El amor no es amado


No soy como un guijarro en la playa- un grano de arena en la orilla del mar-, ni tampoco simplemente uno entre millones de hombres del pasado, del presente y del futuro. No. Soy una persona única, amada por Dios como si yo fuera su único hijo, el único fruto de su fuerza creadora.

Él me ama.

Él me creó de la nada; puso un alma en mi cuerpo; me revistió de una personalidad destinada a darle a Él una gloria única por toda la eternidad, porque Éll me ama.

Jesús es la imagen perfecta del Padre. Cuando veo a Jesús veo al Padre- veo el Amor-, veo al Espíritu y el Espíritu me ama.

Aunque yo pudiera meter todo el amor del mundo en un solo corazón, eso no sería sino una chispa en comparación con el amor con que me ama el Corazón de Jesús.

Yo no puedo ni siquiera imaginar esta clase de amor porque nunca he visto un amor tan grande. Pero ¿será posible?. ¿Puedo yo decir que nunca he visto ese grado de amor?. El Verbo Eterno abandonó su gloria y descendió para vivir entre un pueblo al que Su amor le era indiferente. Desde el mismo instante de su entrada en este mundo Él sintió la frialdad del corazón de los hombres, mas Su Corazón de pequeñuelo, latiendo en la cuna, ya latía por amor. “Vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron” (Jn 1, 11).

Durante la Última Cena, “Uno de sus discípulos, el que Jesús amaba, estaba a la mesa al lado de Jesús... Él, recostándose sobre el pecho de Jesús, le dice: “Señor, ¿quién es?”. Le responde Jesús: “Es aquel a quien dé el bocado que voy a mojar” (Jn 13, 23-26). Juan preguntó a Jesús el nombre del traidor. Negar a Jesús el amor que Él merece y la gratitud que sus gracias demandan es también una traición de parte mía. Me pregunto si Su Corazón no latirá más agitado bajo la fuerza del desencanto. ¿Escucharía San Juan cómo el Corazón Divino perdía su ritmo al darse cuenta cómo el corazón traidor de Judas se llenaba más y más de odio?. El corazón siente y reacciona ante las emociones humanas. ¿Quién puede medir las emociones de Aquel que amó con el Corazón de Dios?. ¿Quién puede comprender la profundidad de la herida que causó al Corazón de Jesús aquel que Él amó y que le dio la espalda?.

Mientras Juan se recargaba contra el pecho de Jesús, ¿tuvo miedo su corazón- miedo de la tragedia que estaba por acontecer?. ¿Miró Jesús a Juan con un corazón amoroso, pero acongojado por saber que Él no podía hacer nada para aliviar el dolor que iba a invadir el corazón de Juan al ver a su Maestro sufrir tan terriblemente?

El Corazón de Jesús- Sede del Amor- estaba desgarrado por el amor: amor por Judas, que rechazó Su amor; amor por Juan, que pronto iba a sufrir una gran tristeza; amor por Sus Apóstoles, que no podrían comprender Su muerte y que, por ello, perderían de vista Su resurrección; amor por Su Madre, que se vería forzada a estar allí, de pie, incapaz de hacer nada, y a verlo ser tratado como un necio, “un gusano y no un hombre” (Sal 21,7).

María le dio la vida y ahora participa con Él del deseo que mueve a Su Corazón destrozado a sufrir por la humanidad y por mí.

No puedo comprender un amor que se alimenta e inflama por alguien tan desagradecido como yo. Mi amor se enfría en cuanto aparecen el dolor o el sacrificio. El peso de la cruz parece exprimir el amor fuera de mi corazón. Mas Él es diferente. Su corazón ansía manifestarse- se muere de ganas de enseñarme su profundidad- se muere de deseos de hacerme comprender su intensidad dejándome ver hasta dónde llega su sacrificio.

Mi amor se manifiesta al recibir; el Suyo, al dar. Mi amor disminuye con el dolor; el Suyo no tiene límite. Mi amor crece cuando Él dice “sí” a todas mis peticiones; el Suyo se goza de hacer la voluntad de Su Padre, aún cuando Su petición no le fue concedida.

