Extractos de "No hay mayor amor"


Hay una necesidad en cada ser humano de amar y ser amado. Hay también una necesidad de manifestar aquel amor. Lamentablemente, el concepto que cada persona tiene acerca de cómo demostrar ese amor es tan variado que el envase termina perdiendo el contenido. Un concepto de cómo demostrar amor es por medio de regalos, o siendo atentos con los demás. Un marido puede demostrar su amor siendo un buen guardián del bienestar de la familia y una esposa cocinando bien.

Los niños demuestran su amor siendo obedientes y una ausencia de obediencia pone aquel amor verdadero en tela de juicio. Los amigos manifiestan su amor por el compañerismo y los objetivos comunes.

Todas estas manifestaciones de amor implican algo agradable, algo placentero, algo bueno. Sin embargo, el modo en que alguien nos prueba su amor puede no ser de nuestro agrado, y la mayoría de las veces nos negamos a aceptar la forma particular en que aquella persona me demuestra su amor.

Omitimos signos importantes de amor porque rechazamos, deliberadamente o inconscientemente, aceptar el modo en que los otros demuestran su amor por nosotros.

Los padres a veces exigen un promedio académico “A” de parte de sus hijos como una prueba de amor. Aunque el amor nunca es mencionado, la decepción ante la adquisición laboriosa de una “F” acentúa una incorrecta escala de valores. El esfuerzo no es apreciado como una señal de amor; se requiere de una alta nota para probarlo.

Incluso muchos regalos son aceptados con poco aprecio porque aquel artículo particular no encaja con nuestra idea de un regalo, de una manifestación de amor.

La vida se vuelve muy complicada cuando esperamos que los demás nos manifiesten su amor del modo que nosotros queremos. Nuestros temperamentos, personalidades, nuestros gustos y disgustos son tan diferentes que es imposible manifestar nuestro amor de modo que satisfagamos a todos por igual.

Quizás esta es la razón por la cual Jesús nos pidió amar como Él nos amó. Querer desinteresadamente implica que aceptemos y sintonicemos incluso con la menor manifestación de amor de los demás y apreciamos sus signos particulares de afecto.

Cuando pasamos por desapercibidos las manifestaciones de amor de nuestro prójimo también lo hacemos con las manifestaciones de amor de Dios. Dios está constantemente realizando actos de amor por cada uno de nosotros. Él siempre provee, protege, alimenta, perdona y ama. No existe un momento de nuestras vidas en el que Él no esté haciendo algo bueno por nosotros.

Raras veces le agradecemos por nuestro nacimiento, pero a menudo le preguntamos por qué nos creó. Raras veces le agradecemos por la salud, el talento o la fuerza, es el primero en oír nuestras quejas si perdemos cualquiera de estas cualidades.

Respiramos, podemos ver, escuchamos y somos solo conscientes de lo maravilloso que es tener estas facultades cuando éstas se marchan o se van yendo con el correr de los años. Entonces miramos a Dios como un Creador injusto que tomó algo de nosotros que nos pertenecía en justicia.

Si vamos a ver los signos de Dios en nuestras vidas individuales sin correr el riesgo de caer en la oscuridad, debemos mirar la vida de Jesús y ver las pruebas de amor que nos dio a cada uno de nosotros.

Los signos de su amor pueden no gustarnos, pero eso es culpa nuestra, no suya. Si sintonizamos con las constantes pruebas de Amor que Dios nos da, entonces sintonizaremos también con las muestras de amor que otros tratan de ofrecernos.

Amor Silencioso

Isaías había profetizado que cuando el mundo estuviera en silencio, en la penumbra de la noche, El Hijo Eterno descendería y moraría entre nosotros. (Sab 18, 14) Es tan extraño que el Padre escogiera un tiempo tan tranquilo.

El amor de Dios por nosotros parece gustar de las contradicciones. Es como si quisiera que lo buscáramos. Lo más maravilloso de todo esto es que vino y vivió para vivir como uno de nosotros.

