Mi Madre: La Iglesia


La palabra Iglesia significa muchas cosas para las personas. Para algunos la Iglesia es solo una estructura, un cuerpo de leyes confeccionadas para hacer a todos lo más miserables que se pueda, un cuerpo autoritario que goza ejerciendo la prerrogativa de decirle al mundo qué puede y qué no puede hacer.

Hay otros que miran a la Iglesia como un vehículo por medio del cual Dios se revela a Sí mismo, sus verdades y su voluntad. Otros la ven como el “opio del pueblo” o como una organización que es guiada por el deseo y los caprichos de sus miembros. Algunos creen que es la imagen del arte y los tesoros de épocas pasadas, una especie de museo gigantesco, rico en tradiciones y en historia, rico en bienes materiales pero cuidadoso en el momento de distribuir dichos bienes.

Algunos aún miran a la Iglesia como un poder político, capaz de influir en los destinos de las naciones. Los conservadores la ven como el epítome de la Buena doctrina y el Dogma, mientras los liberales la ven como una fuente de sostenimiento para el pobre, justicia para el oprimido y defensa para el débil. Las almas fervientes ven a la Iglesia como una dispensadora de gracia a través de un sistema sacramental. Las almas tibias tienen una tenue confianza en el hecho de que la Iglesia siempre estará ahí cuando ellas la necesiten. Las almas que han escogido el mal son a veces más conscientes del verdadero rol de la Iglesia y por ese motivo odian todo lo que Ella defiende.

Podríamos seguir y seguir repasando las opiniones que la gente tiene sobre la Iglesia. Podríamos asomarnos a diversos aspectos teológicos de su autoridad para enseñar y la sucesión apostólica, pero inevitablemente llegaríamos a un callejón sin salida con argumentos apilados sobre más argumentos. Teniendo esto en cuenta, demos un vistazo a la Iglesia y a su función como lo hizo San Pablo y veámosla como es: Esposa de Cristo y Madre de cuyo vientre de gracia cada uno de nosotros ha nacido a una nueva vida, una vida de filiación.

Jesús vivió, murió y resucitó para dar a luz a la Iglesia. A través del Espíritu la unió en matrimonio consigo mismo, perpetúa su presencia a través de sus sacramentos, genera almas santas, resucita a aquellos muertos por el pecado y alimenta continuamente a sus hijos con la Verdad.

Dios nos creo a su imagen y esa imagen no está sólo en cada alma individual, sino también en la Iglesia. Así como hay tres personas en un solo Dios, tres facultades en cada alma, tres elementos para cada familia, así ocurre en la Iglesia. La Iglesia es dispensadora de la verdad del Padre, es Esposa de Jesús y es guiada por su Espíritu.

Como el Espíritu procede del amor del Padre y el Hijo en la Trinidad, como los niños brotan del amor del esposo y la esposa, así la Iglesia, este don del Padre, casada con su Hijo, constantemente da a luz el fruto de la santidad a través del poder del Espíritu en todos sus hijos.

La Palabra se encarnó en el vientre de María por el poder del Espíritu Santo. Este Misterio Divino es constantemente reactualizado mientras la Palabra Eterna es reflejada más y más perfectamente en la Esposa de Cristo cuando ofrece a Jesús a sus hijos en la Eucaristía, sana sus heridas en la Confesión, ennoblece su amor a través del sacramento del Matrimonio, hace de simples hombres sacerdotes de Dios por medio de la Ordenación e hijos de Dios por el Bautismo, los enriquece con los Dones en la Confirmación y aligera su carga en el camino a través de la Unción de los enfermos.

La Iglesia es Madre porque es una Esposa que está siempre dando a luz hijos de la luz, pilares de santidad, fuentes de inspiración, atletas de la verdad, y defensores de la fe.

Sí. Tiene estructuras, leyes, tesoros, autoridad y fragilidades humanas, todo esto mezclado con el poder divino, pero debemos mirar la totalidad de la Iglesia y no solo una parte de ella. ¿Qué hijo de una madre terrena le dice a sus amigos que su madre no es nada porque es solo un esqueleto cubierto de carne? ¿Qué clase de hijo anda a la caza de cada error y debilidad en su madre y lo divulga a todos los que quieran escuchar? Un hijo que se concentra solo en la autoridad que la madre tiene para corregir y castigar y se niega a ver el profundo amor y el cuidado detrás de los reproches, mantiene una existencia inestable, una vida de autocompasión y de arrebatos infantiles.

