"Resacas" espirituales


Cuando pensamos en alguien que tiene una "resaca", nuestras mentes describen inmediatamente a alguien que está pagando cara su excesiva permisividad con el alcohol. La pena por este exceso es: dolor de cabeza, dolor de estómago y un sentimiento general de miseria. El cuerpo ha dado una advertencia al individuo — una experiencia corporal de un problema emocional. La falta de autodominio del alma ha influido tanto en las funciones corporales que la muerte parece inminente.

Cualquier forma de exceso hace aparecer en el cuerpo señales de destrucción. Fumar demasiado produce cáncer pulmonar, la lujuria produce enfermedades venéreas, el exceso en la comida debilita el corazón, la bebida causa cirrosis hepática, las drogas producen enfermedades mentales y emocionales. Son tan importantes que son visibles y claras. Esto es una bendición porque tanto la causa como el efecto pueden ser usados por el alma. El exceso puede ser controlado por una vida virtuosa y los efectos de enfermedad pueden curarse con ayuda médica. El alma se da cuenta de sus debilidades y falta de autodominio por la ruptura de las funciones corporales. La auto-conservación y el egoísmo permiten al alma practicar el autodominio que ni Dios ni el prójimo habían logrado para ella. De este modo, existe un tipo de "válvula de seguridad” para algunas debilidades. Cuando nuestras debilidades afectan a la salud y a la amistad, somos mucho más conscientes de su existencia.

Esto no siempre es verdad con otras debilidades. Quizás esto es así porque creemos que no siempre estamos tratando con faltas, debilidades o inclinaciones sino más bien con la influencia que la gente y los hechos tienen sobre nosotros. Culpando de nuestras reacciones a las personas o a las circunstancias, hacemos que cualquier actitud anticristiana que adoptemos parezca justificada. Es en este estado de justificación de la mente cuando alimentamos y nutrimos nuestros resentimientos, cólera, odio, pesar y culpa. Todo parece tan correcto que nunca conseguimos desembarazarnos del fango del mal. Nuestras mentes, como discos rallados, repiten, refunden y reviven las heridas, los momentos de enfado y las desilusiones. Si esta actitud continúa durante días y los días se convierten en años, podemos estar seguros de que estamos consintiendo una mala actitud. El lujo de albergar un resentimiento nos ha costado caro, porque experimentamos una “resaca espiritual”. Estamos permitiendo algo que perturba nuestras almas, por la resaca, durante meses o años y nos destruye.

Es esta autocomplacencia la causa de nuestras resacas espirituales. Un alma que deliberadamente se refugia en malos sentimientos experimentará pronto una "resaca". San Pablo dijo a los Gálatas que el odio, discordias, envidia, celos, mal genio y riñas estaban clasificados como los mismos vicios. Aquéllos que encuentran placer en estas tendencias y continúan alimentándolas en sus almas, vivirán con una “resaca” perpetua. Sin embargo, hay otros tipos de “resacas”. Éstas son diferentes de las anteriores; son el efecto de las imperfecciones, los estallidos súbitos, los actos de impaciencia y palabras indiscretas. Tras permitir estas faltas, un alma ferviente, mira atrás, hace un acto de arrepentimiento y amor y sigue adelante como si nada hubiese pasado. Sin embargo, el alma que tiende a permitir la autocompasión, mira atrás, se arrepiente; pero no olvida lo ocurrido. El remordimiento y el pesar comienzan a roer al alma. El desaliento y la tristeza toman posesión de este templo de Dios y, aunque el Espíritu no ha dejado el alma porque no se ha cometido un pecado grave, el trabajo del Espíritu se frena por esta “resaca espiritual”. El Espíritu espera hasta que el alma olvida sus sentimientos y puede volver a escucharle.

Jesús sabía que necesitamos librarnos de estos efectos a largo plazo. Parecía estar más interesado en el efecto que las personas y las cosas tienen sobre nuestras almas, que en la justicia o injusticia de las situaciones. Es por lo que dijo, "en cuanto a la aprobación humana, esto no significa nada para mí". (Jn. 5. 41) Es por lo que nos dijo que nos alegráramos cuando fuéramos perseguimos e insultados por Su causa (Mt. 5, 11-12) y que temiéramos cuando "los hombres pensaran bien de nosotros." (Lc 6, 26).

