Tres llaves para el Reino


 

Tabla de Contenidos

Tratado primero
Cómo son las cosas

Tratado segundo
La Primera Llave – Memoria – Esperanza

Tratado tercero
La Segunda Llave – Entendimiento – Fe

Tratado cuarto
La Tercera Llave – Voluntad – Amor
El Camino – La Memoria de Jesús
La Verdad – El Entendimiento de Jesús
La Vida – La Voluntad de Jesús

Tratado quinto
La Llave Maestra
La Llave Maestra según cada facultad
La Memoria
El Entendimiento
La Voluntad


TRATADO PRIMERO

EXISTEN TRES PERSONAS EN UN SOLO DIOS

El Padre engendra al Hijo – El Espíritu procede de ambos

EXISTEN TRES FACULTADES EN UNA SOLA ALMA

La Memoria alimenta el Entendimiento – La Voluntad es alimentada por ambas


CÓMO SON LAS COSAS 

Como seres humanos, somos criaturas de emociones, criaturas de habilidades intelectuales y criaturas con el poder de llevar a cabo cosas.

Algunas personas dedican su tiempo y sus pensamientos a sentir, escuchar, mirar, oír, y no son capaces de aceptar todo lo que no pueda ser sentido o experimentado. A este tipo de personas las conocemos como "emocionales".

Algunas personas dedican su tiempo razonando y pensando acerca de todo, y de este modo, no aceptan nada que no pueda ser totalmente comprendido. A estas personas las llamamos "intelectuales".

Otras personas tienen un solo objetivo en la vida, y éste es hacer lo que quieren, cuando quieren y se lo imponen a los demás. A estas personas las conocemos como "dominantes".

Cada una de estas personas busca a Dios a su modo, y así los emocionales buscan la consolación de Dios, más que a Dios mismo.

El orgulloso intelectual busca el conocimiento de Dios, pero nunca lo conoce, porque no puede aceptar aquellos misterios que no puede comprender completamente.

El dominante busca a Dios y lo ama siempre y cuando este último haga su voluntad. El dominante no puede aceptar un "no" de Dios.

La mayoría de nosotros ondula entre estas tres clases de personas durante la vida y nunca logramos conformarnos con Jesús.

El Cristianismo es un Camino de Vida, y demanda un cambio de corazón y de mente. Implica una lucha de largo aliento para poder cambiar nuestras emociones, nuestra forma de pensar y nuestra forma de actuar.

Podemos relacionar nuestras emociones con respecto a Dios o a nuestro prójimo, y de este modo mientras miramos en nuestra memoria para ver como podemos cambiar, nos damos cuenta de su rol, sus debilidades y fortalezas.

Y lo mismo ocurre con la Voluntad. Conocemos muy bien la fuerza de nuestra voluntad y la de los demás. Ella ha sido ocasión de éxito y fracaso, de alegría y dolor, en nuestra vida cotidiana. Y así debemos entender nuestra Voluntad y ver su rol, sus debilidades y fortalezas.

Pero todo esto no es tan cierto con respecto a la Inteligencia. Cómo entendemos, juzgamos, discernimos, y nos hacemos opiniones, es un misterio, un misterio porque la misma facultad que nos hace entender las cosas no puede comprender cómo lo hace.

Le añadimos Fe a nuestro Entendimiento, y le damos luz para ver cosas que están más allá. La Fe es algo que poseemos pero que tampoco podemos explicar.

Y cuando decimos que debemos ser humildes para tener una profunda Fe, le añadimos un ingrediente que parece repugnante, a algo que ya de por sí es difícil de explicar.

Así, cuando llegamos a la facultad de nuestra alma que llamamos Entendimiento, tenemos que excavar un poquito más hondo de modo que las semillas sembradas puedan llegar a la capa fértil de un nuevo pensamiento.

Nuestro Cristianismo cambia y nos lleva de la tristeza a la alegría, de la oscuridad a la luz, y de la esclavitud a la libertad. Debemos encontrar el camino hacia esta "revolución espiritual" de modo que podamos ser libres de nosotros mismos y vivamos en Él y por Él. Debemos ser testimonio del Cielo en la Tierra para un mundo triste, de Paz en medio de la Tormenta, de Alegría en medio del Dolor.

Y por eso debemos estudiar nuestra Memoria, no para cavar sino para desarraigar.

Debemos estudiar nuestro Entendimiento, no para comprender sino para saber utilizarlo.

Debemos estudiar nuestra Voluntad, no para perderla sino para redireccionarla.


TRATADO SEGUNDO

Hechos a su Imagen
Nuestra Memoria se asemeja al Padre – así como el Padre se conoce, nosotros nos conocemos a través de nuestra memoria.

Nuestro entendimiento se asemeja al Hijo – así como el Hijo es la imagen perfecta de su Padre, así nuestro entendimiento es la imagen exterior de lo que recordamos.

Nuestra voluntad se asemeja al Espíritu – así como el Espíritu es el amor y el poder que proceden del Padre y del Hijo, así nuestra voluntad es motivada por el amor y cumple todo aquello que la memoria y el entendimiento le dan a desear.


LA PRIMERA LLAVE: MEMORIA – ESPERANZA

No fueron pocas las veces que los apóstoles encontraron las palabras de Jesús difíciles de entender y se lo dijeron. Pero durante la Última Cena, cuando Jesús habló de su Padre y del Amor personal que el Padre tenía por Él, empezaron a entender.

Jesús los miró y les dijo, "Finalmente, ¿creen?, Escuchen, tiempos vendrán, y ya estamos en ellos, en los que serán dispersados, cada uno se irá por su lado y me dejarán solo. Y sin embargo, no estaré solo, porque el Padre está conmigo. Les he dicho esto para que encuentren paz en mí. En el mundo tendréis tribulación, pero ánimo, yo he vencido al mundo." (Jn 16 32-33)

Sus primeras palabras después de la resurrección fueron "¡La Paz esté con vosotros! ¿Por qué se turban, porque dudan en su corazón? (Lc 24, 37-39)

¿Por qué se decepcionó de la falta de fe de sus discípulos? Parecería, al menos a simple vista, que los apóstoles tenían todo el derecho de estar tristes y agitados.

Su Señor les había sido quitado, había sido torturado y crucificado. Sus recuerdos acerca de su bondad y amabilidad solo turbaban y amargaban más sus corazones.

Sus imaginaciones solo proyectaban para el futuro temor, y una sensación de desesperanza había tomado posesión de sus almas.

Recordaban como habían pensado que Él los libraría de la tiranía y ahora todo había terminado.

¿Qué había pasado con estos hombres para que Jesús les tenga que preguntar acerca de su tristeza? ¿Por qué se asombró de su falta de paz?

Durante toda su vida pública, Jesús les había pedido que crean en Él, que confíen en Él, y que permanezcan con Él. Aparentemente, no hicieron ninguna de estas cosas cuando la prueba llegó, si no, Él no habría cuestionado su turbación.

Al leer las Escrituras da la impresión de que los apóstoles eran hombres de gran ambición y de gran imaginación.

Llegaron a comprender, por sus signos, que Jesús era el Señor, pero su concepción acerca del Mesías era materialista y algo egoísta.

Solían discutir acerca de quien era el primero, y Santiago y Juan decidieron estar a su derecha y a su izquierda en su futuro Reino.

Se alegraron del poder que Jesús les había dado, y se imaginaron a sí mismos sentados sobre doce tronos juzgando las doce tribus de Israel.

Por tres años habían escuchado sus palabras, pero en repetidas veces admitieron que no entendían sus parábolas.

Se negaron a creer en los sufrimientos que habría de padecer a pesar de que Jesús se los había revelado de antemano. Incluso, en una ocasión, Pedro trató de disuadirlo de ir a Jerusalén y Jesús lo llamó Satanás.

Es obvio, al observar estos incidentes, que aunque tuvieron la gracia de creer en su Filiación Divina, no lo hicieron hasta que tuvieron que encontrarse con la Fe.

Empezaron a vivir en un nivel emocional, un nivel en el que sus vidas diarias eran guiadas por sus recuerdos y sus imaginaciones. Dejaron de usar sus facultades, vivieron en sí mismos.

Cuando vivimos nuestra vida diaria inmersos en nuestras facultades, vivimos en nosotros mismos y no en Dios.

Nosotros vivimos en estas facultades:

Cuando acunamos resentimientos y no queremos perdonar y olvidar.

Cuando nos preocupamos del mañana al extremo de quedarnos paralizados en el momento presente.

Cuando buscamos sólo placer en todas las cosas, sin preocuparnos de las necesidades de los demás.

Cuando el habitual desánimo ante nuestros errores se torna tristeza depresiva.

Cuando el recuerdo de nuestros pecados pasados se transforma en complejo de culpa.

Cuando el deseo de tener éxito se torna codicia y falsedad.

Cuando el deseo natural de ser amados se torna suspicacia y lujuria.

Cuando la necesidad de descansar y relajarnos se torna engreimiento en la comida, la bebida y la recreación.

Cuando la necesidad de ser necesitados nos vuelve celosos y posesivos.

Sí, cuando estas hermosas facultades se vuelven los amos y señores del templo de nuestra alma, corremos el peligro de convertirnos en esclavos en nuestra propia casa, prisioneros, atados de pies y manos, agitados hacia delante y atrás "como una caña sacudida por el viento".

En una ocasión Jesús le preguntó a la multitud qué esperaba encontrar en Juan el Bautista – ¿Una caña sacudida por el viento? – No. Juan era un profeta cuya voluntad estaba unida a la de Dios y cuya vida siguió su razón y no la variabilidad de sus sentimientos. Era Señor de su propia casa y usaba sus emociones en el momento y lugar adecuados. El Espíritu del Señor podía servirse de él para avergonzar a Herodes y para invocar al pueblo a que se arrepienta. Él hizo ésto con toda la emoción de aquél que es enviado por Dios, e hizo uso de sus facultades para la gloria y el honor de Dios.

Somos humanos y entendemos nuestras emociones, porque representan ideas y metas que muchas palabras no pueden representar. Esta es la razón por la cual nos fueron dadas y debemos usarlas para la gloria y el honor de Dios.

Debemos poner estas facultades a nuestro servicio de modo que vivamos una vida más plena, pero nunca debemos llegar el punto de perder el control.

El verdadero peligro se cierne cuando usamos estas facultades para amar con ellas, porque entonces corremos el riesgo de amar con un amor egoísta. Solo amaremos a aquellos que nos aman, y nuestros enemigos o aquellos con los que tenemos poco en común no recibirán nuestro amor.

Solo amaremos a los que nos sirven de algo, y de ninguna forma amaremos a aquéllos que por alguna u otra razón no son capaces de cumplir con nuestras demandas. Es más, los ignoraremos o trataremos con frialdad.

Las cosas que excitan nuestra imaginación y nuestras pasiones serán nuestro objetivo, y entonces nos arriesgaremos a debilitar nuestra voluntad y a actuar de una manera irracional.

Vivir según estas facultades en vez de usarlas significa que seremos sacudidos hacia delante y atrás en un perpetuo balancín. Un día estaremos sobre las alturas de la alegría y el siguiente en las profundidades de la desesperanza.

Mientras permitamos que nuestra vida sea regulada por estas facultades, nunca poseeremos la paz que Él nos dejó. El mandamiento del amor hacia nuestro vecino, de la misma forma en que Dios nos amó, será simplemente imposible de cumplir.

El cristiano no pretende verse a sí mismo libre de ningún problema o sufrimiento. Los afronta con la frente en alto, y siente su golpe, pero se eleva por encima de ellos, hacia el nivel de la fe y la confianza. Él se sabe una maravilla a ser contemplada y acepta la vida y todas sus pruebas con paz y mansedumbre.

Somos humanos y tenemos sentimientos, sentimientos que no podemos rechazar o negar. Cada uno de nosotros es diferente, pero todos seguiremos comiendo y bebiendo toda nuestra vida, riendo, llorando, alegres y tristes, saliendo victoriosos y fracasando. Pero no importa lo que hagamos, todo debe ser hecho para mayor gloria y honor de Dios y para el bien de nuestros hermanos.

Tenemos a Jesús como modelo en el uso de sus facultades. Lo vemos en su vida pública recibiendo insultos e ingratitudes una y otra vez, y sin embargo, siempre fue señor de sí mismo y de su alma. Se mantuvo en paz y nunca dejó que el recuerdo de las ingratitudes pasadas interfiera con su bondad en cada momento.

Aunque sabía exactamente qué le aguardaba, no permitió que su imaginación le trajera miedo y rechazo a su alma.

Él podía mirar a la multitud y conocer el pensamiento de cada persona, y aún así seguir hablando de amor y compasión a los pocos que le entendían.

Él hizo uso de estas facultades para el fin por el cual le fueron dadas, y durante su agonía y su muerte, nunca se dejó sacudir por la envidia y el odio hacia sus enemigos.

Utilizó sus emociones para la gloria y el honor del Padre y para nuestra edificación.

Fue el sentimiento de compasión el que lo llevó a resucitar al hijo de una viuda.

Fue el sentimiento de dolor el que lo hizo llorar al enterarse de la muerte de Lázaro. Lloró sobre Lázaro aunque sabía que en unos momentos lo habría de revivir de la muerte haciendo uso de su poder.

Utilizó el sentimiento de ira para echar a los cambistas y vendedores del Templo y para pronunciar las siete imprecaciones sobre los fariseos.

Sí. Él era hombre y usó sus emociones como siervos, para expresar amor, preocupación, simpatía. Manifestó su ira con respecto a las injusticias que sus criaturas cometían entre ellas, pero nunca vivió según estas facultades.

Qué diferente era Él de sus apóstoles. Ellos vivieron con Él lo suficiente como para entender, pero sus memorias e imaginaciones todavía no eran sus siervos, y por ellos se vieron turbados en muchas ocasiones por cosas muy tontas, como aquella en la que discutieron sobre quién era el primero.

Será provechoso ver a algunos de estos primeros discípulos y aprender de sus errores.

En el Huerto de los Olivos Jesús le pidió a Pedro que rezara para no caer en la tentación, pero las Escrituras nos dicen que Pedro estaba tan apenado por la idea del sufrimiento y la muerte que habría de padecer su Maestro, que se quedó dormido.

Era comprensible que Pedro se sintiera preocupado y atribulado por lo que iba a suceder. Es tan difícil ver sufrir a los que amamos. De hecho, a esta preocupación la llamamos compasión. Pero Pedro no utilizó sus emociones para dedicarse a la oración y la meditación. Permitió que estas emociones tomaran posesión de él y lo pusieran triste al punto de caer en la desesperanza.

Empezó a sentirse desconsolado y desesperanzado y se fue a dormir para huir del dolor y borrarlo de su memoria. Falló cuando la prueba sobrevino porque su Fe no fue fortalecida por la oración y la compasión.

Jesús, por otra parte, también había sentido miedo ante el sufrimiento que habría de venir, pero no vivió según ese miedo ni un solo momento. A pesar de que el miedo era lo suficientemente fuerte como para hacerlo sudar sangre y pedir que le fuera quitado el cáliz, se levantó sobre él y vivió según su entendimiento, presentándose a sí mismo la necesidad de esta hora para la redención de la humanidad y la conformidad de su voluntad con la del Padre.

En muchas ocasiones nos enseñó que no debíamos preocuparnos del mañana, porque preocuparse es proyectar un sentimiento de desesperanza con respecto al futuro. Es un mal uso de nuestra memoria e imaginación. (Mt 6, 33)

Él sabe que debemos planear nuestro futuro pero sin preocuparnos. Dios nos ha dado una serie de talentos a cada uno y espera que le rindamos cuenta del uso que le hemos dado. El uso de estos talentos generalmente implica planear proyectos que sirvan a la humanidad, pero incluso en estas circunstancias Él tampoco quiere que nos preocupemos.

Debemos usar los talentos que hemos recibido según el máximo de nuestras capacidades y dejarle los resultados a Dios. Nos quedamos en paz al saber que él valora nuestros esfuerzos y que su Providencia se hará cargo de los frutos de esos esfuerzos.

En otra ocasión Jesús dijo: "Si un hombre mira a una mujer con ojos impuros, ya ha cometido adulterio en su corazón." (Mt 5, 28) Este es un perfecto ejemplo del mal uso de nuestra memoria e imaginación.

Nuestra imaginación es fuertemente influenciada por nuestros sentidos. Nuestros ojos ven, y una imagen se imprime en nuestra memoria. Nuestra nariz huele y nuestra boca se hace agua con el aroma. Nuestros oídos escuchan, y nos asustamos o llenamos de calma ante el sonido. Nuestra lengua gusta, y nos gozamos en la variedad de alimentos que deleitan nuestro apetito. Nuestro sentido del tacto puede hacernos sentir cálidos ante el abrazo de alguien querido o temblar de frío cuando enfrentamos el viento.

Todos estos sentidos afectan nuestra memoria y nuestra imaginación y juntos hacen que nuestra vida se pueda disfrutar y sea soportable y agradable. Son buenos, y han sido diseñados por Dios para llenar nuestra vida de belleza, alegría y solaz. También nos advierten cuando hay algún peligro, como cuando tocamos la flama de un fósforo y sentimos dolor. Nos recuerdan que debemos comer cuando sentimos que nos duele el estómago, y remueve nuestro corazón cuando contemplamos la belleza de un atardecer.

Estas facultades nos sirven a través de una especia de sentimiento de temor, algo así como una intuición que nos advierte ante el peligro del dolor. La memoria de habernos resbalado en una vereda resbalosa nos hace caminar con cuidado mientras nuestra imaginación revive aquella ocasión tan vívidamente que podemos incluso sentir nuevamente el dolor de la caída.

De todas estas formas nos sirven estas facultades, pero si las utilizamos mal, como en el caso del hombre que mira a la mujer con lujuria, entonces hacemos que dichas facultades se tornen contra Dios, el Supremo Dador, y también se tornen contra nosotros mismos. Las usamos para fines malévolos y olvidamos completamente su propósito original para nuestras vidas.

Es cierto que no siempre podemos prevenir las rápidas y abundantes imágenes y pensamientos que llegan a nuestra mente, pero podemos prevenir el deleite que nos puedan sugerir, y las ocasiones en las que se dan. Y esto era lo que Jesús nos advertía cuando hablaba de aquel hombre que "miró" a la mujer. Era un acto deliberado para excitar su memoria y su imaginación para malos propósitos.

Debemos recordar que consentir es finalmente vivirlo, y de este modo el hombre aquél ya había cometido adulterio en su corazón.

El principio "Cómo puedo saber si no he probado" ha sido causa de grandes males en nuestras vidas. Una jovencita trata de probar drogas sólo para sentir sus efectos, y desajusta de tal modo sus facultades que llega a ser casi imposible reestablecer su balance.

Y así sucede con cualquier otro mal. Si en todo lo que pensamos es en cómo satisfacer nuestros sentidos del gusto, nos convertimos en glotones. Si deseamos experimentar todo lo que la vida nos ofrece sólo para experimentarlo, entonces nos corremos el riesgo de llevar estas facultades a un nivel de vida casi animal. Nuestra voluntad se vuelve tan débil que vivimos llevados por nuestros instintos en vez de vivir como seres humanos inteligentes.

Podemos vivir tanto según estas facultades que llegamos al extremo de encender el fuego de nuestro odio con la más mínima provocación. Podemos alimentar este fuego con la paja de ofensas pasadas hasta que el viento de nuestra imaginación se lo lleva y somos destruidos por la furia del odio y la amargura.

Incluso nuestra vida de oración y nuestras buenas obras pueden ser vividas según nuestras facultades, según la imaginación por ejemplo, y en vez de usar la memoria para recordar algún incidente o hecho de la vida del Señor para imitarlo, nos buscamos métodos para pregonar nuestras buenas obras y nuestra vida espiritual de modo que atraigamos la atención de los demás.

Jesús nos advirtió que seamos cuidadosos de no mostrar nuestras buenas obras ante los hombres para atraer su atención. El quería que fuéramos testimonios de su poder en nuestras vidas a través del buen ejemplo, pero el motivo debía ser siempre su honor y gloria, no solo el anhelo de atraer la atención hacia nosotros mismos.

Nos dijo que nuestra mano izquierda no debía saber lo que hacía la derecha. En otras palabras debíamos ser cuidadosos de que nuestra memoria no refuerce tanto el recuerdo de nuestras buenas obras de modo que nuestra imaginación nos golpee la espalda con un maravilloso, pero maravilloso sentimiento de que somos muy buenos. (Mt 6, 1.4)

Nuestra memoria debería, en este caso, traer a nuestra mente la Bondad de Dios para con nosotros, y nuestra imaginación debería ser usada sólo para inventar nuevas formas de ayudar a los demás en sus pruebas y necesidades. No solo para complementarnos a nosotros mismos de modo que queramos quedar bien ante los hombres.

Esto también es cierto en nuestra vida espiritual. Jesús nos recomendó no imitar "a los hipócritas que rezan de pie en el Templo y en las esquinas para que la gente los vea". (Mt 6, 5-6) Inventar modos de rezar para que los demás nos vean y piensen que somos santos es un gran trabajo imaginativo, y la memoria de las realizaciones del pasado nos empujará hacia mayores alturas de insensatez.

Nuestra memoria y nuestra imaginación pueden ser usadas de un modo maravilloso en nuestra vida de oración pero el énfasis debe estar puesto en Dios, no en nosotros mismos. Desde que todas las cosas están presentes ante Dios, podemos usar la memoria para recordar algún incidente en la vida de Jesús, y luego nuestra imaginación puede ponerlo en escena de modo que lo veamos en nuestras mentes.

Podemos recordar a Jesús sentado en una roca en una noche fría, descansando de un día lleno de tensiones. Nuestra imaginación puede dibujarnos corriendo hacia sus brazos, sentándonos a su costado, y tomando su mano en las nuestras para darle consuelo.

Una vez que nuestra memoria nos ha hecho tal servicio, nuestro entendimiento y nuestra voluntad pueden sacar a la luz nuestra fe y nuestro amor. Luego podemos hablarle como se hablan dos amigos.

Nuestro entendimiento y nuestra voluntad son áreas solo conocidas por Dios y por nosotros. Solo Dios sabe la luz que poseemos y la dirección de nuestra voluntad, y por eso Jesús dice, "Pero cuando vayan a rezar, retírense a su habitación, y cuando hayan cerrado la puerta, recen a su Padre, que está en lo escondido, y su Padre que lo ve todo os recompensará." (Mt 6, 5-6)

Esa "habitación privada" la constituyen nuestra voluntad y nuestro entendimiento, y debemos cerrar la puerta de nuestra memoria y nuestra imaginación para que no nos turben con el pasado o el futuro, y clamar por atención mientras nos vamos a un lugar secreto con el huésped prometido de nuestras almas.

Debemos vivir en oración en ambas áreas, en el entendimiento (lugar donde reside el Padre) y en la voluntad (lugar donde reside el Amor).

Es en nuestra fe y en nuestro amor en donde Dios reside y en donde Dios reside con nosotros. No podemos permitir que nuestra memoria disturbe nuestra comunión con Dios, haciéndonos recordar errores del pasado, ni debemos dejar que nuestra imaginación exagere esos errores de modo que nos sintamos indignos de poseer tal amistad amorosa con Dios.

Podemos utilizar mal estas facultades de manera tal que un manto de tristeza nos cubra y debilite toda alegría así como el poder de nuestra razón y nuestra voluntad.

Tenemos un ejemplo de esto en los discípulos de Emaús (Lc 24, 13-35). Vieron al Maestro torturado, crucificado, y muerto de una muerte ignominiosa, y nada estaba en sus planes de liberación para Israel.

En su decepción decidieron marcharse de Jerusalén, escenario de sus frustraciones y de su esperanza perdida. Aunque todo parecía perdido, hicieron algo que los salvó –siguieron hablando del Maestro. Quizás podríamos llamar a aquel hecho una especie de "oración de queja".

Jesús se acercó y las Escrituras nos dicen que, "algo les impidió reconocerlo" (Lc 24, 17) Había dos razones por las cuales no lo reconocieron: la primera es que su cuerpo glorificado había adquirido una nueva condición, su apariencia externa había cambiado. En segundo lugar, su memoria e imaginación estaban ciegas y su inteligencia ciega había debilitado su fe. Sus mentes estaban atormentadas por la idea de la esperanza perdida.

Este es un perfecto ejemplo de ceguera espiritual. Es posible estar tan abatido y en una actitud de desesperanza que ya no podemos ver la respuesta a nuestros problemas, incluso cuando la respuesta se encuentra delante nuestro.

Podemos quedar absorbidos de tal modo por estas dos facultades que nuestro entendimiento ya no es capaz de razonar claramente. Los discípulos se quedaron en el doloroso pasado, y su imaginación les proyectaba un futuro sin esperanza.

Cuando Jesús se acercó, no estaban listos para verlo. Este es un nivel del cual la mayoría de la gente no pasa. Se quedan siempre en un pasado infeliz y ante un supuesto miserable futuro.

Su única esperanza se apoyaba en el hecho de que muchos de ellos continuaban rezando, así como muchos discípulos continuaban hablando de Jesús a pesar de su tristeza.

Antes de poder verlo, Jesús los elevó al nivel de la fe, tuvo que liberarlos de ellos mismos de modo que no sólo hablaran de Él sino que también vivieran en Él. Sus mentes completas tendrían que ser absorbidas en Él. No era suficiente hablar de Él en un tono desesperanzado.

Esta es la forma en la que muchos de nosotros rezamos. No vivimos según nuestros pensamientos en Cristo, solo hablamos de Él en un tono rutinario e incrédulo porque nuestras peticiones no son escuchadas del modo que imaginamos.

Jesús nos pide fe, y durante toda su vida buscó aquella fe que creía porque confiaba, y confiaba porque amaba.

Cuando Jesús se acercó y les preguntó de qué hablaban, se impresionaron y les llamó la atención de modo que le respondieron en un tono algo impaciente, "¿Es que eres la única persona que no sabe lo que ha sucedido estos días en Jerusalén?" (Lc 24, 18)

Cuando vivimos en nuestros recuerdos, no podemos entender porque los demás no pueden compartir nuestros sentimientos. Nuestro mundo está ocupado por el pasado y tan lleno de nosotros mismos, y nuestra razón para estar tristes es tan clara, que no podemos entender por qué los demás no sienten lo mismo que nosotros. Si esa memoria está llena de odio hacia una persona en particular, no podemos creer como alguien puede querer a dicha persona. Si está llena de tristeza, no podemos imaginar a nadie alegre. Si está llena de resentimiento, no podemos creer que haya alguien compasivo. Si está llena de amargura, no podemos creer que alguien pueda ser bueno.

Como los discípulos que caminaban a Emaús, somos tanto intolerantes como impacientes con todos los que no viven en el mismo mundo en que vivimos.

Jesús les preguntó qué les había hecho estar tan tristes. Mas como ellos vivían en el pasado, le respondieron en tiempo pretérito.

"Esperábamos", le dijeron, "que Él sería aquel que ha de liberar a Israel".

Ellos habían esperado. En otras palabras, ellos ya no esperaban. Su muerte sólo les demostró que Él no era aquél a quien ellos esperaban.

Una vez que los discípulos perdieron la esperanza, su entendimiento quedó totalmente confundido, como lo muestra su siguiente afirmación. "No sólo eso", continuaron, "ya han pasado dos días desde que aconteció todo eso y algunas de las mujeres de nuestro grupo nos han alarmado: fueron a la tumba temprano en la mañana y, al no encontrar su cuerpo, regresaron y nos dijeron que habían visto a unos ángeles quienes les dijeron que Él estaba vivo. Algunos de nuestros amigos fueron a la tumba y encontraron todo tal como las mujeres nos habían informado, pero a Él no lo vieron" (Lc 24:21-23)

Esos hombres tenían esquemas ya elaborados acerca de lo que el Maestro debería hacer; incluso su resurrección de entre los muertos ya había sido imaginada por ellos. Le habían oído decir varias veces que Él resucitaría al tercer día y, sin duda, imaginaban que los ángeles iban a tocar sus trompetas y que todo el mundo iba a correr hacia la tumba, de la que el Maestro se levantaría triunfalmente para comenzar a reinar sobre su nación. Sí, nada los podría detener. Ellos iban a gobernar el mundo.

Habían escuchado al Maestro hablar de cosas más elevadas, pero mientras Él hablaba ellos utilizaban sus palabras para sumirse más dentro de sí mismos. Tenían planes e ideas definidos y hacían que sus palabras se acomodaran a ellos.

Parecía que no podían elevarse por arriba de su limitado nivel de entendimiento. Cuando las mujeres les dijeron que la tumba estaba vacía se desanimaron más aún y decidieron alejarse de toda esa necedad.

Se alejaron de una verdad que procedía de Dios para buscar una verdad que pudiera acomodarse a sus propias ideas. Mas su capacidad de entender estaba tan debilitada por sus incontrolables emociones, que no podían ver la Verdad.

No son los cuidados de este mundo lo único que asfixia la Palabra en nuestros corazones; son también aquellos sueños que tenemos estando despiertos, tan correctamente planificados, y a los que nos aferramos con tanto cariño, los que crean esa nube de irrealidad que nos rodea. Ella se puede convertir en una forma de vida, una vida de ambiciones frustradas o de odio sin control.

Podemos pensar orgullosamente que todo lo que sentimos está justificado, tal como lo hicieron esos discípulos. Podemos encontrar muy buenas razones para justificar cada momento de ira en nuestras vidas. Mas de algún modo, allá en lo profundo, nuestra alma pide a gritos ser liberada de la esclavitud de sus pasiones; quiere elevarse sobre sí misma y vivir en la paz del Espíritu del Señor, y en la posesión de su verdad.

No entendían los discípulos que hay un solo modo de aceptar la crucifixión y la agonía de los días que acababan de pasar, y que consiste en elevarse sobre ellas, no en dejarse aplastar ni en tratar de escapar de ellas.

Ellos habían caído bajo el peso del sufrimiento y ahora estaban tratando de escapar de todo y de todos los que pudieran recordarles esos días angustiosos.

Había una cosa que no entendían: que los verdaderos problemas están en el interior. Esos problemas eran la verdadera causa de sus incontrolables emociones. Se negaban a ser consolados incluso cuando las mujeres les transmitieron la noticia de la tumba vacía.

Querían aliviar sus heridas a base de revisar todas las escenas causantes de su tristeza, y no había palabra de consuelo capaz de penetrar en ellas.

Su problema era emocional y nada emocional les hubiera servido de ayuda. Sentían que las mujeres estaban histéricas y no valía la pena creerles.

Durante tres días habían vivido dentro de sus recuerdos. Ya era hora de que se elevaran al plano de la fe.

Jesús les dijo: "¡Hombres necios!. Tardos para creer el mensaje de los profetas. ¿No estaba ya mandado que el Cristo debía sufrir para que entrara en su gloria?".

Sí habían entendido parte del mensaje pero no su totalidad. Mientras escuchaban al Maestro, sus emociones habían aceptado sólo aquellas partes que les agradaban: el honor, la gloria y el prestigio. Nunca permitieron que su entendimiento razonara la necesidad de los sufrimientos y la muerte del Cristo. Esto quedaba más allá de lo que su razón podía alcanzar; estaba en el plano de la fe, y ellos aún no habían llegado realmente a ese plano.

