. Comenzó a desechar el razonamiento humano y se adentró en las regiones desconocidas del espíritu- una región de la que sabía poco pero comprendía mucho. Ansiaba liberarse y el darse cuenta repentinamente de que El la perdonaría hizo que le buscase. Escuchó que había sido invitado a la casa del Fariseo y desechando cualquier consideración de respeto humano allí se dirigió. No miró a izquierda o derecha, allí se dirigió directamente en busca del Maestro. Se arrodilló a sus pies y al tocarlos la compasión fluyó hasta ella curándola como lo hizo con la mujer que tocó sus vestiduras. Sus numerosos pecados fueron perdonados y su lucha en contra de las humanas facultades fue recompensada; fue liberada. El alivio fue tan grande que comenzó a llorar y sus lágrimas cayeron abundantes sobre Sus pies. No tenía nada con qué secárselos excepto su lindo y abundante cabello. La belleza humana que había utilizado para atraer a los hombres la usaba ahora para secar sus lágrimas de contrición. Renovaría todo su ser- cuerpo y alma- cambiaría- se elevaría desde las profundidades a las alturas. No destruiría sus emociones sino que las reconduciría por los caminos de Dios. Glorificaría Su Compasión eternamente. Todos en el comedor la miraron con desdén- todos excepto Jesús. El conocía sus pecados pero también sabía de su lucha interior, de sus esfuerzos y deseos. Creyó en sus palabras de Misericordia y gracias a eso estaba allí. Rechazó creer y vivir sus propias palabras y pensamientos y decidió vivir por las palabras de El. No cometió el error en el que casi todos caemos. No, apartó a un lado su razonamiento finito, su imaginación desbordada y creyó en Sus palabras. Jesús la miró y dijo: "Tus pecados han sido perdonados. Tu Fe te ha salvado, ve en paz". (Lucas 7:48,50) Normalmente no pensamos en la Fe en relación al perdón de los pecados y aún así, la falta de Fe es la verdadera causa de tantos complejos de culpabilidad- complejos que amputan y destruyen vidas y felicidad. Algunas veces, antiguas culpas nos persiguen porque puede que hayamos ofendido a otros pero las palabras de Jesús, en las que la Fe se cimienta, nos dicen que Dios puede y transformará en bueno lo malo. Si hemos ofendido a alguien y expresado nuestro arrepentimiento pidiendo disculpas y la persona ofendida rehúsa perdonarnos, nuestra Fe nos dicta dejarlo en manos de Dios. El se ocupará. Tan sólo debemos orar por esa persona y liberar nuestro corazón de cualquier resentimiento. Eso es Fé. Vemos en los Evangelios que todos aquellos que buscaron el perdón eran, lo que podríamos llamar, "grandes pecadores". No hay nada que nadie, hoy en día, pudiera hacer que aquellos hombres y mujeres no hubiesen hecho antes. La diferencia entre ellos y nosotros no es lo espantoso o la enormidad del pecado, sino nuestra Fe. Ellos le oyeron decir: "No son los sanos los que necesitan médico, sino los enfermos. Ir y aprended el significado de las palabras, ´Lo que necesito es compasión, no sacrificio` y en verdad os digo que no vine a llamar a los justos, sino a los pecadores." (Mateo 9:12,13) Estas palabras echaron raíces en las almas de estos pecadores; vivieron por ellas y fueron perdonados y liberados. Hoy, todavía las leemos pero preferimos vivir por nuestras propias palabras- palabras nacidas de un intelecto finito e inmisericorde en el que la Verdad no está en nosotros- están en Jesús. Porque nuestro entendimiento está tan limitado, nos resulta difícil creer que Dios perdona y olvida. Tendemos a juzgarle por nuestros parámetros y olvidamos que la sabiduría de los hombres es necedad para Dios. Jesús nos dijo que por el rasero que midiésemos seríamos medidos. Esto son palabras vivas que deben ser experimentadas, no únicamente leídas y olvidadas. No podemos aplicar la justicia a nuestro vecino y la misericordia a nosotros mismos. Y con respecto a la misericordia podríamos decir de todas las demás virtudes. Debemos vivir nuestras vidas siguiendo sus palabras y ejemplo. Esto es vivir por la Fe pero nuestras propias emociones y razonamientos son, con frecuencia, contrarios a Su razonamiento y Voluntad. Podemos ver esto en la explicación que Jesús dio a sus Apóstoles con respecto a la parábola del sembrador. Les dijo que "cuando alguien escucha la palabra sin comprenderla, el maligno viene y se lleva lo que estaba sembrado en su corazón". En otras palabras, la Buena Nueva fue almacenada en sus memorias (corazón) pero nunca alcanzó su entendimiento. Nunca la estudiaron, la razonaron o empezaron a