Mi encuentro con Jesús a través del Espíritu Santo


Confirmado

¿Cómo puedo comprender el amor que Dios tiene por mí? ¿Acaso no fue suficiente hacerme su hijo en el Bautismo? En el momento que la Santísima Trinidad hizo su morada en mí, el Espíritu Santo imprimió en mi alma un sello indeleble - un sello fue grabado en mí para el tiempo y la eternidad - en el Cielo o en el infierno. Nadie lo puede borrar o quitármelo. Soy un hijo adoptivo de Dios con el derecho de llamarlo Padre y ahora su Amor me eleva más cerca de Su corazón - a una unión más allá de mis más grandes sueños - otro sello es grabado en mi alma - soy un embajador de Dios en el mundo - un defensor en su ejército de seguidores fieles - un profeta que anuncia la Buena Nueva - un miembro de una santa familia.

No debo envidiar a los Apóstoles en su Pentecostés, pues la Confirmación es mi propio Pentecostés. El Espíritu ha venido hasta mí de manera especial, con diversos dones y gracias que me posibilitan para conformarme con Jesús.

En la Encarnación, la Naturaleza Divina y la naturaleza humana se hacen una - Unión Hipostática - Dios-hombre - la Palabra hecha carne. Mi equivalente fue el Bautismo donde mi naturaleza humana fue elevada a la dignidad de hijo de Dios - una participación en la Naturaleza Divina. Cuando Jesús fue al Jordán para ser bautizado por Juan, el Espíritu se pasó sobre Él. Fue anunciado por el Espíritu como Redentor y Salvador. Él aceptó Su misión como el "Siervo de Dios" profetizado en el Antiguo Testamento. "Tú eres mi Hijo, el predilecto", dijo el Padre, "yo te he engendrado hoy" (Lc. 3, 22). Y ahora, ¡el Padre me ha dicho lo mismo! Su Espíritu ha elevado mi alma y he sido llamado a compartir el trabajo de redención de Jesús anunciándolo a mi prójimo, orando y trabajando por su salvación y dándole esperanza de grandes cosas por venir.

El sello de la Confirmación ha hecho pública mi misión, al igual que la misión de Jesús fue hecha pública en el Jordán. Desde ese momento Su dignidad como Hijo de Dios, Rey, Sacerdote, Redentor y Salvador ya no estaba escondida. Estaba allí para que todos los hombres la vieran. Este mismo Espíritu me ha sido dado, para que igual que Jesús, vaya y anuncie la Buena Nueva de Su Amor y a través de ese amor cambiar el mundo. Lléname de esa gracia que me hacen capaz de mantenerme siempre lleno y guiado por Tus inspiraciones. Ayúdame a aceptar y cumplir mi misión en la vida con un corazón humilde. Y así, un día, cuando Tu amor me llame de nuevo y Tú regales a mi alma la Luz de la Gloria, haz que el Padre pueda decirme como le dijo a Jesús: "Éste es mi hijo amado".

Consagrado

San Pedro dijo a los cristianos bautizados y confirmados ese día que eran "una raza escogida, un sacerdocio real, una nación consagrada, personas elegidas para cantar las alabanzas de Dios" (1 Pedro 2, 9-10).

He sido escogido por Dios para ofrecerle un sacrificio al Padre por los pecados de la humanidad. Me ha elegido para proclamar al mundo el poder de Su Hijo Jesús con el testimonio de una vida santa. No es un becerro o un toro lo que Él pide, sino mi propio ser - la transformación de mi vida - una búsqueda entusiasta y creciente de santidad.

Como el sacerdote pronuncia las sagradas palabras de la Consagración del pan y el vino, él dice, "Éste es mi Cuerpo". También yo ofrezco ese Sagrado Cuerpo al Padre. El sacerdote hace uso de su poder trayendo a Jesús y yo ejerzo mi sacerdocio recibiendo ese Cuerpo en mi ser como algo mío. Jesús y yo nos hacemos un solo cuerpo y el Padre acepta nuestro sacrificio conjunto. La Confirmación consagra todo mi ser a la gloria del Padre. El Padre ve un solo cuerpo, con Jesús a la cabeza. Él ve a su Hijo continuando Su Sacrificio a cada miembro de su Cuerpo. Él ve al Espíritu trabajando incansablemente, inspirando, moldeando, cambiando y ofreciendo a todos como un grato sacrificio. Yo comparto el sacerdocio de Jesús y tengo el derecho de asistir a cada celebración litúrgica. El Padre escucha mis oraciones con amor y atención. Él escucha cada petición que hago por mi prójimo. Él desea que yo rece por el mundo y obtenga para él - misericordia, perdón, esperanza y amor.

