Marcharse y aún quedarse


UN OASIS EN EL DESIERTO


Es penoso encontrar que tantos creen en la Presencia de Jesús en el Santísimo Sacramento y rara vez lo visitan. Los hombres viajan a través de los océanos para ver ruinas, pinturas, paisajes y celebridades, pero no se les ocurre entrar a una sencilla capilla de la esquina para visitar al Creador de toda belleza.

El hombre se queja de tensiones, pesadillas y frustraciones y para estas debilidades humanas consume frascos de pastillas y remedios. Dedica tiempo y dinero buscando descubrir quién es y cómo vino a existir. Su pasado le atormenta y abriga visiones de grandeza o desesperación en el futuro.

A sus preocupaciones las llama “interés maduro”, y sus errores son solamente el resultado de la falta de cooperación de los demás. Oculta sus faltas y presume ante todos su menor acto virtuoso. Hay pocos hombres que se conozcan a sí mismos, y son menos aún los que son capaces de aceptar ese conocimiento humildemente.
Tenemos una necesidad de vaciarnos a nosotros mismos, de conocernos y aceptarnos y terminar superándonos.

Podemos trata de llenar esas necesidades en el plano natural, pero en cuanto nos vaciamos de nosotros mismos sólo encontramos vacío. Nos entristecemos cuando nuestras debilidades nos brindan conocimiento de nosotros mismos. Cuando nos esforzamos por aceptarnos, nuestro amor por nosotros mismos se transforma en odio de nosotros mismos, y cuando intentamos elevarnos sobre nuestra naturaleza humana hasta la elevada cumbre de la tranquilidad, nos encontramos a solas con la nada.

No podemos purificarnos a nosotros mismos. Tampoco escapar de la persona que somos. Ni justificar nuestras debilidades. No podemos dar fruto solos ni apoyados en nuestras propias fuerzas.

Nuestra necesidad estriba no tanto en cambiar lo que somos sino en cómo lograr el cambio. ¿Cómo cambiar la oscuridad en luz? ¿Cómo se cambia el hielo en fuego? ¿Cómo puede una inteligencia limitada entender el misterio de la vida, la muerte y lo que ha de venir?

¿A dónde ir para llenarnos, curarnos, ser perdonados, iluminados y enderezados? ¿Quién escuchará nuestras quejas balbuceantes, nuestros quejidos internos y las dudas silenciosas?

¿A quién recurrir cuando nadie nos atiende o se molesta en escucharnos en nuestra aflicción? ¿Quién ve cuando hacemos señales de llamada de nuestro corazón herido o nos brinda la oportunidad de llorar sin vergüenza?

¿Quién espera pacientemente un simple pensamiento de nuestras mentes abarrotadas, un suspiro de amor de nuestros corazones mundanos? Si no sabemos cómo responder a esa pregunta quiere decir que el fuego se ha consumido y la luz ha brillado en vano.

“Quién permanece en Mi y Yo en él, da muchos frutos”. Estas palabras de Jesús en la Última Cena nos pone en el camino de la santidad que es simple y fácil. La Sagrada Eucaristía es Dios en y con nosotros – es Dios en nosotros y nosotros en Dios.

Para mantener una relación estrecha con el Dios Amor, debemos permanecer en su Presencia Sagrada con frecuencia. Así como los rayos solares cambian y alteran todo lo que tocan, así Dios Eterno, siempre presente en el Santísimo Sacramento, cambia a todo el que se pone en su Presencia.

Debemos admitir nuestra debilidad para que su poder sane nuestras heridas. Tenemos que hacer oír nuestras dudas para que Él pueda despejar nuestra oscuridad. Debemos arrodillarnos en su presencia para poder confesarle nuestro arrepentimiento.

En silencio debemos ponernos en su presencia, sin pensar en nuestras miserias, absorbiendo en el silencio la humildad y gentileza de Jesús en su sacramento de amor.

Él esta presente en la Eucaristía para mostrarnos la profundidad de Su Amor, a qué extremo llega para estar con nosotros, con el ansia de Su Corazón de quedarse siempre cerca.

No importa lo que digamos en Su Presencia. Sólo importa que estemos ahí – para dejar que Su Presencia penetre nuestras almas y nos sane – para iluminar nuestras mentes, fortalecer nuestras voluntades y darnos paz en medio de la agitación.

Su presencia en la Eucaristía es silenciosa; también nuestra presencia ante Él puede estar en el silencio. Su presencia es humilde y sacrificada, y así como nuestra fe nos pone de rodillas ante la pequeña hostia blanca, encerrada en el tabernáculo, también crece ella gracias a la humilde aceptación de los misterios de Dios que escapan a nuestro entendimiento. El tiempo que le dedicamos exige muchos sacrificios, pero podemos hacerlos porque Él ha hecho el sacrificio supremo.
Únicamente Jesús puede dar fruto en nosotros. Cuando lo llevamos a nuestra alma como alimento debemos también absorber su luz, sentados en su presencia, el pensamiento en total quietud, el corazón amante, la mente esperanzada.

Nos debe contentar estar cerca de Él – que haga maravillas en nuestras almas – para silenciosamente absorber la belleza velada de su amor – permitiendo que los rayos de su luz penetren lo más íntimo de nuestro ser y cambien nuestros corazones de piedra en corazones de carne, nuestra rudeza en amabilidad, nuestro mal carácter en suavidad.

Cómo tuviéramos la humildad para entender que sólo Él es todo Bondad y nos hace buenos. Tan pronto nos ponemos en su Presencia en la Eucaristía, nuestras almas responden a su poder que nos mueve como a los girasoles que se voltean hacia los rayos de sol.

Antes que un suspiro se escape de los labios, o que un pensamiento se cuele a nuestra mente, o que sea dicha una simple palabrita, nuestra alma ya fue beneficiada por la presencia de su Creador. Nuestra santidad es obra de Él; no podemos decir “sí” a sus mandatos si su gracia no llena nuestras almas y su luz no ilumina nuestras mentes.

Si nos sentimos solos es porque no hemos visitado a nuestro Compañero en este valle de lágrimas. Si dudamos es porque no nos hemos colocado bajo su luz.

Nuestras flaquezas siempre estarán con nosotros, pero al menos por un rato seremos fuertes si hemos pasado algún tiempo ante su presencia eucarística.

Su Presencia silenciosa, escondida en el tabernáculo, nos dice a cada uno: Te amo. “Vengan a mí todos los que van cansados, llevando pesadas cargas, y yo los aliviaré”.

Vengan a la fuente de vida y beban. Díganme sus problemas. Escuchen mi voz: Yo te doy mi corazón y te guío allanando el camino.

El amor habla a gritos en el silencio, y ese silencio nos toca el alma. La voz de Jesús retumba en nuestras almas como la voz de aguas caudalosas, limpiando los escombros que se han ido acumulando a través de las tormentas de la vida. Nuestras almas resecas, cansadas del viaje, encuentran alivio en el agua viva que brota del tabernáculo.

Hay un intercambio de amor en silencio entre el Corazón Eucarístico de Jesús y el alma, un dolor que se comparte, un diálogo no audible entre dos que se conocen perfectamente y se tienen un amor profundo.

Es como si el alma se viera en un perfecto Espejo y conoce claramente sus faltas e imperfecciones. Un extraño fenómeno sucede cuando el alma vislumbra a Jesús. Su propio reflejo se torna más brillante. Sus faltas se desvanecen y un día esa “alma gira transformada en Imagen suya” (2 Cor 3, 18).

Siendo esto cierto, ¿por qué permitimos que nuestras almas mueran de sed cuando la Fuente de Agua Viva está a la vuelta de la esquina?

¿Porqué vivir ansiosos y frustrados cuando la fuente de la serenidad espera para derramarse en nuestros corazones?

¿Nuestra fe en su presencia es tan real como su presencia, o no pasa de ser una aceptación intelectual de una revelación de la que alguien nos dijo que era verdad? ¿Nuestra fe está limitada al conocimiento o es una experiencia de visión en la fe?

¿Realmente creemos que Él está en la Eucaristía o meramente esperamos que eso sea verdad?. Y, si lo creemos, ¿porqué no están llenas las iglesias, nuestra gente en llamas, nuestros espíritus más encendidos y nuestro amor más como el amor de Dios?

Quizás fuera bueno examinar su don y ver qué tan honda es nuestra fe, allá en el fondo de nuestros corazones.

LA NECESIDAD

En lo profundo del corazón de cada ser humano está el deseo del Cielo y el temor de la muerte que nos lleva a ese fin.

Es un fenómeno extraño por el que nos aferramos a lo temporal mientras deseamos lo que es eterno y quisiéramos que de alguna manera tuviéramos las dos cosas simultáneamente.

El simple pensamiento de tener que abandonar, en el acto de morir, a aquellos a quienes uno ama nos llena de soledad anticipada. Sentimos como si súbitamente nos quedáramos solos, invisibles a los ojos de los hombres y desconocidos para Dios. Contemplamos los bienes que hemos acumulado durante los años, y su valor crece desproporcionadamente ante la realidad de que tendremos que dejarlos atrás en un acto de absoluto desprendimiento.

En ese combate nos damos cuenta de que un rico extraña más sus posesiones que a sus amigos, y que un pobre, que no tiene ninguna posesión, lamenta haber perdido sus oportunidades. En un esfuerzo por solucionar este problema, el hombre busca labrarse un nombre por el que pueda ser recordado cuando la muerte lo haya vencido.

El rico construye bibliotecas, escuelas e instituciones; coloca en ellas su nombre sobre un lugar prominente, de modo que la posteridad no se olvide de él. El pobre espera, lucha y ora para que un día alguno de sus hijos pueda elevarse sobre la profundidad de la desesperanza en la que él nació, y levante el nombre de la familia a las alturas de la fama.

