Extractos de “El poder sanador del sufrimiento”


Desde los tiempos de Adán y Eva, el hombre ha intentado evitar el sufrimiento de cualquier manera. Es un misterio para todos excepto para los santos de Dios. Los Profetas lo entendieron como una llamada de Dios al arrepentimiento. Los Apóstoles lo vieron como parte del “feliz privilegio” de imitar a Jesús. Los paganos lo creyeron insensatez. Los hombres de hoy lo ven como un mal e intentan evitarlo, pero el dolor los sigue por donde quiera que vayan.

El Padre escogió el sufrimiento para su Hijo desde su nacimiento hasta su muerte y Jesús nos recordó que el criado no está por encima del maestro. Si Él, como “Hombre-Dios” sufrió para entrar en su gloria, entonces, nosotros deberíamos de sufrir para prepararnos para la nuestra.

Dios es Amor y quiere compartirse a sí mismo con nosotros aquí y en la eternidad, pero las tendencias de nuestra naturaleza, la ilusión de la riqueza y las tentaciones del Enemigo se combinan para distraernos, disuadirnos y desalentarnos de nuestro objetivo. Los sufrimientos de esta vida no sólo hacen que nuestra personalidad sea más semejante a la de Jesús, sino que nos separan de las cosas de este mundo. Esta preparación Divina abre nuestras almas para que Dios pueda actuar y trabajar en ellas.

Nuestro grado de gloria y nuestra capacidad de amar por toda la eternidad dependerá de nuestro estado de gracia en el momento de la muerte.

Sufrimiento Preventivo

Cuantas veces imploramos a Dios por algún favor con gran fervor, sólo para después sufrir la decepción más aplastante. ¡Meses o años más tarde nuestros corazones irrumpen en oraciones de acción de gracias cuando miramos hacia atrás y comprendemos que la adquisición de tal “favor” habría sido desastrosa!

Sufrimiento Correctivo

A lo largo del Antiguo Testamento uno casi puede sentir el Corazón de Dios que alcanza su límite cuando le suplica a su pueblo que no viva fuera de su Voluntad, no porque quiera que los hombres hagan lo que el dice, sino porque las criaturas que Él creó viven más felices cuando viven amando a su Creador. Es por su bien, no por el suyo, que los atrae a sí por medio de la corrección.

Solo Él sabe qué es lo mejor para sus criaturas. Él sabe qué es necesario para preparar a aquella criatura para otra existencia superior a esta en la que ha sido creado. Existe un primer paso positivo hacia la felicidad llamado “Los Mandamientos”, diseñados para que estas criaturas actúen según el máximo de sus capacidades.

Cuando el alma desobedece estas reglas tan simples, escritas para un objetivo más alto, sigue un sufrimiento indecible. No podemos culpar de este sufrimiento a Dios. Es el resultado inevitable de nuestra desobediencia.

Incluso Dios, quien mira nuestro comportamiento irracional, saca bien del mal. Sólo cuando el hombre rechaza deliberada y coherentemente Su amor incansable, se aleja de la gracia. El hermoso ser humano creado a imagen de Dios se hace una caricatura grotesca de lo que estaba llamado a ser.

Uno de los mejores ejemplos de sufrimiento correctivo es nuestra conciencia. El pequeño niño que trata de alcanzar una galleta que su madre le ha prohibido tomar siente una sutil inquietud sobre su alma, como el toque de una mano invisible. Él puede sentir su alma, durante un momento corto, y retroceder ante la desobediencia.

El hombre que escucha a este silencioso consejero en su vida será más feliz; si no lo hace, sufrirá más dolor y perderá la paz. Cuando conscientemente rechaza reconocer la presencia de su conciencia y el sufrimiento que esto conlleva, lo mata, nunca más siente este Sufrimiento correctivo. Un día quizás rechazará completamente a Dios.