Mi amor es caprichoso: encendido hoy, frío mañana; Su amor por mí es constante y fiel, siempre igual. Su amor ilimitado e inmutable es como una corona de espinas alrededor de Su Corazón, y las crueles puntas de esas espinas son mis pecados de ingratitud y tibieza. Cuando alguien me ofende, mi amor se enfría y este frío endurece mi corazón. Es como la anestesia, que mata el dolor. Su Corazón es distinto. Su amor por mí no deja de fluir, como de una fuente infinita de amor, totalmente desprendido de Sí mismo, que arde esplendoroso. Arde incesante por mí y, como no disminuye al ofenderlo yo- al ofender Su amor- ese amor ilimitado provoca en Su Corazón un dolor desconocido para el hombre.

Sin duda que el Corazón que Jesús mostró a Santa Margarita María- el Corazón ardiendo, coronado de espinas- estaba envuelto en una combinación de su propia intensidad y de mis ofensas, mis exigencias y caprichos egoístas. Cuando el amor infinito se encuentra con la superficialidad egoísta, la fuerza del Amor restringido, no correspondido, se vuelve sobre sí mismo lleno de dolor. No puede decrecer, y sin embargo, no encuentra correspondencia de parte de la creatura, tan amada por Jesús. En verdad es como una corona de espinas que rodea el Corazón siempre fiel, pero rechazado y hecho a un lado para dar paso a amores insignificantes.

El Corazón de Jesús muere por mi amor porque Él es así de bueno. Él ansía llenarme de su paz, una paz que ni el mundo ni las cosas que busco con tanto ahínco me pueden dar. Él está a la puerta de mi corazón, esperando ser invitado. ¡Con qué frecuencia se la pasa ahí afuera, en el frío, como lo hizo en la gruta de Belén, esperando hasta que yo me dé cuenta de su presencia y responda a Su amor; hasta que le diga que lo amo.

¡Corazón compasivo de Jesús, ten misericordia de mí!

El Corazón de Jesús es compasivo y comprensivo. Él ha sentido el aguijón de la ingratitud y cuando mi corazón sufre por esa misma ofensa, puedo volverme a Él, seguro que Él entenderá mis sentimientos. Sí hay, sin embargo, una gran diferencia entre nuestras reacciones ante la ingratitud. Su amante Corazón perdona tan fácilmente, mientras el mío está lleno de resentimientos. ¿Cómo obtener un corazón tan generoso?. Sólo hay un camino: debo contemplar ese Corazón tan compasivo hacia los pecadores y hacerlo mío. Debo meditar acerca de Su amor y misericordia, y entonces mi corazón se ablandará ante el siguiente golpe- el siguiente dolor- y no se endurecerá ante el sufrimiento. Mi corazón es frío, egoísta e indiferente, pero la luz que irradia de Su Corazón tocará el mío y lo transformará, como el sol que asoma entre los nubarrones negros.

Amable Corazón de Jesús, hazme manso y humilde.

Un día Jesús estaba hablando con sus Apóstoles y dijo: “Vengan a Mí los que se sientan cargados y agobiados, porque Yo los aliviaré. Carguen con mi yugo y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y sus almas encontrarán alivio” (Mt 11, 28-30).

Jesús me invita a acercarme a Él cuando estoy agobiado. No prometió quitarnos nuestras cargas, porque yo debo cargar la mía como Él cargó la suya. Pero puedo aligerarla acogiéndome a Él, poniendo mi carga en Su Corazón. Él prometió hacer suyas nuestras cargas, porque también Él me pidió cargar con su yugo. Mis cruces se convierten en Sus cruces porque su Sagrado Corazón toma sobre sí cualquier pena que me invada y participa de ella conmigo. Su amor por mí llega a mi corazón, toma mi dolor y lo hace suyo. El amor no únicamente participa en el gozo, sino en el dolor. El amor siente la agonía del amado mucho más intensamente porque la fuerza del amor intensifica cada dolor y cada angustia.

Jesús siente mi dolor más profundamente de lo que yo lo puedo sentir porque me ama y sufre de un modo infinito. Él ha hecho mucho más que simplemente liberarme de mis sufrimientos: los ha hecho suyos. Él desea que yo sobrelleve esos sufrimientos del mismo modo como Él llevó los suyos durante su vida: mansamente y con un corazón humilde.

Él no quiere que la amargura de lo que yo considero sufrimientos no merecidos me endurezcan el corazón y lo conviertan en un vaso lleno de resentimientos.