¿Cuál es nuestra situación actual que actúa en nosotros en lugar de para nosotros? ¿Es el vecino en quien no confiamos, el pariente con un carácter difícil, el trabajo más allá de nuestra fuerza empujándonos hacia abajo o levantándonos a elevadas alturas? ¿Nuestras emociones nos controlan o las controlamos? ¿Es nuestro presente el cielo o el infierno?

Dios permite el momento presente y Él está en este momento de dificultades. Debemos asegurarnos de no permitir que este momento sea tierra abonada para largos enfados, resentimientos, pesares y culpa. Éstas son las "resacas espirituales” por consentir nuestras debilidades, nuestra falta de amor, nuestra mezquindad y nuestro orgullo. Debemos ver lo que Jesús nos dijo que hiciéramos y así no emborracharnos con ellas y no sufrir el daño incalculable de "resacas espirituales” de amargura y resentimiento. Veamos lo que Jesús nos dijo que hiciéramos para evitar el desenfreno presente y sufrir una "resaca espiritual”.

"No se ponga el sol sobre vuestro enfado ni deis ocasión al diablo” (Ef. 4, 27). No pensamos a menudo en que damos “ocasión” al enemigo solo por un enfado, pero el pasaje de la escritura no nos dice que un arranque momentáneo de cólera sea la "ocasión”. No, es permitiendo que el enfado se asiente en nuestro corazón, memoria y mente hasta y después de la puesta del sol, cuando permitimos al enemigo tener una “ocasión”. Cuando el enfado "permanece” durante horas, días, meses y años, podemos estar seguros que le hemos dado una ocasión al enemigo. La razón de esta ocasión es que sentimos que nuestro enfado está justificado y que tenemos derecho de expresarnos de un modo airado. Esto puede o no puede ser verdad, pero una cosa es cierta, el continuo embrollo sobre el incidente, el adorno de cada detalle y el sentimiento de fariseísmo, afectan al alma y hace de ella una nave de resentimiento aborrecible. ¿Cuál es la chispa que prende este fuego en el alma? ¿Estamos tratando de justificar nuestro enfado? ¿Nos deleitamos en sentirnos superiores? ¿Qué hace a nuestras almas vivir y revivir el pasado? ¿Qué nos mantiene en este estado de perpetua agitación? ¿No es una falta de perdón en nuestros corazones — perdón a otros y a nosotros mismos? Escogemos, diseccionamos, analizamos y escrutamos cada ofensa para justificar nuestra cólera y hacemos del ofensor un alma irredimible. Sea la ofensa real o imaginaria, consecuencia de otros hechos o por el temperamento hipersensible del otro, el remedio es el mismo — perdonar — y dejar al ofensor, al ofendido y la situación en el Corazón de Jesús. San Pablo comprendió la importancia de esto cuando dijo a los Colosenses, "... soportándoos unos a otros, y perdonándoos mutuamente, si alguno tiene queja contra otro. Como el Señor os perdonó, perdonaos también vosotros.”(Col 3, 13) Estamos para ver en cada ocasión la oportunidad de imitar a Dios — para manifestar misericordia y compasión. Sin embargo, la imitación de Dios está a menudo lejos de nuestras mentes. Exigimos la restitución, disculpas, reparación y justicia. Esto no es lo peor. Continuamos atormentando nuestras almas, reviviendo situaciones tensas y proyectando situaciones similares en el futuro. Creamos en nuestra alma un estado de constante perturbación. Cada faceta de la vida diaria se ve a través de la niebla de esta "resaca espiritual”. Tenemos visión doble porque sólo vemos el momento presente de un modo desproporcionado sin luz para discernir la Voluntad de Dios. El requerimiento más pequeño de sacrificio se convierte en intolerable, de la misma manera que el ruido más leve resuena en la cabeza de un borracho. La incapacidad para permitir una desilusión, una herida, una ofensa o un insulto, corroe al alma hasta desorientarla y desconcertarla. El luminoso y brillante “momento presente" queda anulado por la niebla de ayer y la oscuridad de mañana.

Jesús quiere que Le confiemos el cuidado de todos nuestros ayeres y mañanas. Busca almas que están deseosas de ver al Padre en cada acontecimiento y que dejen que Él lo resuelva, justifique, corrija o enderece. No es fácil, pero es tranquilizador porque estaremos dando buenos frutos. Dios está dando frutos dentro de nosotros y nosotros habremos dado testimonio a nuestro prójimo de que Jesús vive en nosotros.