El Sufrimiento del arrepentimiento

El pecador que de pronto comprender el amor de Dios por él y luego mira como rechaza aquel amor, siente una pérdida similar a la muerte de un ser querido. Un vacío profundo se genera en el alma, y una soledad semejante a la agonía de la muerte. El alma se siente envuelta por una helada capa de hielo, y esto no es, sin embargo, el miedo al castigo, sino la conciencia de su ingratitud ante alguien tan bueno y cariñoso como Dios. El dolor comienza a curar las heridas hechas por el pecado y Dios mismo consuela el alma con el bálsamo curativo de su Piedad y Compasión.

Si el pecado es grande, el alma, humillada por el conocimiento de sí misma, recordará su debilidad para nunca más ofender a Dios y alegrarse para siempre en su misericordia. Esta combinación de luto y consuelo guarda al alma en un estado de dependencia y de confianza en Dios, que buscó y encontró a su oveja perdida.

El hombre procura compensar su pecado de algún modo positivo. El ladrón regala algo al pobre; el hombre de carácter fuerte procura ser apacible. El Rey David comprendió que haciendo alguna obra buena complacía a Dios, pero sabía de algo que nos haría muy bien recordar: él entendió que el sufrimiento mismo de su arrepentimiento complacía a Dios.

Sufrimiento Redentor

La palabra “redimir” significa rescatar, poner en libertad, pagar el rescate, y pagar la pena incurrida por el otro. A menudo perdemos de vista la definición “poner en libertad” y desperdiciamos el poder de nuestro ejemplo, porque estamos llamados a hacer lo mismo con nuestro prójimo.

San Pablo no quiso que los sufrimientos encontrados en la vida cristiana desalentaran o desesperanzaran a nadie. Él descubrió que cuando el cristiano ve las bendiciones y la gracia que fluyen después de las pruebas, se llena de coraje para sufrir otra vez.

Todo lo que hacemos con nuestro prójimo, lo hacemos con Jesús, y todos los sufrimientos que nuestros hermanos encuentran en su vida diaria sirven para construir el Cuerpo Místico de Cristo.

¿Cuál es el sentido de todo este sufrimiento para los demás? “Todo es para unirlos en el amor”, dice San Pablo, “y para convertir vuestras mentes, de modo que vuestro entendimiento sea completo”. (Col 2, 2)

El Sufrimiento del testigo

“Probamos que somos siervos de Dios con gran fortaleza en tiempos de tribulación” (2 Cor 6, 4-10) Ver a un cristiano creer en el amor de Dios cuando el dolor lo abruma da mucha esperanza.

Ver la alegría en el rostro de un cristiano atormentado por pruebas y problemas renueva nuestra fe.

Ver a alguien aplastado pero sereno ante la muerte de un ser querido, nos hace pensar en que existe otra vida.

Ver la enfermedad y el dolor pacientemente llevados nos da coraje.

Ver a un amigo que lo ha perdido todo y empieza de nuevo con confianza y amor, nos da fuerza para seguir.

Ver perdón y misericordia después de una pelea entre amigos, trae alegría a nuestros corazones.

Ver el regreso de pecadores a Dios y su crecimiento hasta alcanzar grandes cimas de santidad, aumenta nuestra confianza en su amor y su misericordia.

Sea cual sea el grado de dolor y sufrimiento que debamos afrontar, somos capaces de testimoniar el amor del Señor Jesús.

El fruto que el Espíritu hace brotar en nosotros necesita del sufrimiento. San Pablo nos dice que el fruto del espíritu es el amor, pero no siempre es fácil amar. Nuestro amor debe expandirse como el Amor Divino, debemos estar alegres pero debemos desapegarnos y confiar mucho en Dios para mantener la alegría.

El Sufrimiento interior

Uno de los mayores sufrimientos de la naturaleza humana es el sufrimiento que se lleva en el alma. Lo llaman Sufrimiento Interior y es difícil porque aunque podamos contarlo a un amigo, nunca podemos expresarlo como realmente sucede en la experiencia.