Todos los que viven entre la riqueza y la pobreza tienen los mismos miedos y deseos, con diferentes grados de intensidad. Vemos a la humanidad toda buscando una vida mejor, mientras, a la par, se aferra a una vida inferior; deseando poder abandonar este mundo para disfrutar de uno mejor, y simultáneamente queriendo quedarse aquí, al calor de amor de sus seres queridos.

El deseo de amar y ser amado y la necesidad de la presencia de los seres amados están arraigados en el corazón de todo ser humano porque fuimos creados por el Dios de Amor, para amar. Cuando el hombre se aparta de la misión de amar, crea un infierno para si mismo y para los que lo rodean.

Podemos ver ese concepto en la vida de los Apóstoles. Judas se negó a amar. Se convirtió en un inadaptado y finalmente se alienó del Amor en persona. Los demás Apóstoles, con todas sus miserias y debilidades, amaron al Maestro y desearon crecer en ese amor, de modo que se aferraron a Él.

El amor es una llama que hay que alimentar para que no disminuya. Uno de los ingredientes del amor es sentirse necesario. Los pecadores acudían a Jesús porque tenían una necesidad, mientras que los auto-complacidos Fariseos rivalizaban con su Presencia.

Jesús sabía que cuando se hubiera ido necesitaríamos una fuerza motriz que nos permitiera ser y permanecer hijos del Padre. Nos envió su Espíritu para apoderarse de nuestras almas, iluminara nuestras mentes, dirigiera nuestras voluntades y nos llenara con las virtudes necesarias para poseer los frutos de Jesús.

Esto lo hizo por nuestro bien pero como =Dios-Hombre-Humano y Divino–Resucitado y Glorificado= Él quiso realizar pleno su Amor por nosotros y alimentar nuestro amor por Él dándose por completo.

Él nos envió su Espíritu en el bautismo, pero para poder completar la obra que Él había empezado, quiso estar presente visiblemente en nuestras almas.

Su vida en la tierra hizo que experimentara lo que su Mente infinita siempre supo: El hombre necesitaba ver para creer. ¿Cómo podía el hombre vivir la Fe y al mismo tiempo ver a Dios? ¿Cómo dejarnos para enviarnos su Espíritu y además permanecer en nuestra compañía?

¿Cómo podía satisfacerse el amor y saciarse la sed sin interferir con la libre voluntad del hombre y la necesidad de escoger por sí solo?

¿Podría el hombre aceptar la visión de la fe, y elegiría al Amor sobre todas las cosas, incluso sobre sí mismo? ¿Qué invento divino será capaz de satisfacer todos los deseos de un Dios infinito? Nuestros corazones finitos, débiles, se cansan de buscar formas y maneras de mostrar amor, y nuestras almas se quedan aturdidas ante la idea de un Dios omnipotente y amoroso. Las palabras parecen escapársenos de los labios: “Imposible. No hay forma de amar; no hay forma de que Dios y el hombre puedan unirse”.

Nuestro Dios es inagotable en las formas como manifiesta su amor por nosotros. Jesús diseñó un camino para alimentar nuestras almas, para alimentar nuestros cuerpos con alimento celestial, para emocionar nuestras almas con el sabor de Amor Infinito – para quedarse con nosotros después de su regreso al Padre.

Para prepararnos a aceptar este Misterio de la Fe, Él realizó milagros para simbolizar la realidad y entonces en ese momento solemne antes de su Muerte, nos reveló como se quedaría con nosotros hasta el fin de los tiempos. El Amor Divino triunfó antes que la muerte allanara el camino a la Resurrección. Él le reveló a la muchedumbre que sería su comida y bebida y les dijo categóricamente que al menos que comieran su Carne y bebieran su Sangre no tendrían vida.

Antes de que podamos apreciar debidamente el misterio de la fe, veamos cómo preparó Jesús a sus discípulos para su milagro de amor.

BASTA QUE ÉL QUIERA

Es significativo notar que el primer milagro de Jesús no fue un gesto de compasión por los enfermos o los poseídos. El tuvo una vida de trabajo y oración durante treinta años y tan pronto comenzó a manifestar su Naturaleza Divina, Él realizó un milagro simbólico de algo más grande que vendría.

Él y sus discípulos habían sido invitados a una boda y el vino se agotó. A petición de su Madre, Él realizó un milagro que causó la admiración de sus Apóstoles. Él ordenó a los sirvientes que llenaran una jarras con agua y después simplemente dijo: “Saquen un poco de vino y llévenselo al maestro de ceremonias para que lo pruebe (Jn 2,8). No pronunció una oración sobre el agua, ni la tocó. Bastó con que Él quisiera que el agua se transformase en vino. Sólo Dios puede crear o transformar una cosa por un simple acto de su voluntad. Hizo que llenaran los jarrones de agua y quiso que saliera vino, y así sucedió. De veinte a treinta galones de agua se transformaron en vino porque Él lo quiso.

Los poetas han dicho que el agua se sonrojó ante la presencia de su Hacedor, pero conviene ver algo más que poder en este milagro. Los profetas de Dios también realizaron milagros semejantes. Elías oró y el aceite no se agotó hasta que terminó la hambruna. En este caso, Jesús no ora como alguien cuyo don depende de la voluntad de Dios. No, Él es Dios y su simple voluntad crea y transforma su creación.
Esto sucedió cuando más de cuatro mil lo siguieron y se olvidaron de comer por tres días. Los Apóstoles tenían siete panes y unos cuantos pescados. San Mateo nos cuenta que Jesús tomó los panes y los pescados, dio gracias, los partió y se los dio a los discípulos, quienes los repartieron a la muchedumbre” (Mt 15, 35-36).

Igual que en la boda de Caná, al alimentar a esta multitud hubo un mensaje importante. Esta clase de milagros lo hizo Jesús para impresionar las mentes de las gentes con la noción de que su Poder era el Poder de Dios. Estos gestos particulares de compasión fueron hechos como símbolo de algo más grande por venir. Sus corazones estaban preparados para aceptar un misterio más grande que lo que reveló antes de su muerte – el Misterio de la Eucaristía. Este misterio fue un regalo de Dios tan grande que la mente humana nunca sería capaz de aceptar tal influjo de amor sin una preparación.

Un día convertiría pan y vino en su propio Cuerpo y Sangre. Sería más grande ese mismo Poder, ministerio que procedía de la misma fuente de amor: Jesús.

Ya que el maestresala de Caná y la gente en el desierto no entendieron cómo hizo esos milagros, ellos concluyeron que lo hizo por amor. Él alimentó sus cuerpos y mientras todos se beneficiaron con el fruto de su Poder, ninguno quedó privado de su atención personal y amor. Estos dos milagros prefiguraron la Eucaristía.

El comenzó su vida asumiendo la carne humana y terminó devolviendo esa carne al hombre en forma de comida. Él comenzó su vida pública cambiando agua en vino y la terminó cambiando el pan y el vino en su Cuerpo y su Sangre.

Él realizó ambos milagros con mucha facilidad. En las dos oportunidades Él estuvo rodeado de sus escogidos. Estos milagros los llevó a cabo en un tono de voz tranquilo como conversando – como si no fuera nada.

En la boda de Caná, las únicas gentes que se enteraron del milagro fueron los Apóstoles y los sirvientes que habían llenado los jarrones con agua y luego pudieron ver cómo salía vino de ellos. En la Última Cena, sólo algunos Apóstoles observaron cuando Jesús pronunciaba sus poderosas palabras sobre el pan y el vino. “Este es mi Cuerpo que será entregado por ustedes: hagan esto en memorial mío”. Hizo lo mismo con la copa al fin de la cena y dijo: “Esta copa es la nueva alianza en mi Sangre, que será derramada por ustedes” (Lc 22, 19-20).

Del mismo modo que su nacimiento fue testificado por unos pocos en el silencio de la noche, así la Divina Presencia fue dada a la humanidad en una forma silenciosa y sin pretensiones. ¡Dios en verdad gusta de hacer grandes cosas humildemente!

Los seres humanos gustamos de realizar proezas pero teniendo sobre nosotros la atención de las muchedumbres, y haciendo todo el ruido necesario para mantener despierta esa atención. Durante las tentaciones en el desierto, el Diablo le dijo a Jesús que realizara tres cosas; todas ellas buscaban convertir a Jesús en un protagonista ante el público.

Le dijo que convirtiera las piedras en pan. ¡Qué tristeza, que el Diablo crea más en Jesucristo que nosotros! El hombre de hoy no cree que Jesús pueda transformar el pan en su Cuerpo.

La siguiente tentación consistió en sugerir a Jesús que se lanzase del techo del Templo. Eso de verdad hubiera llamado a atención de la multitud.

La tercera tentación era realmente absurda. Pero es que el orgullo es realmente absurdo. Se le pedía a Jesús que por dinero y gloria mundana adorara al enemigo de Dios. La voluntad de Jesús, siempre una con la del Padre, se sorprendió ante tanto descaro y ordenó a Diablo que se alejara de Él.

Lo significativo de las tres tentaciones en el desierto es que la verdadera prueba era ver si Jesús podría, por un mero acto de su voluntad, cambiar las piedras en pan, flotar hacia el piso desde la cornisa del Templo y adorar al enemigo. El Diablo sabía que sólo Dios puede querer que algo sea o se transforme y hacer que eso suceda. Únicamente Dios, con sólo quererlo, puede cambiar la estructura atómica de algo y convertirlo en algo distinto. El Diablo esperó para ver la voluntad divina en acción.

Este acto de voluntad estaba patente en todas las curaciones y milagros que Jesús obró entre la gente. La fe que se les pedía hacía necesario que primero creyeran que Él los podía sanar más que Él los sanaría.