Él no desea que el fuego de la ira consuma y destruya el tejido mismo de mi corazón. Las injusticias que Él padeció jamás disminuyeron Su amor ni Su deseo de hacer la voluntad de Su Padre. El mantuvo la mirada fija en el Padre porque Él había depositado su carga en el Corazón del Padre.

Él dijo a sus Apóstoles: “A Dios nadie lo ha visto jamás, pero está el Hijo, el único, en el seno del Padre: Él lo dio a conocer”. (Jn 1,18). Jesús, tan cercano al Corazón del Padre, manifestó las perfecciones del Padre. Yo puedo ver al Padre en Jesús, pues ambos son uno. Y así debe acontecer en mí. Debo mantenerme cercano al fuego de amor del Corazón de Jesús. Debo entender cómo reaccionaba ese Corazón ante los sufrimientos y reaccionar también yo antes esas pruebas con el mismo amor y humildad.

Así como Jesús mostró al mundo al Padre- “El que me ve, ve al Padre” (Jn 14, 9)- así también yo debo mostrar ante el mundo el Corazón de Jesús poseyendo ese corazón como si fuera mío. ¿Puedo yo atreverme a aspirar a tal grado de santidad que pueda afirmar “el que me ve, ve a Jesús”?. Sí, sí puedo, porque eso es precisamente el “resto” que Él prometió si yo aprendía de Su Corazón los secretos de una vida pacífica.

Corazón misericordioso de Jesús, enséñame a perdonar.

Poco después de ser crucificado, Jesús dijo: “ Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 22,34). ¡Esta forma hermosísima de misericordia me muestra en forma indudable la intensidad de Su amor!. Él no puede dejar de amar; no puede condenar aún en medio de la más atroz injusticia. Él deja que sea el Padre quien juzgue. Su Corazón es manso y humilde hasta el fin y pide clemencia precisamente para aquellos que causaron su agonía. La misericordia de Dios estaba lista para perdonar precisamente a aquellas personas que lo odiaban. Aquí lo que cabría preguntar es si sus corazones fueron capaces de arrepentirse para poder recibir la misericordia que se les ofrecía. El Corazón de Jesús no deja de ofrecerme misericordia. Es mi corazón el que tiene dificultades para arrepentirse. Yo nada tengo que preocuparme acerca de Su misericordioso Corazón. Son mi orgullo y mi duro corazón los que me llevan a fallarle y rechazarlo. Para evitar caer en ese pozo de interminable oscuridad debo ser misericordioso y estar dispuesto a perdonar. No puedo fijarme en la injusticia o en la ofensa que me hacen. Como Jesús, debo tener listo el corazón, listo para interceder por aquellos que me ofenden. Mi corazón debería irradiar el amor de Jesús de tal modo que las injurias nunca lo disminuyesen; nunca lo disminuyese el rechazo; nunca lo cambiase la frialdad. El amor quedó clavado a un madero por manos de hombres llenos de odio, pero Él nunca dejó de existir.

Amor. Jesús, la imagen perfecta del Padre, manifestó el amor y la misericordia del Padre hasta el último instante. Yo no podría dudar de su misericordia, pero sí temer un corazón que no puede arrepentirse y que no acepta esa misericordia.

Corazón herido de Jesús, escóndeme dentro de Ti.

El discípulo a quien Jesús amó nos cuenta que “uno de los soldados le atravesó el costado, e inmediatamente salió sangre y agua” (Jn 19,34). El amor llega a extremos. El amor infinito tenía que dar hasta la última gota de su sangre vivificante. Sabemos que no hay mayor dolor físico que el causado por una gran pérdida de sangre; mayor sed que la de los labios resecos de quien está débil por la pérdida de fluidos vitales. Empero, San Marcos nos dice que Jesús “dando un grito exhaló el espíritu”. El amor del Corazón de Jesús sintió el dolor de cada gota de sangre derramada por mi redención. Cada dolor fue aceptado y soportado por amor a mí. Cada gota de sangre fue derramada mientras gritaba: “Te amo”.

Cuando el soldado atravesó Su Corazón se derramó la última gota de sangre junto con agua. Era la divinidad que se entregaba a la humanidad, dando a luz a un pueblo liberado de la tiranía del enemigo. Del costado de Adán nació Eva, creada sin dolor dentro de un profundo sueño de paz. Del costado herido de Jesús surgió el perdón: un pueblo redimido a través del dolor y la muerte de Dios; redimido por el amor contenido en un Corazón Divino; comprado con sufrimiento y desde entonces eternamente abierto y manando un amor infinito; una fuente de agua viva. Y todo lo hizo por mí.