El dolor físico puede ser medido por grados y máquinas, pero el Sufrimiento Interior es experimentado sólo por el alma y sólo Dios lo conoce.

Su variedad es ilimitada porque cada alma tiene niveles mentales, espirituales e intelectuales distintos de los demás. Cada alma es una creación única de Dios y sus sufrimientos son totalmente únicos.

El dolor físico afecta el alma puesto que el alma reacciona pacientemente o con impaciencia ante la situación del cuerpo, pero el sufrimiento interior es un dolor espiritual.

Los resentimientos, las dudas y la tibieza carcomen nuestra alma y crean una soledad que nos coloca en un vacío espiritual.

Nuestras caídas por culpa de nuestro temperamento juegan en contra de nuestras propias facultades y conducen nuestro espíritu a un carrusel de confusión y desánimo.

El tiempo se hace pesado y la monotonía nos cubre como una niebla nocturna. El éxito a menudo trae el miedo al fracaso y la constante molicie de comer, dormir y trabajar genera un letargo que nos conduce a la acedia.

Los malentendidos pueden roer nuestras almas mientras buscamos soluciones para situaciones imposibles.

El recuerdo de penas pasadas y las perspectivas de nuevas por venir, paralizan nuestras almas y nos colocan en un estado tan cerca de la desesperación.

Quizás el mayor sufrimiento interior es aquél que nos golpea cuando tenemos sed de Dios y nos encontrarnos carentes de conciencia ante su Presencia. Podemos soportar la angustia que viene de nuestras imperfecciones y la frialdad de nuestro vecino, pero cuando Dios parece estar lejos, no hay mayor dolor que éste.

Podemos ver este sufrimiento interior en San Pedro y Pablo, cuando dudaron en torno al tema de la circuncisión, cuando vieron la persecución y la muerte de sus hijos convertidos, cuando había malentendidos entre cristianos y cuando sus colegas judíos los hostigaban. De vez en cuando estuvieron cansados y Pablo describe esta angustia y este cansancio del alma como el aguijón de la carne.

El sufrimiento interior puede ser más purificador que cualquier otro, porque estamos obligados a enfrentarlo. Podemos distraernos y olvidar un dolor en el tobillo, pero cuando la sequedad, el cansancio, la tristeza, las preocupaciones y el miedo nos atacan, son como un sabueso que nos sigue donde quiera que vayamos.

Debemos entender por qué Dios permite este sufrimiento interior, porque a primera vista parecería que la vida nos proporciona suficiente dolor para santificarnos.

Las pruebas diarias e incluso el dolor físico son de algún modo exteriores a nosotros, pero el dolor interior, espiritual o psíquico, está bien adentro, y nos obliga a ser pacientes y a practicar la virtud. Las pruebas interiores nos santifican lentamente, porque tienen el poder de transformarnos para el bien. Es en el alma, en nuestra personalidad y en nuestro carácter, donde el verdadero cambio debe ocurrir si queremos reflejar la vida de Jesús.

Podemos tener cáncer y ser curados, pero nunca cambiar. Podemos triunfar sobre alguna situación muy desagradable, pero nunca cambiar. Sin embargo, cuando nuestro dolor está dentro del alma y cooperamos con la gracia de Dios para saber usarlo, entonces eso sí tiene el poder de cambiarnos.

Es en nuestras almas en donde Dios hace su trabajo más magnífico. El mundo puede tratar al anciano, al enfermo y al que sufre retardo con compasión, pero el trabajo de Dios en sus almas, a través del poder de su sufrimiento interior, hace un trabajo más increíble que el de la creación del Universo. Sólo en la eternidad veremos la belleza del alma y sólo entonces comprenderemos las grandes cosas que fueron obtenidas por el sufrimiento interior.

Podemos estar seguros de que:

La sequedad nos vuelve pacientes mientras buscamos amar a Dios por lo que Él es.