Una sola vez fue puesto esto en duda: por una persona que necesitaba curación. Un padre de familia había llevado ante los Apóstoles a su hijo para que éstos lo sanaran de una epilepsia demoníaca. El poder de los Apóstoles súbitamente se vio limitado y no pudieron sanarlo. El padre entonces llevó su hijo ante Jesús y le dijo: “Si Tú puedes, ten piedad de nosotros y ayúdanos”. (Mc 9, 23)

El leproso que dijo: “Señor, si quieres, puedes curarme” (Mt 8,2) nunca dudó del poder de Jesús, nunca cuestionó su autoridad, Simplemente, con humildad esperó a que Jesús expresara lo que la divina voluntad le tenía deparado.

El hombre con el hijo epiléptico, sin embargo, sí cuestionó su autoridad y poder. Él llevó a su hijo ante los Apóstoles del mismo modo como uno va de doctor en doctor. Como los Apóstoles fallaron, entonces decide probar a Jesús.

El Evangelio de san Mateo deja en claro cuáles eran los sentimientos de Jesús respecto a ese hombre. Jesús contesta a la desconfiada pregunta del hombre diciendo: “Generación perversa e incrédula. ¿Cuánto más debo soportaros?” (Mt 17, 14-18)

Cuando los Apóstoles vieron al niño retorciéndose y echando espuma por la boca, su miedo ocasionó que ellos también dudaran del poder para sanar que Jesús les había entregado. Cuando en privado le preguntaron a Jesús porqué no habían podido expulsar al demonio, Jesús les respondió con toda firmeza y claridad: “Porque su fe es muy pequeña” (Mt 17-20).

Por tanto el ingrediente necesario de la Fe es creer no sólo en lo que Dios nos ha revelado sino en su Poder para hacer cualquier cosa que Él desee hacer. De nuestra parte sólo tenemos que esperar humildemente que Él manifieste su Voluntad. Nunca sabremos debidamente si lo que pedimos es para nuestro bien y por eso debemos esperar una confirmación si la respuesta es “Sí” y nuestra aceptación si la respuesta es “No.”

Lo que no podemos hacer los cristianos es cuestionar su Poder y su derecho a manifestar ese Poder con un mero acto de su Voluntad. Dios sólo tiene que expresar su Voluntad y de la nada se da existencia y de la existencia viene el cambio. No importa si el cambio es abrupto y súbito o gradual e imperceptible; el mismo Poder es el que actúa.

Es muy significativo de la humildad de Jesús el que no haya obrado milagros simplemente por dar un espectáculo. San Mateo nos narra que Él no hizo milagros en Nazaret a causa de la falta de fe de sus habitantes (Mt 13,58). El texto dice “no hizo”, y no “no pudo hacer”. Jesús exige una fe en su poder que claramente está fuera de la capacidad humana. Si faltaba esa fe, Él se negaba a realizar milagros. Debían creer en su divinidad y en su poder, y someterse a su voluntad.

Jesús quiere que nuestra fe en su poder de hacer milagros e imposibles no tenga la menor duda, y que nuestra humildad esté tan llena de confianza que esté segura que Él únicamente hace lo que nos conviene.

Cuando el centurión le dijo a Jesús que no era necesario que fuera a su casa a curar a su sirviente, Jesús se asombró ante tal fe. La fe de ese hombre le demostró a la muchedumbre que lo escuchaba que a Jesús, siendo Dios, le bastaba querer- y pronunciar una palabra- para que su sirviente quedara curado (Mt 8, 5-13).

Jesús, el Señor, únicamente tiene que querer y lo que Él quiera se hace realidad. Nuestra inteligencia limitada no es capaz de comprender tal poder, y nuestra tibieza no puede imaginar tal amor.

¿Porqué se nos hace difícil aceptar el milagro de la Eucaristía? ¿Es cosa de su poder o de su amor? No podemos cuestionar el Poder de quien creó montañas, planetas y estrellas desde la nada, ya que indudablemente puede cambiar algo que ya existe en otra cosa.

Tampoco podemos dudar de su Amor. ¿Quién puede comprender un Amor tan grande como el de Jesús? El lo evidenció con su nacimiento, su vida, muerte y resurrección. Desde que el origen de cualquier duda no puede estar en Dios, tiene que venir de nosotros. Quien sabe tememos las obligaciones que se deriven de creer en Su Presencia Real en la Eucaristía. Seguramente nuestro amor es demasiado tibio para aceptar la total abnegación de Jesús cuando Él mismo se introduce en una pequeña hostia. Quizás nuestro orgullo rehúsa hacer ese acto de fe- rendir nuestros sentidos a favor de una realidad invisible.

Qué triste que la humildad de Jesús se nos escape por querer reducir su poder al tamaño de nuestras limitaciones. Debemos creer que Él es nuestro pan vivo, nuestra única esperanza. Debemos confiar en su mensaje y vivir de acuerdo a su palabra.

 

EL PAN VIVO

“Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. Quien coma de este pan vivirá para siempre, y el pan que Yo les daré es mi Cuerpo por la vida del mundo” (Jn 6,51)

En el prólogo de su Evangelio, san Juan llama a Jesús “la Palabra”. Nos dice que la Palabra estaba con Dios y que la Palabra era Dios. Jesús descendió del Padre como dador de vida. Todos los hombres viven en tinieblas y aunque muchos vieron la luz, ésta siempre se mantuvo a distancia- una promesa- una prueba de algo mejor que estaba por venir.

Los hombres que vivían dentro de esta luz se hicieron santos, pero no fue sino hasta que llegó Jesús que la luz se instaló en medio de ellos. Y no fue sino hasta su Resurrección que su Espíritu llegó a vivir con ellos. Lo que ya eran por la promesa- hijos de Dios- se convirtió en una realidad.

Durante el tiempo que pasaron en el desierto, Dios alimentó a los israelitas con maná. Eran su pueblo escogido y mientras anduvieron de un lugar a otro, Dios los mantuvo vivos dándoles una renovada entrega cada día.

Este alimento los mantuvo sanos y fuertes pero lo que ello simbolizaba aumentó su fe.
Fue un alimento enviado por Dios para manifestar su Providencia y Amor. “No fue Moisés quien les dio el pan del cielo,” Jesús dijo a las gentes, “es mi Padre el que les da el verdadero pan del cielo”” (Jn 6, 32)

Es curioso que al describir este evento del pasado Jesús utilizó el tiempo presente. El Padre aún sigue alimentando a su pueblo. Antes les envió maná y en el presente nos da a Jesús.

El pueblo pidió este pan de vida, esperando algún tipo de maná que los sacie para siempre. “Danos siempre de ese pan.” ellos rogaron.

La respuesta que recibieron no fue la esperada. “Yo soy el pan de vida,” les dijo.

La duda empezó a nublar sus mentes cuando lo vieron y se pusieron a pensar qué significaba. Cuando prometió que todo aquel que se acercara a Él nunca estaría hambriento ni sediento, la multitud comenzó a separarse, según el grado de duda.

Trató de explicar que la fe en Él era un don especial del Padre, y que la fe y la adhesión a Él como Señor significaban la vida eterna. Debían escucharlo y seguir la Palabra de Dios que había bajado del Cielo.

En un corto discurso -(Jn 6, 32-58)- Jesús les dijo cuatro veces que Él los resucitaría en el último día; tres veces les dijo que Él era el Pan Vivo y dos que tendrían vida eterna. Había una condición para todas estas promesas. Esta condición tiene dos aspectos. “En verdad les digo que: “El que cree tiene vida eterna.” (Jn 6, 47). Creer en el mensaje que Jesús les dio del Padre es alimento para el alma. Él era el pan verdadero para los hombres, un Pan que sólo se recibe por Fe. La fe en Él los hizo herederos del Reino.

Él explicó este tipo de alimento cuando dijo: “Está escrito en los Profetas ‘Todos serán enseñados por Dios. Así que toda persona que escucha al Padre y recibe su enseñanza, viene a Mí’”. (Jn 6, 45)

Ellos iban a escuchar y aprender, a absorber y asimilar las palabras de Jesús que venían del Padre. Por si hubieran de creer que bastaba con oír esas palabras, Él les dijo, “Yo soy el Pan Vivo. Sus antepasados comieron el maná en el desierto pero murieron: aquí tienen el pan que baja del cielo para que lo coman y ya no mueran.” (Jn 6, 49-50)

La multitud estaba azorada pero antes de que otra duda echara raíz en sus mentes, Jesús explicó exactamente lo que quería decir: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. Quien coma de este pan vivirá para siempre, y el pan que les daré es mi cuerpo por la vida del mundo” (Jn 6, 51)

Jesús fue una víctima cuyo cuerpo y sangre debían ser ofrecidos en sacrificio por la salvación de la Humanidad.

En su prólogo, san Juan nos dice que “la Palabra se hizo carne”. Dios se hizo hombre para enseñar al hombre a ser como Dios. Se necesita más que la pura revelación para aceptar una acción imposible como esa; se requiere un ejemplo digno de ser imitado. El hombre tendría que participar de la naturaleza divina.

Y para que el hombre fuera hijo de Dios, el mismo Espíritu de Dios tendría que habitar en él, de modo que Jesús nos prometió otro Mediador. Para mantener ese Espíritu dentro de nosotros era necesario alimentar constantemente nuestras almas con la gracia que el Mediador nos daría.

El alimento espiritual era tan necesario como el alimento físico. La palabra de Dios tenía que ser asumida por la mente para que el hombre supiera como agradar a Dios. Sin embargo, una vez que la palabra entraba en el alma necesitaba fuerza para germinar. Algo más se requería para que fructificara ciento por uno. Tan abundante llegaría a ser este fruto que absorbió al alma por completo, la que habiendo sido creada con limitaciones, iba a contener al mismo Creador. El Creador brillaría en el alma y la transformaría. El amor de por si tomaría posesión del alma para comenzar a amar con el propio amor de Dios.