Es parte de mi oficio sacerdotal ofrecer a Jesús al Padre, rezarle por Su gloria, agradecerle por Su Bondad y hacer penitencia por los pecados del mundo.

El Padre me mira para que levante mis brazos en una súplica constante como Su siervo Moisés hizo con el pueblo escogido.

Como la tribu de Leví en el Antiguo Testamento fue separada, yo también he sido separado como uno a los que Dios ha dado el poder de ofrecer a Su Hijo e interceder por la humanidad.

Es una gran dignidad la que Su amor me ha dado. Mi participación en la liturgia es más que una obligación - es un privilegio - una responsabilidad - un tiempo para cumplir mi deber sacerdotal en unión con los sacerdotes ordenados en su rol ministerial.

Confieso al mundo en cada Misa que soy un hijo de Dios. Expreso mi amor por el mundo ofreciendo a Jesús por su salvación. Manifiesto mi amor por el mundo ofreciéndome a mí mismo en unión con Jesús para obtener misericordia y perdón para mis hermanos que fallan.

"Somos, pues, embajadores de Cristo, como si Dios exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo os suplicamos: ¡reconciliaos con Dios!" (2 Cor. 5, 20).

Comprometido

"Os digo, pues, esto y os conjuro en el Señor, que no viváis ya como viven los gentiles. Despojaros, en cuanto a vuestra vida anterior, del hombre viejo que se corrompe siguiendo la seducción de las concupiscencias, a renovar el espíritu de vuestra mente, y a revestiros del Hombre Nuevo, creado según Dios, en la justicia y santidad de la verdad" (Ef. 4, 17.22-24). He sido llamado por Dios para ser "santo como Él es Santo". No puedo asumir esto con ligereza. Mi vida debe estar en un proceso continuo de cambio y debo estar totalmente comprometido en un estilo de vida cristiana.

El Sacramento de la Confirmación me ha dado el derecho de recibir de Dios la gracia que necesito en cada momento. Él nunca negará esa gracia para mí. Tengo una firme esperanza de que Su fuerza estará conmigo en la tentación, Su Sabiduría cuando tome decisiones, Su alegría para alejarme de la desesperación y Su Providencia para librarme de las preocupaciones.

Su Espíritu me ha dado siete dones - dones que me hacen capaz de levantarme en cualquier ocasión, sobrepasar cualquier obstáculo, asumir cualquier prueba. El Temor de Dios me permite tener una relación de niño con Dios. Le puedo decir Padre. La Piedad me permite mirar a mi prójimo como un hermano por compartir el mismo Padre.

La Fortaleza me da el coraje para sobrellevar el sufrimiento y la persecución por Su causa. El Consejo ilumina mi mente para discernir las inspiraciones que vienen del Espíritu Santo, del enemigo o de mi propio egoísmo.

Él me da el Conocimiento para que yo pueda ver más allá de las cosas que pasan y mantener mis ojos en la realidad invisible. Para alimentar mi alma con Su Palabra, Él me da el Entendimiento para que pueda rezar sin cesar y confiar sin dudar. Y luego, como para sellar todos estos dones para que no se pierdan, me da la Sabiduría, que mantiene una creciente conciencia de Su Presencia dentro de mí y alrededor de mí.