vivir por ella, por lo que al diablo le resultó fácil sacarla completamente de sus mentes sustituyéndola por otros pensamientos, imaginaciones y deseos. Continuó: "El que la recibe en terreno rocoso la echa a perder: la escucha y la recibe con alegría pero no puede echar raíces en él, no perdura; deja que venga alguna tribulación o persecución por haberla recibido y caerá inmediatamente". Aquí tenemos a alguien que no solamente almacenó la Palabra en su memoria sino que encontró gran gozo en ella pero esta alegría es puramente emocional; su aceptación de la Palabra es por su cualidad emocional. Ser amado por un Gran Dios le daba un sentimiento de Esperanza, alegría y seguridad. Esta clase de hombre juzga la eficacia de la Palabra enteramente por sus sentimientos y hará todo lo que esté en su mano para mantener esos sentimientos en un elevado nivel. Esta clase de piedad en realidad la podemos llamar el "opio del pueblo". Dios es utilizado como un tranquilizador o anestésico que emborrona la realidad o la vida. Porque la Palabra nunca alcanza su entendimiento, previamente elevado por la Fe, esta clase de hombre cae tan pronto como una prueba o una persecución se presenta. La razón de esto es porque cualquier clase de sufrimiento, bajo cualquier forma, se lleva sus sentimientos. Su Entendimiento, todavía operando en un nivel natural, no encuentra explicación alguna para pruebas o cruz. Son puras tonterías para él porque en su mundo emocional ha imaginado las pruebas que Dios le enviaría y se ve así mismo atravesándolas en un resplandor de gloria. Imaginarse portando la cruz y siguiendo al Señor se ha convertido en su mente solamente en otro nivel de emoción, no en un silencioso sacrificio a Dios. Desgraciadamente o tal vez, afortunadamente, las pruebas que surgen en su camino son muy diferentes a lo que su humano razonamiento había proyectado. Se le ha dado una oportunidad de elevarse al nivel de la Fe mediante la aceptación de unas pruebas que no comprende. Consecuentemente, cuando aparece cualquier sufrimiento que no puede explicar o que no puede acometer con la gloria, la atención o la comprensión del lugar que ocupa en su vida, se cae de esta fe recién encontrada. Trató de poner fe en su nivel de memoria e imaginación pero no encajó. Como pez fuera del agua murió. Jesús continúa relatándonos otro tipo de persona: la que recibe la Palabra entre zarzas. Dice de tal hombre: "Oye la Palabra pero las mundanas preocupaciones y la atracción de las riquezas ahogan a la Palabra y no da fruto." Aquí es donde un gran porcentaje de la humanidad vive, en lo que a la vida con Dios respecta. Es en esta área donde nuestras almas corren un serio peligro. La razón es que ambos, preocupación y deseo de riquezas parecen ser parte y parcela de la vida diaria. Difícilmente existe una sola persona viva que no tenga una legítima razón para preocuparse, ni tampoco hay muchos de nosotros que no crea que una forma de vida más confortable nos vendría bien. Cuando el Señor describió esta categoría de humanidad, apartó el confortable cojín de excusas sobre las que nos habíamos apalancado durante tanto tiempo. Para nuestra consternación, tiró de él bajo nosotros con casi un aire de disgusto y nos dijo sin rodeos que "no producimos nada". Por lo menos el hombre de la primera categoría no entendió la Palabra y el segundo la recibió durante un tiempo, pero aquellos que permiten que la preocupación y las ambiciones mundanas ahoguen la Palabra parecen ser más deliberados en nuestras acciones y más conscientes de nuestras opciones. Permitimos que nos dominen. Cuando nuestra memoria e imaginación están bajo completo control, comenzamos a racionalizar nuestras ambiciones y preocupaciones hasta que aparentan ser legítimas y necesarias; entonces es cuando comenzamos a ahogar a Sus palabras y revelaciones y echarlas fuera de nuestras mentes. Pasamos a estar tan absortos en aquello que aparentemente es justo y bueno que podemos pasarnos la vida entera distraídos. Buscamos soluciones y vías de escape a nuestros problemas pero nunca buscamos la respuesta en Dios. Nuestra relación con Él es tan irreal que nos parece tan lejos y de otro mundo que ponemos en duda que nos conoce y nos ama. ¿Por qué insistimos en la necesidad de preocuparnos? Llegamos tan lejos de incluso denominarlo "responsabilidad" pero en el fondo de nuestros corazones sabemos que no se trata de una preocupación responsable sino de una falta de confianza en la Divina Providencia. El hablar de nuestros