Extractos de “Hijos de la Luz”


“Antes de empezar…”

Vivimos en una era en la que la tecnología y la ciencia exigen pruebas, y sin embargo, buscamos el misterio. Pero cuando Dios nos ofrece ese misterio, nos esmeramos en destruirlo con nuestra grosera indiferencia o con razonamientos infantiles.

Nos enorgullecemos de nuestros avances tecnológicos y en el hecho de haber encontrado ese invisible poder llamado “energía atómica”, energía que puede curar, destruir, renovar y reconstruir. Y sin embargo, negamos a los espíritus angélicos quienes son también poderes invisibles que pueden destruir, curar y renovar.

Nos enorgullecemos de los genios que aparecen por aquí y por allá, y sin embargo negamos la multitud de inteligencias que sacuden la mente humana.

Sabemos del mal que existe en el mundo y de la incapacidad del hombre para hacerle frente y sin embargo negamos a los espíritus del mal que acechan al hombre en su afán por destruirlo.

Sabemos que Dios es infinito e ilimitado, y sin embargo limitamos su poder creativo en el mundo visible y sus habitantes. Nos enorgullecemos del hecho de que podemos ver la realidad y describirla tal cual es, y más tarde gastamos millones de dólares en tranquilizantes que nos ayuden a olvidarla.

Consideramos que todo aquello que concierne al “otro mundo” está por debajo del nivel de nuestra inteligencia y sin embargo miramos programas de televisión y leemos revistas sobre percepción extra-sensorial y ocultismo.

Observamos con interés como la ciencia incursiona en la telepatía y en la posibilidad de leer las mentes, y sin embargo consideramos nuestra conversación mental con Dios o con nuestro ángel como pura imaginación o fantasía diurna.

Estamos llenos de contradicciones y podríamos aceptar cualquier cosa con tal que no escape a nuestra comprensión, y sin embargo, nuestros corazones y mentes ansían esa realidad invisible que el orgullo mismo ha puesto más allá de nuestro alcance, esa realidad que solo la fe y la humildad pueden alcanzar y comprender.

Qué cierto es aquello de que para aquellos que creen no es necesaria una explicación y que para aquellos que no creen ninguna explicación es posible.

En una ocasión San Pablo se quejaba con la multitud diciéndoles que era perseguido por creer en los ángeles y en la resurrección. Veamos quienes son estas criaturas de Dios en las que Pablo cree, para que podamos nosotros también creer. (Hch 23, 6-11)

“En el principio…”

Las Escrituras nos dicen en el libro del Génesis que en el principio Dios creó los cielos y la tierra.

La tierra era una masa sin forma, era nada. Es difícil entender “la nada”. En nuestra existencia todo lo que vemos es “algo”, incluso la oscuridad –entendida como ausencia de luz– es algo.

Pero, aunque sea difícil, será necesario regresar a la existencia sin tiempo de Dios, a la eternidad, y ver a Dios –Padre, Hijo y Espíritu Santo–, siempre juntos, siempre solos.

Su infinita bondad deseaba compartir su felicidad con otros, no porque eso añadiría algo a la suya, sino simplemente por su bondad en sí misma.

Y así, Dios decidió crear seres que fueran como él, puramente espirituales.

Le basto quererlo y existieron, infinidad de espíritus de diverso grado de inteligencia, seres que eran finitos, pero mucho más allá de lo que la mente puede entender.

Estos espíritus puros son inteligentes, fuertes y luminosos, pero son diferentes. Así como las mentes humanas difieren en inteligencia, así estos espíritus puros –pura inteligencia– son distintos.

Algunos están llenos de amor y conocimiento para con los misterios de Dios y otros irradian diversas facetas de la Trinidad. Cada uno, según su clase, toma parte de la luz de Dios de una forma diferente.

Así como una estrella difiere de la otra, así un espíritu difiere del otro. Estos espíritus ascienden a Dios sin esfuerzo ni fatiga, nunca se cansan o sienten hambre, tampoco se ven constreñidos por las limitaciones presentes en los seres humanos.

¿Acaso estas criaturas tan semejantes a Dios, completamente concientes de sus dones y talentos, de su belleza y su poder, alabarán a su creador como Señor? ¿O se convertirán en traidores de sí mismos y lo rechazarán?

Espíritus de una naturaleza tan superior deberán tener una prueba proporcional a ella. “A quien mucho se le dio, mucho se le pedirá” y la prueba debía ser una en la que tendrían que escoger entre ellos mismos y Dios, el orgullo contra la humildad, la mentira contra la verdad.

La Batalla

Cada ángel que Dios creó fue en sí mismo una obra maestra. Cada uno poseía su propio grado de inteligencia y su propia belleza. Desde el primer momento de su creación, los ángeles fueron poseedores de un conocimiento infuso, dado a ellos sin ningún mérito de su parte. Esta inteligencia era completa y plena desde el primer momento en que fue recibida.