¿Cómo se llevaría a cabo esta maravilla? Penoso decirlo, las gentes de su tiempo captaron el misterio más rápido que las de hoy. “Los judíos empezaron discutiendo entre ellos, ¿cómo puede este hombre darnos a comer su carne? Jesús les respondió: “En verdad les digo que si no comen la carne del Hijo del Hombre y no beben su sangre, no tienen vida en ustedes.” (Jn 6, 52-53)

¿Por qué no aceptaron los judíos esta expresión de Jesús como un símbolo? Un día no muy lejano Jesús se llamaría a sí mismo una Viña y a sus seguidores le diría ramas que crecían de la Viña. Entendieron que esto era un símbolo y en verdad lo era.

El Autor de la Verdad estaba destinado a ver que este Misterio quedara claro en la mente de sus oyentes. Al menos que se presentara con claridad no cabría la posibilidad de que la verdad fuera aceptada o rechazada. La Libre Voluntad dada al hombre por su Creador no sería hecha responsable de una Luz apenas visible. Tan brillante era la Luz de esta revelación que acarreaba consigo la Promesa de la Vida Eterna.

“Toda persona que coma mi carne y beba mi Sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día.” Una vez más Jesús utilizó el tiempo presente al decir, “tiene vida eterna,” (Jn 6, 40)

La Vida Eterna comienza con la comunión Eucarística de vida – esta íntima unión del Creador y sus criaturas – esta unión del Todo con la nada. La Eucaristía hace posible que se junten la Luz Eterna y el alma creada y se conviertan en una sola Luz. El Pan Vivo y el alma viva se unen y se hacen un solo Amor, un sacrificio para la salvación de muchos.

Para estar seguro de que ellos entendían lo que les decía, Jesús enfatizó el misterio diciendo: “Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida”. Según parece en este capítulo de san Juan, Jesús está tratando de explicar los extremos a los que el Amor infinito está dispuesto a llegar para ser amado en reciprocidad.

Jesús es reiterativo una y otra vez, como si quisiera dejar clara una verdad de proporciones gigantescas. “El que come mi carne y bebe mi sangre vive en mí y yo en él”. Quería que le entendieran que dos amores, uno ilimitado y otro limitado, deberían ser uno. La carne de la Palabra hecha hombre, reunida con el alma en un ser humano, estarán tan unidos que quienquiera que vea al hombre, verá a Dios en él.

“Como yo- les dice- que he sido enviado por el Padre, que vive, me envió, y yo vivo por Él, así quien me coma a mí tendrá de mí la vida! (Jn 6,57). Realmente sobrepasa nuestra capacidad mental el que Jesús nos ame tanto. Él desea poseernos y que nosotros lo poseamos a Él del mismo modo que Él y el Padre son uno. ¿Quién podría haber imaginado una unión de amor como esa? ¿Quién podría haber soñado que un creador pudiera amar tan tiernamente a su criatura?

Como Jesús se percató de qué era lo que estaba en los corazones de los que lo escuchaban, trató de explicar cómo se podría hacer eso. Para cambiar de tema, les dice: “Este es el pan vivo bajado del cielo, no como el que comieron sus padres. Ellos murieron, pero quien coma de este pan vivirá para siempre”. No fue hasta la Última Cena que quienes entonces creyeron en sus palabras entendieron cómo podían comer su cuerpo y beber su sangre. Su poder milagroso transformaría el pan en su cuerpo.

Su falta de fe y dureza de corazón obraron un fenómeno muy curioso. No captaron la revelación de cómo Él realizaría este misterio, pero sí entendieron que lo que iban a comer era realmente su cuerpo y sangre.

Ellos interpretaron su mensaje literalmente, y no entendieron nada de su explicación ni la comparación con el maná del desierto. Hemos cambiado muy poco desde entonces. Nos rehusamos a creer en una realidad visible cuando nuestras mentes no la pueden entender.

Nos quedamos atónitos ante la ignorancia de los científicos de la medicina, que en el pasado se negaban a creer en la existencia de bacterias o en la necesidad de la higiene. Esto, que es una realidad en el campo científico, también es verdadero en el campo del mundo invisible. La falta de humildad y confianza en la autoridad de Jesús ha cegado a muchos respecto a la realidad de las verdades espirituales, verdades que nos pueden dar paz, gozo, seguridad y vida eterna.

Después, cuando Jesús se refirió a sí mismo como la viña, y a nosotros como sus sarmientos, Él sencillamente estaba afirmando el hecho de que la criatura depende totalmente de su creador. No insistió, ni repitió la comparación para convencer a su auditorio.

Todos los presentes entendieron la semejanza de la viña y de sus ramas, y nadie puso objeción alguna. Pero ese memorable sábado en la sinagoga fue diferente, cuando fue revelado el gran misterio de la Eucaristía.

“Después de escucharlo- escribe san Juan- muchos de sus seguidores dijeron: ‘Este lenguaje es intolerable. ¿Cómo podemos aceptarlo?’ ”. Jesús era consciente de que sus seguidores murmuraban de eso y les dijo: “¿Esto los escandaliza? ¿Qué dirán cuando vean al Hijo del Hombre subir al lugar dónde estaba antes?” (Jn 6, 59-61)

El punto central de este incidente es que Jesús sabía que sus afirmaciones en torno a comer su cuerpo y beber su sangre habrían de perturbar a muchos. La razón era obvia: habían tomado sus palabras en sentido literal.

En esa coyuntura, la Verdad y la Justicia infinitas clarificaron su afirmación por si hubiese cualquier peligro de malentendido. En otras ocasiones les dijo que Él era el camino, la verdad y la vida. Su predicación no debía dejar la menor sombra de duda en las mentes de sus oyentes respecto a lo que Él quería decir.

Anteriormente, cuando no entendieron sus mensajes anteriores, se dio tiempo para explicarles en detalle el sentido de sus parábolas. Pero no ahora. Habían entendido correctamente. No había necesidad de explicaciones; sólo hacía falta la aceptación.

Si no creyeron su regalo de la Eucaristía, ¿cómo podrían creer su resurrección? Nos damos cuenta que quiénes no creyeron lo primero, tampoco creyeron lo último. La Eucaristía era un lenguaje “intolerable”, y la resurrección se convirtió en un engaño perpetrado por los bien intencionados discípulos.

La única chispa de luz que Jesús aportó sobre el tema consistió en decirles que “es el Espíritu el que da vida; la carne no tiene nada que ofrecer. Las palabras que yo les he dicho son espíritu y vida” (Jn 6, 63)

El Padre le comunica vida a su Hijo y Jesús le pasa esa vida a los fieles haciéndolo su alimento. Sólo el Espíritu Santo puede darle a las almas la luz para entender este Misterio de la Eucaristía. La “carne” – los sentidos – la inteligencia humana – nunca podrán inventar, creer o aceptar tal Misterio por sí solos.

Lo que es de Dios sólo puede llegar a nosotros a través del Espíritu. Para aclarar esto, Jesús les dijo: “Hay algunos de ustedes que no creen. Por eso les digo que nadie puede venir a Mí si el Padre no lo permite” (Jn 6, 64-66)

Jesús no trataba de justificar sus corazones endurecidos. Les estaba diciendo que como ellos no aceptaban creer que Él es el Hijo de Dios, y que tiene el poder para transformarlos, el Padre no les daría el don de la fe tan necesario para creer en el misterio de la Eucaristía

La fe en Jesús es la cualidad del alma necesaria para abrir la mente y el corazón y poder ver a Jesús como pan vivo, alimento para que sus fieles crezcan y cambien sus vidas.

Su orgullo se rebeló. Primero, ante la perspectiva de comer su cuerpo y beber su sangre. Luego, a la idea de tener que depender de los dones del Padre para entender el misterio. “Después- dice la Escritura- muchos de sus discípulos se alejaron y dejaron de creer en Él”. (Jn 6, 65)

En ese momento, Jesús se dirigió a sus discípulos y les dijo: “Hay algunos de ustedes que no creen”. Jesús conocía desde el principio a aquellos que no creían, y al que lo iba a traicionar. Tenemos tres categorías de dudas. Primero, están los que estaban en la sinagoga: los que celebraban el sábado. Luego, los discípulos. Tercero, un apóstol. Los que dudaban se encontraban lo mismo entre sus mismos amigos íntimos que entre las personas ordinarias.

Los que lo escucharon por primera vez eran los fieles que decían: “Este lenguaje es intolerable”. La escritura describe la reacción de sus seguidores diciendo simplemente: “Después de esto muchos de sus discípulos lo abandonaron y dejaron de seguirlo” (Jn 6,66)

He aquí que aquellos cuyo entusiasmo los había impulsado al principio a dejar todo ahora lo abandonaban. El darse cuenta de que Él quería decir exactamente lo que había dicho los obligó a tener que decidir entre seguirle o no. Eligieron no seguirlo.

Nos damos cuenta que quiénes no habían oído hablar de Él tuvieron la oportunidad de beneficiarse con sus palabras. Habían visto al Mesías con sus propios ojos. El primer encuentro les produjo una fuerte impresión y frustración. Pero la Verdad infinita no dijo ni una palabra que pudiera transformar sus mentes ni ablandar sus corazones.

También sus seguidores, los que fueron de pueblo en pueblo y de ciudad en ciudad observando, admirando y aplaudiendo todo lo que Él hacía, tuvieron la oportunidad de continuar tras Él, de continuar defendiéndolo, pero no lo hicieron. Pero Él no dijo nada para atraerlos de nuevo a su lado.

Jesús simplemente observaba la indignación y la incredulidad de sus seguidores. Muchos salieron de la sinagoga, y ahí, en el templo de Dios, Dios silenciosamente veía cómo los hombres le daban la espalda.