Corazón resucitado y glorioso de Jesús, dame alegría.

“Luego dijo a Tomás: ‘Ven acá, mira mis manos; extiende tu mano y palpa mi costado. En adelante no seas incrédulo sino hombre de fe” (Jn 20, 27). Jesús me pide: “¡Mira!”. Quiere que yo mire Sus manos y Su Corazón traspasado. Son las pruebas de Su amor y misericordia. Ellos gritan un larguísimo: “Te amo”. Ellos serán mi fuente de gozo, porque yo gozaré cuando me dé cuenta cuánto me ama Él. El gozo crece y abunda cuando Su amor por mí se convierte en una realidad. Mi madre me trajo a este mundo con dolor, y nací a la vida eterna gracias al dolor de mi Dios. Ambos dolores fueron sobrellevados con amor, uno finito para darme vida, otro infinito para darme eternidad. ¿No es acaso una alegría saber que fui creado por amor, nacido por amor y redimido a través del amor?. Sí. San Juan nos dice claramente: “Así se manifestó el amor de Dios entre nosotros. No somos nosotros los que hemos amado a Dios, sino que Él nos amó primero”. (I Jn 4,10).

La alegría y la paz no me llegan desde fuera, sino de lo profundo de mi corazón donde Jesús y yo estamos solos. Es la alegría de Su Corazón resucitado lo que debe irradiar hacia mi prójimo. Fue comprada a un altísimo precio; es el tesoro de los tesoros- la perla más valiosa: Dios me ama. El Corazón de Jesús fue traspasado de modo que la sangre de Su divinidad y el agua de mi humanidad pudieran fluir juntas y manifestar el amor del Padre por la raza humana.

Sagrado Corazón de Jesús, haz mi corazón parecido al Tuyo: manso, humilde y amante sin cesar.

Oración

Jesús mío, Tú eres el Amor que no es amado. Tus enemigos te odian y aquellos por los que Tú moriste te ignoran. Tus hijos se han enfriado y perdido el celo por Tu honor y gloria. Pensamos más en nosotros mismos y en nuestras cruces que en Tu dolor por nuestros pecados. Mientras Tú lloras, nosotros reímos, porque nos hemos vuelto insensibles a los peligros que nos rodean.

Estamos sepultados en el hielo de nuestra indiferencia, pero clamamos a Tu dolorido Corazón para permitir que Tu amor misericordioso brille sobre nosotros y derrita el frío que tenemos dentro. Hemos sido engañados por la atracción de la riqueza y por el espíritu del mundo. Nos hemos convertido en una sociedad rica y técnica, más adelantada que todas las épocas del pasado. Con todo, Señor, somos el pueblo más marginado, el más pobre y hambriento que haya vivido sobre Tu tierra. ¡Qué triste darse cuenta que en la época en la que el hombre le ha hablado al hombre desde la luna, sigue sin poder hablar con Dios en su corazón!

Podemos usar la inteligencia que nos diste para desenterrar los secretos de la creación, pero ignoramos al Dios de la creación que habita en nuestros corazones. Parecemos niños entretenidos en construir castillos de arena que se olvidan de vivir seguros en una casa construida sobre la roca.

Permítenos contemplar Tu Corazón, Señor Jesús; ese Corazón que nos ama a cada uno de nosotros con amor personal. Deseamos desagraviar Tu Sagrado Corazón dedicando nuestras vidas a seguir el Evangelio, a amar como Tú amas, a cumplir la voluntad del Padre y a irradiar el gozo que proviene de los corazones amantes. Nuestros pecados son innumerables, unas debilidades tan numerosas como las arenas de la playa, pero Tu amor abarca todas las cosas y crea todo de nuevo. Permite que nuestras vidas sean testimonios de la fuerza de Tu Sagrado Corazón que llena nuestras almas con su ardiente amor. Haz que todo el cielo cante con poderosa voz: “El Amor es amado por aquellos cuyas brasas se han convertido en llamarada gracias al fuego interminable de Su Sagrado Corazón”.

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Cortesía de:
Eternal Word Television Network
5817 Old Leeds Road
Irondale, AL 35210
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