Cuando reaccionamos frente al enfado del otro con amabilidad, hemos mirado el defecto de esa persona con compasión, comprendiéndola, y no juzgando. El que comete una falta está hambriento de algo — hambriento de la palabra y el poder de Dios para cambiarlo. Ser manso en ese momento es dar a esa alma el alimento de Jesús — es manifestar a Jesús y alimentar esa alma con comida espiritual. El poder del ejemplo hace cambiar y produce frutos en otros. Les da una visión de los atributos de Dios — una muestra de las cosas buenas por venir.

"No os preocupe el mañana: mañana cuidará de sí mismo. Cada día tiene bastante con su propio mal." (Mt. 6, 34)

No pensamos en la preocupación como una "resaca espiritual”, pero lo es. La preocupación es el resultado de una falta de confianza en el cuidado y la providencia de Dios. Algunas almas están en un estado de preocupación perpetua. Viven en una clase de frustración que nunca es aliviada. Hay oscuridad en mañana y el momento presente es vivido en la sombra de ayer. Sus vidas enteras se agotan entre el crepúsculo y la media noche; porque nunca ven el alba de nuevos horizontes o el sol luminoso del amor y la providencia de Dios. Este "estado" de preocupación es sobre el que Jesús nos advirtió. El momento actual contiene a Dios para darnos paz, sufrimientos que fortalecen el valor, demandas que nos hacen virtuosos y la alegría de evitar malas situaciones. Nuestra confianza en Dios debe alcanzar fases heroicas si estamos para ser santos. El heroísmo es la fidelidad constante a nuestro estado en la vida. Buscar a Jesús en dónde estamos y en lo que está pasando, es esforzarse por la santidad. Nos convertimos, a través de la Gracia, en lo que Jesús es por naturaleza, en hijos de Dios. Somos fieles porque Él siempre está en medio de todo. Él sólo espera para preguntarnos si puede darse a nosotros. Él desea que lo hagamos nuestro, para ejercer nuestros talentos, para verlo en todo y en todos.

Él no está disgustado con nuestros planes para mañana o porque utilizamos los errores de ayer en beneficio nuestro. Sin embargo, nos privamos de la gracia y de la gloria de Dios cuando vivimos en el miedo al mañana. Este bendito conocimiento de Su presencia y la comprensión del poder de Su gracia, nos permitirá vivir para hoy, sin el miedo al futuro o la atadura del pasado. Su amor y cuidado de nosotros son más profundos que el océano y mayores que el universo. Él cuenta los cabellos que caen de nuestra cabeza. Él mide la duración de nuestra vida. Su amor por los pobres pecadores le llevó a tomar sobre Él la humillación de nuestra naturaleza humana. Un Dios que hace tanto por un pecador tendrá cuidado ciertamente de cada mañana.

"¿Por qué os turbáis, y por qué se suscitan dudas en vuestro corazón?" (Lc 24, 38)

¿Hay alguien que no se pusiera del lado de los Apóstoles después de la resurrección? Habían visto sus esperanzas aparentemente tiradas por tierra. Aquel a quien amaron y en cuyo poder creyeron, había sucumbido de repente a la debilidad. ¿Dónde iban a ir? ¿Qué iban a hacer? Sí, ellos le vieron curar a los ciegos y resucitar a los muertos. Vieron Su poder; pero ¿cómo puede ser posible, para un hombre muerto, resucitarse a sí mismo? Ellos le oyeron decir que resucitaría; pero ¿quién entendió tal misterio? El horror de los últimos días les dio ciertamente una excusa para la agitación, pero Jesús no pensaba así — les preguntaron "por qué" esta agitación — ¿por qué cuestionaban Sus revelaciones?

Jesús no habría encontrado reparo en su compasión sobre Sus sufrimientos, su realización del horror de pecado o su arrepentimiento por el fracaso de apoyarlo en Su hora de necesidad. Pero estos no eran obviamente sus sentimientos. Estaban enfadados — enfadados con los Fariseos, con la muchedumbre, con ellos y con Jesús. No entendían por qué Él permitió que todo ocurriera. Dudaron de Su poder, Su amor y Su Divinidad. Estaban llenos de "resacas espirituales”. Cayeron en la cobardía, encontraban difícil de aceptar el reino espiritual que Él predicó. No oraron para no caer en la tentación. El efecto de este tipo de complacencia fue la ansiedad, el desasosiego y las dudas. El manto del miedo cayó sobre ellos y cuanto más intentaban quitárselo más aumentaba su tensión. La aparición de Jesús en medio de ellos sólo había agregado confusión, porque pensaron que Él era un fantasma. La pregunta que Jesús les hizo, les conmocionó tanto que no podían responder. Estaban convencidos de que tenían todas las razones para lamentarse, preocuparse y afligirse.