problemas con Dios es una forma de oración. También es una ocasión para vaciar nuestra memoria e imaginación de las cosas superfluas que se han ido acumulando. El Señor desea que hablemos con El de nuestros problemas, desengaños, aflicciones y sufrimientos. Sobre esto no hay nada que sea lo suficientemente grande ni demasiado pequeño. Está profundamente interesado en cada parte de nuestras vidas y desea compartir cualquier preocupación con nosotros. Por eso, está en Su Voluntad que acudamos a El con nuestras necesidades. Para hablarle a Dios de ellas tenemos que sacarlas de nuestras mentes y ponerlas en la de El. Pero hay un punto en el que la mayoría de nosotros fallamos. Después de que se las hemos dado a Dios inmediatamente después se las volvemos a quitar y la carga se convierte en más pesada y más insoportable. Nuestra memoria e imaginación, ayudadas por nuestro natural razonamiento nos dice que somos nosotros los que debemos realmente solucionar este problema por nosotros mismos. Es cierto que con frecuencia debemos hacer movimientos planificados para ayudar a solucionar esos problemas, pero eso pertenece a la categoría de la acción. Preocuparse no es hacer- es no hacer nada sino estar llenos de pensamientos negativos- pensamientos que minan toda esperanza de nuestra memoria y toda la Fe de nuestro entendimiento. De hecho, la preocupación ahoga la Palabra de nuestra mente y nos abandona a nosotros mismos. A pesar de que gritamos a Dios pidiendo ayuda, rehusamos dejar marchar a nuestros problemas. Nos aferramos a ellos como a una manta de seguridad que eventualmente nos cubrirá hasta la muerte. El ansia de riqueza es otro peligro que cuelga con un aire de legitimidad. Jesús usó la palabra "codicia" porque como un cebo artificial se bate para incitar a los peces, así la riqueza incita al hombre a alcanzar falsas esperanzas y placeres. Un pez, mirando un cebo artificial colgando del anzuelo de un pescador, está bajo la impresión de que lo que ve es real, apetitoso y satisfactorio. El pescador ha invertido mucho en crear esa impresión y no le importa estarse sentado durante horas batiendo su cebo, esperando a que el pez que no sospecha, pique. Uno que esté al lado en la costa observando tal escena se da perfecta cuenta de lo que va a tener lugar-igual que el pescador. El único inconsciente de las consecuencias reales de su próximo movimiento es el pez y cuando se quiere dar cuenta, es demasiado tarde. Jesús es el observador en la costa de la vida y nos está avisando de que no nos acerquemos al cebo que cuelga de la caña del maligno. Debemos estar por encima de las preocupaciones y de las posesiones innecesarias para poder mantener nuestra memoria limpia y suficientemente claro nuestro entendimiento para escuchar Su Palabra y vivir por ella. Si no lo hacemos no obtendremos más que ansiedad y frustración. Es en el relato de Mateo de la parábola del sembrador donde encontramos un interesante añadido. Dice: "y el que recibió la semilla en tierra fértil es el hombre que escucha la palabra y la comprende; es el que invierte la cosecha y obtiene un ciento, ahora sesenta, ahora treinta". Pero hay otras veces, cuando incluso a pesar de que comprendemos, todavía dudamos y nos retiramos. Entonces es cuando producimos el sesenta por ciento. Y también, hay otras veces cuando las circunstancias y nuestras mentes finitas unen esfuerzos y nos dicen que este problema o dificultad es imposible y que incluso Dios no nos puede ayudar pero de alguna manera nos agarramos a un hilo de Fe y nos apañamos para sobrevivir y sobrellevar el treinta por ciento del fruto. ¿Qué nos hace retirarnos y permitir que nuestro razonamiento humano se apodere de nuestras vidas tan completamente? Parece haber una única respuesta a esa cuestión y la respuesta es- la falta de humildad. Si no podemos comprender completamente los Misterios de Dios no los aceptamos y cuando no los aceptamos no pueden pasar a ser parte de nuestra vida cotidiana. Se convierten en meras creencias que a duras penas aceptamos porque necesitamos algún tipo de muleta o las rechazamos porque están por encima de nuestro razonamiento. Algunas veces jugamos y aceptamos algunas revelaciones mientras que desechamos otras que no nos convienen. Utilizamos ese mismo poder de razonamiento, por el que aceptamos algunas revelaciones, para auto-convencernos y desechar el creer en otros misterios Fe exclusivamente. Por ejemplo, sabemos que Dios todo lo puede, pero nuestra forma de razonar humana nos