Con todos estos regalos y Su constante atención, ¿cómo puedo continuar viviendo una vida tibia o rehusarme a cambiar? Él sólo me pide que reciba todos estos dones y los use para hacerme santo. Estoy constantemente expuesto a Su Luz. ¿Por qué insisto en vivir en las tinieblas? Él me ha llamado a grandes cosas. ¿Por qué persigo cosas insignificantes? He sido escogido de entre miles, sí, incluso millones, para ser luz en medio de la oscuridad - una luz en lo alto de la montaña para que otros encuentren su camino. Ser cristiano es tener una vocación especial. Pablo dijo a los primeros cristianos: "Os exhorto, pues, yo, preso por el Señor, a que viváis de una manera digna de la vocación con que habéis sido llamados, con toda humildad, mansedumbre y paciencia, soportándoos unos a otros por amor, poniendo empeño en conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz. Un solo Cuerpo y un solo Espíritu, como una es la esperanza a que habéis sido llamados" (Ef. 4, 1-4). Mis pensamientos, opiniones, metas y deseos tienen que irradiar el Espíritu de Jesús. Debo estar atento a mis sentidos y mantener siempre Su Voluntad antes que a mí mismo para que pueda "fortalecerme en el Señor y en la fuerza de su poder" (Ef. 6, 10).

Preocupado

"Así, pues, os conjuro en virtud de toda exhortación en Cristo, de toda persuasión de amor, de toda comunión en el Espíritu, de toda entrañable compasión, que colméis mi alegría, siendo todos del mismo sentir, con un mismo amor, un mismo espíritu, unos mismos sentimientos. Nada hagáis por rivalidad, ni por vanagloria, sino con humildad, considerando cada cual a los demás como superiores a si mismo, buscando cada cual no su propio interés sino el de los demás. Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo" (Flp. 2, 1-5).

Mi Confirmación me ha hecho un profeta del Señor, ser profeta es alguien que con palabras y ejemplo manifiesta el amor que Dios tiene para con su pueblo. La vida del profeta es un signo vivo del Evangelio de Jesús y será como dijo San Pablo a todos los cristianos, "vosotros llevéis una vida digna del Evangelio de Cristo" (Flp. 1, 27).

Debo tener una profunda preocupación por mi prójimo, pues el amor de Jesús en mi corazón no puede ser escondido. El Amor es un poder que debe salir y servir como el Maestro sirvió. Fue el Amor lo que lo impulsó a trabajar y a sufrir por la humanidad y ese mismo amor debe inspirarme a tener una preocupación fraternal por mi prójimo. Hay muchos hermanos en necesidad a los que no puedo llegar, pero nunca debo olvidar el poder de mis oraciones por cada miembro de la raza humana.

Debo dar mi amor a cada persona que se cruza en mi camino. Si está en necesidad material, debo ayudarlo en lo que me sea posible, sin olvidar nunca que todo lo que poseo es un regalo de Dios para ser compartido con mis hermanos. El enfermo, anciano, quien vive en soledad y abandono deben ser destinatarios especiales de mi amor y preocupación, pues Jesús está sufriendo por ellos.

Dios me ha escogido como Su "raza escogida, Su santo" (Col. 3, 12). Él me ama y mi corazón debe estar lleno con "sincera compasión, mansedumbre y humildad, amabilidad y paciencia".

Mi Madre, la Iglesia, debe tener un lugar especial en mi amor y oración pues Ella me perdona cuando peco, me asiste cuando estoy enfermo y alimenta mi alma con el Cuerpo y Sangre de Cristo. Sus ministros merecen mi lealtad y apoyo pues todos somos un mismo Cuerpo. Debo siempre recordarlos en mi oración y asistirlos en sus tareas como pastores. San Pablo me dice también, "tengáis en consideración a los que trabajan entre vosotros, os presiden en el Señor y os amonestan. Tenedles en la mayor estima con amor por su labor. Vivid en paz unos con otros" (1 Tes. 5, 12-13).

Debo esforzarme por ser "pobre de espíritu" para que mi prójimo en necesidad nunca se sienta inferior en mi presencia, manso para que nunca se sienta censurado, preocupado para que sepa que comparto con él su tristeza, misericordioso para que nunca sienta que soy mejor que él, puro de corazón para que se sienta amado por lo que es, apacible para que se sienta calmado en su confusión, esperanzado cuando se sienta desanimado, lleno de fe en sus momentos de necesidad y lleno de amor sin importar cuán difícil sea amarlo en ese momento.

He sido llamado por Dios para hacer grandes cosas, la primera de ellas es ser santo y la segunda asistir a mi prójimo en su búsqueda de la santidad. Si yo fallo en esto, todo lo demás se pierde pues "aunque repartiera todos mis bienes, y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo caridad, nada me aprovecha" (1 Cor. 13, 3).