Como conocía los corazones de todos los presentes, Jesús se volvió hacia sus Apóstoles y les dijo: “¿Y ustedes? ¿También ustedes quieren irse? Debe haber transcurrido un espacio de tiempo en silencio antes de que Pedro respondiera: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes el mensaje de la vida eterna y nosotros creemos. Sabemos que Tú eres el Santo de Dios” (Jn 6,68-69)

Jesús acababa de decirle a la asamblea que solamente el Padre podría hacerles entender este misterio. En una ocasión anterior, en que Jesús les había preguntado a los discípulos quién era Él, Pedro respondió: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16,16). Jesús quería que todos los presentes supieran de qué modo había Pedro llegado a conocer esa verdad y le dijo: “Eres bienaventurado, Simón, hijo de Jonás, porque no es la carne ni la sangre los que te revelaron esto, sino mi Padre celestial” (Mt 16,17)

Por “carne” Jesús entendía nuestra razón humana, ese intelecto tan limitado en lo que ve, siente, escucha y toca. Únicamente la luz que da el Padre puede hacer que uno pueda ver a Dios en un hombre; ver a Dios en el pan.

Estamos seguros de que Pedro no entendió exactamente cómo se iba a llevar a cabo eso, pero sí creía que Jesús era el Señor y que, como Señor, el podía realizar cualquier cosa que Él revelara, y que de hecho lo iba a hacer.

Esto constituía un consuelo para Jesús pero quizás también era una fuente de profunda pena. En vez de alabar a Pedro por su testimonio de fe, como antes había hecho, Él respondió con una frase desgarradora: “¿No los he escogido yo a ustedes? Sin embargo, uno de ustedes es perverso”. Es raro que nadie le preguntó quién era el poseído. Fue hasta mucho después que supieron a quién se refería. San Juan comenta: “Se refería a Judas, hijo de Simón Iscariote. Era uno de los Doce, y lo traicionaría” (Jn 6,71).

Judas era algo más que un fiel, más que un seguidor. En él vemos a un hombre especialmente elegido para ser líder, maestro, testigo, amigo y sacerdote de la Nueva Alianza.

Durante largo tiempo Judas se sintió defraudado por Jesús. La causa que perseguía el Mesías le parecía vana. No era el tipo de salvador que Judas había soñado. Se fue deteriorando su respeto por Jesús y comenzó a robar de la bolsa común.

Su frustración se convirtió en disgusto ante la revelación de la Sagrada Eucaristía, pero a diferencia de los adoradores y seguidores, él decidió que era más prudente quedarse con Jesús. ¿Fue entonces cuando el pensamiento de la traición cruzó su mente? Era esencial que, para que las multitudes aclamaran a Jesús, Judas mantuviera su entusiasmo. Cuando vio que le daban las espaldas, cayó en un estado de desesperanza.

Cuando Jesús les preguntó a sus discípulos quién era Él, Judas no respondió. Ni sabía, ni creía. Pedro, por el contrario, estaba abierto a la luz del Padre. Una vez que creyó que Jesús era el Señor, pudo también creer que ese Señor tenía el poder para transformar el pan en su cuerpo, pan vivo enviado a nosotros en la forma de su Hijo vivo por el Padre vivo.

Al igual que Pedro, nosotros los cristianos tenemos que fortalecer nuestra fe en su amor que se nos da como alimento, y en su poder que transforma el pan y el vino en su cuerpo y sangre.

Si la voz de Jesús nos preguntara un día desde la Eucaristía: “¿Quién dices tú que yo soy?”, ojalá que estemos suficientemente abiertos a la luz de su Espíritu para responder: “Tú eres el Hijo de Dios”.

MISTERIO DE FE


“¡Cómo he deseado comer esta Pascua con ustedes antes de morir! Porque les digo que no la volveré a celebrar hasta que tenga su cumplimiento en el reino de Dios” (Lc 22, 16)

Jesús no hablaba de tener una última comida con sus amigos. Ni siquiera estaba interesado en la comida por sí misma y de hecho les había aconsejado a sus seguidores que la usaran para conservar la vida y no para sentir placer.

El hecho de haber “deseado” esa noche y de haberlo hecho antes de su muerte nos indica que Él tenía un mensaje importante que darnos, un mensaje bastante distinto de su “sufrimiento”.

¿Cuál era esa comida que iba a compartir y que luego ya no volvería a comer hasta que se cumpliese en el Reino?

¿Qué clase de comida es esa que tiene un punto de culminación, de plenitud? Los alimentos ordinarios son digeridos y jamás llegan a un punto de culminación futura. ¿De qué hablaba Jesús? Si queremos entender el misterio con el cual se alimenta nuestra fe, debemos responder a esa pregunta.

Primero, Jesús toma la copa de la Pascua, da gracias y sencillamente dice: “Tomen esto y repártanlo entre ustedes; pues les digo que ya no beberé del fruto de la vid hasta que llegue el reino de Dios” (Lc.22,18)

Esta copa de vino, muy especial, era una de las cuatro que se utilizaban en la cena pascual. Jesús les había dicho a sus Apóstoles que Él había venido a dar plenitud a la ley y ahora cumple por última vez la ley, trazando un paralelo entre la Pascua y la Eucaristía que está a punto de inaugurar.

Una vez que hubo terminado esa parte de la ceremonia, Jesús “tomó pan, dio gracias, lo partió y lo dio a los discípulos diciendo ‘Este es mi cuerpo que se entrega por ustedes. HAGAN ESTO EN MEMORIA MÍA” (Lc 22,19)

Jesús, que había curado cuerpos y multiplicado los panes, tomó pan y lo agradeció. A diferencia de la acción de gracias que pronunció sobre la copa pascual, esta vez pidió algo más que una participación. Esta vez se trataba de algo distinto. La voluntad que había creado todas las cosas deseaba que se diera un cambio cuando dijo “Este es mi cuerpo”. Era la misma voluntad que había dicho a la nada “Hágase la luz” y del mismo modo que la pronunciación de esas palabras había hecho que la luz fuera, así el pan se convirtió en algo mejor que lo que ya era, conservando sin embargo la apariencia de pan.

Cuando el Espíritu venga y habite en el hombre, el hombre seguirá viéndose igual, pero su alma invisible será algo radicalmente diferente. En realidad será alguien que no parece ser: un hijo de Dios.

Y lo mismo aconteció con el pan. Parecía pan, así como un hombre se ve como cualquier otro hombre. Pero ese pan se había transformado: era su cuerpo, así como el hombre era hijo de Dios.

Ambos conservan su apariencia, pero ¡qué cambios han ocurrido en realidad! Sólo por la fe se pueden percibir ambos. Fe para ver a Dios en el pan, y a Dios en el hombre.

Para que Dios permaneciera en el hombre, el hombre hubo de compartir la naturaleza de Dios. Su amor hizo lo imposible: cambiar el insignificante pan común en su cuerpo y sangre para que nadie fuera privado de ese alimento.

Para garantizar que toda la humanidad poseyera ese alimento, Jesús dijo a sus Apóstoles: “Hagan esto en memoria mía” (Lc 22,19). Del mismo modo como les había dado poder para sanar los cuerpos, también les dio poder para cambiar el pan en su cuerpo.

Así como alguna vez les había participado sus poderes creadores para transformar el tejido leproso en carne nueva, ahora les hace partícipes de algo mayor: les da el poder de transformar y cambiar, de decirle al pan lo que Él le dijo: “Este es mi cuerpo”

La institución de la Sagrada Eucaristía se llevó a cabo después de la cena pascual. El Antiguo Testamento dejaba su lugar al Nuevo. Lucas nos narra: “Y después de la cena hizo lo mismo con el cáliz, diciendo: Este es el cáliz de la Nueva Alianza, sellada con mi sangre que se derrama por ustedes” (Lc 22,20)

“Porque ésta es mi sangre, la sangre de la nueva alianza, que se derrama por todos para el perdón de los pecados” (Mt 26,28)

En el Monte Sinaí la sangre de los corderos selló la alianza entre Dios y su pueblo (Ex 24, 4-8). Lo que se ofrece ahora a Dios como signo de alianza- una prenda del perdón de los pecados- es algo mucho más grande: la mismísima sangre de Dios se derrama en un sacrificio supremo por la redención de muchos.

El amor no quedó satisfecho con derramar su sangre sobre la Cruz. Él deseaba que nosotros bebiéramos esa sangre en la forma más gustosa. Transforma el vino en su sangre y esa sangre nos da la fuerza para buscar su perdón, la humildad para arrepentirnos y el amor para cambiar nuestras vidas de modo que se conformen a la realidad que vive en nosotros.

Los Apóstoles eran hombres a los que Jesús les dio el poder de hacer lo que Él acababa de hacer: entregar a la humanidad su sangre y su cuerpo. Ellos serán quienes presenten al Padre y a la humanidad el sacrificio de Jesús en la Cruz.

Ellos son quienes ofrecen ese único sacrificio a Dios por el perdón de los pecados. Del mismo modo que una madre alimenta a su hijo con la leche de su cuerpo, así Jesús alimenta con su propia sangre a los que redimió.

Él los sacó de las tinieblas del pecado a la luz del perdón del Padre gracias al sufrimiento de la Cruz. Para asegurarse de que sus hijos, aquellos a quiénes el Padre había puesto a su cuidado, crecerían en la nueva vida del Espíritu y la Verdad, a los hombres les dio el poder de consagrar el pan y el vino y cambiarlos en su cuerpo y sangre. Así podría continuar alimentando a los suyos.

A través de los siglos los hombres gozarán del privilegio de arrodillarse a sus pies en el Calvario, siempre presente en la Misa, y darle personalmente gracias por su sacrificio, agradecer al Padre su don, y agradecer al Espíritu por cuyo poder simples hombres pueden hacer bajar al Hijo de Dios para ser amado y adorado por todos.

Todas las cosas están presentes ante el Padre, y el sacrificio supremo de amor, presente ante Él para siempre por la salvación de las almas, trae al mundo su misericordia y perdón. Su sacrificio conserva siempre ante los ojos de nuestra mente el costo de la redención y la fuerza del Espíritu. Nos estimula hacia mayores sacrificios para, de un modo pequeñito, unir nuestros dolores a los suyos, nuestros sufrimientos a los suyos y nuestros sacrificios al suyo.