¿Existe algún ser humano que pueda entender la humillación que significó que Dios se hiciera hombre? Nuestro orgullo es tan grande que este signo de amor de parte de Dios pasa desapercibido para la mayor parte de nosotros.

Lamentablemente, la mayor parte de los hombres estuvo dormida cuando tal acontecimiento trascendental ocurrió y se perdieron el susurro de Dios en el llanto de un niño que decía “Te amo”. La mayor parte de los hombres, corriendo detrás de juguetes y adornos, no percibió el Amor de Dios en la vida de Jesús. Esto quizás se deba a que nosotros casi no equiparamos nuestras demostraciones de amor con sacrificios o cosas dolorosas y cuando contemplamos la vida de Jesús, vemos que casi todos sus gestos de amor, los suyos y los del Padre, constituyeron actos sacrificados o dolorosos.

En cada cristiano debe haber esa contemplación silenciosa de aquel Amor, esa fortaleza de carácter que viene del sacrificio voluntario hacho por amor. ¿Cuántos de nosotros practicamos este amor silencioso con nuestros hermanos? Se nos hace tan difícil desapegarnos de nuestras opiniones, de nuestra voluntad, y de nuestros deseos cuando el bien de todos está a la mano. No somos capaces de liberar nuestros corazones del deseo de estar en lo correcto, de ser considerados talentosos, de ser exitosos en todo lo que hacemos.

¿Queremos ver a otros, más jóvenes y más brillantes, hacer las cosas que nosotros quisimos hacer y no pudimos? Porque el amor silencioso no es parte de nuestra vida diaria, los adolescentes se vuelven impacientes con los ancianos, los jóvenes piensan que el mundo entero está en sus manos sin pensar en el mañana y lamentando su pasado. Nadie quiere alegrarse o hacerse a un lado ante los talentos de los demás, más jóvenes o más adultos.

El Amor se distancia del descontento, de la inquietud y el desaliento, voluntariamente da un paso al costado. Está dispuesto a dejar de sostener un argumento cuando nada bueno se va a conseguir, está dispuesto a parecer equivocado aunque Dios sepa que tiene razón.

El amor silencioso prefiere servir a los demás que a sí mismo, como Jesús lo hizo. Está dispuesto a aceptar la menor parte para que aquél a quien ama reciba una mayor. Está dispuesto a dejarlo todo, incluyéndose a sí mismo, por el Reino y por el bien de sus hermanos.

Mientras analizamos este testimonio de amor silencioso, comprendemos que Jesús prefirió esta clase de amor incluso inmediatamente después de su llegada a la tierra. Nació en un establo, con frío y viento, tan solo con el Amor silencioso de María, José y unos pastores. La idea de alguna clase de ruido en este asombroso momento hace que el alma retroceda. Todo el acontecimiento fue un solo de Amor Silencioso. Dios se alegraba por los que en el futuro apreciarían este momento solemne, soportó la indiferencia del mundo porque su amor superó de lejos la tibieza del nuestro.

Él amaría silenciosamente a los hombres de lejos, desde una cueva fría. Su amor estuvo de pie, fuerte como un centinela que cuida en la noche a aquellos que eran totalmente inconscientes de su presencia.

¿Somos capaces de amar a la distancia? Encontramos el Amor Silencioso difícil de dar y aún más difícil de recibir. Queremos que el amor se muestre y aún así ¿Quién puede decir que Él no nos amó soportando la indiferencia del mundo, cumpliendo amorosamente la voluntad del Padre?

En la vida de cada ser humano existen algunos que deben ser amados desde lejos, son aquellos que nos odian, que no gustan de nuestra presencia y son incomodados por nuestras opiniones. Nuestro amor por ellos debe ser constante aunque sea silencioso. Debemos “amar a nuestros enemigos y rezar por los que nos persiguen”. Esto es ciertamente un amor silencioso, porque un enemigo no es consciente de nuestro amor, su odio ciega su discernimiento acerca del amor. (Mt 5, 43-48)


Amor Oculto

El amor que algunas personas manifiestan es ciertamente oculto y esto responde al Plan de Dios. Cuando un amigo defiende la reputación de un vecino que es calumniado, aquel amigo manifiesta un Amor Oculto. La persona criticada puede nunca saber de aquel acto de lealtad, pero Dios lo recompensará porque se parece mucho a su propio amor.