Entonces Jesús comenzó a explicarles las Escrituras. Empezó por Moisés y siguió a través de la Escritura, explicando los pasajes que se referían a Él.

Poco a poco, mientras Él explicaba, sus mentes dejaron de centrarse en ellos mismos y se enfocaron en Él. Comenzaron a razonar con la inteligencia en vez de hacerlo con sus emociones. Ya no estaban meramente hablando acerca de Él, sino viviendo dentro de Él. Mientras Él hablaba, ellos empezaban a vislumbrar el sentido de su sufrimiento. Se dieron cuenta que había sido previsto como algo necesario para que el Cristo pudiera entrar en su gloria y redimir a la humanidad.

Súbitamente, todo adquirió sentido y, una vez que lo reconocieron en la fracción del pan, recordaron cómo sus corazones ardían dentro de ellos mientras Él hablaba.

Claro, aún conservaban emociones mientras recordaban cada pasaje sobre el que Él les había llamado la atención, pero ahora se encontraban libres de sí mismos y fijos en Dios. Su memoria era ahora usada para ayudar a su facultad de raciocinio a llegar a una conclusión lógica, algo que su voluntad pudiera aceptar.

¿Queremos decir con ello que los discípulos no deberían haber llorado la muerte de su Maestro? Claro que no. Era humano y necesario que expresaran su dolor acerca de la injusticia y crueldad de su muerte.

Pero esa no era la causa real de su dolor. Estaban tristes porque sus expectativas habían sido frustradas, no por la injusticia de su sufrimiento. Sentían la pérdida causada por su muerte, pero incluso esto tenía motivos egoístas. Para ellos, su muerte únicamente significaba más tiranía de parte de los romanos y menos probabilidades de liberación.

Sus voluntades preferían ser guiadas por la memoria y la imaginación, y consecuentemente, sus almas estaban envueltas por la tristeza y el dolor.

Podemos ver algo idéntico en el caso de María Magdalena. El Señor le había perdonado sus muchos pecados, y la había librado de siete demonios. Ella había sido testigo de su sufrimiento y llorado por su muerte.

También ella lo había oído decir que Él resucitaría al tercer día, pero esta mujer, que había vivido toda su vida en un plano emocional, no podía ver en lo sucedido otra cosa que oscuridad y desesperación.

Ni siquiera la visión de los ángeles pudo disipar su oscuridad. Estaba completamente absorta en su pérdida, y su voluntad prefería vivir en el vacío de alguien amado que se había ido para siempre.

Si buscamos en el Primer Libro de los Reyes, encontraremos a uno de tantos que sucumbieron al peligro del desánimo. Él había logrado mostrar al pueblo el verdadero Dios gracias al fuego que bajó del cielo para consumir el sacrificio vespertino. Mas cuando Jezabel le mandó decir a Elías que pronto estaría tan muerto como los cuatrocientos cincuenta profetas que él había matado, este último escapó. Se fue al desierto y se sentó bajo un arbusto de retama donde le pidió a Dios que le quitara la vida.

Lo que logró por cumplir la voluntad de Dios fue convertirse en un hombre buscado. Su imaginación le presentó una imagen de una situación tan desesperada que el hombre que obraba milagros se rindió a una noche de profunda tristeza cercana a la muerte.

Mientras dormía  bajo el árbol, se le apareció un ángel del Señor quien le dio a comer pan caliente y agua para que bebiera. Pero, al igual que a María Magdalena, la visión del ángel no le significó nada. Estaba satisfecho con su aflicción. Su tristeza actuaba como anestesia que le atontaba la capacidad de razonar y le hacía difícil discernir lo que tenía que hacer después.

Era algo muy fácil quedarse sentado bajo un árbol y sintiéndose desolado para justificar el no hacer nada más para extender el reino de Dios.

Los tres relatos nos muestran cómo podemos vivir encerrados en nuestros recuerdos e imaginaciones y qué tan frecuentemente lo hacemos. Nos encanta hacernos picadillo acerca de nuestras experiencias amargas para poder justificar nuestras debilidades. Proyectamos nuestro futuro como si fuera parte de nuestro infeliz pasado y vivimos en un mundo irreal.

Decimos que somos realistas porque sabemos lo que ha habido en el pasado y que conociéndonos a nosotros mismos podemos predecir el futuro. Mas en verdad es totalmente irreal, porque hasta un pasado amargo puede ser provechoso para nosotros, y nuestra fe nos asegura que Aquel que nos trajo al mundo se hará cargo de todos los detalles diarios de nuestra vida.

A nuestras mentes finitas les parece, sin embargo, que Dios no conoce realmente cada circunstancia e incidente de lo que hace que seamos lo que somos. ¡Deseamos tanto que se nos justifiquen nuestras iras, odios, resentimientos, ambiciones y codicias!

Todos esos pensamientos hacen de tal modo presión sobre nuestra memoria e imaginación que de hecho comenzamos a vivir dentro de esas facultades. Todo lo que nos sucede durante el día está relacionado de alguna manera con algún incidente pretérito, y las tensiones se amontonan unas sobre otras hasta que nuestras vidas quedan desgarradas por las frustraciones imaginadas y recordadas.

Es como si millones de telarañas impidieran el paso de la luz de la gracia y el aire de la paz.

Nuestras propias facultades nos mantienen atados e impedidos, pero como son tan cercanas a nosotros no podemos salir de la oscuridad.

¿Cómo resolver ese problema? ¿Debemos aguantar estoica y fríamente? ¿Debemos pretender que no tenemos problemas ni sentimos nada? ¿Debemos borrar los sentimientos de nuestro corazón con la simple fuerza de nuestra voluntad?

A todas estas preguntas la respuesta es: ¡NO! A riesgo de parecer repetitivos, se debe decir una y otra vez que nuestra memoria e imaginación son dones de Dios y deben ser utilizados para desencadenar la profundidad de fe que está escondida en nuestro entendimiento.

Cuando alguien nos ofende nos sentimos tan heridos, que a veces las lágrimas llenan nuestros ojos para expresar nuestras emociones.

Cuando nos sentimos heridos, más que tener un problema, tenemos una ocasión de ser como el Padre, que hace que su sol salga sobre buenos y malos. En ocasiones, sin embargo, lo que Dios permite para nuestra santificación se vuelve un problema si no lo dejamos actuar en el momento que sucede. Si la luz de la fe no detiene las cosas que nos perturban, éstas pueden absorber toda la esperanza de nuestras almas. Se convierten en problemas; problemas que pueden quedarse con nosotros por el resto de nuestras vidas.

En el bautismo se nos dio la virtud teologal de la esperanza, para que elevara nuestra memoria a un nivel más alto. No sólo debemos atesorar las experiencias y los conocimientos que acumulamos a lo largo de nuestra vida cotidiana. También podemos atesorar las palabras vivas del Hijo de Dios, sus revelaciones, así como su vida y ejemplos, de modo que podamos sobreponernos a nuestros recuerdos inquietantes y a nuestra sobrecargada imaginación.

La retención y recuerdo de esas palabras vivas permite que nuestra imaginación se yerga sobre las cosas de este mundo y viva en la Palabra de Dios.

A través de la oración y la Escritura, nuestra memoria empieza a guardar cosas buenas y a dejar de lado el rencor que la mantiene en estado de confusión constante.

Empieza a vivir en un plano sobrenatural, desde el que puede ver todas las cosas a la luz de la esperanza. En caso de que alguna ofensa venga a su memoria, debe substituirla por las palabras de Jesús y recordar de qué modo perdonó Él y cómo usó cada oportunidad que encontró para honrar y dar gloria a su Padre.

Cuando la memoria recuerde un fracaso, debe inmediatamente substituirlo por la vida de Jesús. El aparente fracaso de su misión resultó ser el mayor éxito del que el mundo haya sido testigo.

Cuando la memoria recuerde un pecado pasado, monstruo enorme que amenaza con devorarnos, debe substituirlo con muchos pasajes y parábolas de la Escritura que muestran la misericordia de Dios hacia su pueblo.

Cuando la imaginación empiece a atormentarnos con diversas imágenes de gloria o desesperanza, nuestra memoria debe recordar la humildad de Jesús- para calmar nuestras ambiciones- y la misericordia de Dios- para levantarnos de la desesperanza.

Cuando la imaginación nos muestre un futuro oscuro y miserable, la memoria debe recordar la providencia de Dios, para darnos seguridad sobre su preocupación por nosotros y su protección.

Cuando nuestra imaginación agigante todos nuestros problemas hasta hacerlos aparecer como invencibles, nuestra memoria debe recordar las palabras de Jesús cuando dijo que si tuviéramos fe del tamaño de una semilla de mostaza podríamos mover montañas.

Debemos substituir los pensamientos perturbadores por pensamientos buenos. El método de substitución es una manera positiva de sobreponernos a nuestras faltas y de transformar nuestras vidas.

Si la substitución se hace en el plano natural, puede conllevar a un cambio de pensamiento pero no a uno vital, que afecte nuestra unión con Dios.

Si alguien nos ofende con un comentario hiriente, podemos inmediatamente recurrir a una imagen de una flor de loto flotando sobre un lago en calma. Si nuestra imaginación es suficientemente fuerte, puede alterar nuestros patrones de pensamiento y calmar nuestra ira. Si nos habituamos a tener pensamientos hermosos aún en medio del caos, ese hábito nos traerá serenidad natural. Tal clase de substitución puede darnos control, mas no nos llevará por sobre nosotros mismos al plano sobrenatural.

Debemos lograr un cambio en nosotros que sea sobrenatural, no simplemente natural. Un cambio en el plano natural nos puede hacer mejores seres humanos, pero no podrá jamás hacer que irradiemos la imagen de Jesús.

Cierto día Jesús dijo: "Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie puede ir al Padre si no es por mí" (Jn. 14,6)

Él es el camino por el cual deben ser controladas la memoria y la imaginación. Él es la verdad a la que se aferra nuestro entendimiento para poder elevarse sobre su limitada capacidad y ver los misterios de Dios. Él es la vida, o sea, el amor por el que nuestras almas se fortalecen lo suficiente como para poder vencer los mayores obstáculos en nuestro camino a casa.

Sí, debemos hacer de las palabras y vida de Jesús los substitutos indispensables para alcanzar la verdad en cualquier situación. Toda nuestra vida es un ejercicio por el que nuestras almas van siendo moldeadas y transformadas, para bien o para mal, dependiendo de la forma como enfrentemos cada situación, frustración, gozo o tristeza.

Debemos tratar de llevar una vida santa, la vida de un hijo de Dios, y no meramente una vida buena de una simple criatura de Dios.

Únicamente Dios nos puede dar la vida sobrenatural. Únicamente Jesús es el camino, la luz, la puerta del rebaño, y la resurrección. Únicamente a través de Él podremos dejar nuestras vidas imperfectas e ir hacia una vida de santidad.

Por eso, en el bautismo, Él dotó a cada facultad de nuestras almas con una virtud infusa, para elevarse sobre su plano natural y lograr vivir en Él.

Nos ha dado la virtud de la esperanza para llevar nuestra memoria e imaginación a un plano más elevado. La esperanza nos garantiza su amor y misericordia para calmar las memorias de un pasado pecador, y nos recuerda su tierna justicia para impedir que seamos orgullosos.

Para llevar nuestro entendimiento a un plano más elevado, nos ha dado la fe. Es la fe la que levanta la mente finita, provista únicamente de un poder limitado de razonamiento, a las alturas de Dios, desde donde observa los misterios escondidos, del mismo modo que un niño se queda absorto ante las perfecciones de su padre.

Para llevar nuestra voluntad a un plano más elevado, nos ha dado el amor Es el amor lo que acicatea nuestras voluntades para emprender actos heroicos, para sacrificarse y para gozar en medio del sufrimiento y la persecución.

La muerte y la resurrección de Jesucristo nos merecieron la gracia a cada uno de nosotros. La gracia, la participación divina de su naturaleza, eleva nuestras almas del plano natural al plano sobrenatural.

Del mismo modo que nuestra vida natural es un don de Dios, así mismo es un don de Dios este nuevo nacimiento en Cristo. Esto es algo que debe crecer día con día a base de aprovechar cada oportunidad de parecernos más a Jesús.

Las facultades espirituales del cristiano deben ser llevadas a un plano superior. Si bien el cristiano cae frecuentemente, siempre está buscando unir su voluntad a la de Dios, y sabe sacar provecho incluso de sus fracasos.

Las virtudes infusas están ahí, en forma de semilla, listas para que las reguemos con nuestros esfuerzos, para que puedan dar fruto en nosotros.

No hay nada que temer cuando nuestras emociones parecen tomar el control de las cosas. En la medida en que nosotros sigamos esforzándonos por controlarlas, el mismo Jesús vendrá a nosotros y bendecirá nuestros esfuerzos con el éxito.

La vida no es una utopía, sino un campo de pruebas en el que el cristiano debe utilizar todas las situaciones para su beneficio.

Jesús dijo: "La gente me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí" (Mc 7,6).

Hablar de nuestro corazón es hablar de nuestras emociones, y debemos entregar las facultades de nuestra memoria e imaginación al Padre para que esas facultades, creadas a imagen y semejanza de Dios, puedan engendrar a Jesús en nuestras almas.

Para  realizar esa tarea y cooperar con el Espíritu Santo en la renovación de dichas facultades, debemos ser capaces de ver todas las cosas a través de los ojos de la esperanza.

Es la falta de esperanza la que hace que la memoria retenga nuestros resentimientos y que nuestra imaginación proyecte miedo en nuestro futuro.

Nuestra memoria siempre nos va a hacer presentes gente y circunstancias de nuestro pasado, capaces de perturbarnos, pero mientras no atendamos deliberadamente esos pensamientos y les ayudemos a que tomen posesión de nosotros no caeremos en su poder.

No importa qué clase de memoria pueda atemorizarnos, la esperanza nos asegura que Dios puede sacar bien del mal para aquellos que lo aman.

Lo que impide que avancemos hacia la santidad es que hacemos demasiadas excepciones a esta regla.

Sabemos que Dios está con nosotros en una circunstancia, pero dudamos de su providencia en la siguiente. Hay momentos de nuestra vida en que la memoria sencillamente se pone en blanco respecto a las  anteriores intervenciones de Dios, o sobre el cariño que nos ha mostrado, y nos quedamos como náufragos en medio del mar de la vida.

La esperanza es esa virtud por la que nuestra memoria recuerda el plan de Dios en nuestra existencia cotidiana. Nos da la  habilidad para utilizar el reemplazo de memorias más positivas y reconfortantes.

Las bienaventuranzas son consejos de esperanza que sirven de ayuda positiva en cada situación negativa. Convendría echar un vistazo a las bienaventuranzas para observar en qué forma actúan realmente como ejemplos de control de la memoria y fruto de la esperanza.

Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Ser pobre de espíritu es estar desprendido de las cosas de este mundo pero, sobre todo, de uno mismo.

¡Cuánto control de nuestra memoria e imaginación se requiere para desprenderse! Nuestra memoria puede recordar éxitos pasados y la imaginación puede vivir en empresas del futuro, que serán tan exitosas como las del pasado. Esas facultades nos pueden despertar el hambre de los honores, la gloria, las riquezas, pero no por Él, sino solamente para nuestro propio beneficio.

Podemos pasar horas recreándonos en nuestro propio valor, sin que nadie, ni siquiera Dios, pueda entrar en ese santuario del yo. Así es; podemos apegarnos tanto a nuestros talentos, éxitos, posición e insignificantes ambiciones, que llegamos a vivir en un mundo de sueños, en el que toda la población está constituida por mí y mi yo.

Mas debemos aceptar el dolor del desprendimiento de las cosas terrenales, ya que la virtud de la esperanza nos recuerda la recompensa que nos corresponderá si nos controlamos en este mundo. Nosotros tenemos puesta la mirada al frente pero no en el país de los sueños, sino en el mundo futuro. Podemos aceptar el sufrimiento del momento presente mientras miramos el gozo eterno.

Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra.

Si hay un área en el que la memoria y la imaginación pueden descontrolarse, es precisamente el de la ira. Nuestras iras siempre parecen estar justificadas, pero la mayor parte del tiempo no lo están. Nuestra memoria puede recordar injurias de hace 20 años, y nuestra imaginación nos describe la situación, embellecida con tantos recuerdos. Nos airamos y odiamos en el momento actual por algo que ocurrió hace mucho tiempo. Peor aún, podemos vivir y seguir viviendo por años en ese momento pasado de ira. Somos capaces de envolver nuestras almas y endurecer nuestros corazones hasta convertirnos precisamente en aquello que odiamos.

Hasta podemos usar la Sagrada Escritura para justificar nuestro enojo, citando pasajes fuera de contexto. Y nos quedamos llenos de falsa seguridad, olvidando otros pasajes en los que se nos aconseja ser pacientes, amables, y hacer el bien a aquellos que nos odian.

Nos apegamos a vivir en nuestro pequeño mundo de odios, satisfechos de nuestra propia complacencia. Y, súbitamente, una mañana nos levantamos y nos damos cuenta que estamos solos en nuestro pequeño mundo. No tenemos ni amigos ni enemigos. Hemos sido incapaces de amar para tener amigos, o nos ha faltado valor para tomar una posición sobre cualquier cosa que nos hubiera acarreado alguna enemistad.

No obstante, la esperanza se acerca y nos dice que si controlamos nuestro temperamento, nuestra ira, los rencores del pasado y la amargura, todo ser humano sobre la tierra será un amigo. Incluso los enemigos, que nos hacen el servicio de darnos oportunidad de perdonar, al ofendernos han agregado joyas a nuestra corona.

La esperanza impide que nuestra memoria e imaginación guarden resentimientos y nos garantiza que a pesar de que las cosas se vean muy negras, nuestra pequeña lancha es conducida por la mano de un Padre amoroso y omnipotente.

Verdaderamente aligera nuestro corazón cuando algo nos perturba y nos hace ver a Dios detrás de los acontecimientos.

Sí, el mundo entero puede ser nuestra herencia si podemos mantenerlo ahí donde pertenece: fuera de nosotros. Solamente entonces alcanzará su cima lo más profundo de nuestro ser para dar al mundo lo mejor de sí mismo.

Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados.

Jesús no solamente hablaba de compasión hacia aquellos que están en duelo, también hablaba de los que se arrepienten de sus pecados. El sentimiento de dolor por nuestros pecados pasados nos atrae el consuelo de Dios. Tal clase de dolor nace del profundo arrepentimiento de haber ofendido a Dios, quien no ha hecho por nosotros nada sino el bien cada momento de nuestras vidas.

Esta clase de dolor es desinteresado. Está centrado en Dios. Pero ¿cuántos de nosotros tenemos esa clase de dolor? Nuestra memoria está colmada de dolor por nuestros pecados pasados, pero que no nace del amor sino de la culpa. No estamos tan preocupados por haber ofendido al Padre amoroso, sino temerosos del castigo. A veces, nuestros motivos de dolor son incluso menos que el miedo al castigo. Nos avergonzamos de pensar que fuimos capaces de cometer tales pecados, y si esos pecados fueron públicos, la culpa nos atormenta más aún. Este sentido de culpabilidad es egoísta y le quita su gloria a Dios.

No hay pecado, ni suma de pecados, que sea mayor que la infinita misericordia de Dios, y nuestro dolor debe centrarse en Dios, no en nosotros mismos.

Este es un terreno en el que la memoria y la imaginación pueden provocar serios desórdenes si no somos cuidadosos. Debemos poner en práctica la virtud de la esperanza que el Señor nos ha dado para controlar esas facultades.

La culpa por pecados anteriores puede crear una sombra de fatalidad e intranquilidad a cada momento. El pasado puede torturarnos con sentimientos de culpabilidad tan fuertes que en nuestras mentes Dios se transforma en un juez terrible y los atributos paternales y amorosos de Dios quedan asfixiados bajo las brasas ardientes del temor y la desesperanza.

En Pedro y Judas tenemos un buen ejemplo de las formas correcta e incorrecta de usar los recuerdos de pecados anteriores.

La negación es una forma de traición, y la traición es una forma de negación, y por ello podemos afirmar que tanto Judas como Pedro negaron y traicionaron al Señor. Si bien ambos cayeron, cada uno reaccionó a su caída de manera diversa.

Pedro se levantó hasta el plano de la esperanza y fue consolado por el mismo Señor. Judas, hundido cada vez más en su memoria e imaginación, y habiendo perdido la esperanza, rechazó elevarse sobre sí mismo hacia Dios.

El recuerdo de su pecado hizo a Pedro humilde y dependiente de la misericordia del Señor. El recuerdo de su pecado centró a Judas sobre su propia maldad y perdió la esperanza.

Pedro lloró amargamente porque había ofendido a Maestro tan bueno, y esa bondad lo ayudó a arrojarse a los brazos abiertos de la misericordia infinita.

Judas les gritó a los fariseos que él había traicionado sangre inocente, pero su énfasis estaba en sí mismo y en lo que había hecho. A él le incomodaba su conciencia, no el Señor. Había fracasado en su negocio barato y ya sólo pensaba en devolver el dinero.

La memoria de Pedro le hizo revivir su pecado, pero la esperanza lo utilizó como escalón hacia Dios. Él estaba seguro del perdón del Maestro porque el Maestro era Dios.  Entre más se entregaba a sí mismo a lo único necesario en esta vida: el servicio de Dios, Pedro salía más beneficiado por esa caída. Su caída lo protegió contra el orgullo, y su humilde corazón fue capaz de hacer maravillas por el Reino.

Judas, empero, centró todo su dolor en sí mismo y lo único que obtuvo fue un remordimiento carente de esperanza. Su memoria e imaginación lo dominaron de tal modo que no pudo creer en la misericordia de Dios. Había vivido tanto tiempo en el plano emocional que no tenía esperanza, y finalmente, se desesperó.

Si bien puede ser que no perdamos la esperanza como Judas, muchos de nosotros desperdiciamos el tiempo viviendo sobre nuestros pecados pasados y dejando que el dolor de esos pecados crezca hasta convertirse en un remordimiento angustioso que llenas de tristeza nuestras almas.

Pedro tenía esperanza y nunca más negó a su Maestro. Judas perdió la esperanza y se destruyó a sí mismo. Nosotros debemos utilizar nuestros errores pasados como oportunidades para lograr cosas mejores; ellos nos han enseñado a depender de Dios y no de nosotros mismos.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.

Lo que Jesús nos está diciendo es que cuando decidimos vivir una vida santa, ese deseo será satisfecho. También nos dice que nuestra memoria e imaginación deben tener hambre y sed de Dios y de sus perfecciones para poder quedar satisfechas.

Si nos contentamos con alimentar esas facultades con los desechos que tiramos a los puercos, llegará el momento en que nos sentiremos morir de hambre en medio de la abundancia. El hambre de Dios se pierde fácilmente por intentar racionalizar todos nuestras acciones y buscar excusas para no orar, ni leer libros espirituales, ni escrutar la Escritura Sagrada.

Nuestra memoria únicamente recordará aquello con que nosotros la alimentemos, y nuestra imaginación sólo visualizará las cosas que llenan nuestro corazón, porque donde esté nuestro tesoro ahí estará también nuestro corazón.

Es muy importante que sepamos discernir lo que vemos y oímos, porque lo que vemos y oímos se parece a los recipientes que tenemos en los estantes de nuestra memoria. Cada de vez en cuando tomamos un recipiente de ese estante y lo miramos. Si está lleno de comida descompuesta, y nuestra memoria e imaginación se alimentan de ella, llegarán a sentir hambre y a enfermarse.

Una dieta permanente de alimento para mascotas nunca podrá nutrir un cuerpo humano, ni una dieta permanente de pensamientos mundanos y deseos podrá nutrir y satisfacer nuestra memoria e imaginación.

Nuestra memoria, hecha a imagen del Padre, sólo puede alimentarse de cosas que le sean agradables a Él. Solamente podrá fortalecerse cuando se alimenta de la misma fuente de donde vino. Hacemos una gran injusticia a Dios y a nosotros mismos cuando tratamos nuestra memoria como si fuera el basurero que se llena con los desechos del mundo.

Debemos hacer todo esfuerzo posible para tratar esas facultades con el debido respeto; ellas nos hacen un gran servicio y tratarlas mal nos destruye.

La búsqueda de Dios y el recuerdo de nuestras ofensas pasadas y debilidades presentes son el medio por el que la esperanza nos enseña una de sus cualidades más hermosas: la habilidad de perseverar a base de hacer intensamente lo que nos toca, sabiendo que Dios también hará su parte. Debemos procurar leer libros buenos, ver y escuchar aquello que eleve nuestras mentes a planos superiores, y decir palabras de las que no nos avergonzaríamos en su presencia.

Todo cuanto vemos y oímos queda grabado en nuestra memoria, listo para animarnos o perturbarnos en cualquier momento. Si tenemos hambre y sed de las cosas de Dios, nuestra memoria se alimentará del pan del cielo y quedaremos saciados, porque se llenará del alimento que dura hasta la eternidad.

Bienaventurados los misericordiosos, porque a ellos se les mostrará misericordia.

El recuerdo más difícil de controlar es el de las ofensas presentes o pasadas, en especial el de las ofensas injustas.

Podemos aceptar que alguien a quien hemos ofendido nos responda con palabras de enojo, simplemente porque hemos hecho infeliz a alguien a quien no queremos.

Pero si alguien nos hace o dice algo que consideramos injusto o inmerecido, lo archivamos en nuestra memoria, en un lugar muy especial. A ese lugar lo titulamos "ira justa". Casi nos enorgullecemos de justificar nuestro enojo diciéndonos a nosotros mismos y al mundo entero que es correcto y verdadero.

Mientras tanto, nuestra memoria se entristece cada vez más por el alimento que recibe, y nuestra imaginación arma un expediente tan convincente en contra de esa persona que la misericordia y la compasión ceden su lugar a la severidad y la injusticia. Nos enredamos de tal modo en nuestras propias heridas que nos hablamos más que de verdad y justicia, y por tratar de justificarnos nos negamos a perdonar y olvidar.

¡Es tan fácil culpar a otros de nuestra incapacidad de ver a Dios en todo! No cuesta trabajo ver una injusticia en cada ofensa que recibimos. Nuestras pasiones se desencadenan para hacer frente a cada ocasión, pero rechazamos como algo irrealizable la idea de controlarlas a base de recordar las palabras de Jesús que aconsejan ser misericordiosos del mismo modo que los demás son misericordiosos con nosotros.

Parecemos poseídos de un ímpetu incontrolable por llamar pan al pan y vino al vino, y nos deleitamos en repasar viejas heridas, como un caballero que recuerda sus victorias.

Sí, el mundo se debe enterar que hemos sido injuriados, y ello de algún modo minimiza nuestro dolor. Pero, ¡qué precio tan caro se paga por tan pobre consuelo! Cada vez que revivimos una injuria pasada, ésta roe nuestros corazones y se roba un poco más de amor. Y, cuando menos lo pensamos, nos encontramos fríos, suspicaces, incapaces de perdonar y llenos de lástima por nosotros mismos.

Jesús estaba consciente de eso cuando nos dijo que diario perdonáramos setenta veces siete. Sin capacidad de perdonar, nuestra memoria e imaginación quedan arrinconadas en la parte más pequeña de nosotros mismos, incapaces de respirar el aire fresco del amor y la libertad.

Es como si esas facultades fueran apretujadas en una pequeña jarrita, con la tapa del odio tan apretada que se crea un vacío de egoísmo y muerte espiritual en nuestras almas. Nuestras potencias del raciocinio quedan prisioneras y nuestras voluntades se tienen que atrincherar en la línea de la menor resistencia. Es entonces cuando nos convertimos en barquillas zarandeadas por una tormenta en el mar.

Cualquier habilidad que tuviéramos de poder analizar la situación objetivamente se pierde en el laberinto de confusión que crean las emociones sin control.

Y de nuevo, la esperanza acude a socorrernos. La esperanza nos asegura que no es importante que sepamos con certeza quién hirió a quién, ni porqué. Lo único que importa es que cojamos el momento para imitar a Jesús.

La esperanza no borra el dolor, porque la parte más difícil no es necesariamente el sentirse herido. La parte difícil de las ofensas no es tanto la ofensa en sí misma sino nuestra incapacidad de encontrar alguna razón de haber sido ofendidos. ¿Cuál es el objetivo de los enemigos, los insultos, las persecuciones y personalidades difíciles?

Aquí es donde la esperanza nos eleva a un plano superior, porque nos asegura que a pesar de que hemos fallado, o de que nos han insultado, todo ello ha pasado por la mente de Dios y lleva su sello de aprobación. Pues ¿cómo puede uno ser misericordioso, o perdonar, si no hay nadie a quien perdonar? Una vez más, la esperanza ve oportunidades más que ofensas y desarrolla dentro de nuestras almas un hermoso espíritu de comprensión misericordiosa; de comprensión de la pobre, débil y caída naturaleza humana.

Dios ama tanto un corazón misericordioso que a su memoria e imaginación les regala una calma y serenidad nunca antes soñadas. El alma verdaderamente puede orar por, y hacer el bien a sus enemigos tal como Jesús ordenó, porque sus facultades están libres.

El mismo Dios justificará a esa alma, ya en esta vida ya en la otra, de modo que no tenga que entrar en un torbellino de memoria e imaginación mientras actúa de juez, fiscal y jurado.

Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

La pureza del corazón es un tema muy amplio y abarca muchas facetas de la vida cotidiana. Significa que Dios ocupa el primer lugar en nuestras vidas. Significa una mente limpia, y significa tener altas metas y valores espirituales.

De nuevo nuestra memoria e imaginación pueden construir o destruir completamente nuestra unión con Dios. Ya hemos mencionado cómo Jesús nos advirtió sobre la lujuria en nuestros corazones: "Si un hombre mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón" (Mt 5, 8). También nos dijo que ahí donde estuviera nuestro tesoro, ahí estaría nuestro corazón.

Ello nos indica el grado de énfasis que Jesús ponía sobre las emociones, entendidas como fuente de daño si no se guardan bajo control.

Las personas que alimentan su memoria y su imaginación con películas pornográficas y libros sucios están cometiendo un suicidio lento. Lo más triste de todo eso es que, como sus sentidos están involucrados, generalmente no perciben el peligro.

Es algo semejante a la pobre gente que viajaba en el Titanic. Estaban comiendo, bebiendo y bailando mientras se acercaban más y más a un iceberg gigantesco que les esperaba para desfondar el seguro casco sobre el que danzaban. Inesperadamente se acabó la diversión. La realidad los encontró cara a cara sobre las aguas congeladas.

Lo mismo ocurrirá con aquellos que utilicen las maravillosas facultades de memoria e imaginación como botes de basura, cuyo olor molesta a todos menos a sus dueños. Están tan obsesionados con sus sentimientos que no pueden ver el glaciar que destruye todo el amor de Dios que hayan podido tener. Frecuentemente hablan de amor, pero no es más que una chispita en una noche muy obscura.

La lujuria no es el único vicio que puede poseer el corazón del hombre. Las empresas mundanas que buscan la gloria personal también pueden destruir nuestros corazones. El hombre puede abusar de su imaginación y no lograr jamás quedar satisfecho con las posesiones que acumule. Su mente puede estar tan llena de ambición por las cosas, el dinero, la gloria y el honor, que para obtenerlas robará, mentirá, y engañará.