dice que ahora no quiere, o no puede. Sabemos que Dios nos ama, pero nuestro intelecto no puede entender Su amor y atención personal por lo que pasamos a ser otro grano de arena de la playa. Sabemos que Dios es omnipresente y especialmente presente en nuestras almas a través de la gracia pero como nuestra comprensión no consigue comprender del todo el "como", continuamos nuestro camino como si El no estuviese. Sabemos que hay un Dios porque cada efecto ha de tener su causa pero como nuestro entendimiento no puede explicar un poder que es puro espíritu, preferimos llamarle "Naturaleza". Achacar toda la creación a la Madre Naturaleza es hacer descender a Dios a nuestro nivel sensitivo dónde podemos competir con El en igualdad de bases pero ninguna de estas bases es de igualdad, sino de orgullo por nuestra parte. Nos apañamos para mantenernos a distancia de elevarnos al de la Fe porque insistimos en pelear un combate con nosotros mismos manteniéndonos dentro de los estrechos límites de nuestras propias mentes. Recordamos cuando El dijo que deberíamos perdonar setenta veces siete cada día, pero aplicamos esto sólo cuando nosotros somos los que tenemos que ser perdonados. Nuestro razonamiento humano nos dice que esto es imposible cuando alguien nos ofende con tanta frecuencia. Recordamos cuando nos dijo que deberíamos amar a nuestros enemigos y devolverles mal por bien pero nuestro intelecto nos dicta que no podemos amar a alguien que nos odia- es pedir mucho- no es razonable. Recordamos cuando nos dijo que debíamos amarnos los unos a los otros del mismo modo en que el nos amó pero el pensamiento de este mandamiento es, posiblemente, una de las pocas veces que reconocemos una importante verdad porque desechamos completamente el mandamiento diciendo, "No podemos hacerlo porque Dios nos ama con un Amor Infinito y nosotros somos finitos". Si, claro que lo somos, pero admitimos esa verdad en el lugar y el tiempo equivocado. Recordamos ahora cómo nos hablaba de Su Padre en el cielo y que El se iba allí a prepararnos un sitio, pero nuestro entendimiento humano nos racionaliza fuera del cielo porque se niega a elevarse así mismo hasta la región de Dios y de los espíritus puros- un lugar dónde sólo la Fe puede entrar durante esta estancia terrestre. El razonamiento humano puede calmar nuestras emociones durante un tiempo y a pesar de ostentar el fruto del autocontrol, este es un autocontrol centrado- control en lo que respecta al ser humano-en mostrarse de cara a la galería. Lo que es tenido por control sólo nos conduce a una forma más sutil de egoísmo y orgullo. No nos cambia para estar dentro de Jesús; meramente controla nuestras emociones dejando todavía nuestro entendimiento al nivel del natural. Sólo cuando nuestro entendimiento es elevado por la Fe en Jesús cambiamos y nos convertimos en hijos de Dios y herederos de su reino. La fe nos proporciona un nuevo nacimiento. Aparta nuestra antigua manera de pensar y adopta una nueva forma. Ponemos nuestras mentes en Cristo, como San Pablo nos urgió a hacer. Como cristianos no solamente creemos, pensamos y vivimos por esas creencias. Razonamos y comprendemos por Su rasero, no por el nuestro ni por el del mundo. Vemos los acontecimientos, la gente, decepciones, pruebas y sufrimientos bajo una nueva luz. No sólo tenemos Fe, sino que vivimos por ella. Viviendo en esta luz somos liberados de un gran peso y pasamos a ser libres para poder respirar el aire de la alegría y de la libertad porque ya hemos comenzado a vivir en El. El cielo pasa a ser cualquier lugar en el que El se encuentra y a pesar de que vivimos en un mundo físico, también vivimos en uno espiritual que está en nosotros y es interminable. Ya que estamos compuestos de cuerpo y de alma debe de haber armonía entre estas dos vidas. Uno debe ayudar al otro hacia la felicidad en esta vida y en la otra. Si ponemos demasiado peso en la espiritual, corremos el riesgo de volvernos fríos, estoicos y despreocupados. Si ponemos demasiado énfasis en la física nos volvemos egoístas y codiciosos. Vemos en Jesús la balanza perfecta entre lo físico y lo espiritual y en ella, esta armonía que buscamos. Nuestras pasiones y deseos deben estar sometidos a nuestro poder intelectual, de manera que no seamos agitados de un lado a otro como un barco sin timón en una tormenta. Por otro lado, si ignoramos la parte física de nuestra naturaleza, corremos el riesgo de matar al hombre antiguo en lugar de renovarlo y hacer que renazca. Renacer en el espíritu es