En verdad la Eucaristía es un misterio de fe, un desbordamiento de su generosidad y una llamada a ser santos así como Él es santo, a amar con su propio amor ya que su sangre fluye por nuestras venas; su cuerpo es carne de nuestra carne.

Él se llamó a sí mismo “pan vivo” porque no deseaba que su sacrificio quedara en las mentes de las gentes como un mero acontecimiento histórico, como algo muerto. No, ese sacrificio debería seguir siendo un memorial “vivo” de un acontecimiento siempre presente en la mente de Dios.

LA EUCARISTÍA EN LA IGLESIA PRIMITIVA

Los que habían sido bautizados se dedicaban con perseverancia a escuchar la enseñanza de los Apóstoles vivían unidos y participaban en la fracción del pan y en las oraciones... Con perseverancia acudían diariamente al Templo y partían el pan en las casas” (Hech 2,42.46)

Día con día los Apóstoles instruían a los primeros cristianos en la Sagrada Escritura. A la luz de la vida de Jesús, se estudiaban las profecías que se relacionaban con Él. El amor reinaba en medio de ellos y llevaban vida común como un solo cuerpo dedicado al Señor. Eran “hermanos” del Señor y entre sí.

Eran judíos que observaban costumbres judías de modo que, luego de haber dado culto en el Templo, iban a sus hogares para la fracción del pan.

La “fracción del pan” era una costumbre judía Quien presidía la cena daba gracias, partía el pan y lo distribuía a la familia. Jesús utilizó esta costumbre como parte de la institución de la Sagrada Eucaristía.

Después de la resurrección de Jesús, la fracción del pan- con las palabras “Esto es mi cuerpo”- se convirtió en el punto central de sus vidas. Los Apóstoles, a quienes Jesús había dado el poder, presidían esta celebración y las oraciones que decían los hermanos.

Antes de Pentecostés, y frecuentemente después, se reunían en oración. En el primer capítulo de los Hechos leemos que los Apóstoles “se reunían en oración continua”.

Podemos echar un vistazo a las funciones de esos hombres en la Iglesia primitiva, cuando los aspectos sociales de su estructura comenzaron a distraerlos de su obligación principal. Los Doce convocaron una junta de todos los fieles y les dijeron: “No es correcto que descuidemos la Palabra de Dios para repartir comida” (Hech 6, 2.4)

¿Qué es más importante que alimentar a los hambrientos? ¿Qué tenían que hacer los Apóstoles que no les dejaba tiempo para las obras de caridad? Nos damos cuenta de que no desdeñaron la obligación de alimentar a los pobres, pero lo primero es lo primero, y los Apóstoles se dieron cuenta de que, como hombres de la Palabra, tenían que hacerse cargo del alimento espiritual de sus convertidos del mismo modo como se hacían cargo sus necesidades físicas.

“Ustedes hermanos- le dijeron a la comunidad reunida- deben elegir de entre ustedes a siete varones de buena reputación, llenos del Espíritu y de sabiduría” (Hech 6,3)
Los Apóstoles insistieron que los elegidos debían ser hombres de profunda vida interior y no simplemente repartidores de cajas de comida.

El pasaje importante de esta parte de la Escritura es el que nos explica la razón por la que los Apóstoles hicieron este cambio. “Por tanto, hermanos, elijan de entre ustedes siete hombres de buena fama, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, a los cuales encomendaremos este servicio, para que nosotros podamos dedicarnos a la oración y al ministerio de la Palabra” (Hech 6, 3-4)

Evidentemente los Apóstoles sentían que la misión que habían recibido de Dios era distinta de la de todos los demás. Debían dirigir la oración durante la fracción del pan y hacerse responsables de la elaboración doctrinal de la Buena Nueva. Eran frecuentes las preguntas que se les hacía en referencia a modos de interpretar. San Pedro dejó esto bien claro cuando dijo: “Sepan que ninguna profecía de la escritura puede ser interpretada por cuenta propia”. (2 Pe 1, 20)

Hubo muchas ocasiones en que las cosas que trataban de los dichos y consejos de Jesús fueron mal interpretadas o mal usadas.

En esos casos siempre se acudía a los Apóstoles, reconociendo en ellos a hombres que habían sido elegidos en forma especial en el Nuevo Testamento, así como la tribu de Leví había sido elegida en el Antiguo Testamento.

Cuando el diácono Felipe iba de viaje a Samaria, predicó la Buena Nueva y “bautizó a hombres y mujeres” (Hech 8, 12-13). Pero podemos darnos cuenta que su ministerio se limitaba a predicar, sanar y bautizar. La Escritura nos dice que: “Los Apóstoles, que estaban en Jerusalén, oyeron que los habitantes de Samaria habían recibido la Palabra de Dios, y les enviaron a Pedro y a Juan. Estos bajaron y oraron por ellos para que recibieran el Espíritu Santo, pues aún no había venido sobre ninguno de ellos: sólo habían recibido el bautismo en el nombre de Jesús, el Señor. Entonces les impusieron las manos y recibieron al espíritu Santo” (Hech 8, 14-17).

El diácono Felipe no tenía la autoridad para hacer venir al Espíritu Santo a los nuevos convertidos. Era función exclusiva de los Apóstoles el imponer las manos a esa gente para que pudiera recibir al Espíritu Santo.

Vemos a los Apóstoles predicando y explicando la Buena Nueva, partiendo el pan en la Cena del Señor y confiriendo el Espíritu Santo por la imposición de las manos. Eran sacerdotes del Señor, que perdonaban los pecados en su nombre, sanaban los cuerpos en su nombre, echaban los demonios en su nombre, y transformaban en su nombre el pan y el vino en su cuerpo y en su sangre.

Entre los convertidos por los Apóstoles había una fe muy fuerte en la Sagrada Eucaristía. San Pablo amaba la Eucaristía en forma especial y lo mencionó en forma muy clara en su carta a los Corintios.

Algunos de esos cristianos recibían la Eucaristía durante la fracción del pan y después salían y consumían alimentos que habían sido sacrificados a los ídolos.

Pablo les recordó sus obligaciones cuando les dijo: “El cáliz de bendición que bendecimos, ¿no es acaso participación en la sangre de Cristo? Y el pan que partimos ¿no es acaso participación del cuerpo de Cristo?” (I Cor 10, 16-17). En la medida que cada uno de ellos tomaba un trozo del pan convertido en el cuerpo de Cristo, en esa medida formaba “un solo cuerpo”. Estaban unidos con Jesús y con los demás de un modo que no había sido imaginado antes.

Trató de explicarles que aunque la comida que ellos tomaban había sido sacrificada a los ídolos, y ello no significaba nada, sin embargo en cierta forma constituía una comunión con los demonios. “No pueden beber la copa del Señor y la de los demonios” les recordó.

Los corintios habían sacrificado a los ídolos por tanto tiempo que empezaron a combinar la idolatría con el cristianismo.

No pasó mucho tiempo antes de que su respeto por la Eucaristía se entibiara. Pablo estaba enojado por su indiferencia y tuvo que explicarles tanto la Eucaristía como el castigo merecido por recibirla indignamente.

Su regaño tomó forma de enseñanza: “He oído- les dijo- que cuando se reúnen en asamblea hay diversos grupos entre ustedes” (I Cor 11,17)

Cuando se reunían en asamblea era con el objeto preciso de participar en la Cena del Señor. Pero en vez de esperar a que todos llegasen a la reunión, algunos empezaban a comer su cena, mientras que otros bebían demasiado. “Ustedes tienen sus casas para comer y beber” los amonesta Pablo.

La conducta de unos pocos avergonzaba a toda la comunidad y Pablo, con sarcasmo, comenta: “¿Qué debo decirles? ¿Felicitarlos? No puedo felicitarlos por eso.”

Pablo parece desesperado por explicar su punto de vista sobre la Eucaristía y en ese esfuerzo nos deja ver un poco de su vida interior.

Jesús se había aparecido a Pablo en varias ocasiones. De hecho, él nos dice que lo que sabe lo aprendió directamente de Jesús, aunque su humildad lo obligaba a verificar con los Apóstoles en Jerusalén todo lo que le era revelado (Gal 1, 11-13)

Sostenido con tal autoridad dice: “Esto es lo que he recibido del Señor y lo que yo les he comunicado”. La enseñanza que sobre la Eucaristía Pablo está por realizar le había sido confiada directamente por Jesús. Subrayó ese punto para que aquellos que decían que las palabras de Jesús en la Última Cena tenían un significado puramente simbólico supieran con certeza que lo que Pablo iba a decir eran las palabras de Jesús y no su opinión.

“Jesús, el Señor, en la noche en que iba a ser entregado, tomó pan, y después de dar gracias, lo partió y dijo: ‘Esto es mi cuerpo, entregado por ustedes, hagan esto en memoria mía’”.

“Igualmente, después de cenar, tomó el cáliz y dijo: ‘Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre. Cuantas veces beban de él, háganlo en memoria mía’”. Es clarísima la semejanza entre el relato de Lucas y la revelación de Pablo. Lucas es el compañero de viaje de Pablo y lo conocía mejor que nadie. Su relato de la Última Cena es el más detallado y podemos estar seguros que él y Pablo discutieron frecuentemente respecto a ese misterio.

La Eucaristía es la nueva alianza de Dios con su pueblo. Pablo trata de dejar en claro su importancia en la mente de los conversos. “Así pues, siempre que coman de este pan y beban de este cáliz anuncian la muerte del Señor hasta que El vuelva” (I Cor 11, 26).

La transformación del pan y el vino en su cuerpo y sangre proclama ante la humanidad la muerte de Jesús. No es otro sacrificio, sino el único sacrificio, proclamado de nuevo al mundo entero.