La angustia mental nos hace depender de Su Sabiduría.

Las dudas aumentan nuestra Fe cuando actuamos según nuestras creencias antes que nuestros razonamientos.

El miedo nos hace confiar en la Providencia de Dios y esperar en su Bondad.

La ansiedad nos conduce a desconfiar de nosotros mismos y a ofrecer nuestros problemas a Dios que es todo Amor.

La preocupación nos hace comprender nuestra impotencia e infunde en nosotros un deseo de lanzarnos a los Brazos de su Sabiduría Infinita.

El desaliento por nuestras imperfecciones nos hace esforzarnos por nuestra santidad con mayor determinación.

La incertidumbre con respecto a nuestro futuro nos hace anhelar el Reino.

Y:

Las decepciones nos separan de las cosas que pasan y nos hacen contemplar aquellas que son eternas.

Si viéramos la Mano de Dios en nuestra existencia cotidiana, comprenderíamos inmediatamente que nuestro prójimo es un instrumento del que Dios se vale para sacarnos de la oscuridad y llevarnos a su luz maravillosa.

Ciertamente, nuestro vecino no es consciente de que representa una cruz para nosotros, pero la cruz que coloca sobre nuestros hombros es más provechosa para nuestras almas que los mejores elogios de nuestros amigos.

El Sufrimiento desperdiciado

El sufrimiento en sí mismo no nos hace santos. Si así fuera, todos los que están en el infierno serían salvados, ya que aguantan el peor sufrimiento y por toda la eternidad.

Es gracias a que Jesús sufrió y a que nosotros unimos nuestro dolor al suyo que este sufrimiento nos transforma y nos cambia. Es gracias a que el Espíritu habita en nuestras almas por el Bautismo que Él sufre cuando nosotros sufrimos. Lo que hacemos con los más pequeños, eso hacemos con Jesús, y mientras hacemos sufrir a los demás sin saber lo que hacemos, sufrimos más aún y no comprendemos el gran tesoro al que renunciamos.

Encontramos un ejemplo asombroso de este sufrimiento desperdiciado en la Escritura, en el Evangelio de San Juan. Jesús dijo a sus discípulos, “Ellos os expulsarán de las sinagogas y vendrá el tiempo en que os mataran pensando que con ello cumplen la voluntad de Dios. Harán estas cosas porque nunca conocieron al Padre o a Mí. (Jn 16, 2-3)

Siempre que suframos sin amor, será un sufrimiento desperdiciado.

Jesús y el sufrimiento

Jesús sabía que una vez que Él, el Hijo del Padre, fuera elevado sobre la Cruz, todos los hombres de fe obtendrían la fuerza para soportar los sufrimientos que el Padre permitiría en sus vidas.

Jesús sabía que el sufrimiento no estaría ausente en la vida de ninguno de nosotros antes de su Resurrección y se aseguró de que entendiéramos su papel en nuestras vidas. A lo largo de los Evangelios, nos promete sufrimientos y persecuciones y nos invita a aceptarlos con alegría.

Él llamó bienaventurados a cuantos sufrieron y vencieron sus debilidades naturales. Él prometió el Cielo a quienes sufrieran pobreza interior y exterior. A los que prefirieron a Dios antes que a ellos mismos, les prometió la unión con el Padre. A los que pusieran sus susceptibilidades y resentimientos a un lado para perdonar, les prometió misericordia. A los que lucharan por la paz, les prometió la filiación divina, y a aquellos que sufrieran porque lo amaban, les prometió la alegría.

Antes de que estos frutos se hicieran manifiestos, cierto sufrimiento era necesario. Su propio sufrimiento hubiera sido lo bastante poderoso para aniquilar el sufrimiento de la faz de la tierra, pero Él no optó por este camino. Prefirió seguir permitiendo el sufrimiento y hacerse Él mismo el ejemplo a seguir para todos los hombres.

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Cortesía de:
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