Se imagina a sí mismo haciendo grandes cosas, y mientras se esfuerza orará a Dios, haciendo mil promesas de lo que hará por Dios cuando sea rico y tenga poder.

Pero también sus promesas, como sus sueños, son imaginarias. Son simples trucos de una imaginación sobrecargada, lista para engañar hasta a Dios. Las mentiras nacen de la imaginación, y si las guardamos en la memoria se convierten en realidades.

En una ocasión Jesús les dijo a los fariseos que se parecían a su padre, el Diablo, que es el padre de la mentira. Eran hombres orgullosos, cuya memoria e imaginación los había inflado hasta el punto en que comenzaron a creer que eran los hombres más grandes del mundo.

Una imaginación sobrecargada puede convertir nuestra vida en una mentira perpetua. Podemos vivir en un mundo de fantasía, sin encarar jamás la realidad, siempre tratando de ser lo que no somos.

La esperanza nos ayuda a elevarnos por sobre esa fantasía, a base de recordarnos que, así podamos desear en este mundo las cosas más hermosas y amables, nada se puede comparar con lo que viene. Nos da el valor para hacer todo el esfuerzo necesario para vencer el letargo que nos maniata y nos hace soñar en construir castillos sin tener que pegar un ladrillo.

La esperanza nos eleva a un plano superior y nos permite perseverar en la conquista de un corazón puro en pensamientos y acciones.

Los pensamientos y deseos pueden perseguirnos como moscas en un pantano, pero la fe hace soplar una suave brisa que impide que a nuestras almas y corazones se acerque nada que no sea Dios. Él nos ha mostrado el camino, y atamos nuestra memoria e imaginación al ancla de la esperanza, para que se queden firmemente quietas durante las tormentas de la vida.

Bienaventurados los pacificadores porque ellos serán llamados hijos de Dios.

El Señor no dijo que son bienaventurados los que están en paz, sino los que construyen la paz. Seguramente que cuando estamos en paz somos bendecidos por Dios, pero el buen Dios nos decía que hay que hacer un esfuerzo: debemos construir la paz dentro de nuestras propias almas.

Debemos construir la paz, lo cual implica un esfuerzo de nuestra parte. La paz no es el resultado final de tener todo en perfecto orden, sin que nada nos moleste. Si hemos de construir la paz quiere decir que la paz no nos pertenece aún.

La paz no se parece a nada de lo que hacemos. Tenemos ideas, planes, recursos y esfuerzos, y con ello logramos hacer desde un pastel hasta un edificio de oficinas.

Como cada persona tiene diferente temperamento, con sus virtudes y defectos inherentes, cada cual debe construir la paz de modo distinto. Pero sin importar el temperamento del que se trate, definitivamente todos debemos controlar nuestra imaginación y memoria.

La gente pierde la paz por sus pecados y errores pasados, por las ofensas, fracasos y sueños sin realizar. El miedo del futuro, de la enfermedad, de la vejez, de la pérdida económica y de la belleza también nos hacen perder la paz.

¡Es tan fácil ver qué importante es la esperanza en nuestras vidas! Dios nos ha otorgado esta virtud revitalizadora para calmar nuestros temores, para tener una explicación en cada tragedia inexplicable, para darnos gozo, para ponerlo a Él sobre todas las cosas, y para percatarnos que somos simplemente peregrinos en marcha hacia la casa, y que las cosas feas de la vida son solamente parte del camino.

Cuando depositamos nuestro corazón y nuestra alma en las cosas, vivimos en miedo perpetuo de perderlas, y experimentamos una especie de vacío ante el solo pensamiento de que se nos quiten. Y sin embargo, esta misma pérdida forma parte del proceso de crecimiento de la esperanza en nuestros corazones. Se nos muestra, de modo por demás gráfico, que todo en este mundo es pasajero; son recordatorios de que así pasa la gloria de este mundo.

Cuando permitimos que la imaginación se rebele y la memoria nos traiga recuerdos de la gloria pasada, nuestras almas se ven arrastradas a una constante confusión, desgarradas entre lo que queremos ser y lo que somos.

Debemos reconciliar esas verdades: lo que éramos, lo que deseábamos ser y lo que somos. Una vez que la esperanza logra hacer eso obtenemos la paz. La esperanza pone nuestros deseos en las manos de Dios, quien es eterno e inmutable. Nos hace enfrentar la realidad con alegría. Ve todo bajo la luz de la eternidad. Los pecados del pasado sirven para mantener la humildad, no para perder la esperanza. Las glorias del pasado sirven para mantener la confianza, no el orgullo. Los fracasos del pasado sirven como puntos de referencia para nuestras habilidades, no como despeñaderos para perder el valor.

La esperanza tiene la habilidad de usar todo: bueno, malo e indiferente, como oportunidades para lograr una mayor santidad. Se mantiene vibrante e ingeniosa para ayudar a nuestras pobres almas a permanecer sobre nosotros mismos, elevándonos a planos superiores.

Sí, podemos conservar la paz en nuestras vidas, y en la vida de otros, si perseveramos sacando bienes de los males y haciendo lo posible por elevar a nuestro prójimo por sobre las cosas que le empañan su paz, teniendo el valor para cambiar lo que puede ser cambiado, y esperar que otros cambien lo que nosotros no podemos.

La esperanza no intenta evadir la realidad, fingiendo que alguna situación no constituya algo serio, o alegando que se trata de algo frívolo o volátil. La esperanza despierta nuestra memoria e imaginación a la realidad, y les permite encontrar causas y remedios visibles e invisibles.

Sin esperanza sólo vemos un lado del asunto, el lado patético, pero con esperanza vemos también el lado positivo. Vemos razones y soluciones, y cada vez poseemos más seguridad de que Dios va a mejorarlo todo.

San Pablo perdió su paz en una ocasión, y parecía que se había evaporado toda la esperanza que pudo haber tenido. Todo se le juntó y de repente el futuro le pareció desesperanzador. Él llamó a esta oscuridad del corazón: "un ángel de Satán" (2 Cor 12,7).

El hombre que tan elocuentemente había hablado de pelear un buen combate, que había mostrado tanto celo por el honor de Dios y de su gloria, que se había regocijado de ser hallado digno de sufrir un poco por el Reino, ese hombre, sí, se deprimió tanto que no podía practicar lo que predicaba.

Siempre había sido fuerte, siempre había hallado una solución para los problemas de los demás, podía ver la mano de Dios en sus perseguidores, y ver cómo Dios sacaba bienes de los males, pero ese día sólo veía oscuridad; el fuerte Pablo se había debilitado.

Era algo que él nunca antes había experimentado. Tres veces le pidió a Dios que lo liberara de ese sentimiento de fracaso y depresión.

Pero la respuesta que recibió no fue la que él había esperado. Su memoria e imaginación le habían traído de vuelta todos sus sufrimientos del pasado y le proyectaban cosas peores para el futuro. Sólo había una solución para ese problema: liberación. Debía detener todo sufrimiento y persecución o no podría seguir adelante.

Jesús respondió a su oración y le dijo: "Te basta mi gracia. Mi gracia se experimenta mejor en la debilidad". Ahora Pablo había descubierto un nuevo concepto de santidad.  Lo que lo haría santo no era aumentar su propia fuerza, sino utilizar la gracia de Dios en su debilidad.

Sin importar lo que le hayan dicha su memoria y su imaginación, ni lo oscuro que estuviera el futuro, o qué tan débil se encontrara, él podría ser fuerte por la gracia de Dios y no gracias a su fortaleza hercúlea.

De hecho, era su propia debilidad el fundamento sobre el que Dios habría de hacer cosas maravillosas. Era gracias a la fuerza de Dios que Pablo podría continuar su trabajo a pesar de los insultos, las dificultades, persecuciones, agonías y de su propia debilidad. (2 Cor. 12,10)

De ahí en adelante él podría utilizar aquellas cosas que le habían servido de obstáculos como objetos de esperanza. Podría presumir que él había sufrido y de que había sido débil para que la fuerza de Dios fuera glorificada en él.

Pero ¿qué clase de fuerza era aquella que le ayudaría a vencer el desánimo, la tristeza y la depresión?

¿Qué clase de fuerza era aquella que se notaba más en medio de la aflicción que de la felicidad?

¿Qué clase de fuerza podría aquietar su imaginación y su memoria y hacer posible que se elevara hacia la paz y la serenidad?

¿Qué clase de paradoja era aquella: fuerza que depende de la debilidad, debilidad que produce frutos de la fuerza?

Para nuestro entendimiento humano todas las privaciones experimentadas por Pablo podrían ser cualquier cosa menos gracias. No era posible que viera algo bueno en sus aflicciones.

Su memoria e imaginación se rebelaban ante esa dieta de frustración, aunque la esperanza lo protegía de la desesperación.

El Señor estaba enseñando a su Apóstol en etapas graduales. El celo de Pablo lo empujó a perseguir a los cristianos, y ese mismo celo lo empujó a vencer cualquier tipo de poder una vez que se hubo convertido. Toda su actitud frente a las diversas situaciones de su vida, buenas o malas, tuvo que cambiar. La fe le exigía que él comenzara a pensar como Jesús, pero para ver todo a la luz de la fe él debía vivir en el plano de la fe.

Sus convicciones eran fuertes, así que salió a convertir a la gente con el mismo celo con que la había perseguido. Sus emociones estaban en su nivel más alto cuando hablaba a quien quisiera escucharlo. Pero había algo que Pablo aún no había aprendido: a vivir de la fe.

El hombre de las emociones tenía que ver a Dios y al pueblo de Dios de forma diferente. Tenía que aprender a usar sus emociones para expresar sus sentimientos, pero no para quedarse en ellos; él estaba llamado a vivir en Jesús, en la fe, en la comprensión de Jesús. Y a esta forma de vida no se llega por otro camino mejor que la debilidad.

Echaremos un vistazo a esta nueva forma de vida y de pensamiento, y veremos cómo podemos parecernos a Jesús.


TRATADO 3

Compartiendo Su Naturaleza a través del Bautismo 

A la "Memoria" se le concede Esperanza- lo que nos aleja de la desesperación, del desaliento y de la tristeza y nos protege de la presunción.

Al "Entendimiento" se le concede la Fe- que nos permite darnos cuenta de la realidad invisible.

A la "Voluntad" se le concede el Amor Sobrenatural- que nos permite unirnos a Dios en todo lo que realiza.


SEGUNDA LLAVE – ENTENDIMIENTO Y FE

El poder del hombre sobre la razón le eleva a un nivel cercano a los ángeles. No solamente sabe quién es, sino lo que es y este conocimiento le da dignidad y confianza en sí mismo. No camina por la vida sin ayuda, tiene el instinto.

No sabe solamente cuando es hora de comer sino que puede cultivar, producir y preparar lo que come.

No solamente responde a su nombre; conoce la personalidad, talentos, pecados, debilidades, caídas y éxitos de la persona que está tras su nombre- el mismo.

Por lo tanto razona todo lo que le es presentado. Posee una vida intelectual-una vida invisible a los ojos de otros hombres pero real y activa. Sólo una pequeña parte de nuestros pensamientos los hacemos visibles mediante gestos, acciones o palabras. Todo un mundo de calma o tormenta, temor o coraje, oscuridad y luz, son experimentados en ese reino interior del intelecto.

Se libran batallas – algunas se ganan y otras se pierden – en ese santuario interior. En verdad podemos decir que el noventa y cinco por ciento del hombre está dentro de él y solamente el cinco por ciento es visible al resto de los hombres.

El intelecto es una facultad que es sublime y nos hace dueños de cualquier otra forma de vida de este mundo, pero a menos que sea elevada a un nivel superior, puede que lleve a grandes cosas a los ojos de los hombres pero siempre estarán limitadas en sus efectos sobre la humanidad. Debe haber algo que incremente sus aptitudes y capacidad. Tiene que haber Fe para aceptar a Dios.

La Fe mantiene viva el darse cuenta de que existe un Dios. Tiene poder para llevar ese Dios a cada una de las almas que por Su gracia, se les concede el propio Espíritu Divino. Nos hace pensar como Dios.

La Fe en Jesús eleva nuestro poder de razonamiento a un nivel de iluminación impensable con anterioridad. El entendimiento ya no depende únicamente de las cosas visibles, sino que penetra  y desentraña lo invisible – las cosas de Dios – las cosas que los ojos no ven y los oídos no pueden escuchar.

Ahora, ya no necesitamos nunca más ser arrastrados de un lado a otro por emociones y fuerzas que nuestras pobres almas no pueden dominar, podemos ver las cosas tal y como las ve El.

La Fe, añadida a nuestro entendimiento, libera y conduce nuestras almas hacia esas regiones donde el aire es tan puro que sólo los libertos de trabas y pesadumbres pueden respirar.

Nuestro intelecto, oscurecido y  trabado por las pasiones, nublado por la ignorancia y sujeto por el orgullo, puede ahora vagar por  la bóveda del cielo y hablarle a Dios cara a cara a través de la Fe.

De este modo, nuestras almas tienen un refugio dónde poder soportar  este valle de lágrimas. San Pablo encontró este lugar oculto cuando dijo: "Hay tres cosas que permanecen: La Fe, la Esperanza y el Amor" (1Cor.13:13). Nuestra Memoria e Imaginación son elevadas desde las profundidades por la Esperanza; nuestro Entendimiento es elevado al cielo por la Fe y nuestra Voluntad se une a Dios por el Amor.

Tendremos que ser renovados y San Pablo nos lo recordó cuan dijo a los Efesios: "Debéis abandonar vuestro antiguo modo de vida; apartar vuestro propio ser que es corrompido por seguir deseos ilusorios. Vuestra mente debe ser renovada por una revolución espiritual para que podáis sustituirlo por un nuevo ser creado a la manera de Dios- en la bondad y santidad de la verdad" (Eph. 4:23,24)

Jesús dijo que El era la Verdad y nuestro entendimiento debe ser renovado en El. Esta revolución espiritual tiene lugar en el momento que transformamos nuestras mentes y las elevamos mediante los dones que nos ha concedido. Con frecuencia es doloroso, siempre exige esfuerzo, planificación y oración pero el cambio merece la pena nuestro tiempo y sacrificio: seremos llevados al mismo Corazón de Dios en esta vida y a la gloria eterna en la próxima.

La Fe en Cristo Jesús eleva nuestro entendimiento para que a través de él, como decía San Pablo, nos convertimos en "hijos de Dios….

Todos habéis sido bautizados en Cristo, por lo que habéis sido revestidos de Cristo." (Gal. 3:26,27)

Nuestra mente finita, tan limitada por lo que ve, necesita la Fe para elevarla a esas regiones donde su contacto con la Divinidad Infinita transforma su manera de pensar y siembra luz donde todo está en oscuridad.

A menudo,  miramos la Fe como algo abstracto- la aceptación de una revelación que no podemos enteramente comprender pero para Pablo y para los primeros cristianos era mucho más, era algo vivo. Cambió sus vidas, sus mentes, sus corazones- les convirtió en hombres nuevos.

Podemos imaginar a Pablo cuando escribió a los Corintios y dijo: "De ahora en adelante, por lo tanto, no juzgaremos a los que se rigen por la carne. A pesar de que nosotros conocimos a Cristo en la carne, no es como lo conocemos ahora y para cualquiera que pertenece a Cristo existe una nueva creación; el mundo tal y como lo conocíamos desapareció y ahora el nuevo está aquí. (1 Cor. 5:16,18).

Es esta nueva creación, traída a nosotros por la Fe a nuestro entendimiento, la que debemos estudiar, a la que debemos mirar y en la que debemos crecer si deseamos ser renovados.

Nuestro Entendimiento es renovado por nuestra Fe en Jesús. Esto significa más que una mera aceptación de Él como el Verbo de Dios encarnado sino que el Verbo debe morar por siempre en nuestro entendimiento- debe ser una fuente de agua viva e inagotable de luz. Vivir por esas palabras es Fe.

Jesús mencionó la dirección que debe tomar nuestro entendimiento cuando dijo: "El que me ama guardará mis palabras, mi Padre le amará y vendremos y habitaremos en él"

"Aquellos que no me aman no guardan mis palabras".

"Si permanecéis en mi y mis palabras permanecen en vosotros, podréis pedir lo que queráis y lo obtendréis." (Jn. 14:23,24-15:7)

Jesús incluso nos explicó que es esa misma palabra la que el Padre utiliza para podarnos. Después de explicar a sus Apóstoles que el Padre les podaría para que pudieran dar más frutos, les explicó cómo lo hacía. Él dijo: "De hecho ya estáis podados a través de mis palabras" (Jn. 15:3)

Las palabras de Jesús habitando en nuestro Entendimiento y almacenadas en la memoria, mantendrán nuestras almas en paz. Jesús siempre se asombraba cuando sus Apóstoles flaqueaban en su Fe, cuando olvidaban sus palabras y señales dejándose dominar por el miedo. Olvidaban sus palabras y vivir por ellas.

Jesús pedía Fe a todos-una Fe que surge desde la humildad. Debemos ser humildes para aceptar todo lo que Jesús nos dijo. Nuestra comprensión genera dudas en nuestros corazones porque no puede elevarse por encima de sus propias limitaciones pero una vez que está llena con la Fe, nada es imposible porque juzga todo por las palabras de Jesús y no por sus propias palabras.

Para nosotros puede ser bueno mirar las Escrituras y ver como aquellos que siguieron a Jesús y lo pusieron en práctica crecieron en Fe.

Desde el pecado parece haber una cosa que siempre arrastra nuestra alma a las profundidades, miraremos primero a un pecador y veremos como la Fe le guía a través de las profundidades.

Jesús fue invitado a comer en una casa de un líder Fariseo. Había estado invitado a la fiesta, no por amor sino por mera curiosidad. Querían observar a este joven Rabí de cerca. Una mujer, cuya alma estaba abrumada por el peso del pecado, entró. Su memoria e imaginación debían haberla atormentado durante años con el peso de la culpa, conduciéndola más y más a peores pecados que la hicieran olvidar los más antiguos. Seguramente escuchó hablar del amable Maestro que comprendía y perdonaba. ¡El esfuerzo que debió soportar su alma cuando por primera vez pensó en pedir perdón! Su memoria debió remontarse a sus antiguos pecados con gran rapidez y su imaginación adornándolos hasta que pareció rodeada con el horror de la desesperación. Seguramente estas facultades no pararían ahí. Había vivido tanto tiempo en sus emociones que ellas lucharían por el control. Le pintarían un futuro sombrío sin los pecados que le habían proporcionado tanto placer pero seguramente le esconderían la desdicha que había acompañado cada momento de ese pasado pecador.

Su pobre alma debió haber gritado en agonía de muerte cuando se esforzó en liberarse de las profundidades de la desesperación.

No sabemos cuando aquella mujer oyó hablar del Maestro pero lo que escuchó debió darle una chispa de esperanza y esa chispa fue todo lo que necesitó para que el fuego del amor se encendiese.

No importa lo que la imaginación y la memoria le dijesen, se aferró a Sus palabras de Amor y Compasión. Ella reemplazaría el recuerdo de sus pecados con la parábola del hijo pródigo. Cuando su razón le dijera que Dios nunca perdonaría sus pecados por ser tan espantosos, recordaría a la mujer que fue pillada en adulterio. Aquellas palabras resonarían en sus oídos: "¿Nadie te ha condenado?, tampoco yo te condeno: Vete y no peques más". (Jn. 8:10,11)

A medida que ella luchaba en su interior, rayos de luz atravesaban la oscuridad y su entendimiento comenzó a elevarse por encima del fango de la suciedad y comenzó a respirar el aire fresco de la paz. Este también tenía que cambiar. Su memoria le decía que era inútil y su entendimiento le decía que era imposible pero el sonido de Su voz plantó la semilla de la Fe y la mirada de compasión de Su rostro le dio Esperanza. Comenzó a desechar el razonamiento humano y se adentró en las regiones desconocidas del espíritu- una región de la que sabía poco pero comprendía mucho. Ansiaba liberarse y el darse cuenta repentinamente de que El la perdonaría hizo que le buscase.

Escuchó que había sido invitado a la casa del Fariseo y desechando cualquier consideración de respeto humano allí se dirigió. No miró a izquierda o derecha, allí se dirigió directamente en busca del Maestro.

Se arrodilló a sus pies y al tocarlos la compasión fluyó hasta ella curándola como lo hizo con la mujer que tocó sus vestiduras. Sus numerosos pecados fueron perdonados y su lucha en contra de las humanas facultades fue recompensada; fue liberada. El alivio fue tan grande que comenzó a llorar y sus lágrimas cayeron abundantes sobre Sus pies. No tenía nada con qué secárselos excepto su lindo y abundante cabello. La belleza humana que había utilizado para atraer a los hombres la usaba ahora para secar sus lágrimas de contrición. Renovaría todo su ser- cuerpo y alma- cambiaría- se elevaría desde las profundidades a las alturas.

No destruiría sus emociones sino que las reconduciría por los caminos de Dios. Glorificaría Su Compasión eternamente.

Todos en el comedor la miraron con desdén- todos excepto Jesús. El conocía sus pecados pero también sabía de su lucha interior, de sus esfuerzos y deseos. Creyó en sus palabras de Misericordia y gracias a eso estaba allí.

Rechazó creer y vivir sus propias palabras y pensamientos y decidió vivir por las palabras de El. No cometió el error en el que casi todos caemos. No, apartó a un lado su razonamiento finito, su imaginación desbordada y creyó en Sus palabras.

Jesús la miró y dijo: "Tus pecados han sido perdonados. Tu Fe te ha salvado, ve en paz". (Lucas 7:48,50)

Normalmente no pensamos en la Fe en relación al perdón de los pecados y aún así, la falta de Fe es la verdadera causa de tantos complejos de culpabilidad- complejos que amputan y destruyen vidas y felicidad.

Algunas veces, antiguas culpas nos persiguen porque puede que hayamos ofendido a otros pero las palabras de Jesús, en las que la Fe se cimienta, nos dicen que Dios puede y transformará en bueno lo malo. Si hemos ofendido a alguien y expresado nuestro arrepentimiento pidiendo disculpas y la persona ofendida rehúsa perdonarnos, nuestra Fe nos dicta dejarlo en manos de Dios. El se ocupará. Tan sólo debemos orar por esa persona y liberar nuestro corazón de cualquier resentimiento. Eso es Fé.

Vemos en los Evangelios que todos aquellos que buscaron el perdón eran, lo que podríamos llamar, "grandes pecadores". No hay nada que nadie,  hoy en día,  pudiera hacer que aquellos hombres y mujeres no  hubiesen hecho antes.

La diferencia entre ellos y nosotros no es lo espantoso o la enormidad del pecado, sino nuestra Fe. Ellos le oyeron decir: "No son los sanos los que necesitan médico, sino los enfermos. Ir y aprended el significado de las palabras, ´Lo que necesito es compasión, no sacrificio` y en verdad os digo que no vine a llamar a los justos, sino a los pecadores." (Mateo 9:12,13)

Estas palabras echaron raíces en las almas de estos pecadores; vivieron por ellas y fueron perdonados y liberados. Hoy,  todavía las leemos pero preferimos vivir por nuestras propias palabras- palabras nacidas de un intelecto finito e inmisericorde en el que la Verdad no está en nosotros- están en Jesús.

Porque nuestro entendimiento está tan limitado, nos resulta difícil creer que Dios perdona y olvida. Tendemos a juzgarle por nuestros parámetros y olvidamos que la sabiduría de los hombres es necedad para Dios.

Jesús nos dijo que por el rasero que midiésemos seríamos medidos. Esto son palabras vivas que deben ser experimentadas, no únicamente leídas y olvidadas. No podemos aplicar la justicia a nuestro vecino y la misericordia a nosotros mismos.

Y con respecto a la misericordia podríamos decir de todas las demás virtudes. Debemos vivir nuestras vidas siguiendo sus palabras y ejemplo. Esto es vivir por la Fe pero nuestras propias emociones y razonamientos son,  con frecuencia,  contrarios a Su razonamiento y Voluntad.

Podemos ver esto en la explicación que Jesús dio a sus Apóstoles con respecto a la parábola del sembrador. Les dijo que "cuando alguien escucha la palabra sin comprenderla, el maligno viene y se lleva lo que estaba sembrado en su corazón". En otras palabras, la Buena Nueva fue almacenada en sus memorias (corazón) pero nunca alcanzó su entendimiento. Nunca la estudiaron, la razonaron o empezaron a vivir por ella, por lo que al diablo le resultó fácil sacarla completamente de sus mentes sustituyéndola por otros pensamientos, imaginaciones y deseos.

Continuó: "El  que la recibe en terreno rocoso la echa a perder: la escucha y la recibe con alegría pero no puede echar raíces en él, no perdura; deja que venga alguna tribulación o persecución por haberla recibido y caerá inmediatamente". Aquí tenemos a alguien que no solamente almacenó la Palabra en su memoria sino que encontró gran gozo en ella pero esta alegría es puramente emocional; su aceptación de la Palabra es por su cualidad emocional. Ser amado por un Gran Dios le daba un sentimiento de Esperanza, alegría y seguridad.

Esta clase de hombre juzga la eficacia de la Palabra enteramente por sus sentimientos y hará todo lo que esté en su mano para mantener esos sentimientos en un elevado nivel. Esta clase de piedad en realidad la podemos llamar el "opio del pueblo". Dios es utilizado como un tranquilizador o anestésico que emborrona la realidad o la vida.

Porque la Palabra nunca alcanza su entendimiento,  previamente elevado por la Fe,  esta clase de hombre cae tan pronto como una prueba o una persecución se presenta. La razón de esto es porque cualquier clase de sufrimiento, bajo cualquier forma, se lleva sus sentimientos.

Su Entendimiento, todavía operando en un nivel natural, no encuentra explicación alguna para pruebas o cruz. Son puras tonterías para él porque en su mundo emocional  ha imaginado las pruebas que Dios le enviaría y se ve así mismo atravesándolas en un resplandor de gloria. Imaginarse portando la cruz y siguiendo al Señor se ha convertido en su mente solamente en otro nivel de emoción, no en un silencioso sacrificio a Dios.

Desgraciadamente o tal vez,  afortunadamente, las pruebas que surgen en su camino son muy diferentes a lo que su humano razonamiento había proyectado. Se le ha dado una oportunidad de elevarse al nivel de la Fe mediante la aceptación de unas pruebas que no comprende.

Consecuentemente, cuando aparece cualquier sufrimiento que no puede explicar o que no puede acometer con la gloria, la atención o la comprensión del lugar que ocupa en su vida, se cae de esta fe recién encontrada. Trató de poner fe en su nivel de memoria e imaginación pero no encajó. Como pez fuera del agua murió.

Jesús continúa relatándonos otro tipo de persona: la que recibe la Palabra entre zarzas. Dice de tal hombre: "Oye la Palabra pero las mundanas preocupaciones y la atracción de las riquezas ahogan a la Palabra  y no da fruto."

Aquí es donde un gran porcentaje de la humanidad vive, en lo que a la vida con Dios respecta. Es en esta área donde nuestras almas corren un serio peligro. La razón es que ambos, preocupación y deseo de riquezas parecen ser parte y parcela de la vida diaria. Difícilmente existe una sola persona viva que no tenga una legítima razón para preocuparse, ni tampoco hay muchos de nosotros que no crea que una forma de vida más confortable nos vendría bien.

Cuando el Señor describió esta categoría de humanidad, apartó el confortable cojín de excusas sobre las que nos habíamos apalancado durante tanto tiempo. Para nuestra consternación, tiró de él bajo nosotros con casi un aire de disgusto y nos dijo sin rodeos que "no producimos nada".

Por lo menos el hombre de la primera categoría no entendió la Palabra y el segundo la recibió durante un tiempo, pero aquellos que permiten que la preocupación y las ambiciones mundanas ahoguen la Palabra parecen ser más deliberados en nuestras acciones y más conscientes de nuestras opciones. Permitimos que nos dominen.

Cuando nuestra memoria e imaginación están bajo completo control, comenzamos a racionalizar nuestras ambiciones y preocupaciones hasta que aparentan ser legítimas y necesarias; entonces es cuando comenzamos a ahogar a Sus palabras y revelaciones y echarlas fuera de nuestras mentes.

Pasamos a estar tan absortos en aquello que aparentemente es justo y bueno que podemos pasarnos la vida entera distraídos. Buscamos soluciones y vías de escape a nuestros problemas pero nunca buscamos la respuesta en Dios. Nuestra relación con Él es tan irreal que nos parece tan lejos y de otro mundo que ponemos en duda que nos conoce y nos ama.

¿Por qué insistimos en la necesidad de preocuparnos? Llegamos tan lejos de incluso denominarlo "responsabilidad" pero en el fondo de nuestros corazones sabemos que no se trata de una preocupación responsable sino de una falta de confianza en la Divina Providencia.

El hablar de nuestros problemas con Dios es una forma de oración. También es una ocasión para vaciar nuestra memoria e imaginación de las cosas superfluas que se han ido acumulando.

El Señor desea que hablemos con El  de nuestros problemas, desengaños, aflicciones y sufrimientos. Sobre esto no hay nada que sea lo suficientemente grande ni demasiado pequeño. Está profundamente interesado en cada parte de nuestras vidas y desea compartir cualquier preocupación con nosotros. Por eso,  está en Su Voluntad que acudamos a El con nuestras necesidades.

Para hablarle a Dios de ellas tenemos que sacarlas de nuestras mentes y ponerlas en la de El. Pero hay un punto en el que la mayoría de nosotros fallamos. Después de que se las hemos dado a Dios inmediatamente después se las volvemos a quitar y la carga se convierte en más pesada y más insoportable. Nuestra memoria e imaginación, ayudadas por nuestro natural razonamiento nos dice que somos nosotros los que debemos realmente solucionar este problema por nosotros mismos.

Es cierto que con frecuencia debemos hacer movimientos planificados para ayudar a solucionar esos problemas, pero eso pertenece a la categoría de la acción. Preocuparse no es hacer- es no hacer nada sino estar llenos de pensamientos negativos- pensamientos que minan toda esperanza de nuestra memoria y toda la Fe de nuestro entendimiento.

De hecho, la preocupación ahoga la Palabra de nuestra mente y nos abandona a nosotros mismos. A pesar de que gritamos a Dios pidiendo ayuda, rehusamos dejar marchar a nuestros problemas. Nos aferramos a ellos como a una manta de seguridad que eventualmente nos cubrirá hasta la muerte.

El ansia de riqueza es otro peligro que cuelga con un aire de legitimidad. Jesús usó la palabra "codicia" porque como un cebo artificial se bate para incitar a los peces, así la riqueza incita al hombre a alcanzar falsas esperanzas y placeres.

Un pez, mirando un cebo artificial colgando del anzuelo de un pescador, está bajo la impresión de que lo que ve es real, apetitoso y satisfactorio. El pescador ha invertido mucho en crear esa impresión y no le importa estarse sentado durante horas batiendo su cebo, esperando a que el pez que no sospecha,  pique.

Uno que esté al lado en la costa observando tal escena se da perfecta cuenta de lo que va a tener lugar-igual que el pescador. El único inconsciente de las consecuencias reales de su próximo movimiento es el pez y cuando se quiere dar cuenta,  es demasiado tarde.

Jesús es el observador en la costa de la vida y nos está avisando de que no nos acerquemos al cebo que cuelga de la caña del maligno.