Pablo no estuvo presente en la Última Cena ni en el Calvario, pero como seguidor de Jesús no estuvo tampoco privado de este privilegio. Era para Pablo una experiencia tan real que se atrevía a decir: “Quien coma de este pan o beba de la copa del Señor indignamente se estará haciendo indigno del cuerpo y la sangre del Señor”.

¿Cómo podía Pablo hacer conscientes de esta verdad a los conversos? Les dijo que debían “recogerse” un poco antes de participar en este cuerpo y sangre. Debía haber un período de oración, reverencia y gratitud por ese enorme regalo de Dios. “Porque- afirma solemnemente- quien come y bebe sin discernir el cuerpo, come y bebe su propio castigo. Por eso hay entre ustedes muchos enfermos y débiles y son bastantes los que mueren por esta razón” (I Cor 11, 28-31)

La fe de Pablo en la presencia real de Jesús en la Eucaristía y en la fuerza de la Misa, cuya consagración producía tal maravilla, era tan grande que él creía que quienes cometían un sacrilegio eran castigados por Dios.

Aquellos que deliberadamente tomaban parte indignamente del sacramento eran culpables de una comunión sacrílega y en la mente de Pablo este mal espiritual era causa de enfermedades físicas y aún de la muerte.

Es un lenguaje muy fuerte, pero Pablo estaba hablando a un pueblo endurecido, que aparentemente era laxo al comer y beber durante las celebraciones sagradas. La fracción del pan no era un símbolo, en la mente de Pablo, sino un sacrificio real, y una participación igualmente real en el cuerpo y la sangre del Señor.

Como Apóstol de los gentiles, debía dar instrucciones claras y sólidas. No podía condenar cuerpo y alma sobre un simple símbolo, como la viña y los sarmientos de los que se hizo mención arriba.

Jesús le había dicho, así como a los Apóstoles en la sinagoga: “Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida” (Jn 6,55). No era algo para tratarlo a la ligera.

Nadie debía estar comiendo y bebiendo escandalosamente en el Calvario sin atraer para sí la ira de Dios. “Si nos hiciéramos la debida autocrítica, no seríamos condenados. De cualquier manera el Señor nos corrige al castigarnos, para que no seamos condenados junto con el mundo” (I Cor 11,32)

“Por tanto, hermanos míos, cuando se reúnen para comer la cena del Señor, espérense unos a otros. Si alguno tiene hambre, que coma en su casa, a fin de que sus reuniones no sean censurables”. Una y otra vez Pablo les advierte acerca de lo sagrado de esta comida, esta Misa. El sacrificio del Calvario, la participación de su cuerpo y sangre es una ocasión de asombro, no de indiferencia, tibieza y diversión.

Ellos tenían una nueva alianza con Dios, en la que Él será fiel hasta el fin. Los nuevos conversos al cristianismo deberán ser fervorosos, dedicados a la oración y celosos. La Eucaristía deberá ser el centro de su espiritualidad. Su Dios los alimenta con su propio cuerpo y sangre. Su Espíritu vive en ellos y ellos están en la verdad; son hijos de Dios.

En la Carta a los Hebreos Pablo deja en claro que los antiguos sacrificios se repetían una y mil veces porque la sangre de toros y cabras no tenían poder para quitar los pecados. Jesús, sin embargo, ha ofrecido un sacrificio solamente. “Con esta única ofrenda ha hecho perfectos de una vez para siempre a quienes han sido consagrados a Dios” (Heb 10, 14)

Era muy importante para la comunidad cristiana no olvidarse de ese sacrificio. Debía ser conocido por todos para que nunca se olvidara. “No abandonemos nuestras reuniones, como algunos tienen por costumbre, sino fortalezcámonos mutuamente” (Heb 10, 25)

Sea cual fuere el sufrimiento, persecución o dolor que tengan que soportar, la Eucaristía es su fuerza, su esperanza y su valor. Su Jesús estará con ellos hasta el fin del tiempo.

¡Cuánta verdad hay en las palabras inspiradas de Malaquías!: “Mi nombre es honrado entre las naciones desde donde sale el sol hasta el ocaso, y en todo lugar se ofrece un sacrificio de incienso en mi nombre, y una ofrenda pura” (Mal 1, 11)

DIOS CON NOSOTROS

Desde el comienzo, cuando el hombre apenas empezaba a vivir y respirar, siempre deseó ver y comunicarse con Dios.

El libro del Génesis nos narra cómo Dios llenó ese deseo a través de la historia de la salvación. Dios habló con Adán en el jardín y caminó con Enoch en la frescura de la noche.

Abraham habló a Dios y lo escuchó prometerle una posteridad tan numerosa como las estrellas del universo.

Moisés, a su vez, se rehusó a conducir a su pueblo a la Tierra Prometida a menos que Dios le prometiera que iría con ellos. Y fue por ello que se les apareció en forma de fuego en la noche y de nube durante el día (Ex 33, 13-17).

Cuando Dios entregó los mandamientos a su pueblo escogido, les pidió que construyeran un arca y así puso su residencia entre los hombres en el Arca de la Alianza. Esta presencia era tan asombrosa que cuando Uzá tocó apenas el arca para evitar que ésta cayera, inmediatamente cayó muerto (2 Sam 6,7)

Se lee en el libro de los Reyes que, después que Salomón edificó el Templo del Señor, “cuando los sacerdotes salieron del santuario, la nube llenó el Templo de Yahvé... Luego Salomón dijo: ‘Yahvé ha querido vivir en la nube. Sí, yo te he construido una morada, un lugar para que Tú vivas para siempre” (I Re 8, 10-13)

Durante el período de la conquista romana, dentro del Templo había una parte llamada el Santo de los santos. Aquí moraba Dios, y el Sumo Sacerdote le ofrecía incienso.

El pueblo estaba en paz, sabiendo que Dios estaba con ellos. Sin embargo, al morir Jesús, el velo del Templo se partió en dos. Era como si Dios hubiera escapado de su escondite para quedarse en nuestros corazones y nuestra Eucaristía.

Dios ha puesto en el corazón de cada uno de nosotros el deseo de conocerlo y verlo. A través de la historia de la salvación Él habló directamente a algunos y a otros a través de los profetas.

Cuando llegó el tiempo de enviar a su Hijo, ello constituyó el culmen de la comunicación. Ahora su pueblo escogido podía ver y hablar a Dios cara a cara.

En todas las experiencias anteriores de comunicación siempre existía un factor de fe. Incluso cuando el hombre hablaba a Dios, nunca había existido la visión total que hubiese excluido la necesidad de la fe. Cuando Moisés pidió a Dios permiso para ver su rostro, se le dijo que contemplar tal gloria significaría su muerte. Nuestra pobre naturaleza humana no es capaz de tanto gozo.

Se requiere humildad para aceptar a Dios en sus propios términos. Por eso, cuando vino en la carne, muchos no le creyeron. Predicó a los pobres, a aquellos que no tenían sus mentes atiborradas de posesiones. En ese tipo de personas crecería la fe. La fe significaría aceptación de las palabras de Jesús como palabras de Dios.

¿Habría alguien en Jerusalén que no se alegrara al saber que es posible hablar cara a cara con Dios? ¿Por qué, entonces, tanta gente lo ignoró? ¿Por qué tantos deseaban tener a Dios visible en medio de ellos y no pudieron verlo cuando anduvo caminando a su lado?

Jesús frecuentemente amonestó a su gente por su falta de fe, y les dijo a los discípulos de Juan el Bautista: “Dichoso aquel que no se sienta defraudado por mí” (Mt 11, 5-6). Muchos encontraron difícil creer que Dios se había hecho hombre, un hombre como ellos mismos, excepto en el pecado.

En el inicio, Dios hizo al hombre según su propia imagen, pero ahora Dios había descendido y vivía según la imagen del hombre. Dios-hombre. Los milagros que realizó tenían como objeto demostrar su divinidad y autoridad. Pero incluso la aceptación de esas pruebas exigía la fe.

Sin importar cuánto desease el hombre ver a Dios en esta vida, cuando por fin pudo hacerlo tuvo que tener fe para creer que el enviado por Dios era Dios; se veía como hombre y hablaba como hombre, cuando en realidad Él era el Señor de todo, creador y sabiduría encarnada.

Para aquellos que tenían sus propias ideas de cómo debería manifestarse Dios, Jesús era un impostor. Para los humildes de corazón, Él era el salvador. Los complicados querían un concepto sobre el cual reflexionar, una voz que pudieran oír, una revelación que descifrar. Los pobres de espíritu deseban a Dios más que a sí mismos. Estaban abiertos a la verdad y dispuestos a cambiar sus vidas de acuerdo con ella.

Todos los que creían poseían una calidad del alma: la fe. La fe los empujaba a dejar todo. La esperanza les aseguraba que no tener nada sino a Jesús es mejor que tenerlo todo sin Él. El amor los hacía querer ser como Él, aferrarse a su palabra y, algún día, estar con Él en su Reino.

Para que los hombres que no habían coincidido con Él en la historia pudiesen perseverar en esa determinación, necesitarían su presencia. Necesitarían esa cualidad espiritual que dio a simples hombres el poder de cambiar y seguir a su Señor.

La inhabitación del Espíritu Santo era lo que les proporcionaría esa realidad invisible: la gracia, participación en la misma naturaleza de Dios. Dios dentro de nosotros.

Dios nos sólo inspiraría a los hombres, también moraría en medio de ellos, y a través de su Espíritu viviría en ellos como en un templo. Esta nueva dignidad significaba graves responsabilidades para el hombre. Éste debía transformar todos esos defectos de temperamento que no estuviesen acordes con su nueva dignidad como hijo de Dios.

