Extractos de "La Mujer Prometida"


Eva: La Primera Mujer

En el principio, después de que Dios creara a Adán, se notó tempranamente que algo faltaba. La magnífica belleza de la Nueva Creación carecía de una dimensión. Adán debió haber mirado a su alrededor y tratado de buscar que cosa faltaba. El mundo entero era literalmente suyo y sin embargo no estaba satisfecho. Necesitaba alguien con quien compartir los frutos de su trabajo, mientras labraba la tierra y hacía crecer frutos de ella. (Gén 2, 5)

Dios vio esto y dijo: “No es bueno que el hombre esté solo, le daré una ayuda adecuada” y entonces formó del suelo todos los animales salvajes y las aves, y los puso ante Adán para que los nombrara.

Adán poseía una de las más bellas cualidades de Dios: La Bondad. El quería compartir su alegría y su felicidad con alguien, con alguien como él. Por ello, Dios hizo que cayera en un profundo sueño y de su costilla formó a Eva. Dios los bendijo diciéndoles: “Sed fecundos y multiplicaos, henchid la tierra y sometedla” (Gén 1, 28). Adán y Eva fueron creados a imagen de Dios, estaban por encima de toda la creación porque eran seres humanos inteligentes. Después de la caída se vieron a sí mismos como realmente eran –nada– nada más que seres humanos finitos, débiles, lentos para entender, víctimas de sus propias pasiones y demasiado pendientes de sí mismos. Ver lo que eran sin los dones de Dios debió haber sido una experiencia devastadora.

Viendo su poquedad, se avergonzaron, y cubriéndose, se escondieron porque de repente entendieron la gran diferencia que existía entre ellos y Dios.

Nació el temor. Reemplazó a la simpleza infantil que poseían cuando eran hijos agradecidos de un Padre amoroso.

Se les había dicho que si comían de aquel fruto prohibidio morirían, y por ello esperaron una muerte física aquí y allá, pero el orgullo constituye antes que nada la muerte espiritual, y trae consigo todas las consecuencias de tal clase de muerte: la concupiscencia, pasiones desenfrenadas, la amargura, el remordimiento de conciencia y la oscuridad.

Dios les anunció las consecuencias de la decisión tomada. Primero, aclaró a la serpiente –Maestra del orgullo– diciéndole que en adelante se arrastraría sobre su vientre y se alimentaría del polvo.

Todos los seres humanos contemplarán a ésta que una vez fue ángel de luz y la verán como polvo, como a un enemigo al que hay que pisotear y que debe ser rechazado por todos, salvo por aquellos que, al igual que ella, decidan que polvo es lo que quieren ser.

Su orgullo fue la causa de su caída del Cielo, su orgullo condujo a Eva a imitarla, pero ahora, todo ser humano lo verá tal cual es, un espíritu de oscuridad. La Guerra que había terminado en el Cielo empezaba ahora en la tierra.

Y luego de aquello la misericordia de Dios se manifestó tan hermosa como infinita, dijo al Padre de la Mentira que enviaría a otra Mujer contra él y que su linaje le aplastaría la cabeza.

Un nuevo Adán y una nueva Eva vendrían y esta vez no lo decepcionarían. Serían enemigos mortales de la serpiente y le pisarían la cabeza –su orgullo– con su santidad y su humildad.

Esta profecía mesiánica declaraba la guerra entre los dos Reinos. Algunos descendientes de Eva escogerían un lado y algunos el otro, pero dos personas habrían de aplastar el orgullo del tentador. El tentador se alegraba de haber arruinado el Plan de Dios a través de una débil mujer, y Dios usaría a una débil Mujer para aplastar su cabeza. A través de Eva y su descendencia, el orgullo puso su morada en el mundo y con él, todos los demás males. A través de otra Mujer y de su descendencia, Dios redimiría al mundo y lo bendeciría con mayores oportunidades, oportunidades tan grandes que aquellos que le correspondan serán llamados hijos de Dios.

María: La Mujer Prometida

Con el correr de los siglos, la humanidad se depravaba más y vivía más en las tinieblas. Dios enviaba a sus profetas para animar e iluminar a sus criaturas y aunque éstas elegían gobernarse a sí mismas, Él no las abandonaba.

A través de Noe, Dios Padre manifestó su misericordia preservando a la raza humana por la santidad de un solo hombre.

En Abraham, nos dio un ejemplo de fe y esperanza: fe en un Dios invisible y esperanza en sus promesas. Probó dicha fe cuando le pidió a Abraham sacrificar a su único hijo, prefigurando el sacrificio que él mismo haría al ofrecer a su Hijo para redimir al mundo.

A través de Jacob, Dios formó las doce tribus de Israel, y de una de éstas tribus nacería su Hijo y la Mujer Elegida.

En José, Dios prefiguró a su Hijo, que sería vendido por unas cuantas piezas de plata. El Padre usaría la envidia del hombre para redimir a su pueblo.