Debemos estar por encima de las preocupaciones y de las posesiones innecesarias para poder mantener nuestra memoria limpia y suficientemente claro nuestro entendimiento para escuchar Su Palabra y vivir por ella. Si no lo hacemos no obtendremos más que ansiedad y frustración.

Es en el relato de Mateo de la parábola del sembrador donde encontramos un interesante añadido. Dice: "y el que recibió la semilla en tierra fértil es el hombre que escucha la palabra y la comprende; es el que invierte la cosecha y obtiene un ciento, ahora sesenta, ahora treinta".

Pero hay otras veces,  cuando incluso a pesar de que comprendemos, todavía dudamos y nos retiramos. Entonces es cuando producimos el sesenta por ciento.

Y también, hay otras veces cuando las circunstancias y nuestras mentes finitas unen esfuerzos y nos dicen que este problema o dificultad es imposible y que incluso Dios no nos puede ayudar pero de alguna manera nos agarramos a un hilo de Fe y nos apañamos para sobrevivir y sobrellevar el treinta por ciento del fruto. 

¿Qué nos hace retirarnos y permitir que nuestro razonamiento humano se apodere de nuestras vidas tan completamente? Parece haber una única respuesta a esa cuestión y la respuesta es- la falta de humildad.

Si no podemos comprender completamente los Misterios de Dios no los aceptamos y cuando no los aceptamos no pueden pasar a ser parte de nuestra vida cotidiana. Se convierten en meras creencias que a duras penas aceptamos porque necesitamos algún tipo de muleta o las rechazamos porque están por encima de nuestro razonamiento.

Algunas veces jugamos y aceptamos algunas revelaciones mientras que desechamos otras que no nos convienen. Utilizamos ese mismo poder de razonamiento, por el que aceptamos algunas revelaciones, para auto-convencernos y desechar el creer en otros misterios Fe exclusivamente.

Por ejemplo, sabemos que Dios todo lo puede, pero nuestra forma de razonar humana nos dice que ahora no quiere, o no puede.

Sabemos que Dios nos ama, pero nuestro intelecto no puede entender Su amor y atención personal por lo que pasamos a ser otro grano de arena de la playa.

Sabemos que Dios es omnipresente y especialmente presente en nuestras almas a través de la gracia pero como nuestra comprensión no consigue comprender del todo el "como", continuamos nuestro camino como si El no estuviese.

Sabemos que hay un Dios porque cada efecto ha de tener su causa pero como nuestro entendimiento no puede explicar un poder que es puro espíritu, preferimos llamarle "Naturaleza".

Achacar toda la creación a la Madre Naturaleza es hacer descender a Dios a nuestro nivel sensitivo dónde podemos competir con El en igualdad de bases pero ninguna de estas bases es de igualdad, sino de orgullo por nuestra parte. Nos apañamos para mantenernos a distancia de elevarnos al de la Fe porque insistimos en pelear un combate con nosotros mismos manteniéndonos dentro de los estrechos límites de nuestras propias mentes.

Recordamos cuando El dijo que deberíamos perdonar setenta veces siete cada día, pero aplicamos esto sólo cuando nosotros somos los que tenemos que ser perdonados. Nuestro razonamiento humano nos dice que esto es imposible cuando alguien nos ofende con tanta frecuencia.

Recordamos cuando nos dijo que deberíamos amar a nuestros enemigos y devolverles mal por bien pero nuestro intelecto nos dicta que no podemos amar a alguien que nos odia- es pedir mucho- no es razonable.

Recordamos cuando nos dijo que debíamos amarnos los unos a los otros del mismo modo en que el nos amó pero el pensamiento de este mandamiento es, posiblemente, una de las pocas veces que reconocemos una importante verdad porque desechamos completamente el mandamiento diciendo, "No podemos hacerlo porque Dios nos ama con un Amor Infinito y nosotros somos finitos". Si, claro que lo somos, pero admitimos esa verdad en el lugar y el tiempo equivocado.

Recordamos ahora cómo nos hablaba de Su Padre en el cielo y que El se iba allí a prepararnos un sitio, pero nuestro entendimiento humano nos racionaliza fuera del cielo porque se niega a elevarse así mismo hasta la región de Dios y de los espíritus puros- un lugar dónde sólo la Fe puede entrar durante esta estancia terrestre.

El razonamiento humano puede calmar nuestras emociones durante un tiempo y a pesar de ostentar el fruto del autocontrol, este es un autocontrol centrado- control en lo que respecta al ser humano-en mostrarse de cara a la galería. Lo que es tenido por control sólo nos conduce a una forma más sutil de egoísmo y orgullo. No nos cambia para estar dentro de Jesús; meramente controla nuestras emociones dejando todavía nuestro entendimiento al nivel del natural.

Sólo cuando nuestro entendimiento es elevado por la Fe en Jesús cambiamos y nos convertimos en hijos de Dios y herederos de su reino. La fe nos proporciona un nuevo nacimiento. Aparta nuestra antigua manera de pensar y adopta una nueva forma. Ponemos nuestras mentes en Cristo, como San Pablo nos urgió a hacer.

Como cristianos no solamente creemos, pensamos y vivimos por esas creencias. Razonamos y comprendemos por Su rasero, no por el nuestro ni por el del mundo. Vemos los acontecimientos, la gente, decepciones, pruebas y sufrimientos bajo una nueva luz. No sólo tenemos Fe, sino que vivimos por ella.

Viviendo en esta luz somos liberados de un gran peso y pasamos a ser libres para poder respirar el aire de la alegría  y de la libertad porque ya hemos comenzado a vivir en El.

El cielo pasa a ser cualquier lugar en el que El se encuentra y a pesar de que vivimos en un mundo físico, también vivimos en uno espiritual que está en nosotros y es interminable. Ya que estamos compuestos de cuerpo y de alma debe de haber armonía entre estas dos vidas. Uno debe ayudar al otro hacia la felicidad en esta vida y en la otra.

Si ponemos demasiado peso en la espiritual, corremos el riesgo de volvernos fríos, estoicos y despreocupados. Si ponemos demasiado énfasis en la física nos volvemos egoístas y codiciosos.

Vemos en Jesús la balanza perfecta entre lo físico y lo espiritual y en ella,  esta armonía que buscamos. Nuestras pasiones y deseos deben estar sometidos a nuestro poder intelectual,  de manera que no seamos agitados de un lado a otro como un barco sin timón en una tormenta. Por otro lado, si ignoramos la parte física de nuestra naturaleza,  corremos el riesgo de matar al hombre antiguo en lugar de renovarlo y hacer que renazca.

Renacer en el espíritu es vivir en un plano sobrenatural. Debemos puntualizar que la palabra "sobre" significa elevado, exaltado. Por eso, cogemos lo que tenemos-naturaleza humana- y con las virtudes de la Fe, Esperanza y Amor, elevamos lo que es y siempre será humano y finito, a un nivel superior- un nivel de participación dentro de una vida más alta y más sublime que la propiamente nuestra.

Aunque nuestra naturaleza humana,  con todas sus debilidades inherentes, siempre está con nosotros, podemos, de manera calmada y consciente, elevarla a un plano más alto y más feliz.

Nos damos cuenta que en la parábola del sembrador, Jesús nos habla de la "tierra fértil" en la que cae la semilla y de la que saldrán frutos diversos.

Para que la tierra sea fértil debe tener las propiedades necesarias para que la cosecha sea fecunda. Necesita fertilizante y debemos mantener mínimas a las persistentes malas hierbas.

Y lo mismo pasa con nuestras almas. El poder de Dios es mayor en la debilidad. Nuestras almas son ricas en imperfecciones que nos mantienen en constante agitación. Podemos usar esa tierra rica como un montón de estiércol al que vamos arrojando pecado a pecado o podemos mantener la tierra sembrada y usar el fertilizante de nuestras debilidades para cultivar el último fruto para el Reino de Dios.

A nuestra naturaleza humana Dios ha añadido los ingredientes de la Fe, la Esperanza y el Amor para producir una abundante cosecha, pero si nosotros no ponemos el esfuerzo del cultivo y la siembra, el enemigo sembrará más y más malas hierbas. Al rico terreno se le agotarán sus ingredientes y se convertirá en tierra estéril.

Dios es el sembrador y nosotros los jardineros. El ha sembrado la Virtud de la Esperanza en nuestra memoria, la Fe en nuestra comprensión y el Amor en nuestra voluntad. Como buenos jardineros, usamos nuestra debilidad para crecer en virtud arrancando la mala hierba del pecado que disminuye nuestro fruto y  arruina la belleza de nuestro jardín. Jesús nos contó esto cuando dijo: "Es para la gloria de mi Padre el que deis muchos frutos y entonces seréis mis discípulos". (Juan 15:8)

San Pablo se dio cuenta de esto cuando dijo que haría de su debilidad su especial alarde, para que el poder de Cristo pudiera permanecer sobre él (2 Cor. 12:9).  El utilizó su debilidad para crecer en la imagen de Jesús. Puso cuidado, no obstante, en que esas debilidades no trajeran consigo cosecha de pecado. Sus fracasos curaron su orgullo y le hicieron depender más y más de Dios.

Llegamos ahora a una faceta de la vida cristiana que encontramos difícil de comprender y armonizar: debilidad y santidad – lo ridículo transformado en sublime- lo muy humano transformado en divino.

Antiguamente la gente en el pasado representaba a los santos como de otro mundo, carentes de emociones, indiferentes y carentes de pasiones y debilidades humanas-  seres extraordinarios puestos aparte por Dios para llegar a un estado sobrenatural inalcanzable por el resto de la humanidad.

Nada puede ser más falso. La verdadera diferencia es que ellos usaron estas debilidades y nosotros tratamos de destruirlas. Encontramos, no obstante que tan pronto creemos que hemos superado una debilidad,  o bien resurge otra vez, u otra ocupa su puesto. Entonces nos desalentamos y abandonamos la lucha dándola por perdida.

Tratamos de luchar contra enemigos invisibles y debilidades con armas visibles y este es con frecuencia nuestro primer y último error.

Cuando nuestra memoria trae de vuelta alguna experiencia pasada desagradable, nos sentamos como si estuviésemos  frente a un televisor y disfrutamos de ello. Lo vivimos y revivimos hasta que sale de un modo tan desproporcionado que quedamos enredados en una red de fantasías.

El convocar pasadas ofensas es una debilidad de nuestra naturaleza humana. Poseer esas debilidades no es lo malo que tenemos. El éxito o el fracaso reside en cómo las manejamos y la forma en que las manejamos determinará la fuerza o la debilidad que esa fragilidad llegará a tener.

Si consecuentemente nos damos por vencidos, esa debilidad nos controlará. Si la superamos la conquistaremos,  a pesar de tal vez, nunca podamos destruirla.

Sentir enfado no es lo que molesta a Dios, es ceder ante la ira y dejar que el sol se ponga en nuestro enfado de manera que envuelva nuestra alma.

Cuando el Espíritu Santo nos dijo que no permitiéramos que el sol se pusiese estando enfadados nos estaba dando un plan. Debemos dejar descansar a nuestra memoria antes de retirarnos a dormir cada noche. Debemos hacer repaso de los acontecimientos del día y perdonar y olvidar. Si no podemos olvidar, entonces mirar al día bajo los ojos de Jesús.

Debemos aceptar los acontecimientos del día bajo la luz de la Fe. Tenemos que olvidar y usar lo desagradable para crecer en humildad y regocijarnos en lo agradable porque ambas cosas son ordenadas o permitidas por Dios para nuestro bien. Aquí es dónde la Fe juega un papel tan importante en nuestras vidas.

Un cristiano lo ve todo bajo la luz de la Fe y piensa bajo la luz de la Fe. Es aquí dónde demostramos si somos cristianos de nombre o de hecho.

Cuando Dios nos da un plan diciéndonos qué hacer, a saber, no permitir que el sol se ponga estando enfadados, también nos dijo cómo conseguir esto de manera efectiva.

En el Evangelio de San Lucas Jesús dijo: "Se compasivo como Tu Padre que está en los cielos lo es" (Lucas 6:36). Muchas traducciones usan la palabra "Clemente" pero la Clemencia parece ser el fruto de la compasión, por eso nos fijaremos en este pasaje y utilizaremos la nueva traducción para ver cómo encaja en nuestra vida cotidiana.

La Compasión es un sentimiento que pertenece a esa facultad que más concierne a la categoría de memoria e imaginación. No debe sorprendernos entonces que Jesús nos pidiera que fuésemos compasivos como el Padre lo es.

Cuando somos compasivos nos identificamos con las debilidades de nuestro vecino, incluso a pesar de que nos ofenda, de alguna manera le comprendemos. Somos capaces de ser objetivos y tener un corazón comprensivo, totalmente consciente de nuestra propia debilidad.

Debemos crecer en el sentimiento de compasión,-porque la compasión debe ser la sustituta de la ira incontrolada, de la impaciencia y de un corazón inflexible.

Las Escrituras nos cuentan que Jesús se compadeció de las multitudes o de los pecadores. Sentía pena por ellos porque eran como un rebaño sin pastor. La propia palabra "compasión" nos produce un sentimiento cálido y bondadoso.

Jesús no nos pide que destruyamos nuestros sentimientos. Nos pide que los cambiemos y los elevemos. La virtud de la Esperanza nos da coraje para perseverar a través del laberinto de malos recuerdos, y nos produce resultados en el sentimiento de bienestar que llamamos alegría.

Pero para el incidente desagradable que aún no se ha convertido en recuerdo, sino que está presente en el momento, necesitamos Compasión que nos permita ser clementes.

Es en este punto donde la Fe nos debe llevar hacia ese otro paso tan necesario para preservar nuestra determinación y elevarla por encima de las cosas de este mundo.

Jesús nos dijo: "Sed perfectos como nuestro Padre que está en los cielos lo es". Esperanza, alegría y compasión pertenecen a nuestros sentimientos y ellos ayudan a esa parte de nuestra naturaleza humana para elevarla por encima de sí misma.

La palabra "perfecto" de ningún modo se refiere al orden exterior o perfección, sino a una elevación de nuestras mentes a un nivel diferente-un nivel en el cual la perfección es más fácilmente lograda

Éste es un nivel espiritual el cual se nos anima que alcancemos, un nivel no tocado por las sensaciones, que tienden a arrastrarnos al nivel animal. Debemos darnos cuenta que si ignoramos nuestra vida con Dios, corremos el riesgo de vivir una vida incontrolable, una vida dirigida solamente por nuestros sentidos, muy semejante a la manera como un animal es dirigido por sus instintos.

Cuando substituimos la cólera o el odio a través de desarrollar sentimientos de compasión estamos calmando nuestras pasiones, pero todavía seguimos funcionando en el nivel inferior de los "sentidos." Debemos ahora agregar una nueva dimensión y elevarnos al plano espiritual de la fe y vivir de acuerdo a estándares más perfectos, estándares puramente espirituales - los mismos estándares de acuerdo a los que vive nuestro Padre – y eso exige fe.

Al mismo tiempo que nuestros sentidos y emociones son mantenidas en control gracias a la substitución de las emociones peligrosas por la compasión, la alegría y la esperanza, despejamos el camino para elevar las facultades "más altas" de nuestra alma: la comprensión y la voluntad.

Al hablar de alguna facultad es a menudo necesario traer a colación una o dos de las otras para mayor claridad. Aunque cada facultad es diferente, todas trabajan en una relación tan estrecha que apenas somos conscientes de sus diferencias.

Hasta ahora, pues, Jesús nos ha venido diciendo que seamos compasivos y perfectos como el Padre es compasivo y perfecto. También sabemos que Jesús es la imagen perfecta del Padre. Esa imagen perfecta se ha convertido en hombre para enseñarnos "cómo"  y decirnos "qué" hacer.

Saber lo que Él hizo es conocimiento histórico, pero hacerlo parte de nuestra vida,  imitándolo, es fe. Y nuestro grado de fe no será determinado por cuánto sepamos, sino por cuánto lo hacemos parte de nuestra vida.

Aquí es donde nuestro entendimiento humano se rebela; se rebela porque a menudo está arraigado sobre el orgullo. Cuando comenzamos a tratar con nuestro intelecto y a hablar de estándares, verdades y revelaciones supernaturales, nuestro entendimiento humano está en desventaja.

Nuestro entendimiento es tan dependiente de nuestros sentidos y memoria para el conocimiento al que define y racionaliza, que  se encuentra perdido cuando se le pide tratar con lo puramente espiritual. En el reino de lo espiritual nuestros sentidos nos fallan totalmente. Mas Dios nos pide, con la ayuda de su gracia (no de nuestros sentidos), levantarnos a su nivel de perfección.

Pero también la gracia es invisible, y consecuentemente nos encontramos en la necesidad de algo que nos permita cumplir los mandatos divinos en nuestro nivel.

La cualidad que necesitamos para lograr esta tarea aparentemente imposible es la fe.

Al ser elevada nuestra memoria por la esperanza, y desarrollada por la compasión, también nuestra inteligencia es elevada por la fe y desarrollada por la humildad y la mansedumbre.

Nos han dado el regalo de la fe, y Jesús nos ha dicho cómo incrementar este regalo. Él dijo, "aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y ustedes encontrarán descanso para sus almas." (Mt 11, 29). Para aceptar las revelaciones de Jesús, debemos ser humildes y admitir que están por encima de nosotros.

Si no somos humildes, la duda causará malestar en nuestras almas. Nuestra incapacidad para solucionar los problemas del dolor y del sufrimiento causa malestar en nuestras almas.  La dificultad de aceptar las verdades que están dentro de nuestra razón, pero al mismo tiempo sobre esa razón, causa inquietud en nuestras almas.

El deseo y la incapacidad de erradicar la pobreza y la enfermedad causan inquietud en nuestras almas. Las inexplicables razones de todas las angustias y las decepciones de la vida diaria causan malestar en nuestras almas.

Hay una multitud de cosas en la vida que se amontonan dentro de nuestra inteligencia  exigiendo explicaciones. Pero nuestra capacidad de raciocinio, sin ayuda de la fe, no puede solucionar estos problemas ni contestar a estas preguntas.

Así que nuestro entendimiento debe levantarse por sobre sí mismo con la fe o caerá en un constante estado de duda y frustración. Cuando no puede hacer frente a problemas difíciles de resolver fingirá que no están allí o fabricará alguna solución lógica que no hará nada sino tocar la superficie.

Así encontramos al científico que rehúsa creer en Dios, creando sus propias explicaciones de los misterios que su razón no puede entender. Pero de alguna manera nunca logran satisfacerlo por mucho tiempo, ni a él ni a nadie más.

Encontramos a un trabajador social que ve pobreza, enfermedad e injusticia,  y pierde su fe en Dios porque su sola comprensión no puede solucionar ni hacer nada respecto a esos problemas astronómicamente grandes.

Vemos a los que han sido injustamente ofendidos, amargados porque su entendimiento no puede encontrar ninguna razón que explique la persecución.

Y también están los que sinceramente intentan llevar buenas vidas pero que, a cambio, son asediados por tragedias y desgracias. Su entendimiento cuestiona, y se rebela a veces ante toda esa injusticia.

Verdaderamente nuestra comprensión, sin ayuda de la fe, no puede hacer frente ni a convivir con, ni a aguantar esa multitud de crisis que plagan nuestras vidas diarias.

En el Antiguo Testamento la fe se fundaba en la esperanza de un Salvador. Ahora nuestra fe se basa en la creencia en Jesús como Señor y en nuestra imitación de Él como Dios-Hombre.

Somos salvados por esta clase de fe porque Jesús es su fuente. "Es en Él y por Él que nos movemos y vivimos." (Hech 17, 28).

Esta clase de fe tiene el poder de transformarnos en hijos de Dios. Pero en este campo ponemos a menudo la carreta al frente del caballo al afirmar nada más con los labios que creemos que Jesús es el Señor. Entonces procuramos probar nuestra sinceridad con las buenas obras, como cooperar con alguna obra de caridad.

Una fe que no produce nada sino palabras vacías nunca toca nuestra inteligencia. Sólo sirve de bálsamo para nuestra mala conciencia y no produce nada.  Nunca nos cambia.

La clase de fe que Jesús quisiera que tuviéramos es la que cambia nuestra manera de pensar y de actuar. Ella razona en un plano más alto y ve las cosas en una luz totalmente diferente de nuestra manera humana de razonar.

De esto tenemos un ejemplo en la manera como actuaban los Apóstoles antes y después de Pentecostés. En el evangelio de San Marcos leímos el sitio donde Jesús previó la negación de Pedro y la huída del otro Apóstol cuando Jesús lo necesitaba..

Jesús les dijo: "Todos ustedes perderán la fe... Sin embargo, después de mi resurrección me les adelantaré a Galilea." (Mc 14, 27)

La fe de Pedro no era tan fuerte como él pensó que era. Él confundió su fe con su amor emocional por Jesús y su admiración por su poder. La respuesta de Pedro a Jesús fue, "incluso si todos pierden la fe, yo no lo haré."

Tampoco la esperanza de Pedro había sido elevada todavía; era presumido, y la presunción se opone a la esperanza.

Sí, aunque Pedro pensó que tenía todo lo que un Apóstol necesita para perseverar a través de la prueba, él pronto se dio cuenta que todo era natural, todo estaba en la pura superficie; él no estaba pensando como Jesús.

La esperanza y la fe de Pedro fueron construidas sobre un plano tan emocional que incluso después que Jesús predijera su negación, él todavía reiteró su lealtad diciendo, "Aún si tengo que morir contigo, yo nunca te negaré" (Mc 14,31).

La importante lección en este pasaje no es tanto la presunción de Pedro como la declaración de Jesús que ellos perderían su fe esa misma noche.

Al decirle a los Apóstoles cómo perderían su fe, Jesús nos ha enseñado al resto de nosotros de qué se trata realmente la fe.

Ya antes hemos dicho que los Apóstoles vivían en un plano emocional. No podían soportar el pensamiento del sufrimiento, muerte y partida del Señor, ni tampoco realmente escucharon cuando Él habló de su Resurrección.

Jesús sabía que mientras vivieran en ese nivel, su cruz sería un escándalo para su manera humana de entender y que, consecuentemente, perderían su fe.

Habían satisfecho solamente una parte de los requisitos necesarios para la fe: la creencia en Jesús como hijo de Dios. Tenían todavía que satisfacer el requisito más importante: transformar su entendimiento a la manera de entender de Jesús.

Un día, cuando Jesús les preguntó a sus apóstoles quién pensaban que Él era, Pedro respondió: "Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo". Jesús le dijo a Pedro que eso le había sido revelado por el mismo Padre.

Jesús miró a Pedro y dijo, "Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia"  (Mt  16,17). Pedro tuvo una revelación especial que le hizo entender que lo que parecía ser solamente un hombre era verdaderamente Dios. Por haber dado testimonio público de este hecho Pedro fue recompensado con las llaves del Reino, gracias a las cuales él podría desatar o atar en la tierra, y tener el mismo efecto en el Cielo.

Esto fue un momento glorioso para Pedro y él lo disfrutó. Cada vez que pensó en ese instante, la alegría llenó su corazón.

Y entonces, algunos días después, "Jesús comenzó a explicar a sus discípulos que Él debía ir a Jerusalén y sufrir ignominiosamente a manos de los ancianos, ser crucificado, y resucitar al tercer día" (Mt 16, 21). La inteligencia de Pedro se rebeló ante ese  pensamiento. Esto sería una tragedia y se tenía que hacer algo al respecto. ¿Qué pasaría con esta pequeña banda de seguidores si eso sucediera? Sin el Señor la Iglesia sería destruida antes de nacer.

Estos pensamientos deben haber atosigado la mente de Pedro hasta que no pudo soportar más. "Entonces, llevándolo a un lado, Pedro comenzó a protestar ante Él". "Que el Cielo te preserve- le dijo-  esto no debe sucederte".

Jesús se volvió hacia el hombre que apenas algunos días antes lo había proclamado Hijo de Dios, y le dijo, "¡Aléjate de mí, Satanás!  Eres un obstáculo en mi camino, porque tu manera de pensar no es la manera de Dios sino la del hombre" (Mt 16,23).

Pedro había dado el primer paso a la fe reconociendo a Jesús como Señor, pero su entendimiento, creado para asemejarse al Hijo en el que creía, no pensaba de la misma manera que Jesús. Era demasiado humano. Él todavía tenía que dar el paso final en la fe y revestirse de la "mente de Cristo."

Pensaba tal como un hombre pensaría, no como Dios pensaría. Involuntariamente Él se convirtió en obstáculo y en herramienta de Satán en el camino del Señor.

Cambiar tan drásticamente su manera de pensar exigiría una gran cantidad de humildad por parte de Pedro. No estaba listo para dar ese paso.

Pedro y el resto de los Apóstoles tuvieron que aprender, a partir de la triste experiencia, las consecuencias de una fe basada solamente en signos exteriores.

No fue sino hasta que Pedro negó a Jesús y los otros discípulos huyeron por falta de fe que se percataron que algo faltaba a su fe. Se trataba de mucho más que creer,  basados en las obras que hacía,  que Jesús era el Señor. Se trataba de pensar como Él pensaba, ver como Él veía, y actuar como Él actuaba.

La misma incapacidad de permanecer con Él en su momento de necesidad fue utilizada por ellos para mantenerse humildes, lo bastante humildes como para querer desconfiar en su propia inteligencia y aceptar todo de la manera que Él lo hizo.

La fe que no conduce a la imitación en pensamiento y en obra es simplemente un reconocimiento del hecho histórico de que Jesús es el Señor, pero hasta Satanás sabe que San Pablo lo manifestó bellamente cuando él dijo: "Es una señal de Dios el que Él les haya dado el privilegio no solamente de creer en Cristo, sino también de sufrir por Él" (Fil 1, 29).

Así es, ambas partes de la fe son privilegios de Dios, pero la muestra de que poseemos el regalo de la fe es la capacidad de sufrir por Él.

Sabiendo lo desagradable que resulta tal muestra a nuestra manera humana de pensar, Pablo anima a los filipenses a que tengan un propósito común, sin presunciones. Debían ser modestos, pensando más en el bien de los demás que en el propio.

Él  coronó todo ello diciendo:

"Era de naturaleza divina,

sin embargo, no se aferró

 a su igualdad con Dios sino que se vació a sí mismo

 para asumir la condición de un esclavo,

y ser en todo como los hombres; y siendo en todo como ellos,

 se humilló a sí mismo al grado de aceptar la muerte, muerte en una cruz" (Fil 2,6-8).

Sí, la fe es un regalo, y se convierte en un signo cuando estamos dispuestos a sufrir algo por Jesús. Se desarrolla a base de ceder humildemente nuestra manera de pensar y adoptar su manera de pensar. "Les he dado un ejemplo"- les dijo- "de modo que ustedes puedan imitar lo que yo he hecho por ustedes."  (Jn. 13,15)

En el Antiguo Testamento, la perfección consistía en la observancia estricta de la ley, perfección exterior, pero Jesús vino y se despojó de sí mismo por humildad, para darnos el valor de despojarnos a nosotros mismos de nuestro apego a nuestra propia razón y voluntad. Esto exige un cambio interior que es más difícil y purificante que la observancia de una ley.

Solamente la fe puede darnos la convicción y el empuje para cambiar y ceder nuestra propia manera de pensar y de obrar, o sea, entregar nuestra comprensión y voluntad a Dios.

"Lo único que deseo es conocer (entender) a Cristo"- dijo Pablo- "y la fuerza de su Resurrección, y compartir sus sufrimientos reproduciendo el modelo de su muerte"  (Fil. 3,10).

¿Cuál es el modelo de la muerte de Cristo?  Cuando Cristo dejó el seno del Padre y la gloria del Cielo para hacerse hombre, Él se despojó de toda su gloria. Se convirtió en uno de nosotros.

Él abandonó su manera de vivir como Dios y tomó sobre sí una manera de vivir muy inferior a la suya.

Él tuvo que pensar como hombre, para que el hombre pudiera comenzar a pensar como Dios. 

Él tuvo que vivir como hombre, para que el hombre pudiera vivir como Dios.

Él tuvo que limitar su poder como Dios, para que el hombre pudiera participar de ese poder y convertirse en hijo de Dios.

Él tuvo que sufrir como hombre, para que el hombre pudiera saber cómo imitar a Dios. 

Él tuvo que demostrarnos cómo se debe amar como hombre, para que el hombre pueda amar como Dios.

Encontró su contento en ser limitado como hombre, para que el hombre pudiera alcanzar lo ilimitado.

Él asumió una naturaleza inferior, para que el hombre pudiera ser levantado sobre su propia naturaleza.

Él cambió, y cambiando se convirtió en la humildad misma, para que el hombre pudiera darse cuenta de su nada y encarar la verdad con un corazón humilde.

El patrón de la vida de Cristo era uno de negación y sacrificio por amor, amor a los pecadores.

Se hizo hombre; sufrió; murió y  resucitó, para que tengamos un patrón y un camino seguro a seguir.

No tenemos el poder de asumir otra naturaleza, pero sí tenemos la capacidad de cambiar la parte de nosotros que Él hizo a su imagen y semejanza: el alma.

A través de la esperanza y la compasión podemos cambiar las emociones depresivas en emociones edificantes.

A través de la fe y la humildad podemos cambiar nuestra manera de pensar de un plano natural a un plano sobrenatural.

En la Epístola a los Colosenses San Pablo nos da una idea excelente de este patrón de la vida cristiana. Es interesante ver cómo se hace alusión a las tres llaves de la memoria, de la comprensión y de la voluntad.

Él dijo: "Ustedes son la raza elegida de Dios, sus santos. Él los ama y ustedes deben revestirse de una compasión sincera, de la amabilidad (que purifica nuestra memoria) y de la humildad, la gentileza y la paciencia (aumentando nuestra fe). El Señor los ha perdonado; ahora ustedes deben obrar de igual modo. Sobrellévense mutuamente; perdónense mutuamente tan pronto como se inicie un malentendido (substituyendo el mal sentimiento por uno bueno). Sobre estas vestiduras (memoria y entendimiento), y para guardarlas juntas y terminarlas, llénenlas de amor (la voluntad purificada por el amor) (Col 3,12-14).

¿Pero qué debemos hacer para lograr este cambio? San Pablo nos dice: "Maten en ustedes todo aquello que pertenece solamente a la vida terrenal: fornicación, impureza, pasión culpable, deseos malvados, y especialmente la avaricia, la cual equivale a adorar a un dios falso" (Col 3,5).

Al analizar nuestra memoria e imaginación vimos que todas estas cosas vienen del corazón desenfrenado; son emociones que profanan al hombre.

San Pablo se dio cuenta de qué fácil es vivir en un plano incontrolado. Nos dice que destruyamos estas emociones malvadas y las substituyamos por emociones superiores, tales como la compasión y la misericordia, que ayudan a cambiar nuestra manera de pensar y  conducen a la paz.

Recordó a estos primeros cristianos que ellos vivían antes en un nivel inferior "dejándose llevar por la ira, teniendo mal carácter, siendo rencorosos, utilizando palabras abusivas, y dándose a la charla sucia".

¡Es tan fácil ceder ante estas debilidades cuando los demás también lo están haciendo! Tendemos a excusarnos considerando estas actitudes como parte de la vida moderna, no malvada ni dañina,  sino solamente humana.