Es difícil de entender a un hijo que critica los tesoros artísticos de sus padres y al mismo tiempo toma parte de la belleza de estos tesoros cada vez que le place. La crítica sería cierta si esos tesoros fueran accesibles a los más pobres de los pobres para que los vean y disfruten. Pero, ¿sería acaso más feliz si todos los tesoros de la Iglesia fueran vendidos a coleccionistas privados y escondidos para siempre de la vista de los pobres? Es impresionante como nuestra naturaleza humana se las ingenia para fabricar tremendas excusas “a la medida” para cubrir nuestras antipatías frente a la Iglesia. Muchos hijos odian a sus padres porque son corregidos y dirigidos por ellos, y eso mismo ocurre con la Santa Madre Iglesia. Cuando ella habla de la necesidad de valores más elevados, de una profunda fe y señorío sobre uno mismo, la naturaleza humana se revela y Ella se convierte en la malvada madrastra, el padre dominante, la encarnación de ideales anticuados. De esta manera, todas esas razones a prueba de todo son creadas para explicar tal rebelión y sentirse justificados. Los vestidos de amor, lealtad y humildad son reemplazados por el duro acero del orgullo y el gélido ácido de la arrogancia. Ninguna amable persuasión puede penetrar esta armadura de acero, ya que esta desatinada gente se equivoca sobre sí misma y se creen caballeros de armadura radiante que defienden la causa de los incomprendidos y marginados.

Un verdadero hijo de esta Madre –dada por Dios– no está ciego ante sus faltas, debilidades y heridas, sino que es lo suficientemente reflexivo como para ver su propia necesidad de mejorar, de curación, de un mayor celo y generosidad; es lo suficientemente cariñoso para ver sus virtudes, su gracia, su verdad y poder; y lo suficientemente ardoroso como para hacer algo positivo con el fin de ayudarla antes que algo negativo para destruirla.

Nos enorgullecemos de levantar a los desesperanzados, de alimentar al hambriento, de vestir al desnudo y de dar un vaso de agua fría al sediento, ¿Por qué no le brindamos los mismos servicios a la Iglesia? ¿Acaso no nos quiere sedientos del agua viva de la santidad? ¿No busca acaso a sus hijos para que den los frutos del Espíritu? ¿No siente acaso la desnudez de sus hijos cuando son despojados de la fe, la esperanza, y la caridad por el espíritu de este mundo? ¿No está su corazón roto por ver a tantos de sus hijos exponiendo sus almas al peligro del infierno? ¿Qué angustia le parte el corazón cuando tantos rechazan el bálsamo curativo de la Confesión y el alimento angelical de la Eucaristía?

¿Qué locura ha poseído nuestras mentes y almas, cegado nuestros sentidos, y endurecido nuestros corazones hacia una Madre tan buena? Nos ufanamos de nuestra madurez, libertad e inteligencia y actuamos como niños engreídos a los que se les ha negado el permiso de jugar con fuego. Usamos nuestras almas y nuestro futuro como un juego de ruleta rusa, jalando el gatillo de la presunción, el orgullo y la arrogancia ¡para ver qué sucede! Desafortunadamente, como le pasa a aquellos que participan de dicho juego, no hay vuelta atrás si uno pierde.

“Y yo ahora te digo: Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia.” (Mt 16, 18) Jesús acababa de preguntarles a sus apóstoles quien creían los hombres que era Él. Era una buena pregunta y vemos a Jesús escuchando su respuesta. Fue Pedro quien dijo: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios Vivo” y Jesús respondió rápidamente. Le dijo a todos los apóstoles que el Padre le había revelado ese secreto a Simón y en ese momento, por primera vez en la historia, una palabra ordinaria y de todos los días, que significaba “piedra” se convirtió en un nombre: Pedro. Jesús nos prometió que su Iglesia permanecería hasta el fin de los tiempos y que el Infierno no prevalecería contra ella. La Iglesia era entonces y es ahora, una asamblea de fieles seguidores de Jesús el Señor. Al nombrar a Pedro cabeza, los demás, apóstoles empezaron a mirarlo desde aquel momento como aquél que tenía la responsabilidad sobre esta asamblea de gente: La Iglesia. Fue a Pedro a quien Jesús le pidió alimentar su ovejas y corderos, fue a Pedro a quien se le dieron las llaves del Reino para atar y desatar, fue Pedro quien predicó audazmente a las masas en Pentecostés, Pedro quien castigó a Ananías y Sáfira por su deshonestidad, Pedro quien tomó la última decisión sobre la circuncisión, Pedro a quien Pablo recurrió para pedir y asegurarse de que lo que enseñaba era correcto