La zarza ardiente que Moisés contempló era figura del Dios hecho hombre, donde el fuego simbolizaba la unión de la Divinidad con la humanidad. También allí se veía el rol de la Mujer que ardería en amor por Dios y sería su Madre sin dejar de ser Virgen.

La Buena Nueva

¿Habría el Ángel de la Oscuridad, la serpiente, intuido que el tiempo que los Profetas anunciaban había llegado? Ciertamente, con su gran inteligencia y memoria, nada se le escapaba ni tampoco dejaba de oír la maldición dada sobre ella en el Jardín.

Debió de haber acechado la tierra en busca de una Virgen que concebiría y daría a luz un niño. Con su mirada orgullosa, debió haber buscado alguien famoso y popular que anunciaría su concepción con relámpagos del cielo. El gran timador estaba a punto de ser timado.

En el sexto mes de embarazo de Isabel, el Ángel Gabriel se apareció a una joven virgen desposada con un hombre llamado José. Su nombre era María, un nombre muy común entre los judíos.

Era el sueño de toda mujer judía ser la madre del Mesías. ¿Por qué entonces se turbó María cuando el Ángel la llamo infinitamente agraciada? “Escucha –le dijo– vas a concebir y dar a luz a un niño, y le pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado «Hijo del Altísimo»” y María respondió “¿Cómo será esto puesto que soy una virgen?” María era virgen y tenía la intención de seguir siéndolo.

“El Espíritu descenderá sobre ti –respondió el Ángel– y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Así, el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios.”

Mientras el cielo entero esperaba ver cuál sería la respuesta de esta mujer, ella juntó sus manos y dijo: “Yo soy la Sierva del Señor, Hágase en mí según tu palabra”

Y así, el mismo poder que había dicho a la nada “se algo”, cubrió a la Mujer como una sombra y la elevó a un estado de unión con Dios del que nadie nunca jamás había escuchado y que nadie nunca sería capaz de comprender.

Así como nuestra unión con Dios debe ser con las Tres Personas, así María fue progresando en dicha unión, pasando de Hija del Padre y Esposa del Espíritu Santo a ser Madre del Hijo. La Nueva Eva renovó lo que la Antigua había perdido, la unión con la Trinidad. Nosotros también somos hijos del Padre, nosotras también podemos ser esposas del Espíritu Santo, nosotras también podemos ser madres del Hijo porque su mismo Hijo habría de decir que todo aquél que cumpliera la voluntad de su Padre sería su hermano, su madre y su hermana.

Preocupación

Hubiera sido natural que después de todo lo ocurrido aquella mujer permaneciera en casa sola, sin que nadie la molestase, pero las Escrituras nos dicen que María salió con prontitud y se fue a visitar su prima Isabel. Su preocupación por su anciana prima cargando un niño, la llevo a dejar casa y novio para ayudar a Isabel en sus necesidades. Debe haber sido asombroso y a la vez atemorizador el caminar a Judea meditando en la omnipotencia que llevaba en su diminuto santuario. En su modestia, ella hubiera guardado el secreto, pero Dios tenía otros planes. Apenas Isabel oyó el saludo de María, se llenó del Espíritu Santo y con fuerte voz proclamó que María era aquella Mujer, “Bendita tú entre todas las mujeres”, dijo, “y bendito el fruto de tu vientre”.

Como todos los padres, Dios no pudo contener tan maravilloso secreto por mucho tiempo. Tenía que decírselo a alguna persona y esa era Isabel llevando al niño que sería en el futuro el precursor de su Hijo.

El gozo de la visita a Isabel pronto daría paso a la angustia del espíritu. Solo alguien que ha estado bajo sospecha entendería los sentimientos de su pobre corazón al regresar a casa y empezar a recibir las inquisitivas miradas de José.

No consta en las Escrituras que haya alzado una sola palabra en su defensa. Había aprendido a confiar cada detalle de su vida a Dios. Llevaba a su Hijo, Él defendería su honor.

Pero día a día se tornaba más evidente para José que ella estaba en cinta. Él la amaba mucho y la entendía demasiado bien para cuestionar su integridad, pero a la vez sabía que el hijo que llevaba no era suyo.

Estaban casados pero la Escritura nos dice que él no la conocía. ¿Había él asumido también un compromiso de virginidad? Habían estado juntos por lo menos seis meses y aún así José estaba confundido.

Él observaba a María, la alegría de su corazón, día a día, y su corazón se llenaba de dolor. No podía dormir ni trabajar y mientras más atenciones ella le prodigaba, más era la angustia que pesaba en su corazón.

¿Y qué hay de María? Su amoroso corazón debe haberse quebrado viendo a alguien tan bueno en medio de tanto sufrimiento. ¿Debía ella contarle lo que había ocurrido? ¿Creería él en tan inmenso misterio? ¿Estaba ella en posición de contarle? Cuántas preguntas debieron haber llenado su mente.