Estas cosas son genuinamente humanas; no son divinas, y hemos sido llamados por el piadoso amor de Dios a sublimar este tipo de emociones y remplazarlos con otras superiores.

Pablo continúa: "Despójense de su antiguo comportamiento, junto con su hombre viejo, y revístanse del hombre que progresará en el conocimiento verdadero según se renueve de acuerdo a la imagen de su Creador" (Col 3, 9-10).

¡Que magnífica herencia!  ¡Nos han elegido para pensar y actuar como Dios!

Cuando comenzamos a sustituir las emociones débiles, y a menudo malvadas, por cualidades divinas, estamos pavimentando el camino al pensamiento claro. Entre más accedamos al "conocimiento verdadero", más nos renovamos.

Entre más compasivos nos volvemos, lo bastante para "perdonar tan pronto una pelea comience", y más misericordiosos, sabiendo que también nosotros hemos sido perdonados, entonces comenzaremos "a ver lo que ningún ojo ha visto y a escuchar lo que ningún oído ha escuchado".

Observamos a Pedro y a los otros discípulos intentar disuadir a Nuestro Señor de que fuera a Jerusalén a sufrir y morir. Nos damos cuenta por esto que la presencia física de nuestro amado Señor cegó tanto sus emociones que llegaron a ambicionar los puestos superiores y a vivir esperando el respeto de la gente.

Les dijo que era conveniente que Él los dejara para que pudiera venir el Espíritu. Mientras Jesús estuvo con ellos, vivieron en su memoria e imaginación, y nunca pudieron vivir del todo por la sola fe.

No podían pensar los pensamientos de Dios que vienen con la fe porque estaban demasiado ocupados gozando de la presencia de Jesús y recibiendo la gracia que les llegaba por esa amistad.

No fue sino hasta que Él se fue y que comenzaron a vivir por la fe y en su Espíritu que pudieron cambiar totalmente sus patrones de pensamiento y vida.

Substituyeron la soberbia  y la arrogancia por la humildad.

Substituyeron  la ambición mundana por un deseo de regalos espirituales.

Substituyeron la impaciencia que sentían ante la muchedumbre inoportuna por la compasión hacia las multitudes.

Substituyeron el deseo de hacer todo ellos mismos por la percepción de que Él hace todo en ellos.

Substituyeron el desaliento causado por sus imperfecciones y pecados por la paz obtenida de  pensar en su misericordia.

Substituyeron el miedo al odio y la persecución de sus semejantes por la alegría de seguir sus pasos.

Así fue. Cuando los Apóstoles comenzaron a vivir según el ejemplo y las palabras de Jesús, comenzaron a cambiar.

Es verdad  que ellos estaban llenos del Espíritu Santo, pero nosotros también.

 Poseyeron sus siete dones, pero nosotros también.

Eran hombres débiles que fueron forzados por esa debilidad a esforzarse más arduamente, pero nosotros también lo somos.

Recibieron muchas gracias de Dios, pero nosotros también podemos recibirlas.

La era en la cual ellos vivieron era malvada, pero la nuestra también.

Ellos tuvieron la satisfacción de ver su trabajo testimoniado por milagros, pero nosotros también podemos hacerlo.

Su fe era tan grande que pudieron mover la montaña del paganismo, pero nosotros también podemos hacerlo.

Vieron la persecución a través de los ojos de la fe y sufrieron con alegría, pero nosotros también podemos hacerlo. 

Vieron las cosas como realmente son y no como parecían ser, pero nosotros también podemos hacerlo.

Tenían tres años viviendo con Jesús, y sus palabras fueron escritas en sus corazones, pero nosotros tenemos 2000 años de vivir en su Espíritu, con su ejemplo escrito claramente en el Evangelio, con los testimonios de su poder entre los hombres, y con la iluminación y la interpretación clara sobre sus palabras.

Si, tenían bastante, pero nosotros tenemos más..

Podemos tomar valor del fruto que ellos dieron y los ejemplos que nos dejaron. ¡Qué cambio se dio en Pedro después de Pentecostés. Cuando él comenzó a vivir por la fe, comenzó a emerger todo el potencial que estaba enterrado debajo de su jactancia y sus emociones mundanas. Es esperanzador ver que los hombres dan una vuelta completa en su manera de pensar.

Por unos instantes guardemos en mente las debilidades de Pedro y su esfuerzo por disuadir al Maestro, mientras leemos algo en su segunda epístola.

Él aprendió a no confiar en su propia fuerza, y dijo, "por su poder divino Él nos ha dado todas las cosas que necesitamos para la vida y la entrega verdadera".

Pedro aprendió de la forma más difícil que las emociones sensitivas no siempre producen una entrega verdadera.

"Al otorgarnos estos dones Él nos ha dado la garantía de algo muy grande y maravilloso por venir." (2 Pe 1, 3-11)

Éste es el mismo hombre que fue testigo ocular de la transfiguración de Cristo y estaba listo para construir tres tiendas. Deseaba que los consuelos terrenos duraran por siempre. Ahora se contenta con ver hacia la gran recompensa del futuro. No está seguro de lo que será,  pero su fe le dice que es algo grande, y eso le basta.

... a través de ellos ustedes podrán compartir la naturaleza divina y evitar la corrupción en un mundo hundido en el vicio."

Ya Pedro no tiene interés en saber quién es el más grande. Se ha dado cuenta que ha sido llamado a compartir la misma naturaleza de Dios; recuerda sus debilidades y glorifica la misericordia del Dios.

"Para lograr esto, ustedes tendrán que hacer su mayor esfuerzo".

A lo largo del ministerio público, Pedro le pidió al Señor que le aumentara su fe, lo enseñara a rezar, le explicara las parábolas. Y siempre buscó el camino fácil, preguntando si él debía perdonar a su vecino sólo siete veces.  Ahora se da cuenta que Dios le dio gracias, talentos y dones, y que él debe hacer un esfuerzo para utilizarlos y crecer en su amor.

"...Agregando bondad a la fe que ustedes ya poseen, entendimiento a la bondad, autodominio al entendimiento, paciencia al autodominio, entrega a la paciencia, bondad hacia el prójimo a la entrega y, a esta amabilidad, amor".

Pedro había reflexionado y se dio cuenta que una virtud depende de otra. Para su contento, descubrió que Dios quería que él colaborara en su propia salvación, y que cuando él comenzara a crecer en una virtud automáticamente se agregaran a ella muchas otras virtudes.  Entre más se esforzara en pensar y actuar como Dios, más hermosas serían las cualidades que se añadirían a su personalidad. Su memoria e imaginación mantendrían el control en la medida en que él substituyera otras emociones que le ayudaran a clarificar su entendimiento.

"Si tienes una abundante dotación de estas virtudes, no se convertirán en algo ineficaz o improductivo. Al contrario, te darán un conocimiento verdadero de nuestro señor Jesucristo".

Sí, alguna vez Pedro sólo deseó la restauración del reino de Israel. Disfrutó de su energía curativa, y se regocijó en la seguridad de saber que su Señor podía alimentar a cinco mil gentes. Ahora se daba cuenta que aunque los problemas sociales tienen que ser solucionados, todo sería inútil a menos que los hombres cambiaran por adentro.

"Pero sin ellos el hombre está ciego o miope; se olvida de cómo le fueron lavados sus últimos pecados".

Pedro sabía, gracias a su amarga experiencia, qué tan ciego y miope podía ser cuando él vivía de acuerdo a la clase incorrecta de emociones. Él vivió con la Luz por tres años, y en vez de que creciera su humildad, lo que creció fue su presunción; se olvidó de sus debilidades y de cuánto fue él beneficiario de la misericordia del Dios.

Sí, él recordaba sus últimos pecados, pero si él hubiera substituido el pesar por el conocimiento profundo del amor y de la misericordia de Dios, él hubiera crecido en humildad.

San Pedro se percató de que para ser un hombre de fe, para que su entendimiento pudiera ver las cosas como Jesús, él tendría que recordar constantemente sus palabras y elevar ese entendimiento.

"Es por eso"-  dijo- "que les estoy recordando a ustedes continuamente las mismas verdades, aunque ya las conozcan y las sostengan firmemente". Esta es la razón por la que muchos caemos. Nuestra memoria recuerda una verdad y nuestra comprensión la acepta, pero de ahí no pasamos.

Tenemos la idea de que todo lo que se requiere de nuestra parte es adherirse a la verdad, sin esfuerzo nuestro alguno. Pedro pudo haberse dormido en el huerto y haber negado a su Señor, pero nunca lo haría otra vez. Ahora, él no solamente escucharía la palabra de Dios, sino que alimentaría su entendimiento con esa palabra.

Pedro dijo a los primeros cristianos que era su deber "continuar inquietándolos con recordatorios". Sabiendo que su partida de este mundo era inminente, él les aseguró que cuidaría de que tuvieran  los medios "de guardar estas cosas en la memoria". (2 Pe 1,15)

Pablo había dicho lo mismo a sus conversos.  Él dijo: "Dejen que toda la riqueza del mensaje de Cristo encuentre un hogar en ustedes" (Col 3,16). Y siendo un hombre de emociones profundas, él sentía que nuestro amor y dedicación se deberían expresar con gratitud en nuestros corazones, cantando a Dios salmos e himnos y cantos inspirados (Col 3,17).

Los primeros cristianos se entregaron por completo a Dios. La vida no era una continua frustración, era un desafío amoroso en el cual participaron para transformar sus vidas de miseria en alegría perfecta.

Se esforzaron y lograron ver de una nueva manera cada situación de su vida.  Se rehusaron a dejarse empantanar por sus miedos, resentimientos, iras y motivaciones egoístas.

El Señor les había dado la fe y ellos la utilizaron para levantarse por sobre las cosas que no podrían entender, y para verlas bajo la luz del Señor.

El razonamiento humano le decía al centurión que el Señor tenía que ir y tocar a su criado,  y decir algunos rezos, para que este último quedara curado. Pero su fe le dijo que este hombre era Dios y bastaba con que quisiera algo para que sucediera. Él eligió vivir según la Fe (Mt 8,5-13).

El razonamiento humano les decía a los primeros cristianos que las preocupaciones son parte de la vida y que tendrían que dejarse absorber por ellas para solucionarlas. Pero la fe les dijo que ellos valían mucho más que dos gorriones. Si fijaran sus corazones primero en el Reino y en la santidad de Dios, él cuidaría de ellos, así que eligieron vivir en esa fe.  (Mt 6,25-34).

El razonamiento humano le decía a la mujer enferma de hemorragia que a menos que el Señor la mirara y quisiera curarla, ella nunca se curaría. Pero la fe le dijo que bastaba que ella tocara el dobladillo de su ropa para sanar. La fe extrajo poder del Señor y ella quedó curada (Mc  5,21-34).

El razonamiento humano les decía a los primeros cristianos que cualquier cambio de religión que significara una persecución debería ser abandonado; que es importante ser aceptado por el mundo. Pero la fe les dijo que si no eran aceptados en una ciudad simplemente se fueran a otra; que no eran mejores que su Señor; que deberían regocijarse cuando fueran odiados, expulsados, y denunciados a causa de Jesús. Lo mismo hicieron con los santos anteriores y su recompensa fue grande en cielo. Ellos eligieron vivir de acuerdo a la fe (Mt 10,17-25; Lc 5,12).

La razón humana diría:  "Si ustedes no pueden vencer el mundo, háganse sus aliados". Pero la fe dice que no debemos temer a quienes matan al cuerpo pero luego no pueden hacer nada más. La fe dice que debemos estar felices cuando el mundo nos arrebata nuestras pertenencias, porque sabemos que nosotros poseemos algo mejor y eterno  (Heb 10, 32-36).

La razón humana nos diría que uno debe juzgar a los demás por su educación, sus éxitos, su renombre y su riqueza. Pero la fe dice que el hombre debe ser juzgado por los frutos  de la virtud en su alma, y que aunque él sea pobre en posesiones de este mundo, es rico en  Dios (Mt 7,15-20).

La razón humana dice que si alguien te ofende, tienes perfecto derecho a odiarlo. Pero la fe dice que tú debes hacer el bien a los que te odian, rogar por los que te traten mal (Lc 6, 27), y perdonar setenta veces siete.

La razón humana dice que la enfermedad y el sufrimiento son un mal y una maldición de Dios. Pero la fe dice que debemos pedir humildemente ser curados, y buscar la atención médica para comprobar el método por el que Dios nos vaya a curar. La fe va incluso más allá, sin embargo, pues nos dice que si después de la oración y la ayuda médica la enfermedad todavía está con nosotros, entonces se trata de una oportunidad dada por Dios para ejercitar la paciencia.

La razón humana nos dice que debemos haber ofendido a Dios de alguna manera para ser afectados por tantas angustias y sufrimientos durante nuestra vida.  Pero la fe nos dice que cuando estamos dando frutos de virtud, el Padre puede podarnos para poder dar más fruto aún. El sufrimiento es parte de nuestro entrenamiento, porque Dios nos trata como hijos (Heb 12,7).

Podemos ver claramente que la esperanza, al elevar nuestra memoria y calmar nuestras emociones, nos permite recordar las palabras de Jesús y su ejemplo. Pero en ese nivel se trata simplemente de un recuerdo. Es a través de la fe que incorporamos ese recuerdo a la situación actual, y podemos pensar, actuar y vivir de acuerdo a ello.

A menos que nuestra fe tenga esta cualidad viva, lo que pensamos que es fe en nuestra vida es simplemente esperanza, una esperanza ciega que confía en que las revelaciones de Dios son verdaderas. Pero la esperanza sola no basta para cambiar nuestra manera de pensar; solamente prepara el camino. Nos da el valor y la seguridad de que a través del cambio llegaremos a la santidad.

Esta es la razón por la cual el escritor sagrado de la Carta a los Hebreos dice: "Solamente la fe puede garantizar las bendiciones que esperamos". La fe hace reales en nuestras vidas las cosas que esperamos. Ya no son simples palabras recordadas para incrementar nuestro conocimiento.

Son experiencias verdaderas, vivas y vibrantes que transforman nuestra vida de ser algo en ser Alguien.

Y el autor sagrado continúa: "... O prueba la existencia de las realidades que no pueden ser vistas en el presente"  (Heb 11,1-2).

La fe da testimonio de la vida y de la existencia de esas verdades invisibles, guardadas en nuestra memoria solamente como palabras, y despertadas por la esperanza.

Pasan del conocimiento a la experiencia. A veces la experiencia es gozosa y a veces dolorosa, pero para el cristiano, todo es una experiencia de la fe.

La vida es siempre nueva y fresca porque nunca deja de ser un desafío en la fe. 

Nunca es monótona porque siempre está en movimiento.

Nunca sacia porque su capacidad es ilimitada.

Nunca se sorprende porque lo penetra todo.

Nunca está en la oscuridad porque siempre ve la luz.

Siempre da frutos, en estación y fuera de ella, porque su fuente es Dios.

Siempre esta segura porque su fundamento es la humildad.

Nunca está triste porque bebe del pozo de la alegría eterna.

Sí, "... se nos ha abierto un nuevo camino, una abertura viva a través del velo, es decir, su cuerpo... Así que, al entrar, seamos sinceros de corazón y llenos de fe, purificados nuestros corazones de cualquier rastro de una mala conciencia" (Heb 10, 20-22).

Es fácil ver cómo uno puede tener conocimiento de Dios, conocimiento almacenado en la memoria y abierto intermitentemente al entendimiento para la especulación y la discusión. Pero ese conocimiento nunca puede alcanzar el plano de la fe.

El mundo, la carne y el enemigo pueden todos contribuir y competir entre sí por conseguir nuestra atención y adhesión.

Jesús habla de la fe como de una fuerza. Él dijo que si tuviéramos tanta fe como una semilla de mostaza, podríamos mover las montañas (Mt 13,31). El orgullo, el miedo, la  arrogancia, la duda, el desaliento y la tristeza son las montañas que bloquean nuestra visión de Dios y sus misterios. Solamente la fe puede quitarlas. Solamente la fe en Jesús puede decir a estas montañas: "arrójense al mar" y hacer que así suceda (Mt 17,19).

Sí, la fe fue la fuerza que hizo que el centurión creyera en la palabra del Maestro, y esa Palabra curó a su criado.

La fe fue la fuerza que hizo que la mujer enferma de hemorragia creyera en el contacto con Jesús, y ese tocamiento la curó.

La fe fue la fuerza que hizo que el leproso creyera en la voluntad del Maestro, y que oyera  las palabras: "Por supuesto que quiero, queda limpio" (Mc 1, 41-45).

La Fe fue el poder que movió a Pedro y Pablo, y a todos los cristianos a fin de "desarrollar la lucha"; movidos por Cristo, y el poder que habitaba en ellos (Col. 1:29).

 

La Fe es el poder que se encuentra en lo mejor, en condiciones de debilidad (2 Cor. 12:9).

 

Pablo explicó de una manera muy bella esta condición cuando dijo, "deben de vivir su vida, completamente, de acuerdo con Cristo, al que han recibido, de acuerdo a Jesús, el Señor; deben estar enraizados en El, y construir con El, y estar firmes en la fe que han enseñado, y llenos de agradecimiento".  (Col. 2:6-8).

 

De tal manera pues, que estamos enraizados, construidos y sostenidos firmemente por medio de nuestra Fe en Jesús.  Cuando recordamos la parábola del sembrador, nos damos cuenta del poder de la Fe.  Aquellos que no dieron fruto no tenían raíces.  Y las raíces crecieron, ellas fueron los medios para construir, para mantenerse firmes.

 

Pablo nos da una forma a fin de protegernos de contra los peligros que acechan a la Fe.  El dice, "debido a que han sido puestos en la verdadera vida con Cristo, deben buscar y ver las cosas que están en el Cielo, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios".

 

"Dejen que sus pensamientos se ocupen de cosas celestiales, no en los asuntos de la tierra, porque han muerto, y ahora la vida que tienen está con Cristo, en Dios". (Col. 3:1-4).

 

El Apóstol nos dice como hacer esto, en la Epístola a los Filipenses.  El nos dice, sean felices, siempre felices en el Señor, sean tolerantes y nunca preocupados.

 

Y luego nos dices que recemos, por cualquier razón por la que nos encontremos en necesidad.  Pablo es realista.  El sabe que somos seres humanos y que necesitamos bienes materiales y espirituales, pero el sabe que nuestra fe en Dios debe ser fuerte a tal punto de que se de cuenta de que el amor de Dios y su Providencia están con nosotros.  Nosotros rezamos y trabajamos y El provee.

 

Pablo espera que nuestra Fe sea tan grande que luego que nosotros pidamos algo, nos sintamos ya, llenos de agradecimiento.  Es esa la paz de Dios la que sobrepasa todo entendimiento nuestro (Col. 4:4-9).

 

Es esa paz, la que surge de una Fe viva, la que "guarda nuestros corazones y nuestros pensamientos en Cristo, Jesús".

 

"Hermanos, llenen sus mentes con todo lo que sea verdad, todo lo que sea noble, todo lo que sea bueno y puro, todo lo que amamos y honramos, y todo será virtuoso o digno de alabanza" (Fil. 4:8).

 

Esta es la manera en la somos cambiados en Cristo, estando en la tierra.  La vida está llena de oportunidades a fin de cambiar nuestra forma de actuar y de pensar.  Esas oportunidades pueden destruirnos o renovarnos, dependiendo de la forma en que decidamos utilizarlas.

 

Cuando alimentamos nuestra memoria con las palabras y los ejemplos de Jesús, cuando nuestro entendimiento ve Su forma de pensar y de actuar, esto es señal de Fe.  Por medio de lecturas espirituales, de la Sagradas Escrituras, y con la substitución de nuestras desordenadas emociones por la compasión; principiamos a cambiar y a alimentar constantemente nuestro entendimiento.

 

Cuando ese "material" se eleva a un alto nivel, entonces es cuando comenzamos a "ver" a la gente, las circunstancias, las fallas, los éxitos y el sufrimiento, todo ello en una nueva perspectiva, de una nueva forma.

 

Empezamos a vivir, no solamente como Jesús vivió en la tierra, sino también como El vive en los cielos.  La diferencia, por supuesto, es la Luz de la Gloria, y la Visión Beatífica.

 

Ambas, la Fe y la Esperanza comienzan a crecer, a madurar en esta vida y se perfeccionan en el Cielo.

 

La Esperanza es perfeccionada por la posesión de Dios, y la Fe es perfeccionada por la Visión de Dios.  San Pablo nos dice eso en su Epístola a los Corintios.  El dice, "en resumen, hay tres cosas que permanecen, la Fe, la Esperanza y el Amor, de los cuales, el más grande es el Amor" (1 Cor. 13:13).

 

Es extraño leer que la Fe y la Esperanza permanecerán.  Nosotros de manera ordinaria pensamos que en el Cielo, ellas ya no estarán, y sólo el Amor permanecerá.  Pero San Pablo se dio cuenta de manera completa del papel que le correspondía a la Esperanza y a la Fe en nuestras vidas.  Lo que principia aquí en la tierra, es perfeccionado en los Cielos.

 

Lo que nosotros esperamos en la tierra de una manera y trasfondo positivo, de manera que nuestras emociones se elevan a un nivel muy alto, eso lo poseeremos para siempre.  Ya no necesitaremos de hacer esfuerzo para tener compasión; seremos parte de la Compasión en sí misma.

 

La Memoria no tendrá ya más que hacer en cuanto a sobreponerse a malas pasiones, debido a que estas pasiones desaparecerán para siempre.

 

La Memoria no tendrá ya más complejos de culpa a los cuales superar, debido a que descansaremos para siempre en la Misericordia de Dios.

 

Ya no sentiremos más resentimiento, solamente el gozo de que Dios generó el bien a partir del mal.

 

Nuestra Esperanza, dada por Dios, alimentada por Sus dones, enriquecida por pruebas y crecida por medio de la compasión, alcanzará su madurez en el Cielo y la completa posesión de Dios.  Nuestra Memoria será colmada por Dios de manera permanente, para siempre.

 

Y ello también es para la Fe.  Lo que sembramos en la tierra por medio de cambiar nuestra forma de pensar, a un nivel mayor, superior, a una manera sobrenatural de razonamiento, eso es lo que veremos iluminado completamente.

 

Nuestro Entendimiento, expandiéndose por la Fe en la tierra, verá los Misterios de una manera clara a la luz de Dios.

 

El Entendimiento que ve razones para las persecuciones de la vida, a través de la Fe, experimentará las recompensas a estas persecuciones y sufrimientos.

 

El Entendimiento que acepta la pobreza y el dolor, por medio de la Fe, como El lo hizo, conocerá el valor real de esos sufrimientos y se regocijará con la Sabiduría de Dios.

 

El Entendimiento que se sobrepone a las dudas que son inherentes a nuestras limitada naturaleza, por medio de las expansión de la capacidad de la Fe en la Palabra, será colmado con nuevas verdades y la luz de la eternidad.

 

Nuestra Fe, dada por Dios, alimentada por sus dones, crecida por medio de la humildad, la que "ve" Su Rostro en todas partes, y experimenta su poder en las circunstancias de la vida, comprenderá los Misterios de Dios.  Nuestro Entendimiento verá cara a cara a Dios.

 

Si, aparte de la Esperanza y de la Fe, lo que tenemos es un reflejo de la realidad, ahora, pero luego será la realidad en sí.  San Pablo lo dice, "pero cuando Cristo se revela, y El es su vida, tu también puedes ser revelado en toda la gloria, con El".  Por medio de los dones de la Fe, la Esperanza y el Amor, es decir con la unión con Cristo en el Bautismo, tenemos una vida idéntica a El que vive en el Cielo.

 

Por momentos no parecerá glorioso, pero lo será, pero se manifestará como tal en la medida que tengamos Fe, Esperanza y Amor, en la medida que tengamos esto en nuestra vida.

 

Es muy importante que nos demos cuenta de esto en cada momento de nuestra vida.  Cada momento nos da la oportunidad de reemplazar nuestras emociones, con Sus emociones, y nuestro razonamiento, con Su Razonamiento.

 

Es así como cumpliremos el nuevo mandamiento, que nos amemos nosotros como El nos ama (Juan, 13:34).

 

"De tal manera que podrás vivir la clase de vida que Dios espera de ti, una vida que es aceptable a El en todos sus aspectos; mostrando los resultados en todas las buenas acciones que haces, y aumentando el conocimiento que tenemos de Dios…. Ahora somos capaces de aparecer ante El de manera santa, pura, sin culpas, en tanto perseveremos y nos mantengamos firmes, con base sólida en la Fe, nunca dejando que el desaliento nos aleje de la Esperanza prometida por Dios sobre las Buenas Nuevas" (Col. 1:10, 11, 12, 23).

 

Nuestro bien amado Señor, nos dio los medios para alcanzar esto, cuando dijo, "si alguno de vosotros desea venir en pos de mi, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y que me siga" (Mat. 16:24).

 

¿Es la cruz de la que Jesús habló, el conjunto de problemas que tenemos cotidianamente en nuestra vida? No, esos problemas son solamente parte de la cruz, debido a que se debe agregar los resultados de lo que pidió Jesús, al requerir que debemos cambiar nosotros mismos y nuestras vidas.  El dice, "porque quien quiere salvar su vida la perderá, pero quien pierde su vida por causa mía, la encontrará" (Mat. 6:25).

 

El tipo de cruz de la cual Jesús está hablando es más bien una cruz interior.  Debemos renunciar a las formas que deseamos nosotros, por nosotros mismos, y afrontar el cargo de nuestra cruz en medio de nuestras transformaciones.

 

Jesús emplea la palabra "renunciar".  Esto significa ceder, dejar, El fue sumamente enfático en esto que leemos, en el décimo capítulo de Mateo.  A menos que no renunciemos a nosotros mismos en nombre de El, no merecemos el ser con El.

 

¿Qué es lo que El quiere decir cuando se refiere a que si queremos salvar nuestra vida la perderemos?  Cuando nosotros utilizamos nuestras capacidades para ningún otro propósito que no sea la gratificación nuestra, nos encontraremos al final sólo a nosotros mismos.

 

Si la memoria de un ser humano nunca recuerda las palabras de Jesús, en función de buscar la virtud, él se encontrará solamente consciente de sí mismo.

 

Si el Entendimiento de un hombre es utilizado solamente para satisfacer su orgullo y sus intereses egoístas, esta persona piensa sólo en ella.

 

Si la voluntad de un hombre no se une a la Voluntad de Dios, entonces sólo permanece absorto en sí mismo.

 

El hecho de vivir nuestras vidas gratificándonos sólo nosotros mismos, sin ningún deseo de renunciación, es perder a Dios y encontrarnos solos nosotros.  En la medida que más nos damos sólo a nosotros, más nos vamos a encontrar sólo a nosotros mismos.

 

Estamos por lo general conscientes de nosotros en cada situación que nos toca vivir en la vida.  Cuando somos ofendidos estamos conscientes de lo que duele eso, de qué tan injusto fue nuestro ofensor, y de que forma sería la mejor para desarrollar una represalia.

 

Cuando fracasamos, estamos conscientes del sentido de la falla, o de las partes que otros llegaron a tener como su propia responsabilidad en ese fracaso, y proyectamos una visión sin esperanza para el futuro.

 

Cuando amamos pero no obtenemos amor en respuesta, nos sentimos amargados, y tratamos muchas veces de estar conscientes de que no debemos amar nuevamente.

 

Cuando sufrimos tanto de manera espiritual como material, estamos conscientes de nuestra privación, podemos estar muy resentidos y celosos de aquellos que tienen más bienes materiales y dones espirituales.

 

Es fácil ver todo esto cuando nuestras mentes están totalmente concentradas en nosotros mismos, sin llegar a obtener ningún beneficio.

 

En un esfuerzo por llegar a hacer todo, y todo sin Dios, pensamos que nos estamos salvando, deseamos tanto ser el timonel de nuestro destino y el capitán de nuestras almas.

 

A fin de llegar al destino que Dios tiene preparado para nosotros, debemos de renunciar a nosotros mismos y hacer esto por Su propio amor.

 

El renunciar a nosotros mismos debe ser hecho por amor a Dios, o de nuevo no nos beneficiaremos auténticamente de nada.  Nosotros podemos darnos cuenta de todo lo miserable que somos cuando solamente estamos conscientes de nosotros mismos.  Esta miseria, sin embargo, puede conducirnos a una actitud de negar lo que pasa, esto no se realiza por ninguna otra razón, que no sea el tratar de reemplazar un mal sentimiento por uno bueno.

 

El motivo que se encuentra detrás de ese deseo de negar las cosas, es un sentimiento egoísta, orientado sólo hacia sí mismo, es resultados de la miseria de estar absorto sólo en uno.

 

A fin de encontrarnos en nosotros mismos, debemos de abandonarnos en Jesús.  Solamente en El es que encontramos paz, propósitos de vida, gozo, y sentido de realización.  Solamente cuando nuestra Memoria, Entendimiento, y Voluntad principian a recordar, pensar, y actuar como Jesús, es que nos damos cuenta de nuestro auténtico ser, el ser que Dios ha hecho a su imagen y semejanza.

 

Si nosotros sobreponemos a la imagen de Dios, la propia imagen nuestra, perderemos nuestra real identidad; y con ello nos condenamos a quedarnos como estamos: estamos hechos para grandes cosas, pero preferimos estar allí aferrados a cosas muy pequeñas.

 

Quizá muchas veces cuando vemos la palabra renunciación en las Escrituras, pensamos que es renunciar a alimento, o a alguna otra cosa material en nuestra vida.

 

Pero Jesús fue enfático: El habló de renuncia "a nosotros mismos", al "yo" que tengo y que también implica mi cuerpo y mi alma.

 

Mucha gente practica las privaciones en cuanto al alimento, pero su única motivación es la salud.  Esta gente nunca ayunará por amor al Reino de Dios.

 

El cuerpo y el alma en la naturaleza humana están íntimamente relacionados y uno de esos componentes afecta al otro en todo lo que hacemos.  Por ello es que es debemos tener control de nuestros sentidos -esas ventanas de nuestra alma- a través de los cuales, la Memoria es alimentada, nuestro Entendimiento se deleita, y reacciona nuestra Voluntad.  Por tanto el hecho de estar privándonos de cosas es importante.

 

Sin embargo, más importante que eso, es el negarse en cuanto a nuestras más grandes facultades, porque es en estos aspectos que nosotros hemos sido hechos a imagen y semejanza de Dios, y es aquí en donde llegamos a ser hijos de Dios.  Es aquí en donde debemos de renunciar a nosotros mismos y poner nuestra confianza en Jesús.

 

Hay que tener presente que renunciar a favor de tener más de lo mismo, no es renunciar de ninguna manera.  Por tanto, renunciar por el amor a sí mismo no es renunciación.

 

Nosotros no destruimos nuestras facultades por medio de negarlas; debemos renovarlas, cambiarlas, reconstruirlas, y a partir de ello podemos elevarnos a un estado más alto.  Pero si insistimos en mantener nuestras facultades para nosotros mismos, en nuestro deseo de obtener libertad, entonces esas facultades serán cada vez más y más de menor grado, de menor nivel; estarán totalmente distorsionadas y llegarán a un punto en el que no representarán ya más, la imagen en la cual fueron formadas.

 

Solamente por medio de reemplazar Su manera de recordar, para nuestra Memoria, Su forma de razonar para nuestro Entendimiento, y su Voluntad por nuestra Voluntad, es que podemos decir que hemos perdido nuestra vida para precisamente encontrarla.