Él les había dado bastantes gracias y habían visto pruebas suficientes de Su Divinidad, como para no cuestionar el camino que Él escogió para redimir a la humanidad. Él esperó que confiaran en Su Sabiduría, para ver al Padre en cada acontecimiento, para amar la Voluntad del Padre más que ellos mismos, sus ideales y su propio bien. Él vino para cumplir esa voluntad. Les dijo muchas veces que el cumplimiento de esa voluntad les haría formar parte de la familia de Dios. ¿Por qué continuaron dudando? Quizás nosotros debemos hacernos la misma pregunta.

Si creemos en Su Amor, Su Redención, Su Resurrección, Su Espíritu y Su Providencia, ¿por qué nos rebelamos, nos preguntamos y dudamos? ¿Por qué vivimos en un estado de confusión y miedo? ¿Por qué no permitimos a Dios tomar todas las ruinas de nuestro ayer, enterrarlas en Su Corazón y verlas resucitar para darnos alegría, mérito, paz y humildad? Estemos contentos con el hecho de que Él saca el bien de todo porque nos ama. No permitamos poner la Cruz del ayer sobre el hoy, porque Jesús nos asegura, "Cada día tiene bastante con su mal." (Mt 6, 34)

Quizás la principal causa de todas nuestras "resacas espirituales” sea nuestra incapacidad para levantarnos inmediatamente después de una caída y nuestra tendencia a reaccionar ante las situaciones en lugar de responder. ¡Debemos empezar a ver el trabajo del Espíritu en nuestras vidas en lugar de ver los instrumentos que Él usa para transformarnos! En cada momento, en la vida de cada día, el Espíritu usa, permite, ordena, coloca y reestructura las circunstancias, las personas, el trabajo y cada faceta de nuestras vidas para purificarnos y santificarnos. Si necesitamos paciencia, se presentarán situaciones para la impaciencia. Si tenemos temperamento, Él nos dará muchas oportunidades de ser manso. En todo podemos decir "Es el Señor." Cuando caemos, es Él quién inspira el arrepentimiento profundo en nuestras almas. Debemos ver Su Presencia en nuestro arrepentimiento, reconciliarnos con Dios y entonces seguir viviendo en ese Inmenso Amor.

Viendo la mano de Dios actuando por el bien de nuestras almas en el momento presente, responderemos a este momento con amor y humildad. Podremos controlar nuestras reacciones emocionales y prevenir muchas "resacas espirituales”. Cuando caigamos, levantémonos inmediatamente, convirtamos la situación en un bien espiritual para nosotros, arrepintámonos con amor y sigamos adelante con confianza en Su Misericordia y Bondad. Recordemos que si vemos al Espíritu trabajando en nuestras almas en el momento presente, responderemos con amor; pero, si sólo nos miramos a nosotros, reaccionaremos con emociones incontroladas.

Remedios sugeridos para las Resacas Espirituales
1. Fíjese más en la acción del Espíritu en el momento presente.

2. Convierta en hábito el ver lo que el Espíritu está haciendo por usted en las situaciones de la vida.

3. Mírese objetivamente, reciba el auto-conocimiento con gratitud. Bendiga a aquéllos que hacen que se manifiesten sus defectos. Es realmente el Espíritu mostrándole áreas en su alma que no son como Jesús.

4. Después de una caída, levántese arrepentido y siga con amor.

5. Ejercite la Fe, viendo al Espíritu que lo hace santo, la Esperanza, comprendiendo que Él sacará el bien de todo, y la Caridad, respondiendo con una unión de Voluntades —la de Él y la suya.

6. Intente comprender que la vida y todo lo que ocurre durante este corto espacio de tiempo, es permitido para transformarnos en la imagen de Jesús. Cada momento de ese tiempo nos da la oportunidad de cambiar, transformarnos y brillar luminosos. La claridad de la luz que irradie de nosotros será determinada por nuestra respuesta al momento presente y nuestra unión de voluntades. Si Su Palabra vive en nosotros y nosotros nos esforzamos en perseverar siguiendo esa Palabra, Su Espíritu santificará nuestros esfuerzos.

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Cortesía de:
Eternal Word Television Network
5817 Old Leeds Road
Irondale, AL 35210
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