Fueron creadas inteligencias maduras e inmortales, inmunes a los años, al tiempo o a las estaciones. Su modo de trasladarse y comunicarse era tan ligero como su pensamiento y sin ninguna fatiga.

¿Qué tipo de prueba se les daría a éstas excelsas criaturas? Sólo podemos deducir la naturaleza de esta prueba de la lectura del doceavo capítulo del Apocalipsis y hay suficiente en este capítulo como para poder unir las piezas del misterio de aquella prueba.

Para Dios todas las cosas están en su presencia, no hay pasado ni futuro, se da todo en el mismo instante. Antes de crear a los ángeles y a los hombres, él sabía las consecuencias que se seguirían; sabía que solo Él sería capaz de reparar adecuadamente la ofensa hecha por el hombre y la pobre naturaleza del hombre glorificaría la Misericordia de Dios por toda la eternidad.

Al parecer, antes de que Dios anunciara sus futuros planes, algunos ángeles habían empezado a flaquear. El pecado del orgullo es gradual, es un proceso lento de deteriorización que difícilmente se nota hasta que es demasiado tarde.

Quizás algunos ángeles empezaron a mirarse a sí mismos y a concentrarse en su propia belleza y gracia de tal forma que poco a poco gastaban más tiempo pensando en sí mismos que en Dios. Debieron empezar a atribuirse su inteligencia a sus propias habilidades y talentos, ciegos ante los dones de Dios para con ellos.

Luego vendría la estremecedora proclamación del Altísimo: La segunda persona de la Santísima Trinidad se hará hombre y así, Dios y Hombre, será vuestro superior, vuestro Señor y Rey.

Esta, sin embargo, no era toda la prueba: El Dios-Hombre tendrá una madre, una mujer, y ella será elevada sobre todos ellos.

Como un rayo de luz, Lucifer, el más grande entre los ángeles, semejante como ninguno al Altísimo, aquél llamado “Ángel de Luz”, gimió con voz de trueno: “¡No serviré!” y otros ángeles de toda clase y grado de inteligencia exclamaron juntos: “¡No serviremos!”.

Entonces empezó la batalla entre la soberbia y la humildad. Miguel se alzó entre todos los demás y proclamó “¡Quién cómo Dios!” No había espada alguna en dicha batalla, espadas que te hacen sangrar y morir. No, era una batalla más mortal aún, una batalla de intelectos, de voluntades, de ideas y lealtades.

El resultado de tal batalla era irrevocable, porque la opción del ángel por un lado u otro sería una decisión eterna. Sabía muy bien las consecuencias de su elección. Si elegía a Dios, permanecería en su presencia para siempre, si se elegía a sí mismo, sería separado de la única fuente de bien y luz, viviría en la oscuridad, atrapado en su propia miseria para siempre.

Cada ángel tendría la luz suficiente como para ser capaz de afrontar tal prueba y sus consecuencias.

Empezaron a pelear por sus propias opiniones, por sus derechos y sus lealtades, cada cual tomando una decisión que determinaría su voluntad para siempre.

El debate proseguía y Lucifer se tornaba más obstinado. No era justo que la Palabra asumiera la naturaleza humana y continuara siendo Señor. La naturaleza humana era grosera e inferior y el Altísimo no tenía derecho de dar tan injusto decreto. Si la Palabra se hacía hombre, toda la humanidad tendría la oportunidad de hacerse hijos de Dios. ¿No era acaso Lucifer el más grande de todos los ángeles? ¿No era su intelecto superior al de los demás? Sí, él, Lucifer, debería ser el Señor y Rey de ángeles y hombres.

No se arrodillaría ante una Palabra Encarnada, ni aceptaría que una mujer, la Madre del Verbo Encarnado, fuera la Reina del Cielo.

El golpe más duro de todos era el hecho de que El Verbo, al hacerse carne, daría la oportunidad de alcanzar grandiosas alturas de santidad a toda la humanidad, alturas mayores incluso a las de los ángeles mismos. Sí, y serían como hermanos porque compartirían un mismo Padre.

Lucifer y sus aliados no aceptarían tal humillación. ¡Era injusto! Ellos eran los frutos de la primera hora del poder creador de Dios y no compartirían estos frutos con aquellos que llegaron en la undécima hora.

Miguel se puso en pie para defender a Dios. “Solo Él es Santo” argumentó, “Solo Él es Señor, Sólo el Altísimo, Él puede hacer lo que desee”. ¿Era acaso que Lucifer estaba celoso porque Dios había elegido beneficiar a aquellos que llegaron últimos, a aquellos cuyo intelecto era inferior al de la naturaleza angélica?

¿No era acaso más importante la glorificación de Dios antes que la de estos espíritus puros? ¿No podía tener Dios el privilegio de dar según su voluntad, dado que sólo de Él provenía toda Bondad? Todos ellos habían sido creados de la nada y le debían agradecimiento eterno por su menor gracia y gloria.