Había una especial deferencia de parte de los apóstoles para con Pedro y vemos esto en el acontecimiento de la resurrección. Juan era mucho más joven que Pedro, llegó a la tumba antes que Pedro, pero esperó –espero a que Pedro llegara y entrara primero– Esta deferencia es incluso más pronunciada si consideramos que Pedro acababa de negar a Jesús, cayendo profundamente como persona. Su debilidad humana había, en un momento de temor, vencido y era menos de lo que un líder debía ser. Juan, sea como sea, veía en Pedro algo que la debilidad humana no puede debilitar y eso era autoridad. Esa autoridad la había sido dada por el Padre y solo el Padre podía quitársela. Sus faltas personales eran algo entre él y Dios, pero en ese momento Juan vio al Vicario de Cristo y solo ese Vicario debía entrar en la tumba para confirmarse a sí mismo y a todas las generaciones que el Cristo había realmente resucitado.

Como entonces, hoy también es prerrogativa de su sucesor proclamar otros misterios de Dios en orden a confirmar a aquella asamblea sobre las verdades que Dios revela.

Después de la resurrección, Jesús se apareció a María Magdalena, las santas mujeres y a los discípulos de Emaús, pero el último resquicio de credibilidad desapareció solo cuando la asamblea escuchó a los once reunidos decir juntos “Sí, es verdad. El Señor ha resucitado y se le ha aparecido Pedro” (Lc 24, 34). El más grande misterio de la fe en la Religión Cristiana fue declarado por los once con Pedro como su líder. Pedro, que tenía la iluminación particular del Padre para declarar la medianidad de Jesús, declaró la resurrección de Jesús porque él lo había visto. No había cuestionamiento alguno acerca de los dones particulares dados por Dios a Pedro. Él estaba en un lugar distinto para declarar los misterios de Dios y su Voluntad a la asamblea. Este era un don del Padre para él y no dependía de su santidad, carácter o temperamento. Tenía sus debilidades, pero cuando hablaba como alguien con una autoridad especial, era el Señor quien hablaba.

Cuando Ananías y Sáfira mienten a Pedro sobre la venta de una propiedad, Pedro les dice: “Como pudo Satanás poseerlos de tal forma que pudieran engañar al Espíritu Santo… No es a los hombres a quienes habéis mentido, sino a Dios” (Hch 5, 3-4) Extraña afirmación de alguien que acababa de cometer un pecado mucho mayor negando que conocía a Jesús. ¿Era acaso el que había sido perdonado por mucho, incapaz de perdonar o entender tal momento de debilidad? ¿O no era Pedro el hombre el que hablaba, sino Pedro la Roca, el Líder? En tal investidura era el Vicario de Cristo, a la luz de esto entonces, Pedro podía decir con justicia que Ananías había mentido al Espíritu. Sí, debemos preguntarnos “¿Saben los que odian a la Iglesia que solo se están odiando a sí mismos, ya que la Iglesia es la Asamblea del pueblo, y ellos son parte de la raza humana, alma de la Iglesia? Odiando al Vicario de Cristo ¿no se burlan acaso del Espíritu de Cristo mientras guía a su pueblo?

“Bajo sus pies sometió todas las cosas y le constituyó Cabeza suprema de la Iglesia, que es su Cuerpo, la plenitud del que lo llena todo en todo.” (Ef 1, 22-23) Pablo le dice a los efesios que Jesús, al redimirnos rompió el muro que dividía a judíos y gentiles. A través de la Cruz él reconcilió a toda la humanidad con el Padre y reunió a todos en un solo cuerpo.

Finalmente, Pablo nos explicó que ya no somos “extraños ni forasteros en medio de un pueblo escogido” sino hermanos que comparten un mismo Padre “pues por Él, unos y otros tenemos libre acceso al Padre en un mismo Espíritu.” (Ef 2, 18) Este único Cuerpo puede ser asolado por disensiones, falsos profetas, herejías o cismas pero este Cuerpo de Cristo continúa velando, cuidando, sosteniendo y protegiendo a sus miembros sin hacer distinción de raza, color o credo. Este misterio de la Iglesia fue sin lugar a dudas muy profundo para los primeros cristianos. El pueblo elegido había estado acostumbrado a mantenerse aislado como una minoría que conocía al verdadero Dios. Ahora, Pablo les decía que Jesús había venido y muerto por todos los hombres y que a través de su Esposa, la Iglesia, toda la humanidad tenía la oportunidad de conocer a Dios y sus misterios. La salvación para todos los hombres era una noticia escandalosa para aquella gente elegida. “Este misterio –continúa explicando Pablo– ha sido ahora revelado a sus santos apóstoles y profetas.”