vivir en un plano sobrenatural. Debemos puntualizar que la palabra "sobre" significa elevado, exaltado. Por eso, cogemos lo que tenemos-naturaleza humana- y con las virtudes de la Fe, Esperanza y Amor, elevamos lo que es y siempre será humano y finito, a un nivel superior- un nivel de participación dentro de una vida más alta y más sublime que la propiamente nuestra. Aunque nuestra naturaleza humana, con todas sus debilidades inherentes, siempre está con nosotros, podemos, de manera calmada y consciente, elevarla a un plano más alto y más feliz. Nos damos cuenta que en la parábola del sembrador, Jesús nos habla de la "tierra fértil" en la que cae la semilla y de la que saldrán frutos diversos. Para que la tierra sea fértil debe tener las propiedades necesarias para que la cosecha sea fecunda. Necesita fertilizante y debemos mantener mínimas a las persistentes malas hierbas. Y lo mismo pasa con nuestras almas. El poder de Dios es mayor en la debilidad. Nuestras almas son ricas en imperfecciones que nos mantienen en constante agitación. Podemos usar esa tierra rica como un montón de estiércol al que vamos arrojando pecado a pecado o podemos mantener la tierra sembrada y usar el fertilizante de nuestras debilidades para cultivar el último fruto para el Reino de Dios. A nuestra naturaleza humana Dios ha añadido los ingredientes de la Fe, la Esperanza y el Amor para producir una abundante cosecha, pero si nosotros no ponemos el esfuerzo del cultivo y la siembra, el enemigo sembrará más y más malas hierbas. Al rico terreno se le agotarán sus ingredientes y se convertirá en tierra estéril. Dios es el sembrador y nosotros los jardineros. El ha sembrado la Virtud de la Esperanza en nuestra memoria, la Fe en nuestra comprensión y el Amor en nuestra voluntad. Como buenos jardineros, usamos nuestra debilidad para crecer en virtud arrancando la mala hierba del pecado que disminuye nuestro fruto y arruina la belleza de nuestro jardín. Jesús nos contó esto cuando dijo: "Es para la gloria de mi Padre el que deis muchos frutos y entonces seréis mis discípulos". (Juan 15:8) San Pablo se dio cuenta de esto cuando dijo que haría de su debilidad su especial alarde, para que el poder de Cristo pudiera permanecer sobre él (2 Cor. 12:9). El utilizó su debilidad para crecer en la imagen de Jesús. Puso cuidado, no obstante, en que esas debilidades no trajeran consigo cosecha de pecado. Sus fracasos curaron su orgullo y le hicieron depender más y más de Dios. Llegamos ahora a una faceta de la vida cristiana que encontramos difícil de comprender y armonizar: debilidad y santidad – lo ridículo transformado en sublime- lo muy humano transformado en divino. Antiguamente la gente en el pasado representaba a los santos como de otro mundo, carentes de emociones, indiferentes y carentes de pasiones y debilidades humanas- seres extraordinarios puestos aparte por Dios para llegar a un estado sobrenatural inalcanzable por el resto de la humanidad. Nada puede ser más falso. La verdadera diferencia es que ellos usaron estas debilidades y nosotros tratamos de destruirlas. Encontramos, no obstante que tan pronto creemos que hemos superado una debilidad, o bien resurge otra vez, u otra ocupa su puesto. Entonces nos desalentamos y abandonamos la lucha dándola por perdida. Tratamos de luchar contra enemigos invisibles y debilidades con armas visibles y este es con frecuencia nuestro primer y último error. Cuando nuestra memoria trae de vuelta alguna experiencia pasada desagradable, nos sentamos como si estuviésemos frente a un televisor y disfrutamos de ello. Lo vivimos y revivimos hasta que sale de un modo tan desproporcionado que quedamos enredados en una red de fantasías. El convocar pasadas ofensas es una debilidad de nuestra naturaleza humana. Poseer esas debilidades no es lo malo que tenemos. El éxito o el fracaso reside en cómo las manejamos y la forma en que las manejamos determinará la fuerza o la debilidad que esa fragilidad llegará a tener. Si consecuentemente nos damos por vencidos, esa debilidad nos controlará. Si la superamos la conquistaremos, a pesar de tal vez, nunca podamos destruirla. Sentir enfado no es lo que molesta a Dios, es ceder ante la ira y dejar que el sol se ponga en nuestro enfado de manera que envuelva nuestra alma. Cuando el Espíritu Santo nos dijo que no permitiéramos que el sol se pusiese estando enfadados nos estaba dando un plan. Debemos dejar descansar a nuestra memoria antes de retirarnos a dormir cada noche. Debemos hacer re |