Nadie conocía la forma en que el Mesías vendría y aunque su venida había sido profetizada y anunciada por muchos siglos, la realidad era tan diferente. No, rezaría y esperaría que Dios hiciera llegar el momento. ¡Qué profunda fe fue necesaria! Que honda esperanza necesitó para llevar a cabo sus labores en silencio y con amor.

Ver a José sufrir tanto debió haberle arrancado el corazón muchas veces. Siempre es difícil ver sufrir a aquellos que amamos y haríamos cualquier cosa con tal de aliviar su dolor. Y aún así, María, la indecisa mujer, no diría nada, aunque su silencio significara mayor angustia para José.

Si algo tenían en común ambos, eso era el sufrimiento. Cada uno hubiera querido hablarle al otro, uno para preguntar “por qué” y aquella para responder “como” pero ninguno decía una sola palabra de lo que pesaba tanto en sus corazones.

Ella era tan amorosa, bondadosa y santa para ser cuestionada, pero una cosa sabía José: el no era el padre. Él era solo un hombre que amaba a Dios sobre todas las cosas y nunca se le cruzó por la cabeza que su esposa sería la Mujer Prometida. Sabía que ella era especial y ese era el motivo por el cual era tan difícil hacer lo que el sabía tenía que hacer.

No podía exponerla a la humillación pública pero tampoco podía pretender que el niño fuera suyo, y así decidió repudiarla en secreto.

María debió haber percibido su dilema e implorado al Padre por una solución que pudiera dar paz al corazón de José.

Pero el tiempo de sufrimiento y purificación había pasado y un Ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: “José, hijo de David, no temas tomar contigo a María, tu mujer, porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.” Que tremenda alegría y consternación debió haber llenado su corazón. Lloró de alegría y se arrodilló en oración ante el Arca Viviente de la Alianza, el Templo en el que se hallaba, físicamente, el Hijo de Dios.

Y ahora, tres personas lo sabían, pero el Traidor aún no.

Madre y Viuda

¡Qué diferente es la sabiduría de Dios a la de los hombres! Si estuviéramos en su lugar, hubiéramos acudido al Templo y deslumbrado a los Doctores de la Ley, sanado a los enfermos, realizado reformas sociales y escrito volúmenes para las futuras generaciones.

En vez de esto, el Señor del Cielo permaneció treinta años solo con su Madre, haciendo las tareas cotidianas en unión con El Padre en oración. Era necesario permanecer tanto tiempo con su Madre debido a su misión. Más adelante, haría lo mismo con Pedro, Santiago y Juan, quienes también tendrían una misión especial.

Desapego

La vida de María fue una perfecta conformación con Jesús. Ella fue humilde, oculta, sufriente y afligida, pero a la vez conoció alegrías que el corazón humano nunca poseyó. Ella es todo para todos los hombres de tal modo que puede comprender sus errores sin haber errado nunca. Es compasiva con nuestras caídas sin haber caído nunca. Anduvo los pasos del Maestro para experimentar todos los sufrimientos a los que la pobre naturaleza humana está sujeta.

Se maravilló con su Sabiduría mientras proclamaba las Bienaventuranzas, y las siguió.

Admiró su celo al echar a los vendedores del Templo, y oró por ellos.

Lo escuchó hablar de su Padre y del Espíritu que había de venir, y glorificó a Dios.

Lo vio sanar a sordos, ciegos, cojos y leprosos, y elevó su acción de gracias.

Lo vio humillado por el orgullo de los fariseos y doctores de la ley, y lloró.

Lo oyó revelar el secreto de la Trinidad en nosotros, y se inclinó en adoración.

Lo oyó decir finalmente un día a la gente “Antes que Abraham fuese, Yo Soy” y lloró mientras recogían piedras para tirárselas.

Lo vio resucitar muertos, y dio gloria a Dios.

Lo vio llorar por Jerusalén porque no había conocido el tiempo de su venida, y lloró con Él.

Ella escuchaba mientras Jesús le enseñaba a sus discípulos los misterios del Reino, y observaba a muchos marcharse cuando se les reveló el misterio de la Eucaristía.

Se estremeció cuando les reveló a sus apóstoles su pasión y su muerte, y se dio cuenta de que no habían entendido.

Se regocijó cuando les dijo a sus discípulos que resucitaría al tercer día, pero sólo para ver que no habían comprendido.

Y luego, se dio cuenta de que todo estaba muy cerca, y se puso en oración.

Ella, que fue llena de gracia, pudo mantenerse al pie de la Cruz, porque había aceptado su carga con el mismo amor que su Hijo. Ella lo hubiera ofrecido como Él se ofreció a sí mismo y Ella se hubiera ofrecido a sí misma como Él la ofreció a todo el mundo.

Atrás

 



Bookmark and Share
Cortesía de:
Eternal Word Television Network
5817 Old Leeds Road
Irondale, AL 35210
EWTN Español



HOME - LO NUEVONOTICIAS - FE - TELEVISIÓN - RADIO
BIBLIOTECA - GALERÍA - AUDIO Y VÍDEO - GENERAL - DONACIONES


Condiciones de Uso - Política de Privacidad