Jesús aconsejó a sus Apóstoles muy a menudo que practicaran esta clase de amor. Un día les dijo, “Procuren no alardear de sus buenas acciones ante los hombres para atraer su atención. Cuando den limosna, no vayan anunciándolo, que su mano izquierda no sepa lo que hace su mano derecha. Vuestra limosna debe ser secreta y vuestro Padre, que ve en lo secreto, os recompensará.” (Mt 6, 1-4) El logro de muchas buenas acciones debe ser acompañado por este amor oculto, ya que Pablo nos recuerda que así repartamos todos nuestros bienes a los pobres, si no tenemos amor, no nos valdría de nada. (1 Cor 13, 2) pero Jesús quiere ambos, el amor y obras que puedan ser ocultadas. Si no conocemos a la persona responsable de un acto de caridad hecho por nosotros, no podremos devolvérselo con más amor, y es que aquel particular acto de bondad estuvo oculto, así como el amor que estaba detrás de él.

Dios quiere que escondamos nuestro amor en algunos casos para purificar nuestras intenciones. Jesús les dijo a sus apóstoles que cuando hacemos un acto de bondad que solo Dios conoce, entonces Él nos devuelve aquel acto con una recompensa. Hay muchos caminos en nuestra vida cotidiana para practicar este amor oculto, y la mayor parte de las veces, los receptores de aquel amor no saben quienes fueron sus benefactores.

Un hombre puede trabajar horas extra para proporcionar alguna comodidad a su familia, pero la familia puede perder de vista completamente el “amor extra” que con ello manifiesta. Una esposa puede pasar mucho tiempo frente a una estufa caliente preparando más comida en un día especial para la familia, y ésta no darse cuenta en absoluto de que en ese momento se sentía mal.

Una sonrisa en el rostro de alguien que sufre contiene un poder oculto cuya fuente verdadera solo es conocida por Dios. ¿Cuántas personas soportan grandes pruebas y cargas con la finalidad de no cargar a los que quieren con más penas?

Jesús quiso que nosotros amáramos a nuestro prójimo con un amor puro y aunque no sea posible que nuestro amor permanezca oculto, algunas veces una muestra de amor solo trae más atención sobre nosotros.

El amor oculto es humilde y está dispuesto a ser pasado por alto aquí, para esperar pacientemente la recompensa en el futuro.

“Cuando oren”, aconsejó Jesús a la gente, “retírense a su habitación y recen a su Padre que está en aquel lugar secreto, y su Padre que todo lo ve, os recompensará.” (Mt 6, 6)

Quizás una de las cualidades más escondidas del amor es que “no hace caso a las ofensas ni se siente ofendido”. Cuándo consentimos ser hipersensibles a lo que la gente dice o a la forma como nos miran, o a lo que piensan de nosotros, no estamos amando. Cuando nos resentimos ante sus opiniones contrarias y los rasgos de su personalidad, no estamos amando. Es cuando somos tolerantes, comprensivos y objetivos con nuestro prójimo cuando realmente los amamos. Nuestro hermano nunca puede ver nuestro amor cuando somos pacientes o amables con él, pero ante Dios hemos amado antes que odiado, y hemos sido mansos antes que iracundos. Esta es la razón por la que San Pablo dijo: “El amor no termina nunca”. Es la última cualidad del alma, independiente de cualquier influencia exterior: está escondida en su esencia y solo muestra una pequeña parte de su belleza.

