El espíritu de familia


Vivimos en una era que acentúa los logros personales, la carrera, la felicidad, el trabajo y la religión. El énfasis está puesto en el individuo y en qué tan bien puede éste satisfacerse a sí mismo. Hay tantas clases y estilos de vida, ideales y sistemas morales como personas sobre la tierra. Desde que uno de los denominadores comunes en este estado es la libertad de hacer lo que uno quiera, queda muy poco por contrastar. Para esta forma de pensar, cada uno es libre de ser y hacer lo que quiera sin hacerle daño a nadie. Este estado de aburrimiento animado hundimientos solo perpetúa a la oscuridad, porque la Luz se enciende por la confrontación de ideas, de conceptos fuertes sobre el bien y el mal, de líderes valientes que permanecen de pie del lado de la justicia.

No encontramos hoy en día ofertas entre las fuerzas del bien y el mal, sólo una confusión de medias verdades, mal evidente pero enmascarado como parte de la vida moderna, y una indiferencia ante el pecado, llamada “tolerancia” y “amor”. La autocomplacencia a expensas de los demás es considerada una especie de plenitud y cualquier reacción en contra es una agresión a la libertad individual.

La vida matrimonial se ha convertido para muchos en una carga necesaria, pero una carga que es abandonada fácilmente. La fidelidad se ha vuelto un mero término bíblico irrelevante e imposible en la era del iluminismo moderno. El adulterio y la fornicación de la infidelidad y el pecado han pasado a ser la incapacidad para amar a una sola persona y la satisfacción de nuestras necesidades básicas. Los niños, que debieran ser el fruto del amor, son considerados meros accidentes, cargas financieras, consumidores de la provisión alimenticia mundial, un obstáculo a la libertad personal para desplegar talentos intactos que estarían destinados a enterrarse para siempre. Este, desgraciadamente, es el pensamiento de la minoría ante el horror de una desesperanzada mayoría.

No toda familia sufre de estos males, pero quizás sea necesario decir que todos estamos contaminados de alguna manera con sus efectos. ¿Qué podemos hacer para corregir estos males? ¿Por dónde empezar? ¿Huiremos a escondernos en alguna tierra lejana o permitiremos que este espíritu de derrota nos persiga a donde vayamos? ¿Nos juntaremos entre nosotros para edificarnos y protegernos? ¿Qué le pasará al resto de la humanidad si nos vamos? ¿Son los problemas que enfrentamos tan gigantescos que estamos forzados a aguantar hasta esperar el pitazo final? ¿Acaso corresponde a los cristianos formar grupos pequeños para buscar protección, crecimiento y perseverancia?

Quizás debamos mirar los Evangelios y ver qué tiene que decir Jesús al respecto. Todo lo que encontremos en ellos debe ser aplicable a cualquier forma de vida familiar, a cristianos y no cristianos, porque todos compartimos un mismo Padre, somos todos obra de sus manos. Además, debemos tener en cuenta que el concepto de Espíritu de Familia es nuclear en los cristianos y el fin de toda persona que busca la felicidad y el bien para su vida.

El Espíritu de Familia no es siempre sinónimo de Vida Familiar. Hueso de nuestros huesos y carne de nuestra carne se aplica a nuestros hermanos, hermanas y parientes, que pueden ser tan distantes como extranjeros en una tierra foránea. El mundo estará siempre bendecido con familias o de lo contrario caerá en la extinción. Pero no siempre, sin embargo, es bendecido con el espíritu de familia en medio de dichas familias. El resultado es que cada faceta de la vida diaria está siempre afectada por el egoísmo, la indiferencia, la falta de respecto, la crueldad y la frialdad.

La Familia es la raíz de toda sociedad y el Espíritu de Familia es una virtud especial que alimenta la familia con vigor y vitalidad. Cuando este espíritu está presente, existe el deseo de permanecer juntos en tiempos de crisis, de sacrificarse en tiempos de necesidad y la fortaleza para enfrentar las demandas de la vida en común.