Juan no permitió duda alguna a sus discípulos acerca de sus obligaciones: “Sabemos que estamos en Dios- les dijo a sus seguidores- solamente cuando aquel que afirma estar viviendo en Él vive la misma vida que Cristo vivió” (I Jn 2, 5-6)

A través de la gracia santificante el hombre se convirtió en morada de la Trinidad. Dios escogió vivir no en una nube ni en una columna de fuego, sino que entró en las almas de aquellos cuyas almas quedaron cubiertas con las aguas del bautismo. Esos privilegiados serán como “hijos primogénitos” en el Reino de los Cielos (Heb 12, 23)

Esta gracia, esta vida de la Trinidad en el alma, tenía que crecer y desarrollarse de forma tal que diera testimonio ante el mundo.

Había varias maneras de que el hombre pudiera crecer en la gracia. Jesús mencionó que hacer la voluntad de su Padre era su alimento. Y prometió que quienquiera que hiciese la voluntad de su Padre sería su hermano, su madre y su hermana. Los tres son parentescos de sangre.

Nos prometió una recompensa cuando hiciésemos un pequeño acto de amabilidad en favor de nuestro prójimo, porque se lo estaríamos haciendo a Él. También la lectura de la Escritura es alimento para el alma.

Todos esos medios de la gracia son útiles al hombre, pero la mayoría depende de nuestros motivos. Nuestros actos de amabilidad a veces están mezclados con motivos egoístas. Nuestra adhesión a su voluntad es a veces rebelde o, al menos, está enmarcada en una actitud de tener que soportar lo inevitable.

Cuando leemos su palabra en la Escritura nuestras mentes divagan y sus posibles interpretaciones se nos escapan.

Dios no nos dejaría tantos medios de la gracia que fueran dependientes de nosotros, de nuestros motivos, de nuestra inteligencia. Él sabía, como nos lo recuerda la Escritura, de qué está hecho el hombre y no permitiría que nuestro crecimiento en Él dependiera de nosotros en lo más mínimo.

Su gracia siempre será algo libre, un regalo. La mente infinita de Dios inventó un modo de garantizar al hombre una fuente pura de gracia, totalmente independiente de la santidad o valor del hombre, un alma que podría ser tan pura como Él es puro y santo, por la participación de su cuerpo y sangre.

Inventó una manera por la que Él podría ser el alimento que hiciera crecer y desarrollarse el alma del hombre, y un día entrar a su reino como un hijo suyo.

“Quien come mi carne y bebe mi sangre vive en mí y yo en él” (Jn 6,56). Una auténtica participación de su cuerpo y sangre permite que Dios viva en cada alma. Nos hace a todos hermanos y hermanas porque todos tenemos el mismo Padre y participamos del mismo cuerpo y sangre.

Él sabía que nosotros necesitaríamos a Alguien que viera con nuestros ojos y experimentara con nuestros sentidos. Queremos ver, tocar y probar lo que nuestra fe nos dice que existe: Dios.

¡Qué maravillosa sabiduría! Con la fe, tan necesaria en este exilio, podemos verlo y vivir en Él sin interferencia.

Podemos verlo sin morir. Podemos tocarlo sin ser aniquilados. Podemos hablarle en la Eucaristía y estar seguros de que nos escucha.

Nuestra fe nos dice que Él está verdadera, real y substancialmente presente en la Eucaristía.

Nuestra fe nos da el gozo que empieza aquí y culmina en la eternidad.

Nuestro amor es encendido al ser arrojado dentro del fuego de su amor.

Este don de dones- la Eucaristía- nos permite hablar con Dios como Moisés; ver su rostro como Pedro; convertirnos en su morada como María; ser celosos como Pablo; valientes como Esteban; arrepentidos como Magdalena; iluminados como Felipe; y amantes como Juan.

Es más que simple poder, más que solaz en el calor, o más que refugio en la tormenta.

La Eucaristía es alimento para las almas hambrientas. Es su presencia en medio de nosotros; su gracia en nuestras almas; su compañía durante nuestro viaje, su fuerza en nuestra debilidad; el centro de nuestras vidas; el fermento en la masa de nuestra espiritualidad.

La Eucaristía es Dios con nosotros; es Dios en nosotros.

ORACIONES

Jesús mío, tu amor por mí escapa todo entendimiento. Me quedo sin palabras al pensar que la inteligencia infinita vive en este pan y vino que están frente a mí. Tu humildad es tan grande y mi orgullo tan absurdo. Te amo en esta hostia y te agradezco por agacharte hasta este nivel por mi amor.

¿Qué hace que tengas tanto deseo de estar con los pecadores? ¿Qué hace que llegues a tales extremos para estar con nosotros? Sin duda sabes, Señor, que muchos no aceptan tu presencia en la Eucaristía. Tu amor es distinto del mío. Mi amor fácilmente se desanima y está presto para abandonar la tarea a la vista del primer obstáculo. Dame ese amor desinteresado que Tú tienes, humilde Jesús.

Jesús obediente, no te importa qué tan indigno pueda ser el sacerdote. Tú vienes a habitar en la hostia que está en sus manos cuando él dice en voz baja las palabras “Este es mi cuerpo”. Tú te quedas satisfecho, sin importar dónde te coloque él. Eres paciente aunque estés solo en este sacramento. No te pones a pelear con tantos que te reciben indignamente. Enséñame, amado Jesús, a ser obediente a tus mandatos, al menor de tus deseos. Concédeme que pueda ir a donde Tú quieras llevarme, hacer tu voluntad más que la mía, y esperar pacientemente el tiempo de tu consuelo.

Jesús eucarístico, pocos vinieron a verte hoy. ¿Qué pasaría si saliera yo a la plaza y gritara: “Él está aquí, está aquí, aquí en la hostia, aquí sobre el altar”. ¿Llorarías si todos te dieran la espalda? ¿No se te hace inútil esperar tan pacientemente para que sólo venga una de tus criaturas? ¿Es tu humildad nuestra piedra de escándalo? ¿Tu obediencia a la voluntad del Padre cansará nuestra inteligencia? Dulce Jesús, dame fe para verte y esperanza para confiar, amor para quedarme cerca de ti, olvidado y abandonado.

Jesús humilde, concédeme entender mejor tu amor por mí. Aquel a quien no pueden contener los cielos ha venido a quedarse en esta hostia pequeñita. Yo soy tibio pero tu amor está en llamas. Soy olvidadizo pero Tú nunca dejas de pensar en mí. Tú eres la humildad misma y yo solamente me busco a mí mismo. Tú esperas y esperas a que yo te visite en tu prisión voluntaria, y yo estoy siempre ocupado en nimiedades. Cuando yo no estoy contigo, ¿los ángeles toman mi lugar? Los siglos se suceden unos a otros y tú aún estás en este sacramento del amor. Sin embargo, son tan pocos los que parecen apreciar tu sacrificio, tu amor, tu añoranza. Jesús, deja que yo sea un consuelo para tu corazón solitario.

Jesús solitario, ¿no es acaso la ingratitud misma el que tantos que dicen creer en tu presencia real en la Eucaristía nunca te visiten? ¿No salta de gozo tu corazón cuando finalmente alguien viene a tu templo a decirte “hola”? ¿Cuánto no debe dolerte el que todo lo que hacemos es quejarnos y pedir más y más cosas? ¿Hay muchos que vengan a decirte simplemente “te quiero, Jesús, en la hostia sagrada”? Te alabo por tu bondad y tu amor. Tu misericordia no tiene fin pero tengo miedo de la tibieza, la que nunca pide misericordia. Por favor, Jesús humilde, hazme fervoroso y haz que nunca me acostumbre a tu presencia.

Mi Señor Escondido, el mundo siempre tiene prisa. La gente dice que no tiene tiempo de visitarte. Otros dicen que Tú no eres más que un símbolo. Permite que el mundo entero te pueda descubrir escondido bajo las especies eucarísticas. Estoy segura que sus corazones se llenarían de paz si se dieran cuenta que pueden hablarte y que Tú estás ahí para escucharlos. Aumenta mi fe, también, porque con demasiada frecuencia me acostumbro a tu presencia. Durante la Semana Santa, cuando dejas la Iglesia, me doy cuenta de qué tan vacío está todo sin ti.

Cuerpo de Cristo, santifícame. Llena mi alma débil con abundancia de la Gracia para que Tú y yo seamos Uno. Tú me has creado para Ti. Que ingratitud sería reservarme algo de mi mismo para mí. Mi debilidad y orgullo hacen que me olvide de Ti pero tu humilde Presencia en la Eucaristía mueve mi alma al arrepentimiento. Permítenos escondernos juntos en amor y unión.

Humilde Jesús, mi alma está frecuentemente en tinieblas. Tu presencia en mi alma, como tu presencia en la hostia, está escondida de mis ojos, pero creo que estás ahí. También es difícil descubrir tu presencia en el prójimo, aunque Tú hayas dicho que cualquier cosa que hagamos por ellos te la hacemos a ti. Todos los disfraces que adoptas en esta vida exigen fe, y por eso te pido, dulce Señor, que me des más fe. Quiero que tu presencia en la Eucaristía sea tan real que pueda yo recibir de ella la gracia de poder verte también en mis prójimos, en mis deberes del momento presente, y en mi alma.

Jesús eucarístico, quisiera tener el talento de un poeta para componer rimas acerca de las maravillas de tu amor. Quisiera tener las palabras de los santos para confesarte todos mis deseos. Ojalá que mi mente no estuviera tan hueca y mi corazón tan vacío, de modo que pudiera decirte todas esas cosas hermosas que los ángeles te han de decir diariamente. Tengo tantas ganas de hablarle al mundo acerca de tu presencia en esta hostia, y de guiarlos hasta tu trono. Acepta mis deseos, amado Jesús, pues mis manos están vacías de buenas obras, mi mente está hueca, mi alma está reseca por el calor del desierto. Acepta mi miseria y envuélveme en Tu Poder y cámbialo todo con el fuego de Tu Amor.

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