Amor de corrección

“¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que son enviados! Cómo muchas veces quise reunir a tus hijos como la gallina reúne a sus polluelos bajo sus alas, pero me rechazaron.” (Mt 23, 27)

Uno de los aspectos más difíciles del amor es su cualidad correctiva. Nosotros vemos como Jesús llora por la gente que amó tanto pero que no lo amaron a Él. Sus quejas contra esta gente no siempre permanecieron ocultas, como nos indica la cita. Él se lanzó a corregir a los doctores, escribas y fariseos por su hipocresía, pero escondido en aquellas palabras enfadadas se encontraba un corazón lleno de amor.

Jesús intentó sacar a la luz sus faltas, sus intenciones secretas y sus acciones hipócritas, pero ellos no aceptaron esta dimensión del amor de Dios: ellos no comprendieron las profundidades de Su amor.

Jesús sabía que siempre que corrigiera a alguien, incluso a los apóstoles, se corría el riesgo de perder su amistad, pero su amor era totalmente desinteresado. Buscó el amor de los demás no por su propia conveniencia sino por el bien de los demás.

Es difícil corregir a alguien, pero el amor lo hace posible y apacible, el amor extrae el aguijón de la corrección y entonces la persona que está siendo corregida entiende la preocupación amorosa que se encuentra detrás de la reprimenda. Cuando la cólera egoísta se mezcla con la corrección, el tono de voz y la falta de lucidez hacen que la corrección se vuelva más difícil de aceptar.

El orgullo se rebela contra la corrección, pero el amor hace la corrección posible y soportable. Como Dios es nuestro Padre, Él nos poda y nos muestra nuestras debilidades. El conocimiento de uno mismo, que nos hace sentir tan miserables de vez en cuando, es una luz especial de Nuestro Padre que nos conoce perfectamente.

No hay mayor Amor

“Así es, Dios amó tanto al mundo que envió a Su único Hijo.” (Jn 3, 16) El Padre manifestó su gran amor por nosotros por medio de su propio sacrificio. Jesús demostró su amor por el Padre también por medio del sacrificio. Las consecuencias del amor de Dios por la humanidad fueron el sacrificio y el sufrimiento. Esto fue lo que le costó mostrarnos su amor y esto fue lo que le costó a Jesús mostrar su amor por el Padre, su amor por él mismo y su amor por la humanidad.

“El Padre me ama porque yo doy mi vida libremente para tomarla de nuevo”. El Padre ordenó a Jesús morir por todos los hombres y el amor de Jesús consintió aquel plan”. “Yo mismo la doy”, le dijo a los fariseos, “con mi propia voluntad, porque está en mis manos el dejarla como lo está el tomarla de nuevo, y este es el mandato que mi Padre me ha dado.” (Jn 10, 18)

El efecto del amor del Padre y el Hijo, tanto el del uno por el otro como su amor por la humanidad, es el sacrificio. El verdadero amor es probado, tratado y fortalecido por la disponibilidad y la capacidad para el sacrificio.

El amor de Dios está arraigado en el sacrificio y Él desea que nuestro amor sea tan fuerte e inquebrantable como el suyo. No sólo debemos poseer aquel amor, sino que debemos permanecer en aquel amor. Nuestro amor por Él es probado por nuestra fidelidad en tiempos de tensión y de dolor.

El amor no se prueba cuando nos sentimos bien, sino siendo realmente buenos. El amor no se hace fuerte en el consuelo, sino en la desolación. El amor procura ser generoso, pero solo es satisfecho cuando es noble. El amor siente los tormentos del rechazo pero nunca permite al dolor extinguir su propio fuego. El amor nunca se satisface con su propio modo de expresión, sino que se llena de alegría ante el menor signo de amor de parte de los demás. El amor nunca se preocupa por la forma en que debe ser correspondido por los demás, el amor solo quiere amar.

Cuando le damos rienda suelta al Espíritu Santo para que ame en nosotros, nos hacemos sumamente sensibles al amor de los demás. Es en ese momento en que podremos amar como Él ama, libremente, perdonar como Él perdona, sin límites, y estar listos para darlo todo por su Amor.

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Cortesía de:
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