El espíritu de las relaciones familiares afecta nuestra vida entera y sufrimos la falta de ese espíritu en nuestras vidas a nivel comunitario, parroquial y nacional. En los vecindarios uno tiene miedo al asesinato y al robo. Más allá de la cerca no hay espacio para la broma y la conversación porque nuestra “vida personal” nos ha hecho perder el interés por el bienestar de nuestros vecinos. Tememos que su carga se convierta en la nuestra y nos importa poco si su corazón está dolido, su soledad o su sufrimiento. Los ancianos son simplemente otros obstáculos que sobrellevar. Cada hogar es solo una casa en donde viven diversos individuos, juntos pero solos, en varios hostales en miniatura. Nuestros vecinos son competidores mas no compañeros, sospechosos pero no confiables, indiferentes y no colaboradores, fríos antes que amables, ambiciosos en vez de generosos. Ya no nos consideramos como viviendo en vecindades, sino como teniendo al lado otras “villas”. Vivimos en zonas lujosas, de clase media o baja, pero no en comunidades de personas que viven juntas en pro del crecimiento mutuo.

Y lo que sucede en la vida de las familias, sucede en nuestra comunidad, en nuestra parroquia, en la ciudad, en el estado, en la nación y en el mundo. Un paisaje es feo o hermoso según la cantidad de semillas plantadas en abundancia. En un jardín de mala hierba brotan rápidamente horribles matas que ni son vistosas ni evocadoras, pero de algunas semillas seleccionadas, cuidadas y podadas durante su desarrollo, brotan árboles que alegran la vista y frutos que alimentan el cuerpo. Veamos que nos hace falta en nuestra vida familiar y sus diversos aspectos, por qué es tan poco atractiva y estresante, cómo ha podido hundirse en tal situación en tan poco tiempo. ¿Nos dirán los evangelios qué podemos y qué no podemos hacer? Si es así, veamos a profundidad si hay alguna solución para tal problema.

En primer lugar, sabemos de antemano algunas cosas que no podemos hacer y una de ellas es: no podemos huir. “No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del maligno”. (Juan 17, 15) Estamos aquí para transformar el mundo, transformarlo mientras nos transformamos, renovar su espíritu al tiempo que renovamos el nuestro, y debemos hacerlo en medio de la maldad del mundo. “Ellos no son del mundo –Pide al Padre– como yo no soy del mundo. Santifícalos en la verdad: tu Palabra es la verdad. Como tú me has enviado al mundo, yo también los he enviado al mundo.” (Jn 17, 16-18) Todo cristiano está lleno de Dios y por ello es enviado para llevarle ese Señor y Salvador al mundo. El Espíritu Santo en el cristiano fluye de el, tocando la vida de todos los que lo rodean.

Jesús nos explicó que sucedería cuando el Espíritu empiece a vivir en el alma y el alma en el Espíritu. Resultaría de ello una unión con Dios, tan poderosa, tan simple y sublime que nadie podría aproximarse sin ser afectado por ella.

“Yo en ellos y Tú en mí, para que sean perfectamente uno, y el mundo conozca que Tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí.” (Jn 17, 23) La Trinidad –Tres personas en un solo Dios– es una comunidad, una familia. Dios es amor y ese amor se prolonga en el cristiano, de tal modo que el amor en él se prolongue al mundo: la Familia en la Trinidad y la Trinidad en la Familia.

Jesús nos da la razón sobre esto: “Para que el amor con que Tú me has amado esté en ellos y yo en ellos.” (Jn 17, 26) Es una realidad asombrosa, una terrible responsabilidad: el cristiano posee en su alma, a través del Espíritu Santo, el mismo amor con que el Padre amó a su Hijo. Siendo hechos a su imagen, poseemos su Espíritu y estamos llenos de su amor, se genera en el alma un espíritu de familia, una preocupación por el otro, un deseo de difundir el bien, una capacidad de amar, una nueva fortaleza para el sacrificio, y una capacidad de dar abundantes frutos.

En el alma individual habita una Familia de Personas, una necesidad de compartir, de dar, de irradiar, de mostrar preocupación. Ya no hay más individuos aislados que se buscan a sí mismos solos, sino un “nosotros” , el alma y la Trinidad, uno en querer, uno en propósito y uno en el amor.

“Aquel día comprenderéis –les dice Jesús a sus apóstoles – que yo estoy en mi Padre y vosotros en mí y yo en vosotros” (Jn 14, 20) Esta dependencia del alma de la vida, aliento y gozo de Dios, crea una necesidad de dar así como a uno se le ha dado. El alma que se está llenando desea darse ella misma a los demás de la misma forma, de la misma forma desinteresada en que recibe de Dios su Padre. El Espíritu de Familia nace en el alma y ese Espíritu se extiende hacia los demás, a todas partes, en cada faceta de la vida cotidiana. Un constante manantial de amor inacabable es derramado del alma y Dios unidos. Una pequeña chispa es encendida dentro de los corazones fríos, la armonía es restaurada donde alguna vez reinó la disensión, la fe donde el cinismo y la incredulidad reinaban.