Oración

Santo Espíritu, me pongo bajo tu guía. Deseo irradiar el amor de Jesús hacia el prójimo. No conozco las alegrías o penas que me tocarán vivir pero sé que Tú ordenarás las alegrías para que no descanse en ellas y que aliviarás mis cargas para que no me deje abatir por ellas. Dame la gracia para ver a Jesús en mi prójimo y la providencia amorosa del Padre en mi vida diaria. Haz que piense en los demás antes que en mí mismo y que sea siempre fiel a la Santa Madre Iglesia. Nunca permitas que ensucie el Sello que has puesto en mí.

Renovación de la confirmación

Padre eterno, todas las cosas son presentadas ante Ti. Por eso te pido que renueves todas las gracias y dones que Tú pusiste en mí el día de mi Confirmación. Deja que tu Espíritu renueve en mi corazón mi rol sacerdotal en la Iglesia para ofrecerle a Jesús un sacrificio agradable, mi rol profético para ser luz en el mundo, mi rol intercesor para pedir misericordia, mi rol misionero para llevar a todos la Buena Nueva. Imprime siempre con mayor profundidad ese sello indeleble que me marca como hijo de Dios. Aumenta en mí los Siete Dones y déjame aceptar los frutos de Tu Espíritu. Yo prometo trabajar en Tu honor y gloria y por la salvación de mi prójimo.

Cuando el enemigo me tienta, el mundo me seduce y mi propio egoísmo toma posesión de mi voluntad, pon en mi alma ese acto de humildad tan necesario para pedir la gracia en ese momento. Mantén siempre mi dignidad como templo de Tu Espíritu presente en mi mente y nunca permitas que pierda ese sentido de profundo asombro cuando pienso en Tu bondad y amor. No dejes que ni la persecución me derribe o que mi propia debilidad me desaliente, sino renueva en mí un constante crecimiento en los frutos de Tu Espíritu que me fueron dados con tanta abundancia en el día de mi Confirmación. Te prometo, Padre y Señor, escuchar Tu Espíritu cuando Él socorra mi alma para aumentar sus Dones y Frutos. Lléname hasta la abundancia con un aumento de la Fe, Esperanza y Amor para que mi alma nunca deje de dar el amor de Jesús a nadie.

Invocación

El Espíritu de Dios me hace
Paciente
Valiente
Alegre
Confiable y lleno de Amor
El Espíritu de Jesús me hace
Humilde
Amable
Auto-sacrificado
Obediente y lleno de Fe
El Espíritu del Padre me hace
Compasivo
Misericordioso
Educado
Productivo y lleno de Esperanza

Escritura

"¿O no sabéis que vuestro cuerpo es santuario del Espíritu Santo, que está en vosotros y habéis recibido de Dios, y que no os pertenecéis? ¡Habéis sido bien comprados! Glorificad, por tanto, a Dios en vuestro cuerpo" (1 Cor. 6, 19-20).

"Mas todos nosotros, que con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la gloria del Señor, nos vamos transformando en esa misma imagen cada vez más gloriosos: así es como actúa el Señor, que es Espíritu" (2 Cor. 3,18).

"Por eso, tampoco nosotros dejamos de rogar por vosotros desde el día que lo oímos, y de pedir que lleguéis al pleno conocimiento de su voluntad con toda sabiduría e inteligencia espiritual, para que viváis de una manera digna del Señor, agradándole en todo, fructificando en toda obra buena y creciendo en el conocimiento de Dios" (Col. 1, 10).

"Y es Dios el que nos conforta juntamente con vosotros en Cristo y el que nos ungió, y el que nos marcó con su sello y nos dio en arras el Espíritu en nuestros corazones" (2 Cor. 1, 21-22).

"No salga de vuestra boca palabra dañosa, sino la que sea conveniente para edificar según la necesidad y hacer el bien a los que os escuchen. No entristezcáis al Espíritu Santo de Dios, con el que fuisteis sellados para el día de la redención" (Ef. 4, 30).
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Cortesía de:
Eternal Word Television Network
5817 Old Leeds Road
Irondale, AL 35210
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