No. No era una humillación, era una verdad, y para aquellos que se adhieren a la verdad no habrá humillación alguna. ¿No ensalzaría la misericordia de Dios el elevar a los seres humanos a la dignidad de hijos de Dios al permitir que su propio Hijo se hiciera uno de ellos?

Mientras la batalla arreciaba más y más, ángeles de los distintos coros empezaron a tomar posiciones a un lado y a otro, algunos iban con Miguel, otros con Lucifer. Los argumentos de Lucifer eran muy convincentes y arrastró consigo “un tercio de las estrellas del cielo” (Ap 12, 4).

Mientras más duraba la batalla, más inconmovibles se volvían ambos bandos, hasta que finalmente Lucifer dijo: “Yo pondré mi trono por encima del Altísimo” (Is 14, 13). Ante esta final blasfemia, Miguel exclamó: “¡Quién como Dios! El poder, la victoria y el imperio han sido obtenidos por Dios para siempre y toda la autoridad para su Ungido” (Ap 12, 10) y Jesús mismo nos cuenta lo que ocurrió luego, porque un día en que los apóstoles se envanecieron con sus propios poderes, trajo a su memoria la escena con que se dio fin a la batalla en el cielo. Los miró y les dijo: “Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo” (Lc 10, 18).

El Ángel de Luz se convirtió en Satanás, el Ángel de la Oscuridad. Su orgullo era una mentira y en una ocasión el Hijo de Dios habría de decir sobre aquellos que lo seguían: “Vosotros sois de vuestro padre el diablo y queréis cumplir los deseos de vuestro padre. Este era un homicida desde el principio, y no se mantuvo en la verdad, porque no hay verdad en él; cuando dice la mentira, dice lo que le sale de dentro, porque es mentiroso y padre de la mentira” (Jn 8, 44) Había nacido el orgullo y vino a existir el infierno, lugar en donde estos espíritus ponen su voluntad en contra de Dios para siempre. Estarán siempre ahí, en medio del fuego con celos, ira, rencor y soberbia y este fuego alcanzará a quemar a otros con sus flamas de odio, para siempre ardiendo por aquello que consideran una injusticia de parte de Dios.

Miguel y los demás espíritus que corrieron tras la causa de la verdad y la gloria del Altísimo entraron en la Visión Beatífica. Vieron al Único por el cual habían peleado con tal coraje, porque sus voluntades estuvieron siempre afincadas en Dios, fueron para siempre felices, estuvieron para siempre en paz, y cantaron juntos: “Santo, Santo, Santo, es el Señor Dios, el Todopoderoso; Él era, es y ha de venir” (Ap 4, 8)

Amigos y compañeros

Desde el momento de su caída, el Ángel de la Oscuridad asoló la tierra yendo al acecho del Hijo de la Mujer. Debió haber pensado que había vencido cuando exitosamente sembró el orgullo y la rebelión en Adán y Eva, pero cual debió ser su sorpresa cuando Dios tuvo misericordia de ello y una vez más le recordó a la Mujer y su linaje. Su odio a Dios lo forzó a buscar la destrucción de todas las almas destinadas a disfrutar de la gloria del Cielo que él había perdido.

A pesar de haber sido derrotado, todavía retiene su alto grado de inteligencia y todos los poderes inherentes a su naturaleza, de modo que tentará, traicionará y perseguirá a la humanidad y por ello buscará restarle gloria a Dios por toda la eternidad.

Dios, en su infinita bondad, no nos colocará en medio de una desigual batalla, no, sería como un niño discutiendo con Einstein. En su infinita misericordia y justicia, Dios estaba obligado a darnos a cada uno un ángel, un ángel igual de poderoso en todo sentido al espíritu del mal que lucha por nuestra destrucción.

Este ángel tendría que estar muy cerca de nosotros, porque como dice Pedro en su carta: “El diablo ronda como león rugiente buscando a quien devorar”. Sí, necesitamos a uno de estos gloriosos espíritus para pelear muchas batallas invisibles por la posesión de nuestras almas, batallas que son tan reales e invisibles a la vez como el aire que respiramos.

¿Nos reveló Jesús la presencia de estos guardianes? Sabemos que un día les dijo a sus discípulos que si no se volvían como niños no entrarían en el Reino de los Cielos. En otras palabras, debían de poseer la sencillez y el candor de un niño para ser de los suyos. (Lc 18, 1-4)

Efectivamente, les dijo que si no poseían dichas cualidades no entrarían de ningún modo en el Reino, y con esto en mente, prosiguió su discurso diciendo: “Guardaos de menospreciar a uno de estos pequeños; porque yo os digo que sus ángeles, en los cielos, ven continuamente el rostro de mi Padre que está en los cielos”. (Mt 18, 10)

Oración

San Miguel y todos los santos ángeles, protéjannos de las insidias de los espíritus del mal, infundan en nuestras mentes pensamientos de arrepentimiento y amor, y obtengan para nosotros del Trono del Altísimo, los Dones del Espíritu y la luminosa imagen de Jesús en nuestras almas.

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Cortesía de:
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