 

Renunciamos a nuestro resentimiento favorito y nos colocamos en Su Misericordia.

 

Renunciamos a nuestra cólera y nos colocamos en Su Bondad.

 

Renunciamos a nuestro orgullo y nos colocamos en Su Humildad.

 

Renunciamos a nuestra indiferencia y nos colocamos en Su Compasión.

 

Renunciamos a nuestra forma de ver las cosas y nos colocamos en Su Perspectiva.

 

Renunciamos a nuestra voluntad y nos colocamos en Su Voluntad.

 

En la medida que hacemos esto todos los días, comenzamos a cambiar.  El cambio puede ser casi imperceptible y lento, pero será constante y seguro.

 

Jesús nos dio coraje, valor y esperanza para realizar todo esto, aún cuando nosotros no veamos resultados inmediatos.  Cuando El dice, "el reino de los Cielos es como un hombre que lanza semilla a la tierra.  Durante la noche y el día, mientras vive y duerme, la semilla se desarrolla y crece, ¿cómo? él no lo sabe.  Se produce primero la emergencia, luego el tallo y luego el grano entero.  Y cuando la cosecha está lista, él no pierde tiempo, empieza a recoger el fruto, porque el tiempo de cosecha ha llegado" (Mar. 4:26,29).

 

Así es, mientras nosotros quizá no podemos ver los resultados, hay en verdad un constante crecimiento de la imagen de Jesús en nuestras almas.  Frecuentemente es difícil, pero Jesús nos ha dado su hombro y que aprendamos de El, que es gentil y humilde de corazón, y su carga no es pesada sino ligera (Mat. 11:28-30).

 

Además, Jesús no desea que nosotros carguemos con nuestra cruz de manera solitaria.  Por medio de asumir la naturaleza humana, El también la asume con nosotros, y quiere que hombro con hombro la llevemos con El.

 

El ha venido a trabajar las diversas facultades que necesitan ser cambiadas, a fin de hacer todo ello más fácil para nosotros.  Su Gracia y sus Dones son tremendamente poderosos, y nos dan la generosidad de Su Amor.

 

Con el fin de poder alcanzar todo esto, El se ha constituido en un cordero, el objetivo ha sido mostrarnos el camino.  Con El podemos cambiar y caminar los senderos de la vida.  Conociendo lo que El hizo por nosotros, y la ayuda que nos da a nuestras almas, podemos caminar a su lado y cargar con el peso del cambio, conjuntamente.

 

Si no cooperamos con Dios, tal y como El nos lo dice, con los dones que El nos da, seremos entonces como a los que El se refiere cuando menciona, "todos aquellos que pueden oír estas palabras mías, pero que no actúan conforme ellas, serán como tontos que construyen sus casas de arena, llueve y las aguas se elevan, y hacen que la casa se destruya" (Mat. 7:26,27).

 


TRATADO 4

Cambiar para Compartir Su Naturaleza

Debemos de ser compasivos - MEMORIA

Para guardar nuestra memoria libre de resentimiento
Para sustituir malas emociones, por buenas emociones,
Para perdonar y olvidar,
Para darnos cuenta de nuestras propias debilidades.

Debemos ser humildes -ENTENDIMIENTO

Para admitir nuestras limitaciones,
Para darnos cuenta de Su Trascendencia,
Para aceptar Sus Revelaciones,
Para pensar como El Piensa.

Debemos rezar, orar –VOLUNTAD

Para tener fuerza y determinación en hacer Su Voluntad

Para ver las cosas como El las Ve

Para preferirlo a El y no a nosotros

Para hacer todo en función de El


TERCERA LLAVE: VOLUNTAD - AMOR

Amar en tanto nuestra Memoria nos hace recordar al Padre y es elevado por la Esperanza, y nuestro Entendimiento nos conduce al Hijo y es elevado por la Fe, de manera que nuestra Voluntad nos acerca al Espíritu Santo y es elevada por el Amor.

El Amor está presente entre el Padre y el Hijo como una Persona, y también el Santo Espíritu.  Ellos son Amor y el Amor es Poder.

Nuestra Voluntad, hecha para estar con el Santo Espíritu, es también un poder, y como el Espíritu, busca lo que es bueno, lo que es el Amor.

Nuestra Voluntad selecciona y pone en acción lo que nuestra Memoria y Entendimiento le presente.

Si nuestra Memoria y Entendimiento están centrados solamente en nosotros mismos, entonces nuestra Voluntad siempre tenderá a seleccionar lo que le gratifique a ella.

Si solamente recordamos experiencias infelices, llegaremos a infelices conclusiones, luego nuestra Voluntad decide que no le gusta o bien llega a odiar, a todos los entes que han contribuido a nuestro miserable estado.  La Voluntad fue creada por Dios para inclinarse por lo que es bueno, pero cuando sólo se le presenta lo que es malo, nuestra Voluntad comienza a seleccionar muchas veces lo que es malo, por lo que debería ser bueno.

La voluntad de un hombre puede perseguir lo que es malo, y tener placer en esa maldad, si nada bueno se le presenta.  Si tal estado de cosas continua por un período largo de tiempo, se llega a escoger la maldad y el pecado por la eternidad.

Tanto Dios como los hombres buenos, pueden llegar a ser intolerantes para un hombre que ha escogido el mal, debido a que su Voluntad ha llegado a estar de acuerdo con el mal.

Dios nos ha concedido la facultad de poder seleccionar entre el bien y el mal.  Por tanto, es muy importante que nuestra Voluntad tenga presente la correcta información antes de que tome una decisión.

A menos que la Voluntad conozca la Verdad, sus selecciones nunca nos llegarán a satisfacer a nosotros, y vacilará entre la verdad, las medias verdades, y la carencia absoluta de verdad.

Nuestro libre albedrío es el más grande e increíble don que Dios nos ha dado.  Es realmente algo de gran poder, pero es poder que puede ser utilizado a favor o en contra nuestra, ya sea que lo utilicemos bien o que podamos hacer de ello algo autodestructivo.

Antes de que hagamos algo, primeramente tenemos que tener la Voluntad de hacer aquello.  Es la acción la resultante de nuestra Voluntad, cuando esta última toma una elección o selección.  Cuando esa Voluntad consistentemente selecciona hacer una acción, se llega a acostumbrar, a habituar a inclinarse en esa dirección.

Si un hombre decide tomar uno o dos veces, él podrá quizá llegar a controlar su decisión sobre otra bebida.  Pero si su Voluntad se habitúa a beber, entonces llegará a generar una tendencia esclavizante hacia ese hábito, y el hombre llega a ser un alcohólico.  Solamente luego de tener que enfrentar grandes dificultades su Voluntad podrá detenerse ante el beber, y la sobriedad puede llegar a ser una selección consciente, solamente con ello, con grandes dificultades podrá sobreponerse a lo que llegó a ser un hábito del mal.

Si nuestra Voluntad y Entendimiento se alimentan únicamente con el "yo" nuestro, entonces somos egocéntricos, egoístas.  Todo lo que hacemos está en función de gratificarnos a nosotros mismos.  Sólo nos amamos a nosotros mismos. Queremos que los otros nos sirvan, nos amen.

Todos nuestros objetivos en la vida llegan a estar determinados en función de satisfacer nuestros sentidos, y nuestra Voluntad empieza a escoger las cosas y los entes que nos dan placer, "buenos tiempos", lujuria, ambición y avaricia.  La Voluntad puede buscar esas cosas en la medida en que las seleccionemos y rechacemos a Dios.

Dios, que es todo lo Bueno en sí mismo, es una barrera a la voluntad mundana, dado que está en oposición a lo que la voluntad del mundo trata de escoger.  Una persona que tiene este tipo de voluntad, corre el riesgo de rechazar a Dios para siempre.

Lo que ha sido creado a la Imagen del Amor, se transforma en una imagen de odio.  Es aún un poder, pero malicioso, un poder distorsionado, que trata de reemplazar a Dios.

Nuestra Voluntad, hecha para estar de acuerdo con el Espíritu, que es Amor, debe transformarse en esa imagen; debe estar conforme al Amor.  Para llegar a ser esto, debe recurrir a su fuente original.  Para ser buena la voluntad, debe buscar la fuente de Dios.  Para ser verdad, debe buscar la única Verdad.

La Memoria retiene y el Entendimiento razona, pero es la Voluntad la que decide que es lo que vamos a tomar y aprovechar de nuestro pasado, y que curso vamos a tomar para llegar a una conclusión.

Es importante, por ello, que nuestra Memoria se colme de Esperanza, y que nuestro Entendimiento sea iluminado por la Fe, a fin de que la Voluntad pueda siempre escoger lo que es Dios, el Amor, que seleccione el curso de acción de conformidad con la Voluntad Divina.

San Juan se da cuenta de esto cuando dice, "No debemos de amar este mundo pasajero o cualquier cosa de este mundo.  El amor del Padre no puede estar en ningún hombre que ama este mundo, porque nada de lo que este mundo tiene que ofrecer –cuerpo sensual, ojos lujuriosos, orgullo y posesiones- puede venir del Padre, sino solamente del mundo".

"Y el mundo con todos sus deseos, llegará a su fin: pero aquel que hace la Voluntad de Dios, permanecerá para siempre" (Jn. 2:15, 16, 17).

Nosotros podemos leer este pasaje y pensar que Dios es como negativo, que no es muy divertido, que no tiene como emociones, y que le gusta sólo la ley y las regulaciones, como para destruir nuestro libre albedrío.  Pero nada de esto puede estar más alejado de la verdad.

Fuimos creados por Dios para ser felices tanto en esta, como en la otra vida –para poseer "un gozo que nadie puede arrebatarnos".  Pero es nuestra propia voluntad la que nos priva de ese gozo cuando busca sólo los placeres para los que no fue creada.

Cuando un hombre trata de forzar una figura cuadrada dentro de un agujero que es redondo, no puede después estar quejándose de que las esquinas comienzan a doblarse o quebrarse.

Dios nos ha dado dones que son pertinentes para las facultades para las que fuimos creados.  Por tanto, la Esperanza es para nuestra Memoria a fin de que retenga las cosas que nos animan y nos dan un sentido de seguridad auténtica.

La Fe rompe la oscuridad de nuestro entendimiento que es limitado y nos da la luz para ver la Verdad de Dios.

Pero el Amor Sobrenatural está diseñado para elevar nuestro amor de tal forma que nuestra Voluntad alcance un curso de acción que nos conduzca a Dios.

En este punto es necesario distinguir entre amor natural, basado en nuestras emociones, y el amor sobrenatural, basado en la Fe.

En los capítulos previos vimos como nuestras facultades se encuentran en un nivel natural.  La memoria retiene y el entendimiento juzga, razona y así se forman opiniones.

Nuestra tercera facultad, la Voluntad es el poder que activa lo que las otras facultades le presentan como lo que es bueno.  La Voluntad, siendo un poder fuerte cuando tiende a lo bueno, buscará lo bueno a cualquier costo.

El problema no es que quiera buscar lo bueno, sino determinar qué es lo "bueno".

Cuando el hombre se encuentra operando solamente a nivel natural, lo bueno que él busca es siempre algo puramente humano.  Tiende a la autosatisfacción a la autoindulgencia, debido a que esas facultades están concentradas en la persona humana de manera única.

Puede que esta persona sea capaz de lograr grandes éxitos exteriores, pero esos logros no lo elevarán a un nivel superior, porque el hombre por sí mismo no puede elevarse por encima de sus capacidades.  Conociendo esto, Dios nos ha dado la Fe, la Esperanza y el Amor en el Bautismo.  Por sí mismo, el hombre no puede llenar lo que es la participación de la naturaleza de Dios, que está muy por encima de la propia naturaleza humana.

Dios es amor, y a menos que nosotros crezcamos en Su clase de Amor, nosotros nunca llegaremos a obtener el fruto "que dura para siempre".

Si limitamos nuestra Memoria y Entendimiento a solamente recordar y razonar lo que es natural, entonces nuestra Voluntad seleccionará las cosas de este mundo.

Por esa razón es por la que Dios en su infinita bondad nos da los Mandamientos y las Revelaciones, a fin de mostrarnos lo que es para nuestro bien.  Nuestras facultades tan limitadas pueden seleccionar solamente lo que es inherente a sus capacidades marginales, y nunca se pueden elevar más allá de nosotros mismos en un plano más allá de ellas mismas.

Sin embargo Dios, en dándonos elevados dones en el Bautismo, nos deja en el libre albedrío, la escogencia entre lo que sería limitadamente bueno, y lo que El que para nosotros, el bienestar para siempre.

Su palabra en la Escritura, no nos priva de nuestra Voluntad; lo que hace es que nos muestra de una manera más perfecta, el arribar al bien, el cual es lo que realmente nuestra Voluntad desea.

La opción es nuestra, y cuando El nos advierte del castigo eterno, no lo está haciendo porque sea duro, alguien que demanda ciega obediencia a Su Voluntad.  No, El solamente está mostrándonos el resultado final de una voluntad que busca el bien fuera de Dios.  Es Su Amor el que nos advierte de los trágicos resultados que se obtienen cuando la voluntad humana está buscando su propio nivel.

Nuestras facultades son extremadamente limitadas y no podrán superarse a menos que Dios lo haga.

Ocurre realmente una fuerte lucha en la vida, al tratar de conformar nuestra voluntad de conformidad con la Voluntad del Padre, con reconocerla.  Pero a menos que El nos ilumine, y tengamos el esfuerzo nuestro, no podremos encontrar el sendero.

Sólo hay una fuerza para esto pueda ser logrado: el Amor; pero debe ser un amor de gran calidad, superior al amor humano.

Esta clase de amor es de otro nivel, mucho más grande que lo inherente a la naturaleza humana.  El amor humano es limitado, es finito, y aunque los hombres pueden llegar a alcanzar gran ardor y altos niveles, ese amor humano no puede satisfacer el corazón del hombre.  Eso es debido a que el corazón humano requiere de un amor que es infinito y exclusivo, y ningún ser humano puede llenar ese amor.

Debido a que nuestra voluntad debe estar de acuerdo con el Espíritu, quien es Amor, por ello buscamos un mayor grado de Amor.  Si se busca ese gran amor en el mundo o en nosotros mismos, siempre llegaremos a estar defraudados.

Sin saber hacia donde tenemos que ir para satisfacerlo, nuestra Voluntad puede estarlo buscando en una cosa finita tras otra, y nunca llegar a estar satisfecho.

Lo que realmente se busca está más allá de la naturaleza y la capacidad, Dios nos ha dado un Amor sobrenatural.  Este amor que Dios nos da nos proporciona a su vez, nuestra Voluntad para poder llegar a lo ilimitado del Amor de Dios y que de esa forma seamos saciados tanto como deseamos.

El Espíritu, a cuya imagen hemos sido creados, nos revela, por medio de Jesús, los medios por los cuales la Voluntad puede elevarse más allá de sí misma, tener desapego de ella, y vivir en el Corazón de Dios, de quien todas las cosas vienen.

Por tanto, la Esperanza se eleva y con ello también afecta positivamente a la Memoria.  La Fe eleva nuestro Entendimiento para comprender lo que está más allá de la visión limitada que tenemos.

Pero es en la Voluntad, donde nuestra naturaleza va siendo acorde a lo bueno en el Amor; Dios nos ha dado esa cualidad, de manera que lo que antes era amor humano, ahora es Amor Divino.

De allí el Nuevo Mandamiento de que nos amemos los unos a los otros, como Jesús nos ama (Jn. 13:34).

¿Y cómo nos ama Jesús? El nos lo dice en el capítulo 17 de San Juan.  El indica, "Conmigo y ustedes, y ustedes en mí, que podemos conformarnos completamente para que el mundo se de cuenta que eres Tú que me envías a mí, y que los he amado tanto como Tú me amas a mí" (Jn 17:21-24).

Nosotros tenemos que amar con el amor del Santo Espíritu, porque es así como el Padre ama al Hijo, y el Hijo ama al Padre.  Es el Santo Espíritu el amor.  Y por ello es que Dios ha elevado esa facultad, la Voluntad, para que sea acorde al Espíritu, pero que ahora, poseyendo el Espíritu, es Amor Infinito.

Ahora nosotros podemos amar a Dios y a nuestros prójimo con el mismo amor con el que el Padre ama al Hijo.

Jesús vino para hacernos hijos de Dios, para que tuviésemos la posibilidad de participar en el amor que el Padre le tiene al Hijo.  Es algo infinito, más allá de nuestros más descabellados sueños, más grande que el universo, y más profundo que los océanos.

El orgullo es el rechazo al amor de Dios, a favor del amor al mundo y a los placeres mundanos y de la carne.  Jesús vino para demostrar ese amor perfecto al Padre, amor perfecto de un hombre perfecto.  El se humilló tomando la forma de esclavo, y dando al Padre, lo que el hombre se rehusaba a darle, su Voluntad.

Al hacer eso, nos mostró el camino de la vida eterna, y de la paz en el corazón.  El es nuestro Modelo, nuestra Esperanza y nuestro Intercesor.  Nosotros lo que tenemos que hacer es verlo, y hacer que nuestra Voluntad pueda complacer al Padre.

Sin un amor sobrenatural cambiando nuestra Voluntad, nuestra Fe y Esperanza no serían nada.  A menos que aceptemos la luz de la Fe, y la seguridad que nos da la Esperanza, seremos como el hombre que construye su casa en la arena, porque él oyó las palabras de Dios, pero no las aceptó (Mat. 7:27).

Es muy significativo considerar que Jesús les dijo a Sus discípulos, no todos los que dicen "Señor, Señor" entrarán en el Reino de los Cielos, sino aquellos que hacen la voluntad de mi Padre (Mat. 7:21).

Al decir "Señor, Señor" estamos indicando cierto grado de Fe, pero a menos que esa Fe se active, la Voluntad hacia el Amor de Dios, no llegará a beneficiar a nuestra alma.

El Maestro va incluso más allá, cuando dice que aún aquellos que han profetizado, echado demonios, y han llegado a hacer milagros en su nombre, no entrarán al Reino, excepto que hayan hecho la voluntad del Padre (Mat. 7:22-23).

Reconocerse a El como el Señor, y poder llegar a hacer milagros en Su Nombre, presupone un alto grado de Fe.  Da realmente miedo pensar que uno puede poseer todos estos carismas y no entrar en el Reino.  Nosotros vemos un ejemplo de estos en Judas.  El llegó a curar, como lo hicieron los otros discípulos, pero no hizo la voluntad del Padre.

Su voluntad estaba establecida en función de su gloria personal, de su ambición, de su avaricia, y no en el amor a su Maestro y en complacer al Padre.  Jesús trató de advertirle de esto, cuando dijo, "Luego les diré en sus caras: nunca te he conocido, váyanse de mí, hombres del mal" (Mat. 7:23).-r

Cuando hablamos de cumplir la voluntad del Padre, debemos entender que en realidad estamos hablando del amor.

Amarlo con un amor natural no es suficiente ni valioso para Él, como Dios. Tenemos que amarlo con un amor como el Suyo. Dios añadió este nuevo tipo de amor a nuestra voluntad en el bautismo, y es sólo entregándole nuestra voluntad completamente a Él que Lo amamos.

Unir nuestras voluntades a la suya es más que obediencia, es una unión de amor –un deseo para ser como el objeto de nuestro amor– una oportunidad para manifestar el amor al preferirlo en vez de a nosotros mismos.

Jesús explicó este amor recíproco cuando dijo: "Como el Padre me ha amado, así los he amado. Permanezcan en mi amor. Si guardan mis mandamientos, permanecerán en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre y he permanecido en su amor". (Jn. 15:10)

Jesús está diciendo aquí que guardar sus mandamientos es amar, y que amar es guardar sus mandamientos. Se pone como ejemplo de ello al afirmar que esta es la forma en que Él permanece en el amor del Padre. Mediante nuestra voluntad guardamos sus mandamientos, y con la misma voluntad amamos.

Uno se lleva la impresión de que el Señor nos está diciendo un secreto, porque dice también "Les he dicho esto para que mi gozo esté en ustedes y su gozo sea completo" (Jn. 15:11)

Dios quiere que estemos llenos de gozo, que nada le falte y que nade lo enturbie. Quiere darnos su propio gozo porque es parte del amor ver al amado gozando, un gozo total que se origina en la fuente de su amor.

Si amamos a Dios con un amor puramente natural, emocional, entonces el amor vacilará de la misma forma en que vacila con nuestro prójimo. Lo amaremos cuando todo vaya bien y sintamos su presencia, y seremos indiferentes en los tiempos de prueba y sequedad. Nuestro gozo no es completo.

Lo mismo pasará con nuestro prójimo. Cuando lo amamos solamente con un amor emocional, natural, lo amamos si es que responde a nuestros sentidos o nos entrega algún servicio. Nuestro gozo no es completo.

Para ayudarnos a experimentar el gozo completo, Jesús repitió su Mandamiento y dijo: "Este es mi Mandamientos, amaos los unos a los otros como yo los he amado"  (Jn. 15:12)

Jesús nos muestra su amor permaneciendo en el amor del Padre, la fuente de todo amor. Él dijo: "El mundo debe entender que yo amo al Padre y que estoy haciendo exactamente lo que el Padre me dijo que hiciera" (Jn. 14:31)

Para amar a nuestro prójimo, entonces, debemos permanecer en el amor de Dios. Y nuestro prójimo sabrá de ese amor por la manera en que cumplimos los Mandamientos, especialmente el nuevo.

Por esa razón, inmediatamente después de repetir su mandamientos de amarnos los unos a los otros como Él nos ama, añadió: "El mayor amor de un hombre es el de dar la vida por sus amigos. Ustedes son mis amigos si hacen lo que les ordeno". (Jn. 15:13-14)

El Padre le pidió a Jesús que diera su vida por nosotros y Él obedeció esa orden. Al hacerlo, probó su amor por el Padre y por nosotros.

Éramos enemigos de Dios pero por su obediencia a la voluntad del Padre probó su amor por nosotros. Y ese amor nos hizo "amigos" de Dios.

Somos siervos, pero Jesús nos dijo que los siervos no conocen lo que hace su amo. El hecho que Él obedeciera el mandamiento de vivir y morir por nosotros nos hace amigos porque nos ha dicho todos sus secretos.

Es fácil ver lo cercanamente relacionadas que están nuestra voluntad y nuestro amor. El tipo de amor derramado en nuestro Bautismo es el mismo amor que el Padre tiene por Jesús y que Jesús tiene por el Padre, es un poder capaz de hacernos hijos de Dios, herederos de su Reino, y testigos de que Jesús es el Señor.

La primera prueba de que amamos a nuestro prójimo es permanecer en el amor del Padre, la fuente de todo amor y vida. Y hacemos esto al cumplir los Mandamientos como Jesús lo hizo.

Aceptar que Jesús es Señor es un mandamiento, y es la base de nuestra fe como cristianos. Esta fe debe llegar a nuestro prójimo para que él también encuentre a Dios.

Por eso Jesús dijo "Conmigo en ellos y Tú en Mí, que ellos sean uno para que el mundo sepa que Tú me enviaste, y que los amo a ellos tanto como Tú me has amado" (Jn. 17:23)

Entonces, la primera obligación que tenemos para con nuestro prójimo es espiritual y la segunda es social.

Por esa razón el primer mandamiento es amar a Dios con todo nuestro corazón, con toda nuestra mente, alma y fuerza. Para hacerlo, debemos permanecer en el amor de Dios. Debemos mantener sus palabras en nuestro corazón y escogerlo sobre todos las cosas.

El Segundo mandamiento es amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Esto tiene que ver con el aspecto social del fruto de nuestro amor a Dios. Amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos es cuidar de él, alimentarlo cuando está hambriento, vestirlo cuando está desnudo, y dar nuestra vida por él si esa es la voluntad de Dios.

Jesús mismo nos mostró el orden en que debemos amar: Dios primero, nuestro prójimo Segundo. Y ya que Dios es nuestro primer amor, y la fuente de nuestro amor, nuestro amor por nuestro prójimo es como nuestro amor por Dios, es el mismo amor.

Él dijo: "¿Acaso no creen que Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí? Es el Padre que vive en mí, quien hace esta obra. Crean en la evidencia de esta obra, si no creen por otras razones". (Jn. 14:10,11)

¿Cuál era esta evidencia? El cuidado de los pobres era uno de los signos que Él dio a Juan el Bautista. Su preocupación por las multitudes cuando estaban hambrientas, su compasión por los pecadores, la curación de los ciegos y enfermos, también fueron señales.

Ya que Él permaneció en el amor del Padre, pudo amar a su prójimo de la misma manera que la que Él amaba al Padre porque era el mismo amor.

El amor y la voluntad eran uno en el Padre, y su amor por la humanidad fue una prueba de ese amor. "Crean en la obra que realizó, entonces sabrán que el Padre está en Mí y Yo estoy en el Padre". (Jn. 10:38)

Y lo mismo con nosotros. Nuestra fe en Jesús debe mover nuestra voluntad a amar al prójimo de la misma forma en que Jesús lo hace.

Otra vez, ponemos el parche en el agujero. Tratamos de realizar buenas obras por el bien de las obras. Se convierten en nuestros trabajos, y no los trabajos de Jesús realizados en nosotros. No son el resultado de nuestra permanencia en el amor de Dios como sí lo fueron las obras de Jesús. Con frecuencia son simples actos de amabilidad que realizamos porque es cristiano hacerlos.

Este tipo de obras son sólo exteriores y la fuente es nosotros mismos, y aunque empiezan con mucha pompa; en realidad son, como nosotros mismos, pequeñas y sin espíritu. No atestiguan la obra de Dios en nosotros, sólo nuestra obra en nosotros mismos.

Ya que las obras de Jesús fueron el resultado de su permanencia en el amor del Padre, y nosotros debemos imitarlo, entonces nuestras obras deben ser el resultado de nuestra vida en el amor de Jesús.

Jesús es nuestro Mediador, nuestro puente al Padre. Como el Hijo hace, también deben hacerlo sus amigos. Lo que Jesús es por naturaleza, nos ha hecho a nosotros por la gracia. Y esta participación en Su naturaleza –dada a través de la fe, esperanza y caridad; y mediante los siete dones del Espíritu Santo– nos permite imitarlo, seguirlo y compartir su filiación.

Él se hizo hombre para mostrarnos el camino. Él era el hombre perfecto, aunque siempre disfrutó de la unión hipostática, experimentó la debilidad y las luchas de la naturaleza humana, todo excepto el pecado.

Con esto en mente, tenemos que ver cómo el Dios-hecho-hombre usó sus facultades humanas para mostrarnos el Camino.

Para que Jesús sea nuestro Camino, tenemos que mirar su Camino.

Para que Jesús sea nuestra Verdad, tenemos que mirar su Verdad.

Para que Jesús sea nuestra Vida, tenemos que mirar su Vida.

Tiene que haber un "camino" para mantenernos cerca a Dios en nuestra vida cotidiana, y sólo hay uno que puede mostrárnoslo, Jesús. Debemos tener un punto de partida, un mapa, e instrucciones para llegar a cualquier destino.

Digamos que nuestro punto de partida es nuestra memoria, nuestro entendimiento es nuestro mapa y nuestra voluntad es la dirección que debemos tomar.

 

La Palabra Eterna nunca dejó de ser Dios, mientras unía su divinidad con la carne y los huesos. Nunca olvidó quien era ni por un minuto, o la misión que el Padre le había dado. Pero, como hombre, crecía en la experiencia de las debilidades humanas, y por esta capacidad es posible que nos ayude y que nos lleve más allá del nivel humano.

Para llegar a una perspectiva adecuada sobre la dirección que nuestra voluntad debe asumir, miraremos a Jesús y veremos si podemos penetrar su secreto acerca de la mejor manera de "permanecer" en el amor de Dios. 

UN CAMINO – LA MEMORIA DE JESÚS

San Juan dice en su prólogo que "nunca nadie ha visto a Dios, sólo el Hijo, quien está más cerca del corazón del Padre, es quien lo ha dado a conocer" (Jn. 1:18)

Hemos dicho que nuestra memoria refleja al Padre, y hemos hablado del desarrollo de esas emociones que son como las del Padre: compasión y misericordia. Hemos escuchado a Jesús que nos dice que del corazón provienen los deseos malignos del hombre, y debemos estar atentos porque nuestro tesoro está donde está nuestro corazón.

Jesús está más cerca al corazón del Padre como Dios, y nunca olvidó su posición como hombre. La memoria de su Padre estuvo siempre con Él y le dio el valor que necesitaba como hombre para soportar el odio y las persecuciones de su pueblo escogido.

Su memoria nunca dejó la presencia del Padre. Por ello le dijo a Nicodemo: "Hablamos sólo de lo que conocemos, y atestiguamos sólo lo que hemos visto. Nadie ha ido al Cielo excepto aquel que bajó del Cielo, el Hijo del Hombre que está en los Cielos" (Jn 3:11,13)

"El Hijo del Hombre que está en los Cielos", nos muestra claramente donde Jesús guardaba su memoria humana.

Nuestra memoria es una facultad que puede mantenernos en el pasado, y ya que nuestro pasado es de este mundo, no puede elevarnos sobre nosotros mismos.

Pero Jesús mantuvo su ayer en el corazón de su Padre. Y guardó la esperanza de que podamos mantener el corazón de Dios en nuestra memoria. Esto puede elevar cada momento presente de modo tal que rápidamente se convierte en memoria.

Toda situación de la vida debe verse a través de los ojos de la fe, para que la memoria de esa situación esté colocada en el corazón de Dios. 

Hace falta mucha esperanza y confianza para darse cuenta de que la situación entre manos vino de Dios y que debe retornar a Dios para que la cuide, sane, provea, sea misericordioso y la entienda.

No es para preocuparse, ni gloriarse, ni arrepentirse, o aliviar esa memoria. Y cuando la memoria vuelve a molestarnos o nos inspira orgullo, sólo tenemos que levantarnos otra vez hacia el corazón del Padre, que es misericordioso y compasivo.

Jesús le dijo a sus enemigos un día: "Ustedes nunca han escuchado su voz (la del Padre) o visto su figura, y su Palabra no habita en ustedes, porque no creen en aquel  que Él ha enviado" (Jn. 5:37,38).

Es a través de las palabras de Jesús que escuchamos las palabras del Padre, y vemos la figura del Padre cuando miramos a Jesús. "Verme a mí es haber visto al Padre" (Jn. 14:9).

Esas palabras y ese ejemplo deben quedarse en nuestra memoria y deben ser recordados con frecuencia para que el Reino de los Cielos esté dentro de nosotros.

La memoria de Jesús siempre le permitió recordar de donde venía sus enseñanzas. "Mi enseñanza no es mía, viene de Aquel que me envió". Este "darse cuenta" nos da esperanza, aquella cuyas palabras vienen de Dios.

La memoria de Jesús nunca lo dejó olvidar que fue enviado por el Padre y que vino del Padre. "Sé de dónde vengo y adónde voy... Yo, enviado por el Padre vivo, tengo la vida que proviene del Padre". (Jn. 8:14,6:57)

La memoria de Jesús siempre alimentó su hermosa humildad. "Aquel que me envió es verdadero, y lo que he aprendido de Él lo declaro al mundo. No hago nada por mí mismo, lo que el Padre me ha enseñado, es lo que predico. Por mi parte, de lo que hablo, es lo que he visto con mi Padre". (Jn. 8:26,28,38)

¿Estamos diciendo que para imitar a Jesús debemos eliminar la vida y la realidad de nuestra mente? No, Jesús era un realista, el único realista que este mundo ha conocido.

Él entendió la naturaleza humana y sufrió cada mal que puede atacarnos. No sólo vio cada situación como es en verdad, sino que conoció los pensamientos de quienes lo odiaban.

Él sufrió más que cualquier otro ser humano porque era tan perfecto y santo que entendía el mal del pecado.

Entonces, cuando decimos que la imitación de Jesús es irreal, sólo mostramos nuestra falta de entendimiento de su Vida y su Misión.

Sí, debemos trabajar, vivir, planificar, proveer, pero esas no son las cosas que nos definen. Es lo que está en nuestra memoria y entendimiento y las acciones que tomamos por nuestra voluntad lo que nos hace realistas o vivir en medio de un sueño.

Un sueño es algo que puede parecer hermoso o feo, pero sea lo que sea dura sólo un momento, lo mismo que la vida.

Jesús entendió esto y guardó memoria del Padre, de las palabras del Padre, de su voluntad, amor, compasión y misericordia, tanto en su mente que lo mantuvo siempre en contacto con el que es una sola realidad: Dios.

Así como Jesús guardó memoria del Padre, nosotros debemos tener siempre a Jesús en nuestra memoria. Él es nuestro puente hacia el Padre.

Nuestra memoria nos recuerda con frecuencia que sus palabras son palabras de Dios. Tenemos que recordar que cuando damos fruto, es sólo porque estamos adheridos a la Vid verdadera, y es Él quien da fruto en nosotros.

Tenemos que recordar su ardiente amor por nosotros, tanto así que murió por nuestra salvación. Tenemos que recordar sus palabras consoladoras en tiempos de necesidad, sus palabras de advertencia ante las tentaciones, sus palabras amorosas en tiempos de soledad, sus palabras clarificadoras ante las dudas, sus palabras humildes cuando nos tienta el orgullo, sus palabras firmes ante la desesperanza y sus palabras de ruego ante la apatía.

Así como Jesús siempre vio el rostro del Padre, tenemos que recordar el rostro de su Hijo.

Así como Jesús habló sólo palabras que oyó del Padre, tenemos que hablar esas palabras de su Hijo.

Así como Jesús enseñó sólo lo que aprendió del Padre, así tenemos que enseñar lo que aprendemos de su Hijo.

Tenemos que liberar nuestra memoria de las cosas de este mundo – las cosas superfluas que aplacan sus palabras. Tenemos que confiar y esperar en sus palabras si dudar, sin "y  si (s)" o "peros" y sin reserva alguna.

Debemos librarnos de la rabia, la amargura, odio, auto-complacencia, manteniendo la memoria ocupada con Jesús, su Vida, su presencia y su Amor.

LA VERDAD – EL ENTENDIMIENTO DE JESÚS

El Entendimiento de Jesús se encuentra tan por encima del nuestro que sólo podemos atisbar algo de lo que es, no porque así lo quisiera Él, sino porque se nos hace muy difícil pensar con los pensamientos de Dios. Somos orgullosos, y por eso la humildad es tan importante para que nuestro entendimiento piense como Él piensa y vea lo que Él ve.

Sólo un corazón humilde e inocente puede entender y aceptar las palabras de Jesús.

Un hombre orgulloso vive de sus propias palabras, pero el que es humilde, el hombre de fe, vive según las palabras de Jesús. Y por ser estas palabras del mismo Jesús, son dadoras de luz y de vida.

"Yo soy la Luz del Mundo", nos dice "Todo el que me sigue no camina en tinieblas sino que tiene la Luz de la Vida". (Jn 8, 12)

Desde el primer capítulo de San Mateo y a través de todo el Nuevo Testamento somos testigos de toda una nueva manera de pensar, entender y razonar.

Jesús fue guiado por el Espíritu para ser tentado por el Demonio. Las tentaciones eran las típicas tentaciones que nosotros sufrimos. Había ayunado cuarenta días y era tentado de convertir las piedras en pan, pero Él replicó que no sólo de pan vivía el hombre, sino de toda palabra que salía de la boca de Dios.

Para nuestra forma de pensar, hubiera sido razonable convertir las piedras en pan, especialmente después de pasar 40 días sin comer nada. Pero Jesús piensa diferente. No, no hubiera sido acorde a los pensamientos de Dios obrar milagrosamente con sus propias fuerzas.

Lo más importante es que se valió de las tentaciones para elevar su mente hacia Dios. La palabra de Dios era el verdadero alimento del alma del ser humano, y la carne nunca debía ocupar el primer lugar. Él nos daría el ejemplo.

Más adelante, durante su vida, nos habría de decir: "Es el Espíritu el que da la vida, la carne no tiene nada que ofrecer. Las palabras que digo son espíritu y son vida". (Jn 6, 63)

Como en otra ocasión, cuando sus discípulos volvían con comida para él, él les dice: "Yo tengo un alimento que ustedes no conocen. Mi alimento es hacer la voluntad de Aquél que me ha enviado." (Jn 4, 32-34)

Vemos a Jesús poner el énfasis en el Espíritu. Su memoria siempre contempla el rostro del Padre, su entendimiento siempre razona según las palabras que Él escuchó del Padre y su voluntad siempre es alimentada por estar unida a la voluntad del Padre. Él alimenta su alma humana con la presencia de Dios (Memoria), con la Palabra del Padre (entendimiento) y con la voluntad del Padre (Voluntad).

La primera tentación fue dirigida a su memoria, una facultad emocional. El pensar en el pan después de haber ayunado debió haber despertado sus sentidos y emociones. Su hambre era legítima, pero la manera sugerida para satisfacerla no era la correcta y Él no sucumbiría.

La segunda tentación se dirigía a su entendimiento. "Si eres el Hijo de Dios, arrójate por ese peñasco, porque la Escritura dice ‘Enviaré a mis ángeles para que te guarden’." El razonamiento humano hubiera dicho: "Sí, Tú eres el Hijo de Dios, y Dios te ha prometido no dejar que tu pie se tropiece con piedra alguna".

Pero Jesús razona diferente. Él nunca sacaría a las Escrituras de su contexto. Su entendimiento atiende las Escrituras en su totalidad, no sólo un párrafo. La leería tal cual Dios la inspiró porque Él también dijo "No tentarás a tu Dios". Esta era una tentación de soberbia. El intelecto se puede convertir en el trono de la soberbia o en el trono de Dios. Puede ser nuestro hogar o el hogar de Dios. Podemos ser nosotros quienes habitemos en él o podemos recibir a Dios con él.

Jesús, sin embargo, no sucumbiría a esta tentación de "demostrar su poder" para atraer a las multitudes con la manifestación de su poder, una manifestación que no tendría ningún otro propósito sino el de atraer la atención sobre Él mismo. Él en cambio viviría según las palabras que su Padre le había revelado. Él había venido como imagen del Amor y la Misericordia el Padre, no cambiaría ese propósito.

Jesús alimentaba su entendimiento con los pensamientos de Dios y nosotros deberíamos hacer lo mismo. Él empezó su vida pública dándonos nuevos caminos para el pensamiento expresados en las Bienaventuranzas.

El pobre de espíritu heredaría el Reino, el manso heredaría la tierra y el perseguido danzaría de gozo. ¡Qué contrario al pensamiento humano!

Nos dijo que no bastaba desistir de matar a alguien, no deberíamos dejar que la cólera contra alguien nos inundara ni tampoco siquiera insultara nuestro prójimo. Contenernos de cometer adulterio no es suficiente, el hombre no debería siquiera mirar a la mujer con ojos impuros. ¡Qué contrario nuevamente a los pensamientos de los hombres!

No basta tampoco decir que amamos a nuestro prójimo y odiamos a nuestros enemigos. Debemos amar también a nuestros enemigos, hacerles el bien. ¡Qué contrario al pensamiento humano!

Jesús les dijo a sus discípulos que era necesario que Él padeciera, muriera y resucitara para poder reconciliarnos, y que el Padre se lo había encargado. ¡Qué contrario al razonamiento humano!

Nos dijo también que si éramos mansos y humildes como Él, encontraríamos la paz para nuestras almas. ¡Qué contrario al razonamiento humano! Todas sus parábolas nos enfrentan con nuestros cortos razonamientos y somos forzados a volver nuestra mirada a Dios y a mirarnos nuevamente a nosotros. Nuestro modo de pensar se concentra en esta vida terrena y su modo de pensar ve la vida como pasajera y todo lo que hay en ella en relación a Dios y al Cielo.

Nuestro modo de razonar nos hace prisioneros en nuestra propia casa y por eso es que Jesús nos dijo "Si reciben mi Palabra, serán mis discípulos, conocerán la Verdad y la Verdad os hará libres. Todo aquél que comete pecado es un esclavo, y el lugar del esclavo en la casa no está asegurado". (Jn 8, 31 – 35)

Sólo viviendo en y por Su Palabra seremos libres, porque vivir según nuestras propias palabras nos conduce a la oscuridad. Hay tantas cosas en la vida que son confusas, complejas y a veces trágicas. No importa cuánto nos esforcemos, nunca encontraremos todas las respuestas y soluciones para ellas. Pero Jesús nos dijo "Cualquiera que me siga, no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la Luz de la Vida." (Jn 8, 12)

Jesús veía cada cosa y la entendía a la luz de las enseñanzas de su Padre. Él es el Hijo Unigénito y ha recibido directamente del Padre todo lo que sabe.

A nosotros, por otro lado, se nos ha dado la fe, la fe en Jesús. Y es a través de esa fe viva que recibimos las enseñanzas según las cuales debemos vivir. Es a través de la fe, que se funda en un corazón humilde, que empezamos a entender y a ver la vida en todas sus facetas, con gozo y serenidad.

"El Padre es la fuente de la Vida", dijo Jesús a sus discípulos, "Y Él ha hecho de su Hijo la Fuente de la Vida". (Jn 5, 26)

Poco después de haber dicho eso a sus discípulos, les explicó que a menos que recibieran la vida de Él, morirían. "Aquél que come mi carne y bebe mi sangre, habita en mí y yo en él. Así como yo he sido enviado por el Padre y recibo mi vida del Padre, todo aquél que coma mi cuerpo recibirá la vida de mí." (Jn 6, 56)

Dios hecho hombre: La Encarnación. Dios hecho alimento: La Eucaristía. Misterios que sobrepasan el pobre razonamiento humano.

Y así como el Hijo recibe constantemente su Vida del Padre, siendo el Hijo de Dios, y así como hace uso de su memoria, entendimiento y voluntad humanos para mantenerse en contacto con esa Vida siendo hombre, así nosotros debemos recibir la Eucaristía como fuente de vida eterna, y usar nuestra memoria, nuestro entendimiento y nuestra voluntad para mantenernos en contacto con Dios a través de la fe en su palabra.

Cuando los misterios de Dios parecen demasiado elevados para nuestras mentes finitas y nuestro razonamiento dice "Que duro este lenguaje, ¿quién podrá aceptarlo?", digamos nosotros con Pedro: "Señor, a quién iremos. Sólo Tú tienes palabras de Vida Eterna." (Jn 6, 68)

Jesús es la fuente de Vida, y nosotros debemos constantemente beber de esa fuente, o no daremos ningún fruto. Jesús nos dijo esto cuando se comparaba a sí mismo con la Vida y a nosotros con los sarmientos. El Padre es el viñador que viene en busca del fruto y cuando encuentra alguno, poda la planta para recibir un mejor fruto aún.

Jesús fue sumamente definitivo en cuanto a la fuente de donde brotaría cualquier fruto. "Así como el sarmiento no puede dar fruto por sí solo, sino que debe permanecer unido a la Vida, así vosotros no podréis dar fruto sin Mí." (Jn 15, 3-4)

Esta es una imagen que generalmente viene a nuestras mentes después de la tormenta. El viento y los rayos pueden quebrar las ramas del árbol y en menos de un día, las hojas dejarán de brotar y en uno o dos más, la rama estará muerta. Había sido repentinamente cortada de la fuente de su vida.

Podemos quedar absortos contemplando la belleza de las ramas vestidas de frutos y olvidarnos del tronco, verdadera fuente de la vida, y quizás alguna tormenta termine por enfrentarnos a la realidad nuevamente.

De la misma forma sucede con nuestra vida espiritual. Si no vivimos en Jesús a través de nuestra memoria, por Jesús a través de nuestro entendimiento y con Jesús a través de nuestra voluntad, nos secaremos o moriremos.

Sí, cuando nuestro entendimiento empieza a razonar como Él razona, estamos en camino a ser verdaderos discípulos. La fe es la llave que abre el entendimiento a niveles más elevados porque Jesús, la Luz del mundo, es nuestra fuente inacabable de Luz.

LA VIDA – LA VOLUNTAD DE JESÚS

Del primer capítulo de Mateo hasta el prólogo de Juan nos hacemos conscientes de que Jesús es el Señor y que ha venido porque esa era la voluntad de Dios Padre.

Mateo nos dice "La Virgen concebirá y dará a luz un Hijo, y será llamado el Emmanuel". (Is 7, 14; Mt 1, 23) "Será grande y será llamado Hijo del Altísimo". (Mt 1, 27)

Juan nos dice "Quien no ha nacido de linaje humano, o surgido de la carne, o de voluntad humana, sino de Dios mismo." (Jn 1, 13)

Sola la voluntad de Dios envió a la Palabra Eterna al mundo para que esa Palabra, ahora Salvífica, se uniera su voluntad humana con la Voluntad Eterna del Padre.

Aunque somos traídos a la existencia por medio de la carne y del linaje humano, seguimos siendo traídos por la voluntad del mismo Dios a la cual debemos unirnos.

Aunque nuestro origen es diferente, ambos, la Palabra hecha carne y la nada hecha carne, fueron traídos a la existencia por la Voluntad de Aquél que las ha enviado.

Nuestra voluntad es nuestra más preciada posesión porque nos fue dada como un don, un don sin requerimientos, un don que es completamente nuestro para hacer lo que nos plazca.

Por esa razón es también un don sumamente peligroso porque puede tornarse en nuestra contra y así, hacernos pensar que somos libres, libres porque hacemos lo que queremos, cuando queremos y del modo que queremos.

San Pedro nos da su opinión al respecto sobre todos aquellos que piensan que la libertad significa darle rienda suelta a nuestros deseos cuando nos dice "Pueden prometer libertad, pero ellos mismos son esclavos, esclavos de corrupción, porque si alguien se deja dominar por cualquier cosa, entonces es un esclavo." (2 Pe 2, 19)

Esto es particularmente cierto para los cristianos, que por su mismo nombre, le han dado su vida a Dios a través de la obediencia a Jesús. Es una contradicción ver a un cristiano pensar y actuar como el mundo y según el dictado de sus propios deseos.

El cristiano que conforma su voluntad con los estándares del mundo, bajo la excusa de que vive en un mundo moderno, tiene sólo la apariencia de cristiano, la Verdad no está en él.

De aquellos dice San Pedro (2 Ped 2, 20-22): "Porque si, después de haberse alejado de la impureza del mundo por el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, se enredan nuevamente en ella y son vencidos, su postrera situación resulta peor que la primera… Les ha sucedido lo de aquel proverbio tan cierto: «el perro vuelve a su vómito; la puerca lavada, a revolcarse en el cieno»".

Para prevenirnos de caer en tal deplorable estado, debemos mirar a Jesús y ver como su voluntad está unida ejemplarmente a la voluntad del Padre.

Conformar nuestra voluntad con la voluntad del Padre es el ejercicio más noble y elevado de nuestro libre albedrío. Jesús mismo nos mostró esto cuando dijo "He venido de Dios. Sí, he venido de Él, no he venido por mi propio deseo, no. He sido enviado y enviado por Él." (Jn 8, 42)

En repetidas ocasiones Jesús nos dijo que su misión no era hacer su voluntad sino la del Padre. "He venido del Cielo", nos dijo, "no para hacer mi voluntad, sino la de Aquél que me ha enviado".

El Padre había decidido que el Hijo sea nuestro ejemplo y viniera a vivir a la tierra, a sufrir y a morir como cualquier otro ser humano. Pero para fortalecer nuestra fe en Él, lo habría de resucitar de entre los muertos.

Esta misión fue encomendada a Jesús, él fue enviado para llevar a cabo nuestra reconciliación. Su amor por el Padre lo hacía desear solo una cosa, y ella era cumplir la voluntad de su Padre.

Este es el motivo por el cual él puede decir que ha sido enviado y que no ha venido a hacer su voluntad. Pero su opción fue tan unificada y llena de amor que a la vez pudo afirmar "El Padre me ama porque doy mi vida para recuperarla nuevamente. Nadie me la quita, yo la doy libremente." (Jn 10, 17)

Estaba en sus manos el dar su vida y el recuperarla nuevamente. "Esa es el mandamiento", nos dice, "que me ha sido dado del Padre". (Jn 10, 18)

Mientras más amamos, más deseamos hacer la voluntad de aquél a quien amamos. El amor puede hacernos escoger la voluntad del amado una y otra vez como una manifestación de nuestro amor. Esa es la mayor prueba del amor.

Vemos esto en los evangelios, tantas veces que incluso compara el hacer la voluntad de su Padre con su propio alimento.

El alimento material sostiene, nutre y reconstituye nuestro cuerpo y sin él nuestras funciones vitales pronto se degenerarían y eventualmente cesarían. El hambre nos recuerda la necesidad de alimento, y vemos claramente cuando perdemos peso lo poco que podemos avanzar sin alimentarnos.

Estos son signos físicos de necesidades físicas, pero el Señor no parece tan preocupado de este tipo de alimentos.

Dos veces fuimos testigos de su compasión al ver las multitudes y darles de comer en el desierto, pero cuando vienen a buscarlo, se decepciona por verlos preocupados en aquellas cosas.

"No me buscan por las cosas que hago sino porque consiguen todo el pan que desean." (Jn 6, 26)

Jesús quiere ser amado por Él mismo solamente y no por lo que él hace por nosotros.

Esto nos da una primera clave para unir nuestra voluntad a la voluntad del Padre. Debemos hacer su voluntad por puro amor. Debemos estar agradecidos por sus beneficios pero debemos amarlo por lo que es, porque es el Hijo de Dios, porque nos ama, porque vivió y murió por nosotros, porque anhela nuestro amor, porque es tan "amable" y porque es quien es: El Señor.

"No os preocupéis por el alimento que no perdura", les dijo, "pero trabajar más bien por el alimento que da vida eterna, el alimento que el Hijo del Hombre les ha venido a dar." (Jn 6, 27)

La Palabra de Jesús es alimento, y trabajar para el Señor es creer en esas palabras. Pero esto no basta a menos que aquellas palabras, cual si fueran alimento físico, sean tomadas y digeridas.

Jesús le dio el toque final a este proceso cuando dijo "Mi alimento es hacer la voluntad de aquél que me ha enviado y completar su obra".

Escuchar y creer está bien, pero para completar la obra, debemos poner nuestra voluntad en acto.

Nuestra voluntad completa el trabajo que nuestra memoria ha sacado a la luz y nuestro entendimiento ha aceptado.

Así como con las palabras de Dios, son las palabras de este mundo. Si nuestra Memoria es alimentada sólo con las palabras del mundo, y nuestro Entendimiento acepta sólo las palabras del mundo, entonces nuestra Voluntad sólo se esforzará por ganancias mundanas.

Si vivimos en una constante dieta de las palabras que escuchamos en la radio y en la televisión, y leemos en periódicos, libros y revistas, - entonces nuestra Voluntad no conoce más opciones fuera de las que le son presentadas. Sólo puede elegir las cosas de este mundo, y encontrar bien en ellas. Alimentamos nuestros espíritus con paja seca y mueren de hambre lentamente.

¡Cuán cierto es el dicho que somos lo que son nuestros pensamientos! Así como nuestros cuerpos se convierten en lo que comemos, nuestras almas se convierten en los que escuchamos, vemos y hacemos.

Frecuentemente escuchamos a Jesús decir que vino a hacer la Voluntad de Su Padre. Tener Voluntad es hacer, no sólo desear.

Cualquier cosa con la que alimentemos nuestra Memoria y Entendimiento nos hace desear, pero la Voluntad debe acompañar ese deseo.

Una cena deliciosa bien preparada y aderezada para alentar nuestro apetito, no será de ningún valor, a menos que realicemos el acto de comerla. Sólo entonces llega a formar parte de nosotros.

Podemos comparar esto con nuestras facultades espirituales, ya que las palabras por las que vivimos deben estar almacenadas en nuestra Memoria y preparadas por nuestro Entendimiento, pero a menos que nuestra Voluntad actúe sobre esta acumulación de información, será todo inútil.

Tenemos un ejemplo de esto en la noche de Su Agonía. Jesús fue al Huerto a orar, y les pidió a Pedro, Santiago y Juan que oraran con Él. Se adelantó a orar solo, pero cuando volvió estaban dormidos. Le dijo a Pedro, "¿Con que no habéis podido velar una hora conmigo? Velad y orad, para que no caigáis en tentación; que el espíritu está pronto, pero la carne es débil." (Mat 26, 40-42)

Aquí está nuestra segunda clave – la oración. Tanto Jesús como Sus Apóstoles tenían tristeza de espíritu por lo que se veía venir. La Agonía de Jesús era más grande porque sabía cada sangriento detalle de la Crucifixión venidera.

Más aún—Estaba enterado de la realidad absoluta, que aún después de haber demostrado tanto amor a la humanidad—amor hasta la muerte—muchos Voluntariamente Lo rechazarían.

¿Cómo iban los Apóstoles a unir sus Voluntades a la Voluntad de Dios cuando su naturaleza humana se rebelaba a tan grande sufrimiento? ¿Qué hacemos cuando nuestras emociones están a tal punto que pareciera que todo el mundo nos estuviera aplastando, y nuestra naturaleza gime de dolor y desesperación?

¿Qué hacemos cuando nuestra naturaleza ruega por alivio y sólo caen más penas sobre ella?

Cuando llega ese momento, nos arrojamos sobre el terreno de nuestra miseria y oramos—oramos por fortaleza—oramos por luz—oramos por fe—oramos para que se haga Su Voluntad, no la nuestra.

Eso es lo que hizo Jesús, y Su Voluntad fue fortalecida; y esto es lo que no hicieron los Apóstoles, y sus Voluntades se debilitaron.

Nuestra Voluntad debe estar fortalecida si quiere perseverar en la persecución del Único Bien. La oración, por su propia naturaleza—de comunión con Dios—calma nuestras emociones. Nuestra Memoria empieza a recordar las palabras de Dios y no las palabras que la perturban. Cuando esto sucede, nuestro Entendimiento puede ver la situación a través de los ojos de la Fe, y nuestra Voluntad, calmada por la oración, puede elegir el camino correcto de una manera más iluminada.

Ya que nuestro cuerpo y alma están tan íntimamente unidos, y son dependientes el uno de la otra, es lógico que el proceso por el cual una es alimentada y fortalecida, se aplique también al otro.

Para que nuestro cuerpo se mantenga vivo, necesita un apetito, alimento, una preparación del alimento, una elección de alimento, y un proceso digestivo. Si falta alguno de éstos o está fuera de balance, el cuerpo sufrirá.

Sin apetito, el alimento se hace intolerable; sin alimento, la vida es imposible; sin la apropiada elección de alimento, las funciones fisiológicas se dañan; y sin un buen proceso digestivo, el cuerpo sufre gran daño.

Nuestra alma debe vivir por un proceso similar. En lugar de apetito, tiene deseos; en lugar de alimento, Memoria; en lugar de preparación para el alimento, Entendimiento; para elegir el alimento, la Voluntad; y para el proceso digestivo—la oración.

Bien hizo nuestro Señor en decirnos que no pongamos nuestro corazón en el alimento perecedero. El alimento nutre un cuerpo material y ambos están destinados a perecer. Pero las Palabras  nutren nuestro espíritu para bien o para mal para toda la Eternidad.

Y algún día, cuando el cuerpo se reúna con el alma, el cuerpo tomará la belleza o la fealdad del alma. "En un instante, en un pestañear de ojos… los muertos resucitarán incorruptibles…, es necesario que este ser corruptible se revista de incorruptibilidad; y que este ser mortal se revista de inmortalidad." (1 Cor 15, 52-53)

Si permitimos que la carne guíe el espíritu, los resultados pueden no ser tan evidentes ahora, pero lo serán en el Cielo y en el Último Día.

Aunque la consecuencia total no pueda ser vista hasta el Último Día, podemos percibir, a través de los frutos que demos ahora, una muestra de lo que será.

Vemos esto en la diferencia entre el fruto que Jesús dio y el fruto que dieron Sus Apóstoles.

Veamos nuestro proceso y veamos cómo dio fruto y que clase de fruto.

Durante Su vida, Jesús tuvo el gran deseo de Redimirnos. Lo llamó un bautismo del cual Él tenía que ser bautizado. (Mc 10, 38)

Durante Su vida, alimentó Su Memoria con las enseñanzas del Padre. Su Entendimiento recibió esa enseñanza y produjo Parábolas que transmitieron descripciones a las personas, y revelaron los Misterios de Dios en palabras sencillas que podían retener.

Veía al Padre en cada experiencia gozosa o dolorosa, y unía Su Voluntad a la del Padre. Luego digirió todo esta Sabiduría por horas de oración y de comunión con Su Padre.

Cuando llegó el momento crucial de Su Vida, Sus facultades humanas eran capaces de estar a la altura de las circunstancias y darle fortaleza.

Su deseo fue siempre el mismo. "Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre… Ahora mi alma está turbada. Y ¿qué voy a decir? ¡Padre, líbrame de esta hora! Pero ¡si he llegado a esta hora para ésto!" (Jn 12, 23.27)

Su Memoria lo llenaba con tristeza y angustia. Por primera vez pidió auxilio. "Mi alma está triste hasta el punto de morir." (Mt 26, 37) Sus emociones empezaron a anticipar el sufrimiento venidero. De repente, vio todas las almas que rechazarían Su Amor. La combinación de dolor y rechazo anticipado le producían un temor que le hacían clamar, "Padre mío, si es posible, que pase de mí esta copa, pero no sea como yo quiero, sino como quieras Tú."

Su Entendimiento preguntaba si existía alguna posibilidad de que el Cáliz pasara. Sin embargo, había venido por ese propósito, ¿existía alguna remota posibilidad? Pero inmediatamente, Su Amor por el Padre le hizo decir, "no sea como yo quiero, sino como quieras Tú."

Oró y le pidió al Padre la misma oración tres veces. Cada vez, Su inmediata reacción a Su propia petición fue que prefería hacer la Voluntad del Padre.

La parte importante de este relato es la pregunta: ¿Cómo sostuvo Su unión con la Voluntad del Padre, si la respuesta a Su petición seguía siendo negativa?

La respuesta es: oración continua. Mientras más Sus emociones llenaban de temor Su Alma más razonaba que quizás habría alguna leve posibilidad de reversión—y oró. Y esa oración continua sostuvo Su Voluntad y la fortaleció al punto que pudo decirle a Sus apóstoles, "Mirad, ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de pecadores. ¡Levantáos!, ¡vámonos! Mirad que el que me va a entregar está cerca." (Mt 26, 45-46)

Debido a que Sus facultades habían vivido en el Padre toda Su vida, y la oración había alimentado Su Alma con frecuencia, era capaz en Su crisis de mantenerse sereno y unido al Padre.

La diferencia entre Jesús, Sus apóstoles, y nosotros es evidente, y no necesita ser reiterada.

Antes de que muriera, nos dio un secreto más para ayudarnos cuando la vida se nos presente con esas penas inevitables, inexplicables e indeseables—la oración continua y prolongada.

La oración une nuestras facultades, las une en un propósito común, y refuerza nuestra Voluntad para que se una a Dios en el amor.

Es cuando nuestras facultades toman su propia dirección que el alma se confunde.

La oración, un pensamiento de amor, y a veces una conversación rebelde con Dios, permite a cada facultad aferrarse y descansar en Él.

De ahí que el Maestro a menudo le pidiera a Sus apóstoles que se apartaran para descansar un rato. Todos necesitaban tiempo para discutir, redirigir, y para alimentar sus almas con Sus Palabras—Palabras que daban valor, esperanza, y confianza.

Si los apóstoles se hubiesen mantenido en oración, como el Maestro los mandó, nunca Le habrían fallado.

Él les dijo, "Velad y orad, para que no caigáis en tentación; que el espíritu está pronto, pero la carne es débil." (Mt 26, 41) ¿Dice que si hubieran orado, no habrían sufrido? No, porque Él oró y tuvo que cargar con Su Cruz.

¿Qué quiso decir? Que si hubieran orado ¿no habrían sido probados? Ser probado es tener la oportunidad de hacer una opción entre dos opuestos –usualmente entre el bien y el mal, entre el camino correcto y el incorrecto.

Cuando Jesús les dijo que oren para no caer en tentación, les estaba diciendo que la oración dirigiría su Voluntad a adherirse a la Voluntad de Dios, sin importar cuán difícil o doloroso fuera.

A través de la oración, sus facultades espirituales les habrían recordado las profecías, hubieran visto Su Pasión a través de los ojos de la Fe, y la habrían aceptado con coraje. No habría habido ninguna prueba: sus Voluntades, como la Voluntad del Maestro, habrían estado unidas a la del Padre; su opción, hecha en oración, habría eliminado la prueba.

No ser puesto a prueba no es la eliminación de la cruz o la tentación: son parte de la vida. Es estar tan unido a la Voluntad de Dios en cada cruz que la prueba desaparece –ya no es una elección entre el bien y el mal. Nuestra Voluntad, a través de la oración, elige el bien y elimina la prueba, aunque la cruz permanezca.

Es por esto que Jesús pudo levantarse de la oración, fortalecido en Su Voluntad, y tomar Su Cruz con serenidad. Pero Sus Apóstoles, con sus facultades embotadas por la pena y hambrientos y con sueño, fueron probados y fallaron.

Habiendo visto a Jesús para ver como usó Sus facultades humanas, encontramos que hizo todo lo que nos pidió hacer, y lo hizo bajo las más terribles circunstancias que las que jamás tendremos nosotros.

Nunca perdió de vista a la fuente de Sus Palabras –El Rostro de su Padre- así Su Memoria estaba siempre apoyada. Había confiado en la Providencia de Su Padre, y por eso no se preocupó cuando todo parecía derrumbarse. Se preservó así mismo de perturbarse teniendo Compasión de todos los hombres.

De las Palabras que oyó de Su Padre, razonó con los pensamientos de Dios, no de los hombres. Vio el valor del sufrimiento, de la entrega y la pobreza y alentó a Sus discípulos a no poner su confianza en las cosas de este mundo. Su Entendimiento estuvo siempre elevado al nivel más alto, y puso el Reino de los Cielos sobre todo lo demás. Su Humildad era incomparable y tan grande como Su Omnipotencia.

Su Voluntad, siempre alimentada y guiada por una Memoria y un Entendimiento llenos del Padre, estaba siempre unida a la Voluntad del Padre. Su Amor por la humanidad era como el del Padre. Amaba a todo el mundo y no excluía a nadie, sin importar cuánto lo odiaran. Para mantener Su Palabra siempre unida a la del Padre, oró mucho y con mucha frecuencia.

Hemos llegado a un patrón de vida que nos transformará en Jesús. Dios nos ha dado facultades humanas y espirituales que nos recuerdan Su Divinidad. Las ha aumentado con Virtudes Infundidas para elevarlas a Su nivel. Ha mandado a Su Hijo a mostrarnos cómo utilizarlas, y ha mandado a Su Espíritu a darnos dones.

Antes que prosigamos a encontrar la Llave Maestra, debemos observar nuestro patrón. Veamos cómo este patrón se ajusta a nuestra vida:

Nuestra Memoria es elevada por la Esperanza y aumentada por la Compasión.

Nuestra Comprensión es elevada por la Fe y aumentada por la Humildad.

Nuestra Voluntad es elevada por el Amor y aumentada por la Oración.

Dios nos ha dado una Memoria y Esperanza: debemos ser Compasivos.

Él nos ha dado una Comprensión y Fe: debemos ser humildes.

Él nos ha dado una Voluntad y Amor: debemos orar.

Él ha hecho Su parte: Espera que nosotros hagamos la nuestra.


TRATADO 5

"Mas todos nosotros , que con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la gloria del Señor, nos vamos transformando en esa misma imagen "
(2 Cor  3, 18)

Memoria Una Memoria Esperanzada y Compasiva es elevada de la imagen del Padre a ser como el Padre "Sed Compasivos, como vuestro Padre es Compasivo." (Lc 6, 36)

Entendimiento Un entendimiento Humilde y lleno de Fe es elevado de una semejanza del Hijo a una transformación en Jesús "Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón." (Mt 11, 29)

Voluntad Una Voluntad Amorosa y Devota es elevada de una semejanza del Espíritu a la Unión con el Espíritu "Pedid que no caigáis en tentación." (Lc 22, 40)


LA LLAVE MAESTRA

Nuestras tres facultades son como tres llaves que abren la puerta de dos casas diferentes. Una es la Casa de Dios, y la otra es la Casa del Enemigo.

Cualquier puerta que abran, hará que vivan en aquél lugar. Por eso Jesús nos ha pedido que hagamos nuestro hogar en Él, de la misma manera que Él vive en nosotros. (Jn 15, 3).

Una es la Casa de la belleza, la alegría, y la felicidad, y la otra es la casa de la fealdad, la tristeza, y la miseria. Cada uno de nosotros en algún momento u otro ha vivido en ambas casas alternadamente. Vivimos en una y luego en la otra, pero finalmente encontramos que nuestra permanencia en una de estas casas se torna cada vez más larga.

Las Llaves nos fueron dadas para vivir sólo en una Casa—la Casa de Dios, y cuando las usamos para vivir en casa del ladrón, corremos el riesgo de convertirnos en ladrones—nos apartamos de lo que es un obsequio de un Padre generoso.

Debemos pasar nuestro tiempo utilizando estas llaves para abrir muchas habitaciones diferentes en la Casa de Dios. Aunque cada ser humano tiene las tres Llaves, cada juego abre habitaciones diferentes, según los diseños del Dueño de casa y el esfuerzo que ponga el poseedor de las Llaves.

Sí, en la Casa de Su Padre hay muchas habitaciones, y en este momento está preparando un lugar para nosotros. (Jn 14, 2)

San Pablo era muy consciente de la necesidad y el efecto del esfuerzo de nuestra parte cuando decía, "Y si uno construye sobre este cimiento con oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, paja, la obra de cada cual quedará al descubierto; la manifestará el Día, que ha de revelarse por el fuego. Y la calidad de la obra de cada cual, la probará el fuego." (1 Cor 3, 12-13)

Podemos entregarle a Dios la plata de nuestra Memoria, brillando con una Imagen clara del Padre; el oro de nuestro Entendimiento, brillante con los Misterios de Dios; y las joyas de nuestra Voluntad, unida para siempre al Amor Eterno

ó

Podemos desarrollar una Memoria de paja, estropeada por las semillas muertas de la amargura; un Entendimiento como el césped, terrenal y pegado al suelo; y una Voluntad dura como madera, inflexible, unida a sí misma en miseria.

Sea cual fuere el juego de llaves que elijamos usar, el producto final lo verá el mundo entero. Es importante que desarrollemos estas facultades a su nivel más alto.

Debemos luego determinar cuál de las tres Llaves es la Llave Maestra, cuál abre la puerta a las demás, porque sin este conocimiento podríamos no usar nuestras llaves apropiadamente.

Hemos determinado que a cada facultad Dios le ha dado una virtud correspondiente para elevarla, y un Consejo para desarrollarla.

Facultad   Virtud   Consejo
Memoria Esperanza Compasión
Entendimiento Fe Humildad
Voluntad Amor Oración

En cada categoría particular existe una Llave Maestra—una Llave que abre la puerta que abre a las demás en esa categoría, —una Llave sobre la cual depende el desarrollo y guía de las otras.

Si nuestro patrón es el correcto a seguir, entonces la Llave Maestra en cada categoría debería ser el área en la que la facultad, la virtud y el consejo, son uno.

Trataremos de probar qué combinación es la Llave Maestra, con la esperanza de que el lector use esa Llave en su vida. Solo entonces sabremos con certeza que estamos usando todas las Llaves y que hemos encontrado la Llave Maestra.

 

LLAVE MAESTRA EN LAS FACULTADES

MEMORIA

Hemos visto cuán importante es mantener a nuestra Memoria libre de aquellas memorias que alimentan nuestro espíritu con palabras perturbadoras.

Hemos visto como la Esperanza se eleva y la compasión desarrolla esta facultad sobre sí misma, para alentar, inspirar y calmar las memorias que entristecen y perturban nuestras almas.

Pero antes de poder utilizar cualquiera de estos dones y auxilios, debemos querer cambiar.

Sin la Voluntad para controlar nuestras Memorias, nosotros podemos exclamar en pena y desear entregarnos, pero hasta que queramos cambiar, o calmar esas memorias, nunca utilizaremos los auxilios que Dios nos ha dado.

"Si os airáis, no pequéis; no permitan que se ponga el sol mientras estéis airados," nos ha advertido el Señor. (Ef 4, 26) Las palabras "no permitan" pertenecen al poder de la Voluntad. Es este poder el que usamos cuando "permitimos" o "no permitimos".

Podemos ignorar la manera de deshacernos de memorias amargas, pero cuando buscamos esa manera, ejercitamos nuestra Voluntad, aunque no seamos bendecidos con el éxito inmediato.

Hay algunas cosas que necesitamos que recibimos con solo pedir, pero hay otras que debemos buscar antes de encontrar. Una antigua memoria desagradable puede ser dura de conquistar, pero cada esfuerzo en esa dirección la desteñirá cada vez un poco más.

Si hemos derramado tinta en una prenda de vestir blanca, no podremos advertir ninguna diferencia cuando comenzamos a borrarla; pero el esfuerzo continuo y otras ayudas dejarán la prenda como nueva—tan nueva, que uno nunca sabría que estuvo manchada. "Así fueren sus pecados como la grana, cual la nieve blanquearán." (Is 1,18).

Tan pronto como seamos conscientes de una memoria perturbadora, debemos sustituir algunas palabras de Jesús, y sustituir el sentimiento de Compasión. Una profunda conciencia de nuestra propia miseria permitirá que tengamos misericordia con los demás. Debemos crecer también en la virtud de la Esperanza, viendo en una memoria perturbadora una oportunidad para confiar en Dios y para ganar mérito para la próxima vida.

Para hacer todo esto, debemos querer deshacernos de estas memorias frustrantes. Para calmar nuestras memorias, necesitamos oración, caridad, y fuerza de voluntad.

Algunas Memorias se las llevará el propio Señor literalmente con solo pedírselo. Pero hay otras que están tan enraizadas que Su Voluntad permite que demoren—pero sólo para nuestro bien.

El ejercicio de la Esperanza, la práctica de la Compasión, la prolongación de nuestras oraciones, y del esfuerzo de nuestra Voluntad para deshacernos de estas Memorias, ayudan a cambiar esta facultad y a hacerla más fuerte.

El esfuerzo sostenido fortalece nuestra voluntad para adherirse a la de Dios en otras cosas, la práctica de la compasión nos hace más comprensivos y misericordiosos. A través de la aparentemente infructuosa oración tenemos más luz en nuestra oscuridad y nos sentimos más "en casa" con Dios.

Cuando el tiempo pase y logremos conquistar nuestra Memoria, nos encontramos más enamorados de Dios y del prójimo.

Para conquistar aquellos recuerdos amargos con esperanza y compasión necesitamos el poder de la voluntad, del amor y la oración.

San Pablo nos dice: "Así pues, hermanos míos amados, manteneos firmes, inconmovibles, progresando siempre en la obra del Señor, conscientes de que para el Señor, vuestro trabajo no es vano." (1 Cor. 15:58)

Debemos querer deshacernos de un recuerdo, debemos querer ser compasivos, debemos querer ejercitar nuestra esperanza. Querer eso nos lleva a desear algo, y desear algo nos lleva a buscarlo en la acción.

Debemos mirar aquellos recuerdos no deseados tan sólo como puertas, como oportunidades para trabajar más en esta facultad.

San Pablo veía cada circunstancia como una puerta abierta a nuevos caminos de servicio a Dios creciendo él mismo y dedicándose a la salvación de las almas.

En la Epístola a los Corintios nos dice: "porque se me ha abierto una puerta grande y prometedora, y los enemigos son muchos." (1 Cor. 16:9)

San Pablo debe haber sido prácticamente obligado a trabajar en su Memoria largo y duro con toda la oposición que recibía. Sabemos por las Escrituras que cuando las cosas se ponían difíciles para él, rezaba más y no permitía que sus recuerdos lo conquistaran.

"Orad al mismo tiempo también por nosotros para que Dios nos abra una puerta a la Palabra, y podamos anunciar el Misterio de Cristo, por cuya causa estoy yo encarcelado, para darlo a conocer anunciándolo como debo hacerlo." (Col. 4:3)

La memoria de Pablo nunca lo dejó perder la razón ante las persecuciones, sufrimientos, y cadenas, sino que siempre supo mirar por encima de estas cosas y verlas como oportunidades, y rezó para que su voluntad hiciera lo que tenía que hacer, proclamar la Palabra a pesar de cualquier sufrimiento.

Apeló a la memoria de los Colosenses cuando dijo: "Decid a Arquipo: "Considera el ministerio que recibiste en el Señor, para que lo cumplas". El saludo va de mi mano, Pablo. Acordaos de mis cadenas. La gracia sea con vosotros." (Col. 4:17,18) El recuerdo de sus cadenas era para darles coraje en sus propios sufrimientos.

Pablo combinaba a la Memoria y a la Voluntad para entusiasmar, construir, y para servir a los demás, utilizaba la Memoria para el bien, no para que fuera una guarida del mal. Sí, la Memoria es nuestra habitación privada y espiritual, en la que nuestra Voluntad puede limpiar la casa usando de escoba la Esperanza y de plumero la Compasión.

Hay, sin embargo, algunos recuerdos dolorosos que debemos retener por nuestro propio bien. Pedro nunca se olvidó de sus negaciones porque el fruto de aquel recuerdo era mejor, lo guardó para ser más humilde, prudente y caritativo.

Cuando llegó el tiempo de su propia crucifixión usó su memoria como una herramienta para darse valor y asumir aquella oportunidad como una muestra de amor a su Señor.

Nuestro propio Señor aún conserva sus cinco heridas en el Cielo. Se las mostró a los apóstoles una vez que había resucitado. Y nosotros vamos a encontrar un nuevo gozo en el Cielo cada vez que las contemplemos. Serán gloriosos recordatorios del gran Amor que Dios tiene por nosotros.

Nuestra memoria nos acompañará en el Cielo pero será transformada. La Memoria de nuestros pecados nos hará gloriarnos en su Misericordia y nos alegraremos de cómo el poder se muestra en la debilidad.

En el Cielo usaremos la memoria según Dios nos lo requiera. Veremos la razón de nuestras pruebas y como obtuvimos tanto premio por tan poco esfuerzo de nuestra parte. Estaremos llenos de amor, gozo, compasión y de alabanza por toda la eternidad.

Dios quiere que empecemos en la tierra lo que continuaremos en el Cielo. Nuestra Memoria debe ver las razones de cada dificultad con los ojos de la fe, y debe llenarse con la misma compasión y amor que se tiene en el Cielo. Ni odios, ni amarguras, ni resentimientos, ni celos deben ser permitidos en la habitación de nuestra Memoria.

Por estar en estado de peregrinación, nuestra voluntad está en el estado del mérito, es decir, siempre nos costará algo de esfuerzo poner en orden nuestra memoria. Pero será más fácil si nos hacemos el hábito de vivir según nuestra voluntad y no de actuar según nuestros recuerdos.

El escritor inspirado dice en la Epístola a los hebreos: "Porque no es injusto Dios para olvidarse de vuestra labor y del amor que habéis mostrado hacia su nombre, con los servicios que habéis prestado y prestáis a los santos. Deseamos, no obstante, que cada uno de vosotros manifieste hasta el fin la misma diligencia para la plena realización de la esperanza" (Heb. 6:10,11)

Podemos ver allí como la memoria de Dios nunca olvida el esfuerzo que hacemos en pos del Reino, y como debemos usar esa Memoria Eterna como una herramienta para dirigir nuestra voluntad a un mayor esfuerzo por el Reino. Él olvida nuestros pecados pero siempre recuerda el bien que hacemos.

Pablo le dice a Tito: "Pues también nosotros fuimos en algún tiempo insensatos, desobedientes, descarriados, esclavos de toda suerte de pasiones y placeres, viviendo en malicia y envidia, aborrecibles y aborreciéndonos unos a otros." (Titus 3:3)

Qué ejemplo para más perfecto de alguien que posee una memoria difícil de controlar? Pero ¿para qué nos hace recordar aquellas debilidades? Par que recordemos que "él nos salvó, no por obras de justicia que hubiésemos hecho nosotros, sino según su misericordia, por medio del baño de regeneración y de renovación del Espíritu Santo, que derramó sobre nosotros con largueza por medio de Jesucristo nuestro Salvador" (Titus 3:5,6)

Dios mismo recuerda nuestras obras buenas, nuestros deseos, nuestros esfuerzos, y su misericordia para con nosotros está guiada por Su compasión, no por nuestros propios méritos. Así debe ser durante nuestra peregrinación en la tierra.

Nuestra compasión por nuestro prójimo debe siempre mantener en nuestra memoria sus esfuerzos y sus buenos deseos y no regodearse en sus debilidades. Debemos amar a nuestro prójimo porque queremos ser buenos, no por "su" bondad. Así es como Dios nos ama. Debemos entonces mantener ante nuestros ojos el recuerdo de las obras buenas de nuestro prójimo y no sus pecados ni debilidades.

Para hacer esto necesitamos el poder de la voluntad y la oración. Por esto es que Dios nos trata según Su Memoria. Él tiene compasión de nuestras debilidades porque quiere, porque nos ama, porque piensa en nosotros constantemente.

Eso es ser perfecto y Él es perfecto.

Él no recuerda nuestros pecados, nosotros no debemos recordar los pecados de nuestro prójimo.

El recuerda nuestros esfuerzos, obras buenas y actos de servicio, nosotros debemos recordar el bien que nuestro prójimo hace.

Él hace esto porque Él es bueno, no porque nosotros seamos buenos, nosotros debemos hacer eso porque queremos ser buenos, no porque nuestro prójimo tenga que ser bueno.

Él quiere amarnos incluso siendo nosotros pecadores, nosotros debemos querer amar a los demás incluso cuando nos ofendan.

Su Pensamiento Eterno nos mantiene en la existencia, nuestra conversación con Él debe mantener nuestras almas unidas a Él.

Y la forma en que usamos nuestra memoria para con nuestros vecinos es la forma en que debemos usarla para con nosotros. Debemos ser compasivos con nosotros mismos, conociendo nuestros esfuerzos aunque sabemos que somos débiles. 

Debemos recordar lo bueno del pasado y tener compasión frente a nuestras limitaciones hasta que crezcamos poco a poco en la virtud.

Debemos amarnos a nosotros mismos, no porque siempre seamos "amables" sino porque Él habita en nosotros y somos sus hijos. Debemos tener el coraje de entender que podemos hacer cualquier cosa en Aquél que nos fortalece.

Sí, debemos usar nuestra memoria para con nosotros y para con el prójimo en la misma forma en que Dios usa la suya para con todos los hombres, con compasión y amor a través de la unión de nuestra voluntad con la nuestra. Esto requiere virtud.

Jesús nos dijo que en el último día nos recordaría que "cuando estaba enfermo ustedes me visitaron". Es muy significativo que dijera "visitaron" y no "curaron".

Hay algunas enfermedades, algunos recuerdos que Dios puede no alejar porque tienen una especie de poder curativo en sí mismos.

Sabemos esto de la propia experiencia de Pedro antes del día de Pentecostés. El recuerdo de sus negaciones lo curó de su autosuficiencia y orgullo. Lo ayudó a dejar de ser ambicioso para volverse un hombre más comprensivo y compasivo. Y así ocurre con nosotros. Debemos estar seguros de que si aún tenemos algún recuerdo desagradable en nuestra memoria que el Señor no quiere alejar es porque su poder curativo está escondido en dicho recuerdo y sólo la Fe podrá abrir esas "puertas".

Se requiere más fe y compasión para sacar provecho de una larga enfermedad o recuerdo que para ser curado de ellos. Aquí nuevamente nuestra voluntad debe estar unida a Dios y saber que si creemos seremos curados. Pero nuestra curación será en el área más provechosa para nuestra gloria eterna.

Esto nos lleva al ámbito del Entendimiento, y veremos si la Voluntad nos abre esta puerta así como nos abrió la puerta de la Memoria.

ENTENDIMIENTO

Nuestra capacidad de razonar es el don más precioso que tenemos y aún así es limitado, limitado en cuando a su habilidad y en cuanto a su capacidad. Pero nuevamente Dios, añadiendo la Fe, le ha dado la habilidad de ir más allá de ella misma hacia ilimitadas regiones de luz intelectual.

La Fe en Jesús, dada a nosotros en el Bautismo, nos hace hijos de Dios, y nos hace vislumbrar la Creación invisible a través de la Creación visible. Esta nueva habilidad es reforzada grandemente por la humildad, virtud que nos hace "descender para que Él pueda ascender".

Pero aquí también debemos "querer" ver a Jesús y ser como Jesús si nuestra fe desea saltar al ámbito del "creer".

San Pablo les dice a los romanos: "La Fe conduce a la Fe, como dicen las Escrituras ‘El hombre justo encuentra vida a través de la Fe" (Rom 1, 17) La Fe debe crecer de la semilla del creer, en un gran árbol, cuyas raíces están hechas de humildad y cuyos frutos son las buenas obras. 

"Pues a nosotros nos mueve el Espíritu a aguardar por la fe los bienes esperados por la justicia... Porque en Cristo Jesús ni la circuncisión ni la no circuncisión tienen valor, sino solamente la fe que actúa por la caridad." (Gal. 5:5,6)

Nuestra voluntad es una potencia cuya virtud es el Amor, y esa potencia es experimentada por nuestra alma mientras se eleva a las regiones de Dios a través de la Fe.

Esa potencia hace que nuestra Fe se despliegue en buenas obras, y eleva nuestro entendimiento a alturas que van más allá de las capacidades humanas.

La voluntad humana debe unirse a la Voluntad Divina en todas sus revelaciones, revelaciones que remueven el entendimiento humano. La voluntad debe alcanzar y aceptar las verdades que se le presentan a través de la Fe, guardarlas con un profundo amor, y expresarlas a los demás en sus buenas obras.

Dado que la Naturaleza de Dios está tan por encima de la nuestra, y que sólo a través de la fe nosotros podemos vivir en Él, entonces, es a través de la oración que nos familiarizamos poco a poco con el aire puro de la fe, tan puro que sólo lo podemos respirar en pequeñas cantidades cada cierto tiempo, hasta que vamos cambiando y nos hacemos capaces de respirarlo libremente viendo a Dios cara a cara en la Fe.

Jesús advirtió a sus apóstoles que si no rezaban, serían puestos a prueba. "Ustedes perderán toda su fe en mí esta noche" (Mt 26, 31) La Crucifixión de Cristo constituiría un obstáculo para su fe puesto que se habían negado a unir su voluntad con la de Dios en la manera en que Él quería redimir a la humanidad.

Ellos querían ser redimidos en medio del estruendo de la gloria y no por medio de la ignominia de la Cruz -la Cruz- un obstáculo para los judíos y necedad para los paganos. (1 Cor 1, 23)

Para que crezca nuestra fe, debemos querer creer, y no sólo porque vayamos a entender plenamente, sino porque los misterios que aceptamos vienen de Dios. La Fe, unida a nuestra voluntad, es un poder capaz de mover montañas. Nuestra voluntad, unida a nuestra Fe y al Amor, puede mover incluso el mismo corazón de Dios.

Mientras más queramos cumplir la voluntad de Dios, y aceptar a Jesús es parte de su Plan para nosotros, poseeremos una mayor fe y nuestro amor será más profundo. Sin el poder de nuestra voluntad detrás de nuestra fe, nuestro amor jamás florecerá.

Pablo entendía esto cuando nos decía "Si tuviera una fe tan grande como para mover montañas, pero no tuviera amor, nada sería" (1 Cor 13, 2)

Nuestra fe debe elevarse del nivel comprensivo de creer en Jesús, al nivel de Voluntad por el cual lo amamos, si no, será una fe infructuosa.

Por eso Santiago nos dice, "Ustedes creen que existe un solo Dios; eso es fácil de creer, los demonios también lo creen y tiemblan de temor" (St 2, 19).

No basta con creer que Jesús es el Señor, debemos querer amarlo más que a nosotros mismos. Debemos unir nuestra voluntad con la suya, debemos amarlo con todo el corazón, con toda la mente, alma, y fuerzas; y debemos conversar con él largo y con frecuencia, para alabarlo, para adorarlo, para darle gracias y pedirle.

Así, mientras la fe abre la puerta de nuestro entendimiento, y la humildad acrecienta nuestra fe, a la vez nuestra voluntad, con su amor y su oración, abre más estas puertas, de par en par, hasta que todo el cielo habite en nosotros. Así es, la voluntad abre las puertas de nuestro entendimiento para que la nuestra fe dé frutos en buenas obras, y sea capaz de convertir nuestra manera de pensar a la Suya. Nos enseña a tener los mismos pensamientos de Dios.

VOLUNTAD

Hemos visto como la voluntad y sus virtudes anexas abren las puertas tanto de la memoria como del entendimiento. Ahora nos toca establecer qué hace la voluntad para sí misma.

Dios nos dio a cada uno diez talentos cuando nos creó según su imagen. Nos añadió ochenta más cuando nos regaló la fe, la esperanza y la caridad. Pero nos falta completar los otros diez talentos si queremos ser perfectos.

No importa cuánto haga el padre por su hijo, hasta que el niño no muestra algo de iniciativa en relación a los dones que le han sido dados, dichos dones permanecerán escondidos.

Esa es la razón por la cual la voluntad es tan importante y la razón por la que Jesús habla tanto de cumplir la voluntad del Padre, guardando su palabra, y haciendo nuestra morada en Él. Hacer, guardar, cumplir, aceptar, unir, son todas palabras que nos muestran la parte que nos toca para ganarnos el Reino. Debemos querer a Dios, debemos escogerlo, y debemos amarlo si queremos vivir con Él para siempre.

Éstas son todas cosas que la facultad de la voluntad puede obtenernos. ¡Que gran poder constituye nuestra voluntad! ¡Cuánto quisiéramos quedarnos con ella! ¡Cuánto quisiéramos que Dios hiciera nuestra voluntad! ¡Cuánto quisiéramos que los demás hicieran nuestra voluntad!

Nos aferramos a ella con una tenacidad que supera toda descripción, y pelearemos y moriremos para conservarla libre.

La voluntad hace que los mártires soporten todos los tormentos antes de renegar del Señor.

La voluntad nos hace seguir adelante, buscando a Dios, a pesar que nuestras debilidades nos hacen sentir que es imposible alcanzarlo.

La voluntad nos hace capaces de superar cualquier mal hábito para reemplazarlo por uno bueno.

La voluntad nos hace buscar el Reino no importa cuanto nos cueste.

La voluntad nos hace capaces de amar, incluso cuando aquellos en quienes queremos depositar nuestro amor se muestran ingratos y difíciles de amar.

La voluntad es una potencia que nos permite unir una voluntad finita con la Voluntad Divina, de modo que nos transformemos en Jesús.

Pero cuando nos quedamos con este poder y no buscamos unirlo con el Poder Infinito por el amor, se ve relegado a un pequeño espacio de nuestra alma, y con el tiempo explotará, lanzando nuestra alma en todas las direcciones. Buscará placer, orgullo, odio, pecar, y cualquier otra cosa que la mantenga en la ilusión de un poder ilimitado.

Nos llevará hacia lugares a los que no queremos ir, y nos hará hacer cosas que no queremos hacer. Seremos sacudidos de adelante para atrás como una boya en el mar, moviéndonos todo el tiempo sin permanecer nunca en un solo lugar.

San Pablo les dijo a los romanos, "Mi proceder no lo comprendo. Me veo dejando de hacer las cosas que quiero hacer, y me encuentro haciendo las cosas que detesto hacer… ¡Que miserable soy! (Rom 7, 15.24) Pablo tuvo que pelear, como nosotros tenemos que pelear, con esas dos fuerzas opuestas en su interior, una que desea un Bien Infinito que es espiritual, y la otra deseando uno finito que es material.

Finalmente, Pablo, le estrecha la mano a la paradoja y nos dice "Los que no son del espíritu están interesados en lo que no es del espíritu, los espirituales están interesados en las cosas espirituales".

"Aquellos que están interesados en lo que no es espiritual no pueden agradar a Dios. Vuestros intereses, sin embargo, no están en lo material, sino en lo espiritual, porque el Espíritu de Dios habita en vosotros." (Rom 8, 5.8-9)

Nuestra voluntad, creada para conformarse con el Espíritu Santo, nunca encontrará descanso hasta que se sienta en casa, en Él. El Espíritu Santo es Amor, y nuestra voluntad, elevada por Su Amor en el Bautismo, debe estar unida a Él siendo una con Él.

"El mismo Espíritu se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios" (Rom 8, 16)

Nuestra voluntad debe ser sensible a Su Voluntad en nuestras vidas, y Pablo nos dice como discernir esa voluntad a través el amor y la oración. Nos dice que debemos recordar siempre, en todas las pruebas de la vida, que Dios puede transformar en bien todo por aquellos que lo aman. (Rom 8, 28)

Nuestra voluntad vacila y se rebela porque no llega a ver el bien en medio del sufrimiento. Busca entonces su propio camino, determinando que es mejor que los caminos de Dios.

Nuestra voluntad debe hacerse una con Dios, y cuando sintamos que perdemos la fuerza para seguir adelante, sigamos lo que nos dice Pablo, "El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, porque nosotros nos sabemos pedir como se debe, y entonces el Espíritu mismo reza por nosotros de una forma que nunca podrá ser puesta en palabras." (Rom 8, 26)

El Espíritu fortalece nuestra voluntad cuando ésta está cansada por la lucha de conformarse con Él. Pablo le implora constantemente a sus conversos que recen, que pidan fuerza, que pidan en tiempo de enfermedad, que oren por los fieles, que pidan los dones espirituales, que oren en tiempo de prueba, que pidan humildad y generosidad, y sobre todo, que recen para dar gracias a Dios por sus beneficios.

Es el amor que llega a través de la oración el que hace que nuestra voluntad sea capaz de mantenerse unida a Dios todo el tiempo y en toda circunstancia.

La oración mantiene la llama del amor ardiendo en nuestro corazón, nos mantiene atentos a la presencia del Divino Espíritu en nosotros, nos permite hablar con Dios como hijos con un Padre, y nos hace guardar sus palabras y tenerlas siempre frente a nosotros para alentar nuestra voluntad a seguir al Espíritu.

La oración nos asegura que "nada nos podrá separar del amor de Cristo, incluso si estamos atribulados o atormentados, perseguidos, en pobreza, amenazados o atacados" (Rom 8, 35-36)

La voluntad de Pablo estaba tan unida a la de Dios, aunque a veces tuviera que luchar para mantenerla así, que pudo decir, "Porque estoy seguro de que, ni la muerte ni la vida, ni las potestades, ni los príncipes, ni cualquier otro poder, ni la altura ni la profundidad, ni otra criatura alguna nos podrá separar del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor." (Rom 8, 38-39)

Él había aprendido a desconfiar de su propia voluntad, tan rápida para traicionarlo, y había aprendido a confiar en los designios de Dios para él, presentes en todas las circunstancias de la vida.

Aprendió con esfuerzo "que ricas eran las profundidades de Dios, que profunda su sabiduría y conocimiento, y que imposible penetrar sus razones o entender sus caminos" (Rom 11, 33)

Sería humilde y entendería su incapacidad para comprender la obra de Dios en su alma, pero cambiaría según el deseo de su Divino Escultor.

"No acomodéis vuestras vidas según la conducta del mundo, sino que vuestra conducta cambie y sea formada por una nueva mentalidad. Esa será la única forma de descubrir la voluntad de Dios, lo que es bueno, lo que Dios quiere, lo que es perfecto." (Rom 12, 2)

Una nueva mente es el sello del auténtico cristiano. Él piensa y actúa como Dios, y cuando cae, le da gloria a Dios con una esperanza ilimitada en Su Misericordia. Su voluntad, que siempre tiene hacia Dios, saca ventaja de cada momento de la vida para acrecentar su confianza en Dios.

La voluntad, elevada por el Espíritu de Amor, y fortalecida por una relación filial con Dios por medio de la oración, abre a nuestras facultades las puertas de nuevos horizontes.

Es la llave maestra que cambia nuestra memoria por la esperanza y la compasión, eleva nuestro entendimiento a los reinos de la fe por la humildad, y se une ella misma al poder del Espíritu a través del amor y la oración.

La voluntad abre todas las puertas y también la suya porque es una potencia que no puede ser resistida por nada en el alma.

La memoria, el entendimiento, la voluntad, estas tres, pero la más grande es la voluntad.

La fe, la esperanza, y la caridad, estas tres, pero la más grande es el Amor.

La compasión, la humildad, y la oración, estas tres, pero la más grande es la oración.

De tal modo que la voluntad, el amor y la oración, estas tres unidas son la llave maestra.

ORACION:

Padre compasivo, yo pongo toda mi esperanza en Ti. Purifica mi memoria y quita todo aquello que me aleja de Ti. Que la memoria de Tu misericordioso amor por mí me haga ser compasivo con mis hermanos, de modo que, como Tú, pueda entregar mi amor a todos los hombres.

Humilde Jesús, pongo toda mi fe en Ti. Purifica mi entendimiento, y haz que eleve mi limitada inteligencia y acepte las maravillas de tus revelaciones con corazón humilde.

Espíritu del Amor, pongo todo mi amor en Ti. Purifica mi voluntad para que pueda estar unida a la voluntad del Padre en todas las cosas, y que mi ser pueda ser transformado según Jesús por la paz de tu amor.


 

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