Cuan ciertas son las palabras de Jesús cuando nos dice: “El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto” (Jn 15, 5) Hemos sido creados a Su imagen y esa imagen no se encuentra solo en nuestras facultades intelectuales sino también en la armonía de vida de la Trinidad. El pecado destruyó dicha armonía, el hombre decidió quedarse solo fuera de la influencia de la Trinidad, Las Tres Personas en un Dios.

Mientras más se rebelaba el hombre, más se alejaba de la armonía y el espíritu de familia. Sin importar cuanto se rebelara, el hombre y Dios estaban unidos desde los orígenes como Creador y criatura, siervo del gran Yahvé. Pero el Padre envió a su Hijo y cuando “la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros”, cuando murió y resucitó, nos confirió el Don de dones, la oportunidad de formar parte de la familia de Dios. Jesús, nuestro hermano, Dios nuestro Padre, y el Espíritu Santo nuestro inquilino.

“Ya no los llamo siervos –dice Jesús– porque el siervo no sabe lo que hace su maestro, ahora los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que he oído a mi Padre”. (Jn 15, 15) “Todo aquel que cumpla la voluntad de mi Padre en el Cielo, es mi hermano, mi hermana y mi madre” (Mt 12, 50) Haciendo la voluntad del Padre somos hijos suyos. El Espíritu de Jesús nos inspira, nos guía y nos confiere una mayor participación en la verdadera Naturaleza de Dios siempre que optamos por su voluntad antes que la nuestra, siempre que preferimos a nuestra Familia de Personas antes que a nosotros. Este constante donarse y recibir entre Dios y el alma está en el corazón del espíritu de familia en nosotros. Habituándonos a este tipo de Vida Familiar, transmitimos este espíritu a los demás. Así como Dios es el iniciador de todo bien en nosotros, así nosotros nos convertimos en iniciadores del bien en la vida de los demás. Así como Dios nos ama porque Él es Bueno, así nosotros amamos a nuestros semejantes desde esa infinita fuente de bien que habita en nosotros.

Somos capaces entonces de ser abnegados, de preferir el bien de los demás al nuestro, de hacer el bien a aquellos que nos persiguen y perdonar setenta veces siete, podemos ser compasivos como nuestro Padre es compasivo, y misericordiosos como Él es misericordioso porque nuestra vida familiar con la Trinidad nos ha hecho capaces de amar como Dios ama.

La vida en familia también ha sufrido al nivel parroquial. Este es el lugar en el que somos bautizados, confirmados, enseñados, purificados, casados y enterrados. La Parroquia puede convertirse entonces en la “tabla de azote” de la Familia. Como representa a Dios, la culpamos cuando las cosas van mal, la criticamos cuando no comparte nuestras opiniones, y la condenamos cuando se equivoca. El resultado puede ser una parroquia que hospeda facciones, arbitra disensiones y pierde tiempo precioso en cuidar que el barco no se vuelque. Ni se progresa como para dar ánimo, ni se decae de tal forma como llamar la atención. Las familias se convierten en estadísticas, son clasificadas como contribuyentes o no contribuyentes, trabajadores o desempleados. El Pastor y las ovejas terminan haciéndose el juego y concertando intereses para poder sobrevivir.

La vida familiar al nivel nacional es inestable e incierta. Los líderes no son confiables, los ministerios se conocen como deshonestos y corruptos. Empresas malintencionadas son tolerados bajo el pretexto de respeto a la libertad. El aborto y la eutanasia son meros debates sobre temas acalorados. La presión política en vez de profundizar el interés por el derecho a la vida, últimamente decide las respuestas, formula leyes y racionaliza el pecado. El temor a las decisiones de aquellos en la jefatura genera una guerra fría entre los gobiernos y los ciudadanos. La integridad, la honestidad, la justicia y la sabiduría de aquellos es puesta en cuestión y así, la fe y la esperanza en la nación tiemblan, el amor se torna frío y con él la lealtad.