Es aquí que Pablo nos muestra la doble misión de la Iglesia y sus sacerdotes. “Y a mí, menor de todos los santos, se me ha concedido esta gracia: la de anunciar a los gentiles la inescrutable riqueza de Cristo, y esclarecer como se ha dispensado el Misterio.” (Ef 3, 5-9) La gente no sólo debía oír el mensaje sino escuchar una explicación de éste. Necesitaban saber como aplicar dicho mensaje en sus vidas diarias y estas aplicaciones e interpretaciones debían de tener impresas el sello de la verdad, porque Jesús es Verdad. Dios estaba obligado en justicia a dar a su pueblo la Verdad con respecto a cada faceta de la vida cristiana.

“Quiero que sepan” nos dice Pablo, “cómo hay que portarse en la Casa de Dios, que es la Iglesia de Dios vivo, columna y fundamento de la verdad” (1 Tim 3, 15). Sí, la Madre Iglesia proclama, declara, explica y guarda la verdad del alcance del Enemigo.

Despreciar a tal Madre es odiarse uno mismo, aguar el sustento que alimenta el alma y hundir al hermano en el odio. Insultamos a Cristo, cuyo Espíritu guía a la Iglesia, a este cuerpo, Iglesia que surgió de su Preciosa Sangre derramada y del torrente de Su Espíritu. No es menor ofensa criticar, ridiculizar y rebajar algo que es tan querido por el Corazón de Dios y por lo cual dio tanto.

Cuando la vida de familia decae, decae el amor por la Iglesia. La familia y la Iglesia están entretejidas como una gran familia compuesta de muchas familias individuales. La unión de corazón, el amor y la preocupación, la mutua edificación de sus miembros es la misma en ambas.

La vida familiar está fundada en los mismos pilares espirituales como lo está la Iglesia. Pablo nos explica esto como un misterio y dice a los primeros cristianos que el hombre debe amar a su esposa de la misma manera que Cristo amó a su Esposa, la Iglesia. “para santificarla, purificándola mediante el baño de agua (el bautismo), en virtud de la palabra, y presentársela resplandeciente a sí mismo: sin que tenga mancha ni arruga ni cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada”. (Ef 5, 25-27) Así es como el esposo debe amar a su esposa porque si la odia, se odia a sí mismo, “porque nadie aborreció jamás su propia carne; antes bien, la alimenta y la cuida con cariño, lo mismo que Cristo a la Iglesia, pues somos miembros de su Cuerpo.” (Ef 5, 28-30)

Así sucede con la Iglesia que nos alimenta con los sacramentos y nos edifica con la doctrina apropiada y la verdad, y nosotros a cambio nos convertimos en imágenes vivas de su esposo, Jesús. Nosotros brotamos de la Novia y el Novio, llevando la imagen del Padre y el sello del Espíritu en nuestras almas. Cuando seamos fieles y verdaderos hijos e hijas de esta Santa Madre, nuestra vida familiar empezará a reflejar la paz, armonía y el amor que dicha Madre deposita en nuestras almas.

Cuando la odiamos solo nos odiamos a nosotros mismos porque somos parte de su Cuerpo y Jesús es nuestra Cabeza. Alienar nuestras vidas de Él y su Esposa es separar nuestras vidas de la Vid. ¿Cómo es posible que esperemos la armonía en nuestras familias cuando rechazamos a la fuente de dicha armonía?

Debemos ser ardorosos para transmitir su mensaje, fervientes de modo que podamos irradiar dicho mensaje, bondadosos para que otros puedan verlo en nuestras vidas, leales de forma tal que obedezcamos este mensaje sin importar lo difícil que sea. Cuando este espíritu de amor y celo se apodere de nuestros corazones, tendremos el coraje de ser levadura en la masa de nuestras familias y de la humanidad.

El cambio empieza por cada uno, se irradia a otros y se les da a éstos el coraje para cambiar. La armonía, la lealtad, el amor y la paz en la Iglesia y en la familia deben crecer juntos. En la medida que una o la otra tengan éxito o fracasen, en esa medida la otra dará fruto o decaerá.

El Espíritu que guía a la Iglesia dará fruto en la Iglesia y en las familias juntas dado que ambas son el Cuerpo de Cristo en la tierra.

La Iglesia es su Cuerpo y “Él es también la Cabeza del Cuerpo, de la Iglesia (…) y ahora me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, a favor de su Cuerpo, que es la Iglesia. (Col 1, 18.24) Los santos (los fieles) hacen una unidad en el servicio, en orden a las funciones del ministerio, para edificación del Cuerpo de Cristo. (Ef 4, 12) Sí, todos trabajamos juntos, construyendo, dando esperanza, coraje y fortaleza a la Iglesia y a la Familia, el Cuerpo de Cristo.

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Cortesía de:
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Irondale, AL 35210
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