Rezar para rezar


El amor ha sido definido, analizado, explicado y justificado. Ha sido causa de guerras, contiendas, de heroísmo, martirio, pasión excesiva y amistades hermosas. El amor reúne a dos personas de temperamentos opuestos en el matrimonio y les permite vivir felizmente. Hace que los amigos se entiendan el uno al otro sin que haya necesidad de palabras. El amor es un sentimiento emocional a un nivel humano y una experiencia de fe a un nivel sobrenatural. Motiva nuestras voluntades y nos hace capaces de hacer lo imposible por el bien de su Reino.

El amor llena y vacía a la vez. Nos hace tender la mano a Dios, listos para ser “podados” por Él sin importar lo que eso cueste. El amor calma el corazón adolorido y luego le hace sentir sed nuevamente.

Cuando el deseo de Dios se ve aparentemente satisfecho por alguna alegría, aquella alegría aumenta nuestro deseo y deja que un sabor agridulce entre en nuestras almas. Deseamos su Presencia para llenar el vacío, pero lo percibimos más profundo cuando no lo sentimos cerca. Los que procuran vivir una vida espiritual, una vida interior, una vida con Dios en sus almas, realmente desean sólo una cosa y ésta es estar unidos al objeto de su amor: Dios. Las luchas de la vida diaria parecen estar dispuestas a ahogar esta vida interior y a arrebatárnosla de nuestro alcance.

Mientras más intentamos vivir una vida de unión amorosa con Él, más dificultades encontramos. Nos encontramos con que el carácter de aquellos con quienes vivimos y trabajamos resulta ser un obstáculo para nosotros, Dios parece tan lejos, encontramos nuestra determinación de ser santos efímera y vacilante. Y para sumar más a nuestra angustia, leemos pasajes y pasajes de la Escritura en donde se nos exige el más alto nivel de unión de nuestras mentes y corazones. ¿No nos dice nuestra fe que Dios no puede pedir lo imposible y sin embargo no podemos n siquiera empezar a seguir el Mandamiento Nuevo? “Este es mi mandamiento:” nos dijo Jesús, “que os améis como yo os amo” “Como el Padre me ha amado, así los he amado yo” (Jn 15:12, 9)

¡Jesús nos pide amar a nuestro prójimo tal como el Padre ama al Hijo! ¡Qué misión tan imponente, qué confianza la que Jesús nos tiene!

La palabra “como” significa “igual a”, de la misma manera, pero encontramos tal diferencia entre nuestro amor y el de Dios.

El amor de la
criatura
el Amor de Dios
Finito Infinito
Egoísta Desinteresado
Limitado Ilimitado
Vacilante Constante


Muchos de nosotros usamos el amor de Dios como el maná en el desierto. Tomamos lo que necesitamos en algunas situaciones particulares y luego nos marchamos por nuestro camino, podemos manejar las demás situaciones nosotros mismos. El alma contempla a Dios y ve santidad, luego se ve a sí misma y observa pecado, debilidad y fragilidades. Observa a su vecino y ve, casi siempre, ocasiones para practicar la virtud. Buscamos a Dios con nuestras súplicas de ayuda y la conciencia de su santidad refleja nuestra propia indignidad. El conocimiento de uno mismo que viene de nuestro encuentro diario con nuestro prójimo nos hace rebelarnos o sentirnos inferiores. Vamos corriendo en un triángulo interminable en el que pedimos ayuda, recibimos la fuerza para seguir adelante y nos abrimos a las necesidades de nuestros hermanos.

Tememos el castigo de Dios y esperamos una recompensa por cualquier bien que logramos. En esta situación, es difícil ver el mensaje que Jesús nos dejó en el Evangelio. Aunque somos pecadores, esperamos que nuestro prójimo sea perfecto y que Dios sea misericordioso con nosotros.

Hay una continua lucha de parte del alma por mantenerse siempre en paz, serena. El amor, como lo encontramos en Dios, parece lejos de nuestro alcance y la capacidad de amar a nuestro hermano como Dios lo ama parece una tarea imposible. Practicamos la virtud en grados que varían según la fuerza de los sentimientos adversos que encontramos dentro de nosotros.

Se saca mucho provecho de esta etapa de la vida espiritual. Aunque parezca que corremos en una rueda de molino, rápido pero sin ir a ningún lugar, vamos ganando un conocimiento humano y sobrenatural de nosotros mismos. El conocimiento humano de nosotros mismos viene de la conciencia de nuestra debilidad. Por ejemplo, cuando sentimos impaciencia, esto se vuelve parte de nuestro estado físico. Reaccionamos según lo que sentimos. Sabemos que hemos ofendido a nuestro prójimo pero a menudo lo culpamos a él por haber hecho brotar nuestras debilidades. El énfasis en esta etapa está puesto en las debilidades de nuestro prójimo que nos hacen reaccionar de un modo defectuoso. Él se convierte en la causa y yo en aquél que sufre los efectos de aquella causa. Nuestras súplicas se elevan a Dios para que transformen a nuestro vecino y para que nos den la fuerza de soportarlo. El autoconocimiento en esta etapa tiende a depositar la mayor carga de culpa en el otro por nuestras propias acciones sobre los demás. Esto puede ser muy frustrante porque gastamos nuestro tiempo esperando que el otro mejore y tenemos la expectativa de que algún tipo de gracia nos haga indiferentes a todo lo que sucede a nuestro alrededor. Aunque corremos de un lado a otro en círculos, empezamos a tomar conciencia de lo inútil que es gastar tanto tiempo en circunstancias y disposiciones que salen de nuestro control.

Cuando comprendemos que no podemos cambiar a nuestro prójimo, salvo con el ejemplo, entonces buscamos caminos nuevos en la oración, nuevos secretos de la vida espiritual que nos permitan salir adelante. Aquí empieza el trabajo del autoconocimiento sobrenatural. Cuando, en medio de algún fracaso para responder a las demandas del momento presente, recibimos una luz que nos hace vernos, ver la mano purificadora de Dios, ver el porvenir en medio de la confusión presente, entonces experimentamos el conocimiento sobrenatural de nosotros mismos. El énfasis cambia del prójimo hacia mí. Esto no sucede para que nos sintamos culpables o inferiores. Este conocimiento de uno mismo es el conocimiento del Espíritu de Dios y nos brinda el reconocimiento de nuestra debilidad, arrepentimiento, compasión por mí y por mi prójimo, la determinación de hacer las cosas cada vez mejor y un amor más profundo a Dios cuya gracia nos da la luz para conocer la verdad sin estremecernos. No hay ningún resentimiento hacia nuestro prójimo. Comprendemos que sin importar cual sea la causa, nuestro temperamento o nuestras debilidades son la razón verdadera que origina nuestra reacción a la adversidad. Nuestro vecino puede demandar que ejercitemos alguna virtud, pero somos nosotros los que optamos como responder a aquella demanda. Esto se ve claramente en situaciones en donde los involucrados son tres o más personas. La respuesta de cada uno será totalmente diferente. Uno puede enfadarse, otro ser indiferente y otro permanecer en la oscuridad como si nada estuviera pasando en absoluto.

El conocimiento sobrenatural de uno mismo hace al alma capaz de sintonizar con las necesidades de los demás y al mismo tiempo la hace consciente de cual es la mejor respuesta para cada ocasión. Uno mira su alma como si fuera una tercera persona, evaluando honestamente sus debilidades, amando con el amor de Jesús y muriendo a sí misma para poder testimoniar el amor de Jesús por el otro.

No hay ningún tiempo gastado en ocultarse de uno mismo o de nuestra culpabilidad bajo el esfuerzo constante necesario para ser buenos. El autoconocimiento natural tiende a optar por la autocompasión y el desaliento pero la aceptación honesta de las debilidades de alguien viene del Espíritu y da los frutos del Espíritu. El Espíritu se vale de nuestras debilidades y del esfuerzo que ponemos para aumentar nuestro deseo de Dios, para vaciar nuestras almas de aquel amor propio excesivo y crear una soledad que sólo pueda ser satisfecha por Dios. Estos tres efectos de deseo, vacío y soledad desarrollan en nuestras almas una verdadera se de Dios. Así, la cuarta bienaventuranza hace morada en el alma. “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciado”. (Mt 5, 6)

Tener sed de Dios es desear estar con él con todo nuestro corazón. El dolor de sentirnos sedientos de Dios es purificador y a la vez fructífero, porque incrementa nuestra “capacidad de Dios”, de amar y de acoger la gracia. El alma se pone a punto y empieza a buscar formas y medios para adquirir un mayor conocimiento de Dios. Lee las Escrituras, realiza diversos actos de bondad, frecuenta los Sacramentos, reza más fervientemente y busca ocasiones para ser virtuosa. La devoción a la Eucaristía y a Santa María crece mientras el deseo del alma de Dios se hace casi irresistible.

La humildad de corazón es una fuente continua de fuerza y el alma comienza a aumentar su confianza. En el pasado la vida de oración del alma era más una lucha contra nuestros pecados pasados y errores, contra las pruebas presentes, los sufrimientos y los acontecimientos del futuro. Pedir y reparar eran casi el único objetivo de la oración del alma hacia Dios. Sin darse cuenta, el alma va siendo cambiada poco a poco por el Espíritu y dirigida por caminos nuevos de oración y de unión. La Confianza, arraigada en la Esperanza, permite al alma ofrecerle su pasado, su presente y colocar su futuro en Dios. Confiar en Dios es colocar todo y a todos en Su Misericordia y Providencia con completa seguridad. Confiar en Dios es tener la seguridad de que nuestro Padre Amoroso velará por nosotros y por aquellos a quienes nosotros amamos.

La confianza y la Esperanza liberan al alma del miedo y dispersan las nubes que tan a menudo hacen que la Fe se vuelva difícil. La fe, que es sólo un asentimiento intelectual a la verdad, puede hacer que un alma se sienta satisfecha, complacida porque todo está bien y no hay ninguna necesidad de crecer en algo que uno ya posee. ¿Será esta la razón por la cual tantos que profesan su Fe no avanzan en la vida interior?

Una Fe Viva le da al alma la capacidad de ver a Dios en todo. Esto nos eleva por encima de nuestro nivel meramente sensible y nos permite “tocar” a Dios en nuestras vidas diarias. Las pruebas que aumentan la Esperanza nos hacen humildes y así purifican nuestra Fe. San Pablo nos asegura que la Fe “es la prueba de la existencia de las realidades que no se ven”. (Heb 11, 2) La capacidad de abstraer del momento presente la Presencia de un Padre Amoroso es una Fe viva. Cuando nuestras almas se hacen cada vez más conscientes de aquella Presencia crecemos en la Fe. Cuando la Fe se hace tan fuerte que ninguna adversidad puede apagar su crecimiento en el alma, entonces ésta se encuentra avanzada en el camino de amar con el amor de Dios.

La Fe desapega al alma de aquella necesidad de recibir pruebas constantes de la Providencia de Dios y de su cuidado, de respuestas concretas a nuestros ruegos, y de la necesidad de recibir consolaciones. La Fe nos asegura Su consuelo y destruye en nosotros el temor a la sequedad y la desolación. El hombre de Fe cree por la Palabra de Dios y aquella Palabra da frutos de amor.

Cuando la Esperanza ve el bien y la Fe ve a Dios en el momento presente, en uno y en el prójimo, el Amor es puro y desinteresado. Es un intercambio de amor entre el alma y Dios teniendo al prójimo como el receptáculo de la sobreabundancia de aquel amor. El intercambio de amor entre el Padre y el Hijo en la Trinidad es el Espíritu Santo. El Espíritu es poder: el Espíritu es el Amor. En el Bautismo comenzamos a participar en la Naturaleza de Dios. De una manera misteriosa la Trinidad pone su morada en nosotros. El Padre implanta la Esperanza en nuestra memoria y vive allí, el Hijo implanta la Fe en el Intelecto y vive allí y finalmente el Espíritu implanta el Amor en la voluntad y vive allí.

Es importante entender que si alimentamos la memoria por la gracia con la compasión y la piedad hacia mí y hacia mi prójimo, la imagen del alma reflejará a Jesús de un modo más perfecto. La humildad y la mansedumbre liberan al alma de un excesivo apego a sus propias opiniones y dejándola abierta para poder ver al Padre en todas las cosas. Le da al intelecto la capacidad de discernir el Plan del Padre y prepara el terreno para que uno pueda realizar las decisiones correctas.

Así como Jesús mantuvo sus ojos fijos en el Padre, así nuestra alma debería siempre buscar que es lo que Dios quiere de nosotros. Las Escrituras, la Iglesia, los Mandamientos y los Preceptos, todos iluminan al Intelecto para mover a la voluntad de modo que viva en el Espíritu, para que viva en el Amor. Jesús nos pidió conscientemente buscar el Plan del Padre, amar al Padre, amar a nuestro prójimo tal como el Padre lo ama, nos pidió hacer nuestra morada en Él así como Él hizo su morada en nosotros.

Deberíamos esforzarnos por ser conscientes del maravilloso trabajo que se viene realizando en nuestras almas. Dios Padre está amando a Dios Hijo y ese amor mutuo, el Espíritu Santo, vive en cada alma como en un templo. La Trinidad realmente habita en un alma llena de gracia.

Si nosotros fuéramos más conscientes de lo que pasa dentro de nosotros, si pudiéramos cerrar los ojos de nuestros sentidos lo suficiente como para alegrarnos al ver a Dios amando a Dios en nosotros, quizás comenzaríamos a absorber aquel amor y lo compartiríamos con nuestros hermanos.

¿Si el alma desarrollara el hábito de ser consciente de la presencia del Padre en ella, del Amoroso Jesús en cada ser humano que se encuentra, no daría acaso pasos gigantescos en su camino hacia la santidad? ¿No miraría a los demás con ojos nuevos y con un amor nuevo? ¿No trataría a cada uno como Jesús? ¿No entendería de un modo nuevo que todo aquello que ella hace a sus hermanos se lo hace a Jesús? Entonces, empezaría a amar realmente como Dios ama, su vida interior y exterior estaría centrada en Jesús, en el temor de Dios y estaría llena de amor.

El alma que sigue de cerca la vida Trinitaria dentro de sí y modela su vida según ella, amará como Dios ama. Quizás una imagen pueda ayudar a comprender esta realidad.

“Padre, que sean uno en nosotros como Tú en mí y yo en Ti.” (Jn 17, 21)

Las tres facultades del alma en gracia: la Memoria, el Intelecto y la Voluntad, disfrutan de la Presencia Divina. Mientras se conforma cada vez más con cada persona de la Trinidad, va siendo suavemente transformada. Un alma que vive en Dios al mismo tiempo que Dios vive en ella, puede abarcar a toda la humanidad en su corazón. Ama con el amor de Dios porque se ha vuelto una sola persona con el Padre. “Entonces entenderán”, dijo Jesús, “que yo estoy en el Padre y ustedes en mí y yo en ustedes.” (Jn 14, 20).

Contemplemos con frecuencia las maravillas de un Padre y un Hijo que habitan en nosotros. Que nuestros corazones, rebosantes de amor, le den al Padre el gozo de poder amar a su Hijo en nuestros hermanos a través de nuestros ojos, nuestro tacto, nuestra preocupación, nuestra compasión y nuestros corazones.

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Cortesía de:
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