La Familia Religiosa también ha sufrido en esta época iluminista. La seguridad de dicha vida es incierta. Los religiosos no se sienten ya unidos por los lazos de los votos religiosos y los compromisos. Existe una nueva libertad que llena el alma con el gélido hielo de la indiferencia con los demás, con los mayores y enfermos, con el apostolado y con el retiro. La frustración y el descorazonamiento van socavando profundamente algunos corazones mientras que otros temen el futuro de las órdenes que tanto aman. La confusión con respecto prioridades y valores causa división y las soluciones complicadas generan cargas demasiado pesadas. El cambio constante de las perspectivas y opiniones teológicas remueve cualquier apariencia de estabilidad restante. Las vocaciones empiezan a vacilar. La rebelión de corazones duros contra cambios para bien o necesarias modificaciones causa un daño indecible. La familia religiosa pierde unidad y sentido de pertenencia.

El Espíritu de Familia en nuestras almas ennoblecerá y edificará el espíritu de familia en nuestros hogares, en nuestra comunidad, en nuestra parroquia, y en nuestra nación. En la medida en que nos alejemos de ese espíritu de familia en nuestras almas, en tal medida nos alejaremos de nuestro hermano, nuestra relación con nuestro vecino será cercana, distante o indiferente. Solo cuando vivimos en la calidez del amor desinteresado de Dios podemos invitar a otros a salir del frío.

Las naciones no debieran caer a no ser que las familias dejen de vivir en espíritu de familia. Es verdad también que los miembros de una familia no se alejan unos de otros salvo que decidan aislarse de la familia de Dios. Por estar hecho a su imagen, solo viviendo y creciendo en esa imagen es posible que dé frutos de armonía y unidad.

“Yo soy la vida y vosotros los sarmientos. Todo aquél que permanece en mí, conmigo en él, da fruto en abundancia.” (Jn 15, 5)

Vemos como surge este espíritu de familia inmediatamente después de Pentecostés. Antes de Pentecostés los apóstoles y discípulos eran individuos llamados juntos a hacer un trabajo, cuando vino la prueba de la crucifixión, cada uno huyó por su propio camino y solo después de la Resurrección y la Ascensión se quedaron juntos, pero más por miedo que por amor.

Cuando reciben el Espíritu Santo de Jesús en sus almas, se vuelven Familia, hermanos. Surgió un lazo invisible entre ellos que ni la tribulación, ni la persecución, ni la diferencia de caracteres y opiniones podía debilitar. En lo profundo de sus corazones cada uno de ellos poseía al Espíritu Santo, y su fin era imitar a Jesús. Esta unidad de corazón los hizo ser uno en la mente. Veían la mano de Dios en todo lo que les pasaba, acudían a Él para todo lo que necesitaban y le pedían los unos por los otros. El conflicto entre las diversas personalidades que antaño perturbaban y causaban división, se convertían ahora en oportunidades para darse uno mismo, para ser comprensivos, para imitar a Jesús. Trataban a todos los hombres como hermanos y esa es la razón por la cual Pedro puede decir “Por el amor de Dios, aceptad la autoridad de toda institución civil… Dios quiere que sean buenos ciudadanos. Respetad a todos y amen su comunidad, temed a Dios y honren al emperador.” (1 Pe 2, 14-15) El Espíritu de Familia, presente en los primeros cristianos, tocó al mundo entero y fue ese espíritu el que originó la unidad, el amor y el respeto que testimoniaron al mundo que Jesús era el Mesías, el Señor.

Oración

Oh Santísima Trinidad, concédeme vivir en Ti, de modo que podamos compartir y conversar como buenos amigos. Que nuestra unión de mente y corazón, por el poder de tu Espíritu, me haga capaz de vivir contigo como si fuéramos uno solo. Que el poder de tal unión toque los corazones de todos los que me rodean para que podamos compartir juntos en armonía en tu Espíritu. Haz que mi familia, mi comunidad, mi parroquia, y mi nación vivan y se desarrollen en este espíritu de familia para que el mundo sepa que Jesús es el Señor y que tu amor abraza a toda la humanidad. Así sea, Amén.

Atrás
 



Bookmark and Share
Cortesía de:
Eternal Word Television Network
5817 Old Leeds Road
Irondale, AL 35210
EWTN Español



HOME - LO NUEVONOTICIAS - FE - TELEVISIÓN - RADIO
BIBLIOTECA - GALERÍA - AUDIO Y VÍDEO - GENERAL - DONACIONES


Condiciones